Otra de Porfirio Muñoz Ledo

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Tiene 85 años cumplidos y no está dispuesto a rendirse, quiere seguir hasta el límite de sus fuerzas. Hay quienes daban por hecho que cerraría su ciclo con la entrega de la banda presidencial el próximo 1 de diciembre al morenista número uno del país, Andrés Manuel López Obrador.
Argumentaban la edad, el supuesto cansancio, sobre todo que ya no puede desplazarse con la agilidad de sus mejores tiempos, debido a la caída que sufrió hace varios años y le fastidió la cadera. El desgaste físico no perdona, pero es indiscutible que está intacto su cerebro, cien por ciento lúcido, con una brillantez admirable. Es un maestro para cualquier otro político.
Conozco su trayectoria, sus altas y bajas, no ha estado exento de los desatinos y costos políticos. Sin embargo, el saldo está ampliamente a su favor. Quizás, porque lo he entrevistado y hemos platicado innumerables veces, el punto que le irrita y quisiera borrar de la historia es la versión de que recuperó para el PRI, como presidente de este partido, la gubernatura de Nayarit cuando la ganó el socialista Jorge Cruickshank García. Negociaron y al socialista le dieron un lugar en el Senado.
Después de sus batallas como legislador de oposición, cuando él solo se bastaba para poner en jaque a la mayoría priísta en el Senado, ganaba en la tribuna y perdía en la votación, dejé de verlo algunos años. Ocasionalmente nos encontrábamos en la calle, todavía no sufría la caída.
Lo volví a ver en el antiguo edificio del ayuntamiento de la Ciudad de México. Ahí se acordó una cita para que fuera entrevistado por TV Azteca, sobre documental relacionado con las elecciones de 1988. Ya era ayudado por asistente para ir de un lado a otro. Estaba inquieto porque temía que lo pudieran sorprender con alguna pregunta. “Ya no estoy para pleitos”, me dijo casi al oído. Le comenté que el trabajo de los compañeros del Ajusto era serio, profesional y no tenía nada de que preocuparse. Así fue.
Se oxigenó con Morena, el movimiento social y político de López Obrador lo revitalizó. Forma parte del equipo ganador. Regresó a la Cámara de Diputados y nadie se atrevió a objetar su ascenso, por segunda vez, a la presidencia de la mesa directiva. (la primera vez fue en 1997, como opositor). En esta ocasión es parte del partido que ha empezado a gobernar.
¿Y cómo se comporta ahora?
La respuesta de quienes están en su entorno, aliados y adversarios es que Porfirio Muñoz Ledo está convertido en estadista, con una sabiduría de la que hay que abrevar.
Nadie como Porfirio para poner en su lugar al impetuoso Gerardo Fernández Noroña. Le dio una lección de madurez política.
Más recientemente, otra pequeña muestra de su manejo político, sucedió el 31 de octubre pasado. Sus compañeros integrantes de la mesa directiva advertían que tendrían larga sesión. La Junta de Coordinación Política entregó una lista de temas a tratar, interminable. Lo importante era solo la discusión sobre el ejercicio presupuestal de 2016.
Porfirio, sin avisarle nada a nadie, apenas agotado el debate sobre el presupuesto, ya eran las cuatro de la tarde, dio por terminada la sesión. Y todos felices se fueron a sus festividades de los primeros días de noviembre. Mario Delgado, coordinador de la mayoría, le tiene gran respeto y ya se vio en la integración del equipo de prensa de la Cámara de Diputados.

El político perfecto

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En ninguna parte del mundo existe el político perfecto, es humano, se equivoca. Es de carne y hueso. El problema es que en ninguna parte del mundo el político acepta que se equivoca o comete errores.
Hasta ahora no he visto en ningún lado que salga a dar la cara y diga que le ha fallado a la sociedad. Si todo lo que hace fuera acertado, el mundo sería otro, con mucho menos pobreza y calidad de vida. Menos inseguridad, más seguridad. Menos violencia, más paz y tranquilidad.
México no es la excepción, igual el comportamiento. ¿Se acuerdan del error de diciembre, en el primer mes de gobierno de Ernesto Zedillo?. Al final resultó que nadie era culpable. El mandatario saliente responsabilizó al entrante y el nuevo mandatario  acusó a su antecesor. La economía quedó prendida de alfileres, pero ustedes se los quitaron, reparto de excusas.
Historia repetible. No va a cambiar, porque aceptar la equivocación, para el servidor público implica aceptación de la falla. Quedaría confeso para las autoridades judiciales. En condiciones de ser sometido a juicio y sancionado en los términos de las leyes.
Por lo tanto, ni en México ni en cualquier parte del mundo aceptara que ha cometido un error.
Al político o política, no le queda otra que comportarse como si fuera perfecto o perfecta, hasta que se le demuestre lo contrario, generalmente, una vez que ha terminado su encargo.
En el ejercicio del poder, su caparazón  adquiere tal fortaleza que parece indestructible. Las críticas solo lo debilitan y perforan cuando en redes sociales y medios convencionales lo exhiben y reprueban. Hay quienes traen doble caparazón, resisten y mantienen su puesto. En ningún caso termina por aceptar haber cometido un error.
Observen lo que pasa en la familia. Sucede algo parecido, sobre todo en estos tiempos de pérdida de valores. Ninguno de los hijos o hijas admite el error, aunque sea evidente. Sucede lo mismo en la relación de pareja. Para no generalizar, diré que conozco una pareja amiga donde ella es perfecta y él, igual. Concluyen que las equivocaciones son de su mascota, al fin que no puede hablar y mucho menos defenderse.
La desgracia en el caso del político o política es para la sociedad, porque sufre las consecuencias del error, del tipo que sea.
El político o política cree en su perfección, se siente infalible. Nunca dirá que la regó, aunque la realidad del mundo diga lo contrario.