¿Ya hay ganador del 2018?

Para quienes todavía confían en las encuestas, porque la mayoría lo coloca con una amplia ventaja, no hay le menor duda de que Andrés Manuel López Obrador ganará las elecciones del 1 de julio. Puede ser. El único pero es que las más recientes encuestas electorales en México y en el mundo, no han sido certeras. A veces se olvida este detalle.
Si escuchamos y leemos lo que escriben quienes generalmente ven negativo todo lo que sea oficial o tenga sello de gobierno, tampoco hay duda de que el próximo presidente será tabasqueño. Su percepción puede ser cuestionada por su reiterada parcialidad.
También si escuchamos y leemos a los que presumen de neutralidad, los puros, los inmaculados, todos los indicios apuntan a que AMLO ocupará la silla presidencial a partir del 1 de diciembre. Con la honestidad que presumen tendrían que aceptar que su análisis podría ser desatinado, no sería la primera vez. Son humanos y nadie es perfecto.
Si le pregunto a mi amigo Joaquín, con estudios universitarios, profesional de la contabilidad, está convencido y espera ese resultado. No es una posición que haya sido influenciada por las encuestas ni por los analistas. Desde hace 18 años tiene la esperanza de verlo triunfar. Le perdona todo a su candidato, hasta la incongruencias. Hay que decir que Joaquín nunca ha trabajado en el servicio público ni tampoco ha militado ni milita en los partidos del ahora morenista. Sin embargo, tiene claro que en una elección la última palabra es del votante. Y como en los dos anteriores procesos donde perdió su favorito, aceptaría tercer resultado adverso, no se cortaría las venas ni iría a bloquear Paseo de la Reforma. Tampoco le quitaría la correa al tigre. Seguiría en lo suyo, en su trabajo, empleado en la empresa privada. Igual la convivencia en su familia, con sus amigos. Sucedería lo mismo si ganara su candidato. No aspira a un cargo público ni espera un pago por su voto.
Mi amigo Mario está ansioso por conocer el resultado. Cree que ha llegado la hora del cambio, el momento de darle la oportunidad al tabasqueño, porque los otros ya lo desilusionaron. En sus mejores tiempos, simpatizó con el PRI. Después creyó en las promesas de Vicente Fox. Juzga que López Obrador es la opción ante la descomposición política que sufre el país. Ve a los otros mucho peor, inelegibles. Está animado como cuando vio lo que pasó en el 2000. Nada más que su esposa piensa todo lo contrario, no a votar por el morenista porque está en desacuerdo con que se les de dinero a quienes no hacen el mínimo esfuerzo por obtenerlo. Tampoco le gusta que divida al país entre ricos y pobres, como si todos los ricos fueron iguales o todos los pobres fueran iguales. Además, tiene amigas tabasqueñas que le dicen que en Tabasco no quieren a Andrés Manuel, por incendiario.
Mi amiga Laura, quien trabaja en el servicio público, está con cierto miedo porque teme que si gana el favorito de las encuestas, perderá su trabajo y el único ingreso para mantener su familia. Teme que si llegan los morenistas, corran a todos los que no son morenistas.
Yo digo que hay que esperar al 1 de julio. Sin duda, los tres debates, ya lo vimos en el primero, ayudarán a emitir un voto mejor informado.

Costo del triunfalismo electoral

Pedro estaba ansioso en espera del resultado que por la noche daría a conocer la autoridad electoral.
Era militante de uno de los partidos principales de la competencia. Día tras día, semana tras semana, mes a mes, su candidato había pregonado que todo iba bien. Triunfalismo. Pedro siempre le creyó. Estaba feliz. Daba por hecho que así sería.
Sonría, procuraba aumentar su círculo de amistades, imaginaba que vendrían mejores tiempos para sus aspiraciones laborales, porque tenía amigos que presumían la cercanía con integrantes del primer equipo del candidato.
Contagiado del optimismo exagerado de su candidato, la victoria era el único escenario que veía. Con encuestas que lo ubicaban en el primer sitio, aunque no todas.
Llegó el día de la elección. Se apersonó en el organismo electoral, convencido de que nada más era cosa de esperar y confirmar lo repetido todos los días por el abanderado de su partido. Para nada parecía nervioso. Por el contrario, tranquilidad y seguridad absoluta. Sonriente.
Pasaron las horas, la sociedad salió de sus casas a votar, los ciudadanos. Transcurrió el día. Llegaba la tarde. Corrían versiones en todos los sentidos. Por supuesto que Pedro solo admitía informes de conteos rápidos que favorecían a su candidato. Desatendía los diferentes. No tenía motivos para dudar lo escuchado durante toda la campaña.
Fe total en su partido y candidato.
Cada vez que nos topábamos en los pasillos de la institución electoral, su saludo con el mismo entusiasmo de la mañana.
Las mesas receptoras habían cerrado, empezaba la fase del conteo a cargo de los ciudadanos que ese día actuaron como funcionarios de casilla. Ansiedad por las cifras de la muestra programada por la autoridad electoral. El reloj se aproximaba a las once de la noche, la hora prevista para dar a conocer las tendencias en voz el presidente del instituto.
Pedro no perdía el optimismo, cuestión de esperar un tiempo más para empezar la celebración.
Vino el anuncio, terminaba la expectación. La ventaja no la tenía el candidato de Pedro.
Recuerdo que su rostro se desdibujo, perdió la sonrisa, no daba crédito a lo que acababa de escuchar.
Como le habían dicho que si quería tener información de primera mano y verificada, contactara a este reportero, se acercó para preguntar con dejo desilusionado: ¿Puede haber un error en el resultado?
Mi “no” inmediato lo fulminó. Dio la espalda y se marchó. Deprimido. Con la derrota sobre sus espaldas. Costo del triunfalismo.