¿Mendigo o méndigo?

Justicia
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A 20 metros de la esquina, donde el semáforo tenía la luz roja, me percaté de que había una persona con discapacidad que pedía dinero, se ayudaba con muletas para caminar. Desde ese momento empecé a observar al gobernador, quería ver lo que haría cuando se le acercara a la ventana de su camioneta.

Un gobernador que estaba a una semana de terminar su periodo, por lo mismo con un aparato de seguridad mucho más flexible, comparado con el que utilizó el día que tomó posesión de su cargo.

Manejaba, yo iba de su copiloto.

El mendigo tocó la ventanilla y al mismo tiempo le lanzó una mirada lastimosa. Alcancé a escuchar la petición de una moneda, “para un taco, para comer”. El conductor movió la cabeza de un lado a otro, de izquierda a derecha y viceversa, solo unos segundos y, continuó la conversación sobre la pobreza en México. No le dio ni un quinto, ni una sonrisa. Un rostro de engrudo endurecido que disolvió al voltear hacia su acompañante, otra vez cordial, dibujó una leve sonrisa para subrayar su gesto amigable.

Luz verde del semáforo y aceleró, atrás quedó el pedigüeño, quien ante la negativa, agachó la cabeza, cabizbajo y triste, en silencio, regresó a sentarse en la banqueta, sin saber que estuvo cerca del jefe estatal. No me dio la impresión de que lo hubiera reconocido. Seguro lo sumó a su lista mental de tacaños.

¿Tenía que haberle dado una limosna?

Cada quien tendrá su propia respuesta. Es obvio que no es el antídoto para superar la miseria.

El nombre del gobernador ni viene al caso, porque lo que te quiero mostrar es el cambio en la actitud de gente que se dedica a ejercer la mendicidad. Ya no hay sumisión ni resignación. La mirada tímida se ha vuelto desafiante; cada vez son más los que exigen: “dame, dame, dame”.

Hasta fijan un monto: “dame 10 pesos, dame 20 pesos”. O de plano advierten: “dame, para que no tenga que robar”. Hay rencor en sus palabras y en el modo en que las dicen. Lo mismo una mujer o un hombre con vestimenta desaliñada, que rondan los 30 o 40 años de edad.

También sobreviven los que relatan su historia, cierta o falsa, de que han sido asaltados y necesitan dinero para comprar el boleto que les permita regresar a su pueblo o que exhiben una receta, juran que su hijo está muy enfermo y no tienen para  comprarle medicinas.

Se vuelve el tema complejo porque no faltan los vivales que manipulan y adiestran a menores para pedir dinero.

Ahí está el problema en la vida cotidiana, lo que subyace después de quitar a  explotadores y timadores, es un expresión cruda de la miseria que en estos tiempos deambula con cara de enojo y sentimiento de odio. Una situación que se debe tomar en cuenta, ser atendida a fin de que el encono no se convierta a la larga en una amenaza para la tranquilidad social.

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Arturo Zárate Vite

 

 

Es licenciado en periodismo, egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, con mención honorífica. Se ha desempeñado en diversos medios, entre ellos, La Opinión (Poza Rica, Veracruz) Radio Mil, Canal 13, El Nacional, La Afición y el Universal. Más de dos décadas de experiencia, especializado en la información y análisis político. Ejerce el periodismo desde los 16 años de edad.

Premio Nacional de Transparencia otorgado por la Secretaría de la Función Pública, IFE, Consejo de la Comunicación, Consejo Ciudadano por la Transparencia e Instituto Mexicano de la Radio. Su recurso para la protección de los derechos políticos electorales del ciudadano logra tesis relevante en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, con el fin de conocer los sueldos de los dirigentes nacionales de los partidos.

Además, ha sido asesor de la Dirección General del Canal Judicial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y Coordinador General de Comunicación y Proyectos de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Es autor del libro ¿Por qué se enredó la elección de 2006, editado por Miguel Ángel Porrúa.

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