La simpatía de René Casados

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René Casados derrocha simpatía con el personaje de Claudio. Sufre porque no tiene todo el tiempo y a su disposición a su mujer, pero termina por entender que Laura Flores, en su papel de Sofía, ejerce su derecho a desarrollarse profesionalmente. El mensaje de la obra Soy Mujer, soy invencible y estoy exhausta consigue ser directo como en el libro del mismo título de Gaby Vargas: equilibrio. Derecho a consumar aspiraciones personales en el terreno laboral sin renunciar a la familia.

Eugenia Cauduro también cumple al interpretar a Carla, la mujer obsesionada con el trabajo. Rostro endurecido por el rompimiento sentimental con su pareja, que trata de reponer entregada de tiempo completo a su empresa.

Un actor y dos actrices, que con experiencia, movimiento escénico y dicción pulcra dan vida al objetivo que busca el texto de la afamada, inteligente y apreciada escritora.

Casados con sus movimientos y desplantes logra la hilaridad del público. Muy lejos de la seriedad que refleja su voz cuando hace comentarios políticos en el programa radiofónico de Joaquín López Dóriga, aunque no desaprovecha el momento propicio para lanzar un dardo envenenado a la figura de la maestra Elba Esther Gordillo.

Laura con su rostro dulce y  esbeltez atrapa la atención del espectador. Eugenia impone desde que pisa el escenario, queda claro que ella es la jefa y la que manda.

Un trío acoplado y a la medida del texto de Gaby.

La obra en el teatro Polyforum de la colonia Nápoles en la ciudad de México.

Cambiar odio por acuerdo

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 Hay una irritación de un sector de la sociedad, no sólo de México, sino de diversas partes del mundo, que se ha recrudecido, radicalizado, producto de una inconformidad propia pero también atizada por agentes interesados en abanderar causas en su beneficio personal.

Es un malestar que se explica cuando se reducen las oportunidades para tener calidad de vida y necesidades básicas garantizadas. Surgen expresiones de protesta, reclamos, plantones, cierres de calles, toma de planteles escolares y casetas en autopistas.

Descontento que se da en un sistema democrático, que permite esas libertades y en algunos casos excesos. Por eso nadie está pensando en cambiar ese sistema, por la apertura social que representa. Nada más hay que ver lo que está sucediendo en las redes sociales para darnos cuenta de la inexistencia de límites a las mentadas maternales y demás palabrería agresiva. Manifestaciones en escenarios democráticos.

Lo que hace falta, como dice el sociólogo Gilles Lipovetsky en el libro la Sociedad de la Decepción, es una “transformación cultural que revalorice las prioridades de la vida y la jerarquía de los objetivos”.

No es una tarea sencilla ni de resultados inmediatos. De largo plazo, con acciones concretas y de consenso, requiere mejorar la educación. Es fundamental la calidad educativa.

En el caso de México la misión se vuelve compleja por el comportamiento de personajes, en los diferentes sectores,  que sólo se esmeran en satisfacer sus intereses.

Únicamente la muerte no tiene solución. Nuestro país tiene salida. Le urge mantenimiento y ajuste a su operación. Adecuar reglas y abrir oportunidades, cambiar los odios por los consensos.

El siguiente paso es mejorar la calidad de vida, de todos.