Valores desde la familia

Sentado en uno de los sillones de su casa, parecía mirar al infinito, sin punto fijo. Yo no dejaba de verlo.

90 años de edad con una lucidez envidiable. En silla de ruedas después de que en los últimos seis

Saúl Uribe Ahuja

años ha sufrido dos embolias y recientemente operado de la carótida. Hemipléjico, parálisis parcial. Progresa cada día para recuperar la fluidez en su expresión.
El drama del abogado civilista Saúl Uribe Ahuja. Enfrentado con sus hijos en un pleito legal por el patrimonio, una hacienda que fue de María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador, mejor conocida como Leona Vicario, periodista, casada con el insurgente Andrés Quitana Roo, figuras ambas en la guerra de Independencia mexicana.
Historia que te cuento en el marco del Día del Padre, celebración que a mi suegro de 87 años lo tiene sin cuidado, siempre ha dicho en su estilo coloquial que “el padre vale madre”, porque ni siquiera tiene una fecha fija para esta festividad. Por supuesto que a todos nos consta la diferencia que existe con la veneración de la madre. Nada más hay que

Roberto López Moreno, Teodoro Rentería y José Luis Uribe

observar lo que sucede cada 10 de mayo, para quien todavía tenga dudas.
En mi caso, mi padre, maestro y amigo, hace varios años que se fue al cielo divino. Hombre de una pieza. Honesto, respetuoso. Con él aprendí valores que ahora están perdidos en la sociedad. El respeto por delante. Se hacía lo que ordenaba. No recuerdo alguna discusión y mucho menos haber cuestionado su autoridad. Eran otros tiempos.
Imborrable el día que mi padre reunió a todos sus hijos y anunció la determinación de que la única herencia que recibiríamos sería la educación, nada de bienes materiales. Les daría otro destino. Concluí que estaba en su derecho, porque él los

Saúl Uribe Ahuja y María Luisa

había adquirido, con su trabajo, con el sudor de su frente, con incontables desveladas y naturales

preocupaciones laborales. Debo decir que estaba muy lejos de ser rico, era periodista, ético. Honrado y trabajador. En ese sentido, en cuanto a la abundancia,  nada que ver con la historia del afamado abogado Don Saúl Uribe.
Sin embargo, lo que le sucede a Don Saúl, me trajo a la memoria esta parte de la historia de mi padre, porque los bienes del civilista sí están en disputa, con los hijos, a pesar de que no ha fallecido. Y Don Saúl Uribe Ahuja, me consta, está lúcido en sus nueve décadas de vida. Está resuelto a no permitir que le arrebaten lo que le pertenece. Se defiende. Doloroso, dramático que el conflicto sea con quienes tienen su propia sangre.
Caballeroso, ilustre abogado, tez blanca, ojos claros, mirada

María Luisa, Saúl y Teodoro

escrutadora, inteligente, sabio, distinguido. Atento a sus invitados, a los comentarios, a la plática. Ahí estaban Teodoro, José Luis, Andrea, Roberto, Hugo, Toño, amigos. María Luisa, también

anfitriona.
Don Saúl en el sillón de su casa. Yo no dejaba de verlo. “Hay permanencia voluntaria”, dijo con la cortesía que le caracteriza, cuando alguien bromeó sobre lo que debe durar una comida.
Perceptivo, imagen que me hizo recordar la historia de mi padre. El respeto a la autoridad paterna. Respeto que está extraviado en nuestra sociedad. En muchos ámbitos, no se diga en la política.
Ocupé en la mesa el asiento al lado de Don Saúl. Intercambiamos impresiones. Lo vi levantar la copa de vino, con una seguridad, como la que tiene para saber que ahora vive incomprensión familiar. Valió madre el Día del Padre.

César Yáñez sombra de AMLO

A César Yáñez Centeno Cabrera lo conozco desde que empezó su carrera política al lado del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, en la campaña presidencial de 1988, como parte del equipo de prensa del entonces candidato presidencial. La primera vez que el hijo del general Lázaro Cárdenas buscaba llegar a Los Pinos.
Decir “equipo” de comunicación sería un exceso, porque nada más lo integraban dos personas, Armando Machorro y César. Ambos hacían la cobertura de los actos de campaña. Por la forma en que se desempeñaban, el primero tenía la principal responsabilidad y estaba más cerca del ingeniero.
Había ocasiones en que los dos sumaban más que el número de representantes de medios de comunicación que hacían la cobertura. Siempre fue suficiente una camioneta para transportar a los periodistas. Eran dos unidades, la de Cuauhtémoc y la de los periodistas. Sobraban lugares en el vehículo destinado a los informadores, a pesar de que ahí mismo viajaban Armando y César.
Otros tiempos, la pluralidad no había llegado a los medios. Se contaban con los dedos de una mano los que daban espacios a la oposición. La mayoría no iba a las actividades de campaña. Cuando citaban al candidato, lo criticaban y trataban de minimizar sus actos. No existía la obligación de darle equidad a la presencia de candidatos en medios.
Cada medio aplicaba su propio criterio. Prácticamente no existía la campaña de Cuauhtémoc en medios electrónicos y muy escasa la información que difundían los escritos.
El Universal, periódico en el que laboré 18 años, se caracterizaba por la apertura. Recuerdo que fue el primero que abrió sus páginas a todas las corrientes políticas. Con la representación de este medio, seguí todo el tiempo la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas.
César Yáñez se concretaba a realizar su trabajo, la tarea que le era asignada por Machorro. Discreto, parco. Sacaba o transcribía versiones de entrevistas que le hacían al ingeniero. A veces me parecía que participaba en misiones de logística o actividades no propias del contacto con la prensa.
Armando Machorro hacía las relaciones públicas con los periodistas, departía, ayudaba en lo que se ofrecía, intercambiaba impresiones y era el conducto cuando se requería entrevistar al ingeniero.
César Yáñez cumplía su papel, nunca observé un intento por desplazar o rebasar a Machorro en el trato con los periodistas. Se veía que entre ellos existía excelente comunicación.
Solo una vez registré alguna diferencia, cierto distanciamiento, que el propio ingeniero Cárdenas se encargó de resolver. Lo vi hablar con los dos, llamarles a atención y aclarar puntos.
La lealtad al ingeniero distinguió a Machorro y seguro que César Yáñez aprendió en ese tiempo la importancia de esta cualidad. Ayudar y hacer únicamente lo que diga el líder.
También la perseverancia, otro de los valores del ingeniero.
Por eso es que ahora vemos a César como sombra de Andrés Manuel López Obrador, su fiel colaborador desde la jefatura de gobierno en la Ciudad de México, hoy vocero de la campaña presidencial.