El telón del Palacio de Bellas Artes pesa 22 toneladas, y se sube, en solo 90 segundos, en minuto y medio. Sin rechinido alguno y con una rapidez que asombra a cualquiera.
Obra monumental de 12 metros y medio de alto por 14 metros y medio de ancho. El grosor es de 32 centímetros.
Se hizo en Nueva York y lo trajeron en barco a México a principios del siglo pasado, en 1911. Tardaron un año en ensamblarlo.

¿Por qué un telón de estas dimensiones para el palacio de bellas artes?

Lo más común en teatros es el telón de lona o tela que se puede mover de manera automática o jalando una cuerda. Generalmente es de color rojo o vino. Estamos acostumbrados a ver que se enrolla o pliega hacia arriba o hacia un lado, para que aparezcan en el escenario distintas manifestaciones artísticas.
El telón del palacio de Bellas Artes es otra cosa, impresiona nada más de saber que pesa 22 toneladas. Hay que conocer su historia para poder apreciarlo. Está a la vista de todos los visitantes en la sala principal.
El telón de cristal y metal simula un gran ventanal. A través de la ventana tiene como imagen o vista el Valle de México, los volcanes nevados del Iztaccíhuatl y Popocatépetl.
El telón tiene un mecanismo especial de pesos y contrapesos para subirlo y bajarlo.
Hace 110 años se pagó por el telón del Palacio de Bellas artes 95 mil monedas de plata. En la actualidad, no tiene precio. Es invaluable.
Para conservarlo, cada seis meses recibe mantenimiento técnico preventivo y correctivo.
Solo una vez ha sufrido desajuste y fue en los sismos de1985. Se tuvieron que corregir y alinear sus componentes mecánicos.
Cuando te sientas en alguna de las butacas de la sala principal, se puede observar con detalle. En el momento en que empieza a subir hay que tener presente que están subiendo una cortina metálica que pesa 22 toneladas.

¿Por qué se hizo un telón con esta fortaleza y peso para el Palacio de Bellas Artes?

A principios del siglo pasado se tenía mucho miedo a los incendios en escenarios públicos; entonces se buscó la forma de darle la mayor seguridad a los espectadores.
Por eso la cortina metálica y de cristal opalino, única en el mundo, refractaria, a prueba de fuego. Es la principal razón de que se hiciera este telón, una especie de compuerta para proteger al público en caso de incendio.
La próxima vez que vayamos a ver un concierto musical o una obra de teatro en el Palacio de Bellas Artes, vale la pena admirar el telón que pesa 22 toneladas. Su diseño en forma de ventanal y la vista de los volcanes del Valle de México. Se puede ver justo antes de que sea subido para dar inicio a la función.

maestra

El saldo de la historia política de la maestra Elba Esther Gordillo es favorable para ella, de distinta manera ha ganado sus batallas. Las más recientes, no fueron la excepción. Recobró su libertad, ganó la elección el candidato al que le dio su apoyo y la reforma educativa a la que se opuso, ha sido condenada a la renovación. Historia de sangre, sudor y lágrimas.

Su liderazgo magisterial, complejo, difícil, intenso. Para que ascendiera a la dirección del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) también hubo sacudida desde el gobierno para que Carlos Jonguitud le dejara la secretaría general.
Y para mantenerse más de dos décadas, su actuación como una guerrera, como se ha autodefinido. Quienes han trabajado a su lado, les consta que es una mujer dura, brava, inteligente, insuficiente en ocasiones para salirse con la suya. Recuerden que sus propios compañeros le quitaron la coordinación de los diputados priístas y sus diferencias con el tabasqueño Roberto Madrazo la orillaron a desprenderse del Revolucionario Institucional.
Contribuyó al triunfo de Vicente Fox y, fue inobjetable su participación en el éxito electoral de Felipe Calderón, lo que explica la gran influencia que tuvo en el gobierno del michoacano. Su yerno Fernando González Sánchez fue nombrado subsecretario de la Secretaría de Educación Pública.
Quienes conocen los intestinos del sistema presidencialista, saben los riesgos que se corren al retar el poder del presidente. Joaquín Hernández Galicia, quien fuera líder petrolero, pagó con cárcel su osadía. La maestra se tropezó con la misma piedra y sufrió cinco años.
Episodios en escenarios donde se suponía había contrapesos. Ahora, imagina lo que puede suceder con un gobierno o el titular del poder Ejecutivo poderoso, sin contrapeso alguno, ni simulado.
Elba Esther, como todo ser humano, no es perfecta. Con aciertos y desaciertos. Altas y bajas, triunfos y fracasos, lealtades y traiciones. Capaz de crear un partido, ahora, sin su apoyo, desaparecido.
Ha regresado, nada más que en circunstancias totalmente distintas a las que le tocó vivir en sus mejores tiempos. Además, su edad, salud y situación familiar han
cambiado. Prácticamente nadie de los medios se dio cuenta, pero el día que reapareció en conferencia de prensa, al final, cuando saludaba y se tomaba selfiescon sus fieles profesores, se sintió mal y decidió marcharse. De cualquier manera, seguro que más de uno debe estar preocupado ante la posibilidad de que cobre facturas.
En mi análisis, la maestra ya no va a volver al frente de batalla, quizás ocasionalmente de la cara para opinar de política.
Tiene en su agenda algo mucho más importante: su familia. Se ha quedado a la cabeza de la familia como lo estuvo su madre, fallecida hace varios años. Tendrá que ver por su hija Maricruz (Mónica murió víctima de cáncer) por sus nietos y bisnietos. También dedicará tiempo a sus relaciones personales (tiene pareja pero no se ha vuelto a casar).
Lo que tenía que vivir en la política, de manera pública, ya lo vivió, su ciclo se ha cerrado.

Absorbidos por la transición política, por el paso hacia la Cuarta Transformación,el fallecimiento de Marie-Jo Paz, la viuda del Premio Nobel de Literatura Octavio Paz, autor del Laberinto de la Soledad,ha pasado prácticamente desapercibido para la opinión pública. Mucho menos se ha enterado de la extinción de la familia del famoso escritor.
Ya no hay familiares cercanos y nadie, hasta el momento, reclama el patrimonio de los Paz. Marie-Jo no dejó testamento. Corre la versión de que existe un familiar en Francia. Nada confirmado. De acuerdo con disposiciones legales, podría aspirar a la fortuna, familiar hasta de cuarto grado. Es decir, un primo hermano, sobrino nieto o tataranieto de la viuda.
Por supuesto que lo más valioso es el acervo literario de Paz, su poesía, su biblioteca, archivos y cartas que había heredado Marie-Jo. Muerta la viuda, todo indica que el Estado se quedará con el patrimonio.
Paz solo tuvo una hija de su primer matrimonio, Helena Paz Garro, quien falleció en el 2014. La hija no tuvo hijos. Su madre, Helena Garro, murió en 1998. Marie-Jo tampoco tuvo hijos, ni en su primero ni segundo matrimonio.
El proceso sucesorio no es rápido, así que el próximo gobierno podría tener la última palabra sobre el destino del legado de Paz. Debo decir que no puede haber mejor destinatario que la sociedad, para conocer más de la vida y obra del literato, sus espacios, libros y quizás textos inéditos. Es la obra del maestro lo que no se puede perder. Hay que conservarla para la posteridad, pero no bajo llave. La casa o casas que tenga pueden convertirse en museo de su misma obra. Seguro que el mundo de las letras estará interesado en tener la oportunidad de saber más sobre el nobel mexicano.
La familia se ha extinguido, pero la obra sobrevive y sobrevivirá. Polvo eres y en polvo te convertirás, dice la sentencia bíblica para todos los humanos. Los Paz no han sido la excepción.
Marie-Jo no heredó ni a sus asistentes, los que la auxiliaban en sus actividades cotidianas. Evidentemente, hacer un testamento, nunca formó parte de sus planes. No fue preocupación.
¿Existirá y aparecerá el familiar francés? ¿Si apareciera podría demostrar su lazo consanguíneo?
Nada mejor que el legado del escritor mexicano se quede en México. Y no únicamente que se quede,  sino que se entregue y que de verdad se ponga a disposición del pueblo.
En este caso, el pueblo debe ser el heredero de esta joya de la cultura.

La Escuela de Periodismo Carlos Septién García no pudo haber encontrado mejor día para presentar el libro Cuentos del Barriodel maestro Manuel Pérez Miranda que el Día Mundial de la Libertad de Prensa, aunque también es el Día de la Santa Cruz, la fecha de celebración de los trabajadores de la construcción. Cada quien en lo suyo, no es motivo de conflicto.
Cuando llegué al auditorio Alejandro Avilés de la EPCSG, en la planta baja, donde antes era un espacio ocupado por voceadores para compaginar y ordenar las secciones de periódicos, estaba lleno. En el presídium el autor del libro, acompañado de la poeta Dolores Castro y los periodistas Alberto Barranco y Pilar Jiménez Trejo.
El maestro Pérez Miranda, maestro de 25 generaciones de periodistas, también fue mi maestro. Con su aspecto acostumbrado, su rostro endurecido, rígido, serio. En espera de su turno. ¿Seguirá con esa fuerza que lo caracterizó al dar clases? ¿Con la voz de tenor?, me preguntaba.
Me pareció el mismo maestro que conocí hace tres décadas, respetuoso, caballero, disciplinado, cuidadoso, pulcro en su oratoria. Impecable. Empezó por agradecer a quienes presentaban su libro, palabras de elogio para cada uno. Y no llevaba nada escrito, ningún mensaje leído. Lo que sabía de ellos y le salía de su corazón, directo y afectuoso.
Siempre le he tenido gran aprecio. Recuerdo la ocasión en que platicamos del concurso de géneros que organizó la escuela, con motivo de su 25 aniversario. Con la franqueza que le distingue, me reveló que su propuesta como parte del jurado fue que recibiera el primer lugar por la entrevista al pintor Rufino Tamayo, dado el grado de dificultad que representaba para un estudiante sentarse a platicar con el afamado artista oaxaqueño. Me habían dado el tercero.
Tampoco olvido como el compañero Jorge Cruz, quien ahora vive en Oaxaca, regularmente no cumplía con sus tareas e invariablemente encontraba la forma de convencer al maestro que le diera más tiempo. Lo esperaba al término de la clase y hablaba con él en corto, afuera del salón. Lo conseguía, Jorge regresaba al salón con una sonrisa. Yo concluía que el maestro Pérez Miranda era generoso. Una nobleza que ocultaba con su rostro endurecido.
Daba la clase de redacción como un verdadero maestro, explicaba con precisión los géneros periodísticos. Subrayaba la responsabilidad del periodista. Su concepto sigue siendo válido y lo recordó en la presentación del libro: “decir la verdad, los hechos como son, cuando se trata de informar o dar la noticia”.
También habló de lo que llamó “vergüenza torera”, que no es otra cosa que entrarle al toro, no evadir ni rehuir los retos de la vida. Por eso la petición del público, de quienes fueron sus alumnos, para que no se corte la coleta y siga por el camino de escribir nuevos libros, que “Cuentos del Barrio” no sea el último. Manuel Pérez Miranda, como maestro de las letras, puede dar más.

A sus 95 años, de memoria admirable, después de hacer un recorrido por la historia de México, recordar crisis, resabios de conflictos bélicos, los graves problemas de cada época, sensible, dice que ahora le toca vivir “una etapa en la que el mundo está loco, porque todo es violencia”
Le reprocha a la sociedad que no piense en que la cultura de la paz y prosperidad no se genera de un día para otro; el olvido de valores y la belleza de la vida, el canto de las aves, del gallo, la naturaleza, los árboles, la convivencia humana, el ayudarse unos a otros.
Mujer que por la edad y por el tiempo que no perdona, se desplaza en andadera, con una sonrisa que aflora sin resistencias, dulce, cariñosa con sus familiares, gentil con sus amistades, agradecida con sus alumnas y alumnos, con especial aprecio para las poetas Aura María Vidales y Juana María Naranjo, organizadoras del homenaje en el Museo de la Ciudad de México, en el Centro Histórico, con motivo de sus 95 años. Originaria de Aguascalientes, poeta de mente vigorosa, amiga en su juventud de Rosario Castellanos.
Para ella, para Dolores Castro Varela, “la violencia es horrible donde quiera que se encuentre”. Fue testigo de la guerra cristera, en la que “sufrieron tanto cristeros como soldados”; juzga espantoso lo sucedido con los estudiantes en 1968; admira a esa sociedad en la época del cardenismo, en la expropiación petrolera, que sacó sus ahorros y alhajas del cajón para ayudar a pagar la deuda con las transnacionales. Sus palabras hacen una película verbal, recuento de momentos álgidos, cronología de la historia de México. En orden, desde principios del siglo pasado hasta el presente, al 2018.
Sabe del amor y del dolor, extraña a su esposo, “mi segundo yo”. Tiene hijos y nietos. Ha vivido la mayor parte de su vida en la CDMX. También tuvo casa en Zacatecas. Poeta, narradora, ensayista y crítica literaria. Ha dado clases en las universidades Nacional Autónoma de México e Iberoamericana. Es egresada de la UNAM, con los títulos de licenciada en Derecho y maestría en letras. Posgrado de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid.
La aplauden de pie, larga ovación. Ella decide levantarse de su asiento para agradecer.
Sentada, emocionada, escucha a sus alumnas que rememoran su trayectoria y poesía, a quienes hoy también tienen un lugar como poetas, a Aura María Vidales, Juana María Naranjo, María Mercedes Najera, Leticia Ricardez y Lucía Rivadeneyra. Admiración y aprecio por su maestra.
95 años de vida, 70 años dedicada al magisterio, mujer con autoridad moral, inteligente, poeta, conmovida por la violencia.
A la poeta Dolores Castro Varela le duele  la violencia que lastima a la sociedad y por eso llama “loco” al mundo.

