López Tarso, una leyenda

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Impresiona desde el momento en que aparece en el escenario. No le quitas la mirada  ningún segundo. Hay que seguir cada uno de sus movimientos, sus gestos. Observar los surcos que han marcado su rostro por el paso del tiempo; subrayan su experiencia y sabiduría en la actuación, es un maestro.

Exacto para tomar el teléfono antiguo y marcar el número, con humor fino cuando lo hace por segunda vez y hace notar lo fácil que es aprender cinco cifras en orden progresivo.

Sus pasos de baile al ritmo de Please Mr. Postman interpretada por The Beatles son una lección de energía y emoción. Suaves movimientos de quien ha vivido más de ocho décadas.

Amalgama de aciertos. Hay que escucharlo haciendo el papel de Pablo Neruda. Traje a la medida. Las palabras del poeta chileno se impregnan de la esencia actoral de Ignacio López Tarso.

La figura en la obra El Cartero, basada en la novela Ardiente paciencia de Antonio Skámeta, que narra una historia celestina de Neruda. Se disfruta desde que te sientas en la butaca del Teatro Libanés.

Escenografía discreta y suficiente. A nadie le importa que como fantasma se vea el humano que la hace girar para pasarla de la casa del poeta al hogar de doña Rosa (Helena Rojo).

Una historia sencilla, el enamoramiento del cartero Mario (Erick Elías) de Beatriz (Livia Brito). Jóvenes que cumplen su papel y a la altura del protagonista mayor, en todos los sentidos.

Helena, con elegancia y brillo propios. Naturalidad en cada una de sus intervenciones. Baila con López Tarso y lo hacen a la perfección. Encantan, dominan y complacen al espectador.

Por unanimidad, una vez terminada la obra, todos se levantaron de su asiento para aplaudirles. No era para menos.

López Tarso es una leyenda.

La boleta electoral de “oro”

Las boletas electorales del  2006 se han convertido en las más caras del mundo. Independientemente del costo de la impresión, el gasto por su custodia llegó a los 550 millones de pesos.

Fue un gasto que no condujo a nada, porque se mantuvo inalterable el resultado de la competencia política y ahora los protagonistas están a punto de cerrar el episodio, una vez que termine el sexenio de Felipe Calderón.

Si bien es cierto que la diferencia fue cerrada entre el primero y segundo lugar, una ventaja de apenas .56 % para el ganador, el hecho es que era más que suficiente para levantarle la mano al panista. Un voto hubiera bastado porque así funcionan las democracias.

El IFE, por no decir que todos aquellos que pagan impuestos, destinaron 262.4 millones de pesos (cifra de la Dirección Ejecutiva de Administración del instituto) para documentación y materiales electorales. Y por cuidar esa papelería se gastó 550 millones de pesos, dinero que también salió del bolsillo de los contribuyentes físicos y morales.

Más del doble para cuidar la paquetería y sólo por atender la necedad de quienes pusieron en duda la capacidad de contar de los mexicanos que se desempeñaron como funcionarios en las casillas.

Por eso son las boletas más caras del mundo. Debido a su custodia sexenal su valor se incrementó en más de 200 %.

Enhorabuena que ya se haya decidido llevar a cabo su destrucción como lo establece el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (Cofipe).

Y en enhorabuena que se haga lo mismo con la paquetería del 2012, donde la diferencia entre el primero y segundo lugar superó los tres millones de votos, muchos más que los del 2006.

No se vale que todavía haya quienes se atrevan a pedir que se guarden las boletas del 2012. Se tienen que destruir como lo establece el artículo 302 del Cofipe, una vez concluido el proceso.