“Algo le duele al aire”

Algo le duele al aire,
del aroma al hedor.
Algo le duele
cuando arrastra, alborota
del herido la carne,
la sangre derramada,
el polvo vuelto al polvo
de los huesos.
Cómo sopla y aúlla,
como que canta
pero algo le duele.
Algo le duele al aire
entre las altas frondas
de los árboles altos.
Cuando doliente aún
entra por las rendijas
de mi ventana,
de cuanto él se duele
algo me duele a mí,
algo me duele.

Dolores Castro

Tres vodkas y un tarro de pulque curado de tuna en una hora, la ingesta del escritor y poeta Eusebio Ruvalcaba.Ruvalcaba

Un tipo divertido, encantador, cautivador, domador de la bebida etílica. El alcohol, en vez de provocarle confusión y trabarle la lengua, parece acrecentar su lucidez e inteligencia y darle una impecable dicción. Es imán para los que aman la poseía y las letras. Tuvo lleno completo en el foro de arte de la pulquería Insurgentes de la Ciudad de México, en lo que fue un homenaje llamado “anti-homenaje” porque no es afecto a los homenajes. Diferente y carismático, fascinante.

Se complació su solicitud para que se hiciera tocar uno de los discos de su padre, una de sus interpretaciones como violinista. Pronto dispuso que se apagara el fondo musical, para concentrarse en el evento, para escuchar a sus amigos que hablaban de su vida y estilo.

No leyó nada, ni un cuento, ni una novela, tampoco su poesía, a pesar de la insistencia

del promotor cultural del lugar, Carlos Martínez Rentería. Eusebio Ruvalcaba hizo lo que quiso.ruvalcaba-2

Sin embargo, deleitó con un relato en forma de cuento. Aseguró que era la historia de su maestro, de alguien que le enseñó los secretos de la literatura. Un personaje de piel negra.

Nadie pestañeó, todos con las orejas dispuestas para captar cada una de sus palabras. La historia de un negro, que la primera vez que lo citó en su cuarto, lo hizo a las tres de la mañana.

Por la insistencia de su interlocutor, Eusebio accedió, no sin antes pasar el filtro de su esposa que le preguntó a dónde iba a esa ahora. Desinhibido le respondió que visitaría a su maestro, porque le llamaba y no admitía que el encuentro se dejara para más tarde o a la luz del día.

Según Eusebio, el nombre del escritor negro era George Half Bennett. A mi me sonó  a nombre de ciclista. Eusebio siguió con la historia. ruvalcaba-3Se trataba de un escritor empedernido, que no paraba de escribir, “escribía como loco”. Contrario a Eusebio, no bebía ni una sola gota de alcohol. En su lugar, su vicio, era llenarse la boca de “chochos” y consumirlos.

Recuerda Eusebio que una vez le dijo: “lo que haces es una estupidez”. Le daba la calificación de mediocre. A pesar de los desplantes, para Eusebio fue su único maestro.

El día que se marchó o se fue de viaje el virtuoso negro, le dejó una caja. Cuando la abrió, ahí estaban las servilletas, plumas y otros accesorios que habían utilizado en su intelectual y platónica relación.

Martínez Rentería no se pudo contener, le gritó que esa historia no era cierta y que no conocía a ese negro escritor.

El cuento recibió el aplauso unánime de los asistentes y en el rostro de Eusebio se dibujó una ruvalcaba-4sonrisa.

Su amiga Flor Piña le recordó que su esposa Coral prefería no leerlo, por sus escritos sobre amantes, ligues y triángulos amorosos. Daniel Escalante confesó que los cuentos de Eusebio lo han conmovido hasta las lágrimas. Jorge Borja lo destacó como embajador plenipotenciario del mezcal, porque también disfruta la bebida oaxaqueña. El mejor elogio que le hizo fue que “como nadie, cultiva la amistad”. Y Juan Carlos, otro de sus amigos, rubricó la noche apologética del escritor y poeta con la frase de que no puede haber mejor homenaje que un anti-homenaje para el tapatío Eusebio Ruvalcaba.

 

Un contacto por día

Cada día elimino un contacto

de mi celular.

Cada día regalo una pluma.

Cada día me deshago de un libro.

Cada día dejo de dar un paso.

Cada día me despierto más tarde.

Cada día bebo lo mismo pero más cargado.

Cada día tolero menos la ignorancia

de mis interlocutores —sobre todo

si no me hacen reír.

Cada día extraño menos a las mujeres.

Cada día abomino más de mis ojos,

que cada vez que me miro al espejo

me devuelven la imagen de alguien

que aborrezco.

Al ver el cuadro e inmediatamente el título, lo primero que vino a mi mente fue la fuga de Joaquín Guzmán Loera “El Chapo”. La más reciente, la del Altiplano en el estado de México. Aunque también me pregunté: ¿Y qué tiene que ver una pistola?fuga Nada con la famosa fuga, porque no utilizó esa arma para escaparse. Sin embargo, las armas de fuego tienen liga con quienes llevan una vida que se aparta de la ley. Además, la pistola de la que te hablo, apunta hacia lo que se puede ver como un camino, un túnel, que en su entrada tiene luz y luego se oscurece.

Es el cuadro de la pintora Lorena Camarena Osorno, que tituló “Fuga”, parte de la exposición montada en la Fundación Sebastián, en la Ciudad de México.lorena Deja en claro que esta “fuga” nada tiene que ver con “El Chapo”. Admite que para ella no es fácil titular su obra y tampoco sabe con certeza lo que hará cuando toma los pinceles y empieza a pintar.

Se deja llevar por la memoria histórica, por ese pasado que se va perdiendo con el transcurrir del tiempo y que quiere petrificar. Por eso el nombre de su exposición es “Luz Fósil”. Deja huella, te ilumina y hace reflexionar, imaginar, sin importar si lo que imaginas coincide o no con la intención de la artista. La obra provoca y hace construir historias, te impacta.

En la “fuga” también se dibuja una báscula y es lo que en la ficción puede servir para calcular lo que pesa la tierra que se sacará del túnel.  Es una historia inventada por el observador y que se construye a partir de los trazos de Lorena Camarena Osorno en el lienzo.mujer-arbol

Para Lorena, lo que hay en su cuadro “es la fuga del momento, la presencia humana que se escapa con el paso del tiempo, que solo es posible fosilizar, petrificar, en la pintura”.

-Y de México que quisieras petrificar?

-La frescura de la vida, nuestros valores, para darnos cuenta que el país sigue a pesar de actos espantosos.

Está consciente de la situación en México pero para Lorena lo que al final debe prevalecer es lo positivo.

Otro de sus cuadros es “la mujer árbol”, la identificación con la ecología. Quizás suene raro que insista en que sus primeros pincelazos sobre la tela los da sin saber lo que hará, pero así es. O sea, cuando empezó, no tenía la idea de una mujer y mucho menos bautizarla como “mujer árbol”. Reconoce que esta pintura tiene influencia romana.fosil

Es lo que su inspiración transmite a través de sus manos, da luz y petrifica los momentos que se escapan.

Tiene una fluidez artística que contrasta con su timidez oral, porque reconoce que lo suyo no es hablar en público y prefiere que sea la poetisa María Rivera quien haga la presentación de la exposición y hable de su obra, resalte que en los residuos de la historia está lo verdadero, la belleza inesperada, su universo personal, hechos que sucedieron en otro tiempo pero que permanecen.

La obra de Lorena estimula la imaginación.

El maestro Genaro Cruz Osorio, mejor conocido en la escuela primaria como el “maestro Choyo”, era de cabellera gris, colindaba entre la segunda y tercera edad. Un auténtico cara dura. Usaba lentes. No recuerdo haberlo visto sonreír. Inspiraba temor entre los escolares. Daba el sexto año.Estudiantes

Acostumbraba a jalar las patillas, las dos al mismo tiempo, al que estuviera desatento, incumpliera la tarea o se fuera de “pinta”.

Su frase de batalla y de advertencia para los estudiantes era: “llueva o truene, tienen que venir a clases”.

Por vocación, disciplina y miedo, no falté a ninguna.

No me escapé del jalón de patillas, porque no supe dar respuesta a una de sus preguntas académicas.

Por su fuerza y el dolor que dejaba, el jalón de patillas se volvió inolvidable, para todos los que lo padecieron.ESCUELA artículo 123

Tenía su medida, sacudía la cabeza del alumno con el jalón de patillas, pero sin arrancar un solo cabello.

Lo que más me impresionó fue el día que le jaló las patillas a Juan Carlos y enseguida complementó el castigo con una serie de nalgadas. Agarraba vuelo su brazo izquierdo y la palma de su mano se estrellaba en esa parte media, entre la columna vertebral y los muslos.

Poco faltó para que el compañero llorara. Lo vi sudar y el rictus de dolor en la cara, enrojecida. El maestro lo levantaba de cada manotazo. A nadie más le llegó a pegar de esa manera. Supongo que descargó un coraje que le habían ocasionado en algún otro lugar.

Su estilo de formar y enseñar era conocida dentro y fuera de la escuela. Ni una sola queja o protesta de estudiantes o padres de familia. Su reputación era impecable. Tenían ganado el reconocimiento de que sus grupos eran los mejores calificados, los más adelantados.

Recuerdo al “Maestro Choyo” de la escuela Artículo 123 María Enriqueta de mi pueblo Poza Rica, Veracruz, justo en el inicio de un nuevo ciclo escolar, en especial su frase lapidaria “llueva o truene tienen que venir a clases”.

 Hoy veo que la inasistencia no es por la lluvia ni por truenos, tampoco es imputable a los escolares, sino a los adultos que hasta ahora no han sido capaces de mejorar el nivel educativo.

Están más ocupados en diferencias sobre la llamada “reforma educativa” que para muchos es solo laboral, aunque del fondo del asunto ya sale un olor a 2018, a disputa presidencial.

¿Y a quién o quiénes conviene que el grueso de la población tenga un bajo nivel educativo?

En camino al tête á tête, face to face o cara cara de Ernesto Zeivy y Endy Hupperich, imaginaba que me aproximaba a una batalla de pincelazos, un enfrentamiento, porque ahora la riña o el escándalo parece ser lo cotidiano en México, es1 Los autorretratos lo que reflejan los medios de la película citadina.

Hice un trayecto de mi casa (la cortesía de decir que es la tuya se ha perdido en la vorágine de la modernidad) al Café La Gloria en la colonia Condesa de la Ciudad de México. En el recorrido, testigo de expresiones virulentas de hombres y mujeres, miradas matonas, muecas ofensivas, manifestaciones procaces y agresivas. El mundo exacerbado de la 2 Endymegalópolis.

El metrobús a reventar, en hora pico, apretados como sardinas.

“¡Puto!” gritó la persona que a empujones consiguió subirse. Cerradas las puertas, con ese insulto y su mirada a través del acrílico, retaba a golpes al usuario que había quedado afuera, en el andén, el osado que había intentado ganarle el acceso. No faltó el metiche con su comentario valentón y su convocatoria a golpear al que iba en el transporte. Solicitaba aliados para surtirlo con golpes de todos sabores. 3 Ernesto y EndyLa presunta víctima ni enterada ni preocupada, porque ya viajaba hacia la siguiente estación.

Gente crispada.

En la calle, una imagen distinta de pedigüeños, no la de los tradicionales que visten ropas viejas y sucias ni tampoco indígenas. Esta vez un par de “primos”, treintañeros, con ropa limpia, fuertes, amenazantes. “Primos” porque me llamaron “primo” para enseguida exigirme 10 pesos. No les di nada, opté por acelerar el paso, con cierto temor.

Más adelante una joven mujer, con llamada en su celular y un tono violento, el volumen de su voz alterado, reprendía a su interlocutor al otro lado de la línea telefónica: “¡Ve y cógete a tu madre!...”. Ella siguió con su pleito y yo hacia el tête à tête de los pintores Ernesto y Endy.5 autoretrato

Todavía antes de llegar a la cafetería, dos muchachos más, con su realidad y exigencia: “no tenemos trabajo, danos dinero”

Imágenes reales y ásperas.

Permeado mi ánimo por esta atmósfera negativa, suponía sin base alguna, influido por el momento, que me esperaba más de lo mismo en la exhibición pictórica, en el cara a cara.

Sin embargo, el par de pintores, uno alemán y el otro mexicano, su obra, contrastarían con la 6 Autoretratoirritación social que acababa de presenciar en mi trayecto. La armonía entre dos amigos para hacer un cuadro a cuatro manos, “a tres”, corregiría una señora que sabía que Endy Hupperich trabaja solo con el brazo izquierdo, porque el derecho fue víctima de un accidente.

La pintura de dos amigos, dos maestros, con sus propios talentos y gustos, satisfechos de sus creaciones, la historia de quienes logran ponerse de acuerdo para trabajar juntos, en armonía.

Sus diferencias están en su arte, cada uno con su estilo, sus autorretratos que disfrutan, el collage que retoma su entorno, que juega con los materiales, define figuras e incursiona en lo abstracto.

Su obra a tres manos se convierte en una tercera alternativa para sus seguidores, la conjunción en el lienzo de una mujer, un sombrero, un auto, 7 Ernestoun perro, las estrellas y el $ 2.50 que me recuerda que alguna vez tuvo esa cotización el dólar. Yo prefiero su trabajo individualizado, la inspiración personalizada, me impacta y conquista más. Cuestión de enfoques.

Es un encuentro de amigos, de saludos entre conocidos, artistas y admiradores, gente que se detiene a contemplar cada cuadro o conversar el acontecimiento, los colores y los trazos.

Juntos Ernesto y Endy, sonrientes, divertidos, animados para posar a la hora de las fotos. Endy bebe una cerveza y no suelta la botella. Ernesto sostiene un vaso con agua, sin dejar de mencionar que es aficionado al mezcal.

Estampas humanas, sin bravatas, sin insultos ni infundios que puede provocar el ajetreo del día a día, sobre todo en los espacios de la política y la lucha por el poder.8 Ernesto Zeivy y Endy Hupperich

Entre Ernesto y Endy, el lenguaje es otro.

“Es un pintorazo”, la definición que hace Ernesto Zeivy de Endy.

“Fenómeno del arte, generoso”, las palabras de Endy Hupperich para Ernesto.

Pintores creativos, inteligentes y capaces para ponerse de acuerdo.

Inobjetable:

Un tête à tète amistoso, público y ejemplar, que ya empiezo a ver como rareza entre las bravatas de la película citadina.

Pocas veces me encuentro con un título que prácticamente a cualquier persona le cierra el ojo y la conquista.

“Todo menos trabajar”.

Cuando lo vi, de inmediato se asomo la sonrisa y un expresión de relax, por la sugestiva idea de no trabajar.

Se trataba de la invitación a la presentación de un libro de poesía, en la Pulquería Insurgentes, en la Ciudad de México.

Imposible desairarla.

Por un  momento supuse que encontraría una buena receta para holgazanear.

La verdad es que para el joven Ricardo Limassol, 29 años de edad, vestido con la elegancia del negro y blanco, con un medallón plateado para cerrar el cuello, barba recortada, escribir poesía no es trabajo.

No lo he visto escribir pero sí leer sus versos.

Lo vi gozoso con su lectura. No hizo otra cosa que leer en la presentación de su libro Todo menos trabajar. De principio a fin, sin ningún comentario adicional. Embelesado con su propia poesía.

Me pareció entretenida, divertida e inteligente.

Por momentos recargaba la mano izquierda  en su mejilla, supongo que por comodidad, no lo percibí nervioso. Recordé al periodista veracruzano Jorge Saldaña (QEPD) que al cantar se ponía la mano en la oreja con la intención de escuchar mejor su voz. Cada quien su estilo.

Ahí, sentado en un reducido espacio cultural, inmerso en una casona donde se venden bebidas etílicas, contrario a la costumbre del lugar, el poeta prefirió una Coca-Cola.

La lata de aluminio con el color rojo y la marca que la distingue en el mundo. Nunca vi que le diera un sorbo, tampoco que se la sirviera en el vaso.

El poeta, su poesía y su Coca-Cola, en una pulquería, una imagen que si la llega a ver el gurú del marketing de la transnacional, Marcos de Quinto, al que por cierto le gusta la poesía, es capaz de sacarle utilidad para su negocio.

Hacía calor y la ocasión ameritaba algo que refrescara la garganta.

Ricardo Limassol leyó varias de sus poesías, sin pausa, una tras otra, hasta llegar a la que lleva el nombre de tu texto.

Todo Menos Trabajar

 

Tiempo para la ayahuasca

Tiempo para Cuba

Tiempo para escribir un guión de cine.

Tiempo para no tener un hijo

Tiempo para beber un bloody mary

Tiempo para hacer la depresión a un lado

Tiempo para limpiar el baño y la cocina

Tiempo para dejar de ser el capitán

Tiempo para dormir hasta las cuatro de la tarde

Tiempo para dejar de creer que algún día dejaré de producir poesía

Tiempo para poner las manos en el fuego

Tiempo para poner el corazón en el congelador

Tiempo para dejar de ser joven

Tiempo para cruzar la calle con precaución

Tiempo para dejar de estar aburrido con el mundo moderno

Tiempo para aprender a andar en motocicleta.

Tiempo para papá y mamá

Tiempo para dejar de inventar excusas

Tiempo para ponerle fin a las cosas que estorban

Tiempo para golpear el teclado con fuerza

Tiempo para ser un buen hombre

Ricardo se levantó de su asiento, tomó la Coca Cola y se la llevó; el libro, lo dejó sobre la mesa.

Esta vez tuve que subir al Metrobús  porque el Doble Hoy No Circula dejó paralizado mi automóvil. Puntual, a la hora programada para la inauguración de una exposición de pintura en la Casa de Cultura San Rafael, en la colonia del mismo nombre en la Ciudad de México.

La verdad, nunca había pisado esa vieja casona que ahora funciona como casa de cultura. Cuando llegue había una conferencia académica, en lo que sería el patio. Se hablaba sobre la historia del ferrocarril en nuestro país.

Recorrí los dos niveles, sus salones de exposición que en el pasado sirvieron de habitaciones o dormitorios, un taller de pintura con la ventana abierta. En el pasillo de la parte superior, bancas de madera y ahí, sentado, escuchaba que la conferencia estaba por terminar.

Antiquísimo espacio de la Ciudad de México para fomentar el arte, con acceso gratuito.

Una treintena de visitantes, algunos niños.

Iba para ver la obra del pintor Octavio Moctezuma. Había tres expositores más, otros perfiles y otro arte.

A mi lo que me llevó a ese lugar era conocer lo que había hecho Octavio, lo que tituló “La fábula de la liebre y el perro”.

En particular su cuadro “Frederick Mosh le explica al perro la teoría del arte contemporáneo de Avelina Lésper”.

Y es que Avelina, especialista en el análisis, le ha pegado duro al arte contemporáneo en diversos espacios y medios. Le parece una farsa, porque en opinión de ella, carece de rigor, de inteligencia y es producto de la ocurrencia.

Eso, duele, ha dolido y hay adoloridos.

La respuesta vino con arte, con ironía, con arte contemporáneo, con una fábula plasmada en una pintura, en un dibujo, con los pinceles de Octavio inspirados en una fotografía del también artista Frederick Mosh que subió a las redes sociales, la imagen de la crítica de arte y el nombre del cuento corto atribuido al griego Esopo.

Esperé más de una hora a Octavio, llegó tarde.

La ceremonia de inauguración se llevó a cabo en su ausencia, se realizó como estaba previsto, con corte de listón.

Cuando vi que alguien puso sobre una mesa el botellón de diez litros de agua de jamaica, se me antojó por el calor. También mostró una botella de litro e informó que era mezcal.

Después de la inauguración y el recorrido por los salones de exposición, estaban listos los vasos de plástico con agua color rojo jamaica, desteñido. Se me hizo raro que el líquido hubiera perdido su tonalidad original. Tomé uno para atemperar el calor.

El agua había sido mezclada con mezcal para el brindis. No le faltó clientela. Yo, decliné la oferta al segundo sorbo y aguanté el calor, el sudor.

Por fin apareció Octavio Moctezuma para explicar su cuadro, había pintado a Frederick con el perro abrazado sobre su pecho, con una actitud como si le explicara la teoría del arte contemporáneo de Avelina Lésper, acorde con el nombre  que le dio a la obra.

Me quedé con la impresión de que el pequeño canino, no se distingue la raza,  estaba abrumado, no lo vi juguetón ni con movimiento de cola, di por hecho que miraba atento a su dueño.

En otro cuadro, un dibujo con un personaje que cargaba la liebre.

“La liebre está muerta”, me dijo Octavio.

En la fabula atribuida al griego Esopo, el perro de caza muerde a veces a su presa y a ratos la lame y besa.

La moraleja es que no debe de hacer las dos cosas, porque pierde coherencia y consistencia en sus principios.

Octavio y Frederick mezclaron la pintura y la literatura para enviar un mensaje con arte contemporáneo.

Lo vi huir como lo haría una de esas cebras que ha fotografiado cuando se ve amenazada por un carnívoro africano. Asustadizo, no porque estuviera en riesgo su pellejo o su vida, sino por ese temor confesado a la palabra oral. Lo suyo no es hablar sino fotografiar.

“Fotografío pero no habló”, admitió ante la invitación del maestro escultor Sebastian para que lo hiciera, en la presentación de su primera exposición llamada “Segunda Naturaleza”.

Se esforzó en explicar porqué le dio ese título, por ese encuentro con el mundo al levantarse, cuando observa el entorno y descubre la realidad que le rodea, lo que pareciera común e intrascendente.

David Dahlhaus tiene ojo fotográfico, su obra confirma su creatividad, es exitoso, comercial, más de una empresa nacional y transnacional saben de su calidad artística, de su arte e impacto.

Sebastian vistió una modelo mestiza y David la fotografió, en esa sesión, relatada por el escultor, se conocieron, ahí nació su amistad, ahí lo descubrió. La foto, por supuesto, parte de la obra expuesta en la Fundación Sebastian, ubicada en la avenida Patriotismo de la Ciudad de México. La mestiza, sin pretenderlo, los unió, los hizo amigos.

Por eso, la primera exposición de David en ese espacio que también es una obra de arte de su dueño.

Irradia energía su personalidad, una fuerza que contrasta con su miedo al uso de la palabra, huidizo al habla. Su cebra fotografíada, una vez acorralada, no tendría más destino que saciar el hambre del felino. Él, todavía no ha descubierto que tiene muchas cosas que decir y que no va a perecer en el intento.

Sebastian explica y justifica esa conducta, que la puede tener cualquier artista, el temor a la exhibición, a la desnudez de la obra ante quienes van a criticarla o evaluarla. El temor del autor a no convencer, a ser reprobado o rechazado, el miedo al fracaso.

El afamado escultor le dio la acostumbrada “patadita”, a solicitud del mismo artista de la cámara fotográfica.

David está convencido de que su alma se queda en cada uno de sus fotos. Y tiene razón, porque después de observar cada una de ellas por varios minutos, hay una energía que te atrapa y transporta a su mundo, al color, a su emoción  e inspiración, a lo real e irreal, a lo abstracto y a lo natural. Cada fotografía tiene vida, despierta un sentimiento, seduce y conquista.

El fotógrafo llevó a su padre para la gran ocasión. En la sala de exposiciones no había otro rostro más orgulloso, con una sonrisa de satisfacción y una palabra de agradecimiento para quienes admiran a su hijo.

Recomendable la exposición.

Cierto, David Dahlhaus habla mucho más a través de sus fotos.

¿Se imaginan que en la próxima carrera del gran premio Formula 1 ganara un automóvil impulsado por el viento? Por hoy es ciencia ficción. Una realidad en el cortometraje de Pablo Tonatiuh Álvarez Reyes. Historia corta creativa, con una gran capacidad de síntesis e imaginación, premiada con el tercer lugar en el Festival Ecofilm 2012.

Narración sensible, sencilla, en sólo cinco minutos te tatúa el cerebro, queda en el "disco duro". El impacto es inmediato. Está patrocinada por empresas privadas e instituciones públicas pero seguro que la inversión es mínima. Dominan la inteligencia y la capacidad de crear.

Pablo Tonatiuh es el director y guionista, joven artista del celuloide mexicano, con una actitud y apariencia intensa, dominador. Su principal recurso es la creatividad. Sin dinero. A más de un colaborador, para participar en sus proyectos, lo que les ofrece es hacer currículo, nombre.

Me tocó ver su cortometraje titulado “Pequeños Grandes Cambios” no en una función de gala, tampoco en una de las salas de las cadenas de cine que controlan el mercado en México. Muy lejos de las luces que ahora iluminan a la tercia de ases Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. La exhibición fue en ese lugar de Insurgentes especializado en pulque y promotor de la cultura gracias a la batuta de Carlos Martínez.

De cualquier manera, Tonatiuh estaba complacido, motivado sobre todo por difundir su obra, con sello social y ecológico. Aprovechó el pequeño lugar para presentar varios cortos. Hubo dificultades técnicas con el proyector, superables. Él se mantenía tranquilo y sonriente. A pesar del frío, el sitio se llenó. Empezó con la historia de una “cantante”.

“Pequeños Grandes Cambios” es la joya de su obra, una calle y un parque son el escenario de la película. El protagonista un niño dueño de un diminuto “vocho” de plástico, su juguete.

Su  Fórmula 1 que lleva a participar en una carrera. En aparente desventaja porque los autos de los otros niños, más altos que él, son de control remoto, electrónicos. Par de niñas colocan la manta con la palabra “Meta” y otra agita la bandera de cuadros para dar la señal de salida.

Al “vocho” su dueño le adaptó una vela y un rehilete, para impulsarlo solo con la ayuda del viento.

Fallan los controles remotos. El que llega en primer lugar es el que utiliza la corriente de aire como energía.

Ese es el final de la carrera.

“Lo que mueve al mundo no son las máquinas sino las ideas”, es la frase de Víctor Hugo que aparece en la pantalla.

Y para cerrar, la imagen de un trabajador en un campo en el que se encuentran los ventiladores que generan la energía eólica, a partir del viento.

Un cortometraje que vale la pena ver y difundir, en pro de las energías limpias y la salud de la sociedad.

Cuando veo cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) de que en México hay más de siete millones de jóvenes de 16 a 29 años de edad que no estudian ni trabajan y que según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) solo ocho de cada 100 escolares concluyen una carrera, surgen interrogantes sin respuesta inmediata.

¿Qué va a pasar con esos siete millones de mexicanos? ¿A qué se van a dedicar para sobrevivir? ¿Se casarán? ¿Vivirán en unión libre? ¿Tendrán un lugar donde vivir? ¿De dónde saldrán los ingresos para la manutención, para que no falten las tortillas y frijoles en la mesa, por lo menos? ¿Con qué van a comprar su ropa y sus zapatos? ¿Tendrán hijos y podrán enviarlos a la escuela? ¿Son mexicanos de generación o generaciones perdidas?

México también carga con más de cinco millones de analfabetas, estadística del Instituto Nacional para la Evaluación Educativa y aparece siempre entre los últimos lugares cuando participa en el Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos (PISA).

Sin embargo, el pesimismo y el desaliento no deben ser opción, ya hay acciones y estrategias que se tendrán que mejorar para enfrentar esos retos educativos. Sería ideal que se alcanzara niveles de Japón, Singapur, Alemania, Dinamarca o Finlandia. “Sueño imposible”, como dice el título de una canción.

La realidad mexicana es distinta y cómoda para quienes en la opulencia deciden dejarle toda la responsabilidad a la autoridad. Es cierto que hay un presupuesto para la educación, un recurso que tiene su origen en la misma sociedad, vía pago de impuestos; nada más que empujar el país hacia escenarios óptimos, requiere esfuerzo compartido, suma de voluntades.

Desde el hogar, desde la trinchera de cada uno.

Cuando veo el hijo (20 años) de mi amiga Claudia negarse a estudiar y trabajar, renuente a colaborar con las tareas domésticas, dedicado de lleno a los mensajes telefónicos y a su computadora, a los juegos, a la diversión electrónica, digo que no puede ser culpa del gobierno. Algo falló o falla en la educación familiar.

No ha concluido la educación media, su preparatoria. La falta de recursos no ha sido el problema. Tampoco son excusa la corrupción, impunidad e injustica que dominan círculos oficiales. Inaceptable que pretenda justificar su comportamiento improductivo porque hay gobernantes que no cumplen con darle a la nación calidad de vida y se carece de oportunidades con recompensas justas.

¿Qué va a pasar con ese muchacho?

Cada quien debe de asumir su responsabilidad.

Se ha puesto fin al caciquismo magisterial y se ha conseguido la evaluación de la mayoría de los profesores. Sigue la eliminación de vicios, como el pago a líderes o delegados “comisionados” del sindicato y la coordinadora.

Esa imagen de profesores que se ausentan de aulas para participar en marchas, no ha ayudado, muchos menos la de quienes han recurrido a la violencia y cierres de carretera para expresar su inconformidad.

Si ahora el plan es elevar la calidad educativa, también corresponde apoyar a los profesores, capacitarlos y garantizarles un ingreso decoroso, perfeccionar su aprendizaje para que su enseñanza y ellos sean orgullo de la sociedad, ejemplo a seguir.

Mi amiga Claudia está decidida a convencer a su hijo de reanudar su estudio y espera que la Secretaría de Educación Pública (SEP) cumpla su parte de darle a México la escolaridad que se merece.

Cuando vi en la sala de cine, una vez que acabó la película, encenderse al mismo tiempo 15 teléfonos celulares, me imaginé de inmediato la oscuridad de una selva iluminada por luciérnagas gigantes y planas.

La luz que salía de las pantallas de esos aparatos delineaban y daban vida a las sombras de sus dueños.

Se apagaron después de unos segundos. Fuera de la sala, ya todos habían guardado su celular.

Me quedé impactado por la repentina luminosidad colectiva. Fosforescencia que también me hizo recordar las parpadeantes luces del árbol navideño, un color azulado.

Un expresión de ansiedad, usuarios poseídos o dominados por el espíritu electrónico, ávidos por conocer las novedades de sus mensajes.

¿Por qué esa desesperación por ver el teléfono?, me pregunté.

¿Por alguna emergencia?

¿Por alguna llamada que esperaban?

¿Por moderna costumbre?

¿El aviso de una herencia?.

Me pareció que la urgencia no era el caso de ninguno de los asistentes, porque abandonaron ese sitio oscuro en tranquilidad, rostros conmovidos por la película de Anthony Hopkins, “En la mente del asesino”.

Un buen filme, nada extraordinario, sin las cualidades que exige un Premio Óscar. El tema de la eutanasia en su esencia, con un enfoque distinto, con la garantía protagónica del actor galés estadounidense.

Digna de verse y disfrutarla.

Los cinéfilos se retiraron con el comentario favorable.

Sin percatarse ni darle importancia al hecho de encender de manera súbita su teléfono, después de haberlo dejado de ver dos horas, el promedio que dura la exhibición de una película y los anuncios. Una actitud que ya se volvió normal para los seres mortales.

Seguro que hay muchos, en México y en el mundo, poseídos por ese aparato, que se angustian y extrañan cuando dejan de mirarlo.

Por lo visto todavía hay quienes pueden resistir 120 minutos sin tocarlo o mirarlo.

Lo peor, es cuando ni el mismo Anthony Hopkins, con su espléndida actuación, es capaz de lograr que dejes un rato el teléfono.

En la misma sala de cine, un individuo sentando en primera fila, durante todo el tiempo que duró la película, se la pasó con la mirada clavada en la pantalla de su teléfono.

Por supuesto que nada le importó deslumbrar con la luz azulada a los que tenía cerca, al lado o atrás.

Nuevas costumbres de la sociedad.

“¡Eres un tipazo!, neto, fresco, natural, sin tirar mala onda, ves las cosas chidas”,  rosario inesperado de calificativos que lanzó un aficionado a la lectura, para halagar el ego de cualquiera. Rogelio Flores apenas si esbozo una sonrisa. Era el protagonista de la noche, cuarentón, con la barba encanecida, ganador del Premio Lipp de novela 2015.

Una estampa de Papá Noel, bonachón, cordial, pausado, es la primera impresión que recibí de su figura. Buena persona. No me había equivocado, más de uno de los asistentes a la presentación de su libro Un millón de gusanos había elogiado su personalidad.

“…lenguaje lúdico y desenfadado que construye un relato donde el personaje principal deambula por las calles de la ciudad de México en busca de sí mismo, de esta forma el autor devela un cuadro fresco y espontáneo de la vida de los jóvenes de la capital en la década de los noventa…” es la descripción del jurado presidido por Xavier Velasco, que le otorgó el premio.

Me tomó dos noches leerlo, 203 páginas, ameno, relajante, divertido, dramático, con rasgos tristes pero sin provocar el llanto, por lo menos en mi caso, aunque Iliana Vargas, una de las presentadoras, confesó haber derramado lágrimas. La historia es seductora, hilvana canciones, poesía, artistas, lugares, películas nacionales e internacionales; procura ser preciso en las citas y nombres. Se equivoca al escribir el nombre de uno de los municipios de Tabasco, porque nada tiene que ver con el aparato reproductor masculino. Quizás quería referirse al rancho de un personaje de la política; en nada afecta el relato, es lo de menos.

Román, la figura principal de la novela, vive dos amores, sus grandes amores, su hermano gemelo Rubén quien muere a consecuencia de una peritonitis y su novia Berenice que la pierde por celos y cuando la descubre besándose con un pretendiente ocasional.

-¿De dónde viene el título Un millón de gusanos? - la pregunta para el escritor.

Recuerda a su abuela con el dicho que debe ser de todas las abuelas, que da por hecho que una vez enterrado, muerto, el cuerpo es devorado por un sinnúmero de gusanos. Rogelio le puso un millón.

Y hay tres momentos que adquieren importancia, uno cuando Román, siendo niño, en el kínder, en el festival anual, se disfraza y se convierte en la cabeza del gusano que sale al patio a danzar con la canción de Cri-Cri para darle gusto a los padres de familia; dos, al imaginar que esas larvas se han comido a su hermano y, tres, al recordar la canción del grupo Fobia “Dios bendiga a los gusanos”, porque al alimentarse de la carne humana y dejar al individuo en huesos, “limpian” sus culpas y pecados.

Diría que es una historia de amor mortuorio y desafortunado, relatada con tino para cautivar al lector.

Mortuorio porque Román es acompañado en sus aventuras por la sombra y consejo de su hermano gemelo fallecido; desafortunado porque no consigue recuperar a su novia Berenice.

Una novela del escritor Rogelio Flores con reconocimiento merecido.

Los  automóviles casi se rosaban, estaba tan cerca el chasis que mi padre podía sacar el brazo y saludar de mano al conductor vecino, pero más que divertirle hacerlo, el tráfico lo tenía estresado, un rostro de ansiedad. Lo observaba de reojo y confirmaba su angustia.

-Mejor regrésate a casa- ordenó.

Era la avenida Revolución, en dirección hacia el sur, la intención era llevarlo a tomar un café en San Ángel. El tráfico o tránsito en hora pico y en viernes estaba insoportable. Iba feliz por la compañía, quería agradarlo y consentirlo, como tantas veces lo ha hecho él conmigo, nada más que no está acostumbrado a ese movimiento; en su pueblo en Veracruz, donde vive, las calles no llegan a ese extremo.

Salí de dicha vía y vuelta a casa. Mi padre respiró y sonrió.

En otra ocasión, el camino era la avenida Miguel Ángel de Quevedo. También viernes, hora pico y quincena, en dirección a comer con unos amigos. Me acompañaba mi esposa. La vi observar el reloj en varias ocasiones.

-¡5 metros en 30 minutos!- exclamó.

Con ganas de retornar.

-Ya falta poco –la animé.

A 2 y 10 kilómetros por hora casi todo el trayecto y peor a la altura de donde en fecha reciente inauguraron la plaza comercial Oasis. No había ningún accidente ni coche averiado, tampoco los semáforos estaban descompuestos. Por fortuna el destino no era lejos.

Una imagen más de la zona metropolitana del Valle de México, esta vez el conductor era un amigo y yo de copiloto. Mi auto en el taller, se ofreció a llevarme a casa, no tenía que desviarse, el camino era el acostumbrado para llegar a su domicilio.

Ese día hubo marcha al mediodía en Paseo de la Reforma y más tarde, antes de llegar la noche, cayó una fuerte lluvia. En la oficina y dedicados al trabajo, ni idea del tamaño de la tormenta.

Cuando salimos la luz del atardecer se había ido, era de noche, el piso todavía estaba mojado, tomamos un tramo de Reforma y pronto descubrimos que el tránsito estaba prácticamente detenido. Decidió cambiar de ruta. Por los noticieros nocturnos, cada uno en su respectivo hogar, nos enteramos de la gravedad de los encharcamientos o inundaciones en Periférico. Enhorabuena por haber tomado otra vía.

Hay quienes juzgan que el tránsito en el valle de México, en la zona metropolitana, se aproxima al colapso.

Demasiados automóviles, cada día más y las calles no han crecido. El riesgo del colapso sobre todo en las horas pico, no ya entrada la noche ni de madrugada, tampoco los domingos ni en días festivos o puentes vacacionales, mucho menos un 25 de diciembre o el 1 de enero. En la zona metropolitana circulan más de tres millones de automotores.

Según el Reporte Nacional de Movilidad Urbana 2014-2015, la velocidad promedio en horas pico es de 8 a 11 kilómetros por hora.

El 29 % de los viajes diarios son en automóvil particular;  60.6 % en transporte público concesionado (microbuses, combis, autobuses suburbanos y taxis); 8 % en sistema integrado de transporte público (metro, metrobuses, tren ligero y trolebús); 2.4 % en bicicleta y moto.

La problemática no es exclusiva de los mexicanos, en una situación que se presenta en otra grandes ciudades del mundo y en muchos casos con serias consecuencias de contaminación.

Por eso en Oslo, Noruega, se han propuesto para el 2019 una ciudad sin autos; en Hamburgo, Alemania quieren un centro sin autos para el 2034. En Madrid también toman medidas para liberar el centro. En la capital de  Francia, no por lo que les ha sucedido en estos días, sino desde semanas atrás, se ha restringido el uso del auto los domingos.

En el centro de la ciudad de México los peatones cada vez ganan más espacio, aunque no es suficiente.

Hay que decir que el conflicto vehicular en nuestro país, no es solo en el valle de México, se presenta también en Monterrey, Guadalajara, Ciudad Juárez, León y en muchos otros lugares donde las medidas preventivas se aplican a cuentagotas.

Te platico esta historia para contribuir a hacer conciencia de que el tema reclama una respuesta compartida de autoridades y ciudadanos, antes de llegar a romper el récord de contar con los estacionamientos más grandes del mundo.

De la calle al taller del maestro muralista Ariosto Otero, en un encuentro de amigos, artista singular, autodidacta, con habilidad para acompañar su canto con la política, con sensibilidad social.

Se planta dueño del escenario, afinado desde la primera nota, sin importar que sea a capela. Sabe lo que canta, conoce las historias y los mensajes de la opera, tiene planes para interpretar zarzuela, para acrecentar su acercamiento con la gente, para concientizarla de la realidad mexicana y para que disfrute la música que a veces se cree es solo para élites.

Es un cantante de la calle, cerca de la torre latinoamericana, en el centro histórico de la ciudad de México. Ahí es conocido, es su escenario, entre el ruido de autos y el paso acelerado de miles de peatones. Ahí es donde atrapa con su voz a decenas y cientos de fugaces oídos, mujeres y hombres,  jóvenes y niños que se detienen para escucharlo.

Gana lo que le dan voluntariamente, de eso vive, de eso se viste y come.

Cuenta el intento de la gente por bautizarlo, por identificarlo con seudónimo: “¿el ruiseñor de la banqueta”?, ¿”el ruiseñor de la calle?” ¿”el ruiseñor urbano”? A él le gusta el tercero.

¿Y cómo se llama usted?- pregunta el maestro Ariosto Otero.

-Luis Abraham Ortega.

-Ese es su nombre artístico, cante con su nombre, imagine su nombre en las marquesinas, “ Luis Abraham Ortega”, el tenor mexicano –recomienda el pintor y muralista.

Luis Abraham tiene 33 años, tez morena, delgado, cabello rizado, peinado y estirado hacia atrás, con coleta. Se transforma a la hora de cantar, seguro y dominador de su arte, interpreta, personifica las canciones, transmite sentimiento, su tesitura y matiz lo distinguen.

Para lo que no está entrenado es para responder preguntas, es cuando asoma natural nerviosismo, lo lleva a darle vueltas a la interrogante.

-¡Ah! es autodidacta- remata el maestro Ariosto quien, como los demás, deseaba saber de la escuela de Luis Abraham.

Hizo un recorrido por su aprendizaje de la política, por su trunca carrera de filosofía, por su paso por un coro.

-¡Lo vamos a sacar de la calle!- expresión optimista de Otero.

-Y si va a cantar en la calle para el pueblo, que le pongan una tarima y que le paguen por hacerlo- precisa.

El maestro Ariosto espera que la secretaría de Cultura, ya anunciada, sirva para promover el arte, no nada más para incrementar la burocracia.

Tarde de arte y política.

Para degustar, en el taller del muralista, ubicado en la delegación Magdalena Contreras, al que se llega por un camino sinuoso, fideuá portuguesa; para alimentar el espíritu, opera.

Lo inesperado: bautizo del tenor Luis Abraham Ortega.

El capital político y académico que ha acumulado el doctor José Narro al frente de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) alcanza y sobra para una nueva inversión en beneficio del país.

Llega al final de su ciclo como rector con una universidad en paz, estable, dedicada al estudio y con recobrado prestigio nacional e internacional. Sin embargo, ha admitido que todavía hay pendientes, porque la tarea en la institución es inacabable, siempre habrá nuevos y permanentes retos. Ampliar la matrícula, mejorar la calidad educativa, reforzar la investigación, darle al mundo nuevos Premios Nobel y servidores públicos con irreprochable ética.

Dentro y fuera de la universidad ha ganado reconocimiento a su trabajo. En noviembre de  2011 se aprobó su reelección para un segundo y último periodo, porque la normatividad interna no permite más, en la rectoría. En total ocho años que no han estado exentos de dificultades, ninguna del tamaño para arruinar su desempeño. Las cifras le favorecen, en su periodo se titularon 154 mil estudiantes, se graduaron 32 mil especialistas, 22 mil maestros y 5 mil 700 doctores.

El próximo 5 de diciembre cumplirá 67 años y llega a esta edad con un vigor que hace inimaginable pensar en su retiro, que se vaya ir a su casa a descansar, a encerrarse en un cubículo a escribir sus memorias, ocupar su  tiempo en la investigación o dar clases en la Facultad de Medicina.

Al final la decisión es suya y puede hacer cualquiera de esas actividades, está en todo su derecho. Para el país significaría perder la oportunidad de ubicarlo en una posición mucho más rentable, sobre todo cuando es evidente que hacen falta cuadros con experiencia, capacidad y prestigio.

¿Qué hacer con el rector?

En semanas recientes su nombre fue mencionado en diversos medios como prospecto para incorporarse al gabinete. Se habló de la Secretaría de Educación Púbica y también de la Secretaría de Salud. No ocurrió nada. La decisión presidencial fue en otro sentido,  Aurelio Nuño se hizo cargo de la SEP y en Salud se mantuvo a Mercedes Juan López.

Narro, tiene larga carrera en el servicio público. Fue subsecretario de Población y Servicios Migratorios en la Secretaría de Gobernación  y Subsecretario de Salud, además de asesor de la Organización Mundial de Salud. En la misma universidad nacional ha ocupado diferentes posiciones. Fue director de la Facultad de Medicina y secretario general de la UNAM.

Su capital político acumulado, sobre todo por los ocho años en la máxima casa de estudios, le da hasta para ser tomado en cuenta como aspirante independiente para el proceso electoral de 2018.

Intelectuales, empresarios y organizaciones de la sociedad civil están en busca de una opción distinta a la de los partidos que sufren un desgaste y pérdida de credibilidad sin precedentes. Todos. Lo peor para ellos es que no se ve que hagan algo para remediar su descrédito. Todavía tienen tiempo para reposicionarse y mejorar su imagen.

Como no hay garantía de ese repunte partidista, por eso se valora la alternativa de los independientes.

Narro tiene los méritos para ser incluido en esa lista, aunque claro, depende en primer lugar de que quiera. Y si quiere,  de ninguna manera significa que vaya con pase automático a la silla presidencial, porque tendría que cumplir con los requisitos de la ley electoral para ser candidato y luego ganarse el voto electoral. Nada sencillo pero tampoco imposible.

Lo que es un hecho es que se trata de un personaje que puede ser considerado para alcanzar ese nivel.

Por si algún logro universitario le faltara, el equipo de futbol Pumas va de líder en el torneo mexicano.

La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) vive una etapa estable y vigorosa. En general la comunidad está tranquila y es, según la publicación británica Times Higher, una de las 100 mejores universidades en el mundo, ocupa el lugar 75 y, el segundo en América Latina, después de la de Sao Paulo, Brasil.

Esta vez te voy a platicar de su próximo rector. Se ha lanzado la convocatoria para la competencia interna, en noviembre próximo se deberá conocer el nombre de quien relevará a José Narro.

Los que participan en ese proceso tienen ganado el respeto y reconocimiento de la academia. Cualquiera de ellos cuenta con el perfil para convertirse en el rector de la máxima casa de estudios.

Sin embargo, sólo hay un lugar.

De cada uno se puede exaltar su trayectoria, pero nada más me voy a referir a Sergio Alcocer Martínez, sin que de ninguna manera implique minimizar la participación de los demás.

Lo hago porque en mi análisis tiene las fortalezas personales, universitarias y externas para lograr diez de los 15 votos de la Junta de Gobierno de la UNAM que se exigen como mínimo para ser electo.

En tiempos en que la economía sufre y el empleo no repunta, hay que admitir que únicamente alguien que se siente pleno de sus capacidades se atrevería a prescindir de un sueldo aproximado de 130 mil pesos mensuales, que es lo que le pagaban a Sergio como subsecretario para América del Norte de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).

Renunció a su puesto de subsecretario, posición mucho más cómoda que la responsabilidad que significa estar al frente de la UNAM. Si alguien tiene dudas en este aspecto que revise la historia de la máxima casa de estudios.

Decidió dejar esa remuneración porque es obvio que su principal interés es servir a la universidad nacional.

También es evidente que es una persona convencida de que vale por su trabajo y no por supuestos o reales apoyos políticos. Por el deterioro de la imagen presidencial, que no es ningún secreto, sería ilusorio dar por hecho que le apuesta a contar con ese respaldo para concretar sus aspiraciones. Ni él ni sus competidores buscarían o desearían esa etiqueta como elemento de peso para convencer a los integrantes de la junta.

No hay que perder de vista que se trata de la Universidad Nacional Autónoma de México, con autonomía para tomar sus propias decisiones, con la obligación de escuchar a su comunidad y hacer lo que más convenga a la institución académica más importante del país, con egresados distinguidos con el Premio Nobel como Alfonso García Robles (1982, Premio Nobel de la Paz), Octavio Paz Lozano (1990, Premio Nobel de Literatura) y Mario José Molina Henríquez (1995, Premio Nobel de Química).

En la universidad nacional, Sergio ha sido secretario general, director del Instituto de Ingeniería y coordinador de innovación y desarrollo. Su desempeño tiene ganada  la aceptación interna. Ha cumplido su misión académica y sin complicación alguna pudo regresar a su casa de estudios cuando resolvió renunciar a la subsecretaría en la cancillería.

Fuera de la academia, en el servicio público, sus méritos también lo han colocado como subsecretario en la Secretaría de Energía y como director del Centro Nacional de Prevención de Desastres de la Secretaría de Gobernación.

Aun cuando no tiene en la bolsa la rectoría, es claro que se trata de un sólido candidato para suceder al doctor Narro.

-¿Y dónde está el avión?-fue la pregunta para Adriana Martínez Domínguez.

Me había dicho que para expresar su arte se inspira en los aviones, en los aeroplanos.

A la vista y al centro se observaban los glúteos de una mujer bañada en rosas y nubes.

-Aquí está –señalaba una de las esquinas de su obra, donde se aprecia un pequeño “avión” o el tradicional juego de los infantes, cuadriculado marcado del uno al diez, en vertical y con extensiones intermedias que simulan las alas, que niñas y niños utilizan para saltar con un pie y divertirse.

Su rostro colmado de regocijo, orgullosa de su familia, de su esposo Eduardo Cortines, al que conoció cuando ella tenía 13 años y él 15 años de edad. Ya sumaron 40 años de matrimonio y tres hijos.

Pinta desde hace 21 años. Confiesa que la inspiración le viene de su mundo familiar aéreo. Su suegro es dueño de aviones. Su esposo, piloto; lo llama de inmediato para tomarse la fotografía.

Su pintura está en la galería Estación Coyoacán Arte Contemporáneo, en el sur de la ciudad de México. Ella es una de las 44 artistas, todas mujeres, convocadas para lo que denominaron “Catarsis Cosmética”. No solo artistas del caballete, también escultoras, escritoras y fotógrafas.

La historia de Adriana Martínez suena a cuento de hadas o guión de película. Se ve y escucha feliz con su vida.

-Ya no cabe nadie- se decía en la puerta.

-Hace mucho calor aquí- era comentario de quienes estaban adentro.

Cerveza, en vez de vino, era la cortesía, propia para mitigar la alta temperatura provocada por el aglomerado humano.

Había que pedir permiso para poder avanzar y hacer el recorrido en el primer piso de la casona que ocupa la galería.

Algunos preferían quedarse afuera.

Para la pared que se mirara había arte; las autoras estaban ahí, podías toparte con ellas y platicar, conocer su historia, el significado que le dan a su creación, artistas primerizas en una exhibición pública como Dafné Arévalo Flores, quien todavía cursa la carrera de licenciatura en artes visuales, o con más recorrido en galerías mexicanas y de otros países como Claire Becker quien ha expuesto en Canadá, Francia y en los Estados Unidos.

Es irrebatible que cada una tiene un sentimiento que se refleja en su trabajo, se percibe una emoción que el espectador tiene que clasificar y darle su propia interpretación.

La presentación de Dafné Arévalo fue un dibujo de su propio físico, de espaldas, con un costado que parece punteado pero que si uno se acerca descubre que son diminutos orificios hechos con aguja. Cada uno de ellos expresa un dolor o sufrimiento de vida que nada más la artista conoce. “Si la iluminación sobre el dibujo fuera directa

se vería traspasar la luz por las pequeñas aberturas en el papel”, que es el efecto que

le interesa dar, explica.

Claire Becker nació en París pero ya tiene más de 15 años de vivir en México. Es escultora y fotógrafa. Para ella lo mas importante es el alma, el espíritu, no perderse ni enredarse en lo mundano. Metamorfosis de Hermes es el nombre de su figura alada que cuelga del techo en esta exposición, que semeja volar en diversas formas y parece ir soltando las plumas con el movimiento.

Jaime Sabines no podía faltar en este concierto de arte femenino. Ahí estuvo su poesía en voz de Pilar Jiménez Trejo, autora de Jaime Sabines. Apuntes para una biografía.

“…El bendito deseo se estremece igual que un gato en un morral, está en tu sangre esperando la hora como el cazador en el matorral…”, leía la periodista.

Con el título Kafka en traje de baño era inevitable ir a la presentación del libro, llueva o truene. Y empezó a llover. En el trayecto se convirtió en diluvio. Calles y banquetas inundadas.

¿Y ahora? ¿Cómo llego al evento?

Transporte acuático no tengo.

Pensé en el traje de baño, nada más que esta prenda ya la tenía puesta Kafka en la portada del libro.

Lo mejor fue esperar bajo techo del estacionamiento a que pasara la tempestad,

ver a los demás mojarse, correr sin escapatoria del baño gratuito, trajes, faldas, pantalones y zapatos empapados. Noche kafkiana. Los peatones obligados a caminar a toda prisa por el carril del metrobús para esquivar el encharcamiento. El agua en vez de irse por la coladera exigía su ingreso a uno de los table dance que está en la avenida Insurgentes; el personal de seguridad le cerraba el paso con improvisado muro de madera. Dos valet parking, uno con paraguas y otro con tubo o varilla, en operación destapa atarjea. Par de bailarinas dando saltos de ballet para entrar a su centro de trabajo. Por fin perdió fuerza la lluvia. Seguí hacia la Pulquería Insurgentes, foro de arte y consumo etílico.

Por obvias razones acuáticas se retrasó la presentación, a cuentagotas hacía su arribo el púbico. Hasta el coordinador de la actividad cultural, Carlos Martínez, llegó tarde, se quejó de Tláloc y de no tener una lancha para transitar con rapidez por las calles inundadas de las ciudad de México.

Todo por saber más de Kafka en traje de baño.

Su autor es Franco Félix, originario de Sonora, donde según él no pasa nada. Espero haya sido una expresión sarcástica o kafkiana porque en ese estado se incendió un jardín de niños con saldo de 49 muertos, se construyó sin permiso una presa en el rancho del gobernador, se compran y venden bebés, se contaminó un río con residuos mineros, no les gusta el nombre de Patrocinio y hasta se cobra tenencia por cada burro (animal) que transite en la vía pública.

Por lo que sea, Franco ya se hartó de Sonora y se quiere ir de ahí en la primera oportunidad que tenga, a pesar de que le encantan las “coyotas”, panes hechos a base de piloncillo.

A él se le ocurrió el título de su libro. Confesó que lo soñó, se imaginó a Kafka en traje de baño. La verdad el nombre es un gancho de oro, atrae.

Cervecero como otros sonorenses que conozco. Por lo menos lo vi ingerir una tercia, como si nada. En su estado para calmar el calor y acá por afición, gusto.

Tiene claro que en el mundo de hoy solo se puede ser indiferente o sentir odio, odiarlo. No se le puede amar al ver lo que pasa, la situación en la que se encuentra, la injusticia.

Su libro de 128 páginas lo dividió en tres crónicas, producto de una investigación kafkiana que lo llevó a descubrir que el literato universal, Franz Kafka (autor de “La Metamorfosis”, “El Proceso”, “El Desaparecido” y otras novelas), tiene parientes en Sonora y en la colonia Polanco de la ciudad de México, los dueños de la pastelería Bondi.

Mauricio Bares, representante de la editorial Nitro/Press, presumió que en Sonora hay espléndidos escritores, jóvenes.

“Cuando habla, escribe”, comentario con el que Óscar Benassini describió al escritor.

“Es un texto hermoso y necesario”, dijo Xitlalitl Rodríguez Mendoza, al leer partes de la obra.

Yo digo que valió la pena la mojada.

Se abrió paso entre el público y pidió lugar en el frente, que el moderador le cediera el asiento. Se acomodó en el banquillo de madera, en uno de esos que por su altura no te deja descansar los pies sobre el piso. Curioso o coincidencia, arriba de su cabeza, sobre la pared colgaba cuadro con personaje sentado de una manera similar.

Dueño del escenario platicó su experiencia, la selló con una frase teñida de angustia:

“¡La cantidad de gente que llegó nos espantó!”.

El pintor Alejandro Pizarro Ortega habló de los riesgos de los llamados “espacios independientes”, las galerías alternativas para quienes no encuentran lugar en los sitios institucionales, en museos y otros foros que son financiados con recursos del erario.

Quiso hacer de su taller un espacio independiente pero se espantó. Se espantó cuando vio mucha gente y más cuando se enteró que rateros se llevaron la cartera de uno de los artistas.

Y es que para entrar a estos espacios no se cobra ni se pasa por un arco detector de metales. Tampoco hay un vigilante ni personal especializado en cachear. El acceso es gratuito y libre, en el entendido de que todos están interesados en el arte, en el trabajo de los artistas.

Sin embargo Alejandro se espantó. Solo hizo cuatro exposiciones en su taller ubicado en la delegación Benito Juárez de la ciudad de México. A la cuarta claudicó al comprobar que no hay control sobre la gente que ingresa.

La historia la relató en la clausura de la exposición colectiva Siguiente Parada en la galería Estación Coyoacán Arte Contemporáneo, en la calle Francisco Ortega 23 de Coyoacán.

Ese día llovía con una intensidad variable. Confirmaba el pronóstico del tiempo para la noche. Había que mojarse o llevar paraguas si querías estar presente en el evento, que para su cierre, después de un mes de exposición, organizó mesa redonda con la participación de Octavio Moctezuma, Israel Covarrubias y Ernesto Zavala. El tema: “Los espacios independientes y su papel en el ecosistema del arte”.

Pizarro fue uno de los expositores.  En su cuadro denominado ¿A dónde se fueron?, aparece un futbolista con una “x” en la camiseta, con el brazo izquierdo que señala la ventana abierta. Reclamo medido y cauteloso por la tragedia de los 43 que perdieron la vida en Iguala, Guerrero. Por temor, no precisó a qué, no le puso número a la camiseta.

En el espacio independiente, la preocupación de Alejandro es la inseguridad, el que no haya control de la gente que asiste.

Espacio independiente convertido ahora en una alternativa para los artistas, que tiene éxito porque proliferan, nada más que con vida efímera.

Octavio Moctezuma, partidario y promotor, lo considera fundamental y está de acuerdo en que se tiene que dar el siguiente paso, en darle garantías para su funcionamiento, pero de ninguna manera establecer requisitos que pudieran limitarlo o desalentarlo.

Esta vez, en la galería que se encuentra en el centro de Coyoacán, nadie se quejó de que le hubieran quitado la cartera.

-¿Con “z” o con “s”?, preguntó el joven escritor Miguel Fernando Yacamán Neri, al tiempo que me miraba. Sus ojos transmitían la interrogante: ¿y este quién será?

Había sido el primero en pedirle autografiara su libro.

-¿Hoy que fecha es?, su segunda pregunta.

Por lo visto el novel escritor no sabe ni en qué día vive, frase que de inmediato cruzó por mi mente. Supuse que era producto de la emoción por la presentación de su texto en la ciudad de México.

Una jovencita que también esperaba la firma con libro en mano, lo enteró que era 25 de junio.

La presentación del libro La Pócima del Diablo fue en la Pulquería Los Insurgentes, de la colonia Roma. Inusual para mi ir a un lugar con perfil etílico por ese motivo. No me escapé de ser cacheado a la entrada por dos varones fornidos vestidos de negro. Desacostumbrado a estos lugares, tomé la escalera que conduce al baño en vez de la que llevaba a la terraza.

Cuando llegué al sitió destinado para el acto editorial, vi gente con tarro, cerveza o vaso en mano. Público juvenil. En la tercera fila estaba una señora de la tercera edad, con el cabello encanecido, de lentes. Una vez que terminó el evento, concluí que era la mamá del escritor porque el rostro de orgullo resplandecía a pesar de la escasa luz del lugar. Se levantó de su asiento para tomarle fotos al protagonista de la función.

Por supuesto que la especialidad del sitio no es la presentación de libros, ¿pero se imaginan que en este tipo de lugares fuera la práctica periódica invitar a escritores para mostrar su creación?  Seguro habría más lectores en el país.

Camino a la terraza, estaban los habituales clientes, consumiendo lo que se consume en un expendio de licores.

Se me antojó la cerveza. Decidí dejarla para otra ocasión. Apenas traía en la bolsa para la compra del libro. Mi ex compañero de El Universal, Carlos Martínez, quien fue el maestro de la ceremonia, con su afinada agudeza, una vez que finalizaron los discursos, recomendó entrarle a la bebida para celebrar. “Primero que compren el libro”, atajó alguien de la mesa principal. “Cierto, si después para pagar la cuenta les falta dinero, venden el libro”, con humor reviró Carlos.

“No nos veíamos desde la niñez”, me comentó a sottovoce.

Y tenía razón.

Pero aquí lo importante era La Pócima del Diablo, los cuentos cortos de Miguel Fernando Yacamán, ilustrados por María Estefanía Ayala Rivera. Ambos acompañados con su cerveza. El primero con una pacífico. La segunda prefirió corona.

También estaba ahí Sandra Reyes, la dueña de la editorial “Viernes”, de reciente creación y originaria de Aguascalientes.

Los tres jóvenes, con el vigor para comerse el mundo. Sandra platicó que al principio solo tenían dinero para hacer el libro digitalizado. La fortuna les favoreció y alcanzó para imprimir mil ejemplares.

Correspondió a la escritora Claudia Guillén hacerle los honores al nuevo libro. Lo hizo con su estilo, con conocimiento de causa. Traía anotaciones de cada uno de los once relatos de Miguel Fernando.

Literatura para jóvenes, historias que parecen revivir pasajes de la infancia del autor, con una imaginación que hace diabluras con su pócima, la combina con vampiros, insectos, brujas, zombies y el mismo chamuco. No espantan, detonan la reflexión del lector. Las ilustraciones de Mariana Estefanía están hechas a la medida, inspiradas en los relatos.

Hizo bien Claudia en sugerirle a Fernando que leyera al público dos de sus relatos, en vez de que se ocupara de la técnica para su elaboración. Todos quedaron complacidos.

Fernando como escritor y Mariana como diseñadora (también pintora), tienen madera para ir sumando éxitos y terminar de comerse al mundo.

Miguel Fernando ya tiene en su historial el “Premio Elena Poniatowska”, convocado en 2009 por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

Hace el papel de una princesa pero la actuación de Paola Izquierdo es de una reina en la obra De príncipes, princesas y otros bichos. Una mezcla de drama, humor e ironía de la vida. Juega con la imaginación en el escenario y no pierde de vista la reacción del público. Su séquito, un pianista y un violinista, no solo tocan, irradian simpatía, se involucran en los diálogos. Trilogía que divierte, hace reír y también reflexionar.

Cada palabra de Paola va reforzada con un gesto facial, movimiento de manos y brazos, boca torcida cuando el guión lo exige, ojos alegres, inquisidores o tristes, con un desplazamiento en el escenario, todo amalgamado, fusionado. Se exhibe como una actriz de primera, posesionada de sus personajes, de una princesa bióloga que busca un sapo para su tesis profesional y de un principito harapiento que representa al niño de la calle, no al protagonista de Antonie de San-Exupery. Sabe lo que dice y por qué lo dice. Dominio del lenguaje.

La obra es suya, de Paola, ella la escribió. La interpreta bajo la dirección de Fernando Canek, en el teatro Virginia Fábregas de la ciudad de México.

Cuestiona valores de una sociedad que impone comportamientos y la hace responsable del abandono infantil. Drama cotidiano y mundial. Sin embargo, no se queda en el conflicto; el canto, la música y lo que parecen ocurrencias de su pianista y violinista, amenizan y provocan hilaridad.

Se divierten y divierten.

Paola está en todo. Al iluminador se le olvidó encender un reflector y sin salirse del guión consiguió que lo hiciera de inmediato.

Su mirada recorrió butacas, buscaba un varón para interactuar. Todos iban acompañados y comprometidos. Se decidió por uno de primera fila para entregarle y que le devolviera un arreglo floral.

La transformación de princesa en la primera parte, a principito en la segunda engaña a más de un@, porque parece otr@, el maquillaje espléndido y, la voz pasa de mujer a niño.

Sin discusión, cualidades de gran actriz y escritora.

En las llamadas redes se ha vuelto una práctica cotidiana lanzar el denuesto desde el anonimato. Escudarse en un sobrenombre o en un nombre falso para descalificar con toda impunidad a un personaje o incluso para darlo por muerto. Deformar la información para lastimar, hacer daño sin medir consecuencia alguna. Destruir por destruir.

Un uso que le ha restado credibilidad a las redes, que empieza a marcar diferencia y a preguntar ¿quién es el autor del rumor o la infamia? Pronto se descubre que no hay nadie que de la cara por un dicho que solo busca el descrédito. Además, el origen se pierde en la maraña de mensajes.

Recuerdo el caso de Carlos Abascal Carranza, quien fuera secretario de Gobernación en la etapa panista. Sufría una enfermedad terminal. No faltó el anónimo canalla e irresponsable que adelantara su muerte. Lo peor es que luego hay medios que en su avidez por “ganar la nota”, reproducen sin verificar. Seguro que en ese trance nadie mide ni reflexiona sobre el daño causado.

¿Qué pensará la familia? ¿Cuál será el impacto para el afectado? Si la enfermedad no había terminado con su vida, el desatino pudo haberlo llevado a una crisis sin regreso. Eso es lo que a veces no se mide. El rumor se desvanece cuando el “muerto” hace la aclaración.

Sin embargo, ¿qué sucede con el desinformador? Hasta donde se, nada. Se va impune y listo para el siguiente entuerto. En el caso que les platico, Abascal tomó el teléfono y llamó a un medio de comunicación electrónico para precisar que todavía estaba vivo.

Abascal no ha sido el único caso.

Hay quienes argumentan que el anonimato en las redes es necesario porque de lo contrario el emisor sería perseguido, acosado por gente del gobierno; dicen que es indispensable para criticar, difamar sin ser molestado y ejercer el derecho a la libertad de expresión.

¿Será libertad de expresión el infundio?

Por supuesto que no.

En el mundo del espectáculo es frecuente que se incurra en esa falta. En política, seguro que una vez que han arrancando las campañas, vamos a ver un salpicadero de falsedades. En menor medida en otros ámbitos. No debería darse en ningún lado.

Regular el servicio espanta a muchos porque ven de inmediato el fantasma del autoritarismo, pero nada hacen para que se respete la vida de gente inocente víctima de la cobardía anónima, del descuido o mala fe. El escarnio y el desprestigio no son lo que debe caracterizar una convivencia civilizada.

Las redes a veces se vuelven una carnicería humana, reproducen escenarios infernales o actos de linchamiento. Por si fuera poco, hay medios y comunicadores que se regodean, que no les importa entrar a la manipulación de la mentira con tal de obtener notoriedad, aunque sea virtual.

Soy partidario de la libertad de expresión y la única condición que me parece justa es que se ejerza con rectitud, sin destruir por destruir.

Diana Bracho desde que pone sus pies sobre el tablado se percibe dueña del escenario, dominadora, con una voz que se escucha en todo el teatro sin necesidad de la ayuda electrónica, una mirada escudriñadora, observadora, aguda e ingeniosa; se desplaza con elegancia, es toda una dama, una señora de la actuación, bella. Al que ve llegar tarde con una bolsa de palomitas le advierte que en su clase está prohibido comer. El aludido de primera fila, regordete y cabello rizado, voltea para verla, agita su brazo izquierdo a manera de saludo, sonríe y deja caer su cuerpo sobre la estrecha butaca. No es el único impuntual, a una señora con peinado en forma de hongo, le dice que seguramente viene del Metropolitan Opera. Algo masculla la mujer y se acomoda apurada en su lugar.

Peor le va a otro personaje del público que durante el desarrollo de la obra, a pesar de la reiterada recomendación de guardar celulares y ponerlos en silencio o vibrador, se atreve a sacar su teléfono y la luz luminosa que despide lo descubre. Como un latigazo, con un tono seco y enérgico, la actriz  lo reprende y le advierte que no se vale en ese momento la consulta de agendas. El señor de cabello cano, nervioso, apaga y guarda de inmediato su aparato.

Esa es Diana Bracho en el papel de la maravillosa cantante de ópera María Callas, en la obra Master class, en el Teatro Santa Fe al que por los comentarios de asistentes extraviados, le falta más señalización al camino que lleva a ese sitio. Diana, en lo suyo, encarna a la cantante con tal naturalidad que revive al personaje con sus desplantes y sarcasmos.

Minutos antes de entrar al foro, una señora de rostro estético y ropa de marca, preguntaba a su pareja: “¿cantará la Bracho?”. Ignoraba la respuesta su acompañante. Cambiaron de tema.

Diana no es una cantante, es una actriz y de primera. Lo que hace, con su estilo, en un momento de su clase, es entonar con cuidado y pulcritud un retazo de la ópera, para enseñar a sus alumnos lo que es la interpretación. Para cantar ahí estaban el tenor Antonio Albores (irradia simpatía), las sopranos Denise de Ramery y Mónica Raphael. Los tres hubieran sido dignos discípulos en la master class de la extinta y adorada Callas.

La clase de la Bracho en el papel de la Callas se ganó el aplauso sonoro, la mayoría lo hizo de pie. Ella, de buen humor, obsequiosa con su público, para cerrar la noche de fin de semana en comunión con el canto, hizo que sus alumnos interpretaran y regalaran tres arias. Todos felices.

A sus 92 años de edad a don Israel Cavazos Garza lo que más le importaba era que su nieto estuviera en la entrega de premios, pero no llegó.

Se levantó por su cuenta y recargó el bastón sobre el atril. Se despreocupó del micrófono porque una asistente lo tomó y cuidó que siempre estuviera cerca de la boca del orador.

Miró hacia el asiento que estaba vacío y debía ocupar su nieto. Hizo saber a todos de esa ausencia. Respiró profundo y empezó su mensaje. Habló en nombre de los premiados, lúcido, lectura entendible, cuidada en su puntuación, con recuerdos de una trayectoria de servicio de 71 años. Hasta bromeó por la dificultad que tenía para pasar las hojas, sus manos y dedos temblaban. Se disculpó por “titubeos” que parecían silencios productos de la emotividad. Una sonrisa se dibujaba en su rostro. Toda su vida, como él mismo lo dijo,  libro y documento han sido su sustento.

Justo el 20 de noviembre, fecha conmemorativa del 104 aniversario de la Revolución, mientras en las calles de la ciudad de México miles de mexicanos caminaban en dirección al Zócalo solidarios con los normalistas de Ayotzinapa, en el Pedregal de San Ángel, ocho académicos que se dedican a escribir y conservar la historia eran premiados.

Imposible que los gritos de manifestantes llegaran a sus oídos como tampoco a sus ojos las imágenes de familiares de los normalistas desaparecidos; esta vez, eran protagonistas de su propia historia.

En la sede del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), en una ceremonia fundida en sencillez y formalidad, se llevó a cabo la entrega de premios a la trayectoria y a la investigación histórica.

“Hace 104 años, a las 6 de la tarde, inició la etapa maderista de la Revolución Mexicana”, recordó su directora la doctora Patricia Galeana.

Coincidencia, a la misma hora habían convocado quienes organizaron este 20 de noviembre la marcha hacia el Centro Histórico.

Unos, en el instituto, homenajeados por escribir y proteger la historia y otros, en las calles y en el Zócalo, en protesta y reclamo de justicia por acontecimientos que conmueven al país.

Escenarios distintos vinculados por hechos que hacen historia y son registrados por historiadores.

Israel Cavazos Garza recibió con emoción su premio y sólo lamentó no haber compartido ese momento con su nieto.

Los premiados:

1.- Dr. Jean Meyer Barth, premio Daniel Cosío Villegas a la trayectoria en investigación histórica sobre México contemporáneo (1968-2000).

2.- Dr. Jorge Basurto Romero, premio José C. Valadés a la trayectoria en el rescate de memorias y testimonios.

3.- Dr. Israel Cavazos Garza, premio Manuel González Ramírez a la trayectoria en el rescate de fuentes y documentos.

4.- Dra. Ángela Moyano Pahissa, premio Clementina Díaz y de Ovando a la trayectoria en historia social, cultural y de género.

5.- Dr. Alonso Domínguez Rascón, premio Ernesto de la Torre Villar en investigación histórica sobre la independencia de México.

6.- Dra. Graciela Flores Flores, premio Gastón García Cantú en investigación histórica sobre la reforma liberal.

7.- Dr. Luis Sánchez Amaro, premio Salvador Azuela en investigación histórica sobre la Revolución mexicana.

8.- Dr. Carlos Gabriel Cruzado Campos, mención honorífica premio Ernesto de la Torre Villar en investigación histórica sobre la independencia de México.

“¡Ratero!...¡Ratero!...No me quites la bolsa…” Eran los gritos desaforados de una mujer. La vieja sala cinematográfica Popotla,  ubicada sobre la Calzada México-Tacuba, que ya no existe, estaba a reventar. Había gente hasta en los pasillos, codo con codo. Entonces la Profeco no existía y los dueños de los cines hacían lo que querían para incrementar sus ganancias. Sobrecupo en los estrenos. Escenario propicio para la actuación de los carteristas.

Ese día el estreno de la película “El Patrullero 777” protagonizada por Mario Moreno “Cantinflas”. Domingo. Tenía apenas 10 años de edad y con dinero en la bolsa para pagar dos entradas, la mía y la de mi tía que vivía en la ciudad de México, simpática, amable, chaparrita, regordeta.  Yo estaba feliz desde el día anterior. Recibí mi primer salario como ayudante en un taller mecánico, propiedad de la familia materna. Las vacaciones escolares de verano. Planeamos ir al cine.

No me importó la larga fila para comprar los boletos. Cuando entramos a la sala, mi tía por delante para abrir paso. Sentíamos los apretujones. No veía nada. La película había comenzado. Solo escuchaba la voz de Cantinflas. Ni cinco minutos teníamos de haber ingresado cuando empezaron los gritos de “¡ratero! ¡ratero!...” Mi tía, que por su estatura tampoco alcanzaba a ver la pantalla, estuvo de acuerdo en que debíamos salir de inmediato.

Ahora, en los Cinemex y Cinepolis los asientos están numerados. Es una novedad que no tiene más de un año de haberse inaugurado. Cada cinéfilo con su lugar asegurado. Todo ordenado y controlado por una computadora. Descartada la sobreventa de boletos. Decidí ir con la familia a ver la nueva película sobre la vida de Mario Moreno y su Cantinflas. En Cinemex Patriotismo. A mi asiento le faltaba uno de los descansabrazos. ¿Lo habrá arrancado un irreverente o se cayó por el uso? Mi esposa tuvo que prestarme su bolsa para equilibrarme. Lo importante era estar ahí para ver la película sobre mi cómico favorito.

Recordé durante la película que tuve la suerte de entrevistar a Mario Moreno en sus oficinas de Insurgentes Sur, en el edificio “Rioma” (el nombre Mario escrito al revés), ya destruido. Como reportero de Radio Mil lo llamé por teléfono varias veces hasta que accedió a platicar. Habló de política con su acostumbrado estilo. Conservo la grabación (http://arturozarate.com/?p=259). Confirmé que estaba ante un personaje inteligente que me miraba divertido mientras yo consultaba mi cuestionario. Un caballero, gentil.

Un artista con lenguaje limpio de groserías y dobles sentidos.

Maestro del cantinflear, que parece que no dice nada pero que dice.

La película sobre su vida, dirigida por Sebastián del Amo y protagonizada por el español Óscar Jaenada, con las cualidades para competir por un Óscar, máximo premio de la academia cinematográfica. Entretenida, divertida y con un manejo de dos épocas que al final se juntan de manera natural, como las aguas de un río con el mar. Las actuaciones reviven a Cantinflas y su entorno.

La gente ríe, disfruta. En la sala había niños, adultos y personas de la tercera edad. Vi salir a todos complacidos. Comentaban las virtudes de la película. Recordaban con admiración y cariño al personaje. Genio del humorismo.

Nadie se movió de su asiento una vez que terminó la historia, porque el director decidió cerrar con el bolero de Ravel bailado por Cantinflas. Un filme bien hecho de principio a fin.

En la sala una niña de aproximadamente seis años se puso a bailar delante de su padres, tratando de imitar los movimientos del mimo.

Cantinflas es inmortal.

Por años había escuchado de amigos la historia del grito “¡cácaro!” cuando en una sala de cine fallaba el proyector o el operador del proyector y la pantalla se ponía oscura o las imágenes empezaban a saltar, el sonido se distorsionaba o de plano no se escuchaba nada.

Hay escenas de cinéfilos molestos arrojando sus palomitas. Lo que tuvieran a la mano y no fuera costoso para su bolsillo, ni peligroso para el de enfrente o sentado a un lado.

El infaltable silbido en un tono y largo, aunque no dejaba de predominar el “¡cácaro!” que salía de gargantas femeninas y varoniles.

De esa manera era llamado el encargado del proyector, de sexo masculino. No recuerdo que alguien me haya dicho que alguna vez escuchara el grito “¡cácara!”.  Siempre fue “¡cácaro!” cuando la película se alteraba por fallas técnicas o descuido del operador.

Acabo de ir al cine para ver “Al filo del mañana” con el actor Tom Cruise, en una de las tantas salas que tiene Cinemex en nuestro país, en el World Trade Center (WTC) de la ciudad de México.

En el asiento de atrás, hombre maduro descargaba su enojo repitiendo que cada vez hay más anuncios antes de empezar la película. No dejaba de mirar el reloj de su teléfono celular ni de contar los minutos: “¡Ya van más de 20!”. La cuenta terminó en “¡25!”.

Su acompañante o pareja, con voz suave, consideraba que era demasiado abuso cuando se paga boleto por ver una película, no anuncios.

¡Por fin la película. El logo de la compañía filmadora norteamericana y enseguida las primeras escenas.

Error, no era el filme de acción y violencia de Cruise sino la dramática y amorosa historia de dos adolescentes titulada “Bajo la misma Estrella”.

Se soltaron los gritos:

“¿Qué está pasando?, ¡Esto no puede estar sucediendo!” expresiones irritadas de gente que se levantaba de su lugar.

Uno más atrevido:

“¡Yo no quiero ver esa mariconería!”.

Más de una persona, como fantasma o sombra en esa oscuridad, salió de la sala para buscar al responsable que corrigiera la proyección. Uno de esos jovencitos uniformados de rojo que checan los boletos y te dicen el número de asiento que debes ocupar.

5 minutos de película que nadie quería ver en ese momento.

Chiflidos, el coro de viento para estos casos, sin llegar al de las cinco notas o sonidos  que hacen referencia al origen materno.

Nadie grito “¡cácaro!”.

Seguro que saben que ahora la proyección es digital y se controla por computadora. Se pulsa una tecla y se deja funcionando, sin necesidad de que alguien esté en ese cubículo pequeño de donde sale la luz que ilumina la pantalla.

Todo bien hasta que sucede la falla inexplicable de la moderna tecnología. Las computadoras no son perfectas.

Vuelve la normalidad a la sala una vez que ha sido reprogramado el ordenador, aparece el protagonista Tom Cruise.

Sentí nostalgia por el “cácaro”. Nadie lo recordó. Por lo visto, hace tiempo que lo “mató” la computadora.

Parecía haber leído mi mente al descender y posarse en el ralo pasto. Por días lo había buscado para agradecerle su canto de todas las mañanas, justo cuando empieza a clarear, en el crepúsculo. De pico amarillo y plumaje gris con mancha marrón, una combinación de gorrión y mirlo. Bajó del frondoso y alto pino, seguido de sus coros, cuatro tortolitas.

Altivo, con el pico levantado, daba diminutos brincos y exhibía su mejor perfil a la cámara telefónica. Se estaba luciendo, porte de estrella, orgullo y osado, sin temor al intruso que le observaba y fotografiaba.

Su sonido agudo es de cuatro movimientos, repetidos cada tres segundos. Sincronía y armonía. Melodioso y acompañado por el piar de las otras aves color canela. Un quinteto emplumado, una expresión de la naturaleza en la selva de concreto, donde lo cotidiano es la contaminación, el tráfico, los accidentes, la inseguridad, el ulular de ambulancias y patrullas.

En esa maraña de la ciudad de México escuchar el canto de los pájaros es un privilegio, las notas que entran por la ventana abierta y llegan a los oídos para despertar sin sobresaltos como sucede cuando se programa y suena el despertador. El sonido musical es natural y puntual, a partir de las seis de la mañana. El canto termina una vez que el sol despliega sus rayos.

No es casual su presencia cotidiana, hay una empleada doméstica que los abastece regularmente de alimento, en una esquina de la calle, sobre la banqueta. Aterrizan en parvada gorriones, tortolitas y palomas. Se refugian y duermen en los árboles que todavía conserva la urbe.

Es tal el ajetreo, las ocupaciones, el trabajo, la escuela, la rutina veloz de cada día, el ruido de los autos, que muchos ni se percatan del sonido de las aves en calles y colonias de la zona metropolitana. Hay que detenerse un momento para apreciarlo y disfrutarlo.

A mi me toca despertar con esa música. Una delicia. Por eso salí a buscar al cantor entre las ramas del pino, para darle la gracias. Como si adivinara mis intenciones, bajó con sus coristas al césped. Se comportó como todo un artista, sin rehuir al reconocimiento. Poses en distintos ángulos, de frente, de perfil y por atrás. Feliz de su éxito. Cuando el espectador dejó de fotografiarlo, emprendió el vuelo seguido de las tortolitas.

Al ver lo que ocurría al interior del Metrobús me quedé pasmado, admirado porque sucedía algo distinto a las advertencias recibidas y que te preparan para incursionar en el transporte público: ¡cuidado con la cartera y tu teléfono!

Cartera no uso y el teléfono lo guardé en lugar secreto.

Una vez adentro, empecé a perder el miedo. Se disipaba el temor al bolseo y cacheo, aunque también debo decir que la unidad iba a un 85% de su capacidad. O sea, todavía era posible caminar por su pasillo sin empujar al vecino.

Ya relajado observé a los pasajeros que tenía cerca.

Uno de pie y leyendo; dos sentados y dormidos; otro mirando hacia la calle; el siguiente con audífonos puestos y un vaso cafetero en la mano.

A los dormilones nada los perturbaba, seguro traían un reloj interno programado para despertarlos en el momento de llegar a su estación. Uno con los brazos cruzados y el otro con los brazos estirados y descansando sobre su cuerpo. ¿Qué estarían soñando? Ninguno se veía con rostro feliz pero tampoco sufrido. Simplemente dormían, sin roncar.

El de los audífonos con el volumen para que la voz de Alejandro y Vicente Fernández, cantando “me olvidé de vivir”, fuera escuchada por otros viajeros. Cada vez que la unidad se detenía, le daba dos sorbos a su café.

Admirable el equilibrio de quien iba de pie y leía. Su libro era “La visión de los vencidos” de Miguel León-Portilla.

Otro más, joven veinteañero, también con audífonos y su camiseta dorada de los pumas universitarios, fuera del lente fotográfico, escuchaba “Looking for a dream” interpretada por el moreno americano Nick Cannon.

Les encanta a los muchachos el sonido fuerte y lo que menos importa es el daño irreversible que le causan a sus órganos auditivos. Sus gustos los tiene que disfrutar o aguantar el individuo que tienen a corta distancia. Era el caso de los que viajaban en este Metrobús.

Subió una señora con la piel de su rostro abrillantada por el sudor, bajita de estatura y delgada. Directa al asiento trasero. Apenas se sentó y a dormir.

Hay quien prefiere ver Tele Urban, con vídeos de artistas y publicidad.

Ninguno de ellos angustiado porque fuera a ser registrado por quien o quienes están acostumbrados a quedarse con lo que no es suyo.

Para la próxima, cargo con mi libro en turno y que el teléfono se cuide solo.

 

 

 

Quirino apenas tenía cinco años, inquieto como todos los de su edad. Travieso, osado, atrevido. Con una sonrisa que encantaba a los adultos dispuestos a ceder en sus exigencias, en sus juegos.

La época de los ochentas, todavía no llegaba el furor del Internet, ni del Facebook ni del twitter. En ese entonces, lo que dominaba a los niños era la pelota, patearla, meter gol, imaginar su juego.

Sus padres lo dejaron en la casa de la abuela. Como todas o casi todas, feliz con su nieto. No tardó mucho en darle una pelota.

La casa era pequeña. En la entrada un zaguán, espacio de metro y medio por cuatro metros, que se reducía porque estaba flanqueado de macetas con plantas diversas. El ornato colorido para recibir a las visitas.

Empezó a jugar.

También ahí vivía una tía, con el carácter gruñón, divorciada y la pena de que su única hija falleció por extraña enfermedad a los 20 años.

De inmediato su grito aterrador de advertencia: “¡Va a romper las macetas!”

Quirino se contuvo por un momento, pausa al juego. Le entró miedo. Había visto el rostro amenazante de su tía.

Sin embargo, el grito complaciente de la abuela lo animó a seguir su partido imaginario, con sus adversarios fantasmas.

¡Déjalo que juegue, es un niño –fue la reacción de su abuela acompañada de una sonrisa para su nieto.

Fue la luz verde.

La pelota rebotaba por todos lados, hasta que le atinó a una maceta y la rompió.

Silencio absoluto.

La tía se asomó al zaguán recordando su advertencia.

Quirino estaba más que asustado, temía peor. No había forma de reparar la maceta. Se aceleró su corazón.

Justo cuando la tía se le acercaba, apareció la abuela con una escoba, un recogedor y una sonrisa protectora.

Respiró.

La tía dio marcha atrás, media vuelta, no sin antes exigir que el pequeño levantara lo destrozado.

Su abuela volvió a sonreírle e hizo la limpieza.

Consentidora con su nieto, le dio un beso.

El recobró la calma, la abrazó y le devolvió la pelota.

Ese día era 14 de febrero.

El Benemérito de las Américas, presidente de México, autor de la frase “entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, no hizo testamento.

Se despreocupó de hacerlo, nunca lo tuvo en sus planes. Por fortuna, sus hijos  no se pelearon por los bienes de su padre. Se pusieron de acuerdo y se repartieron amistosamente el patrimonio.

Casas, muebles y acciones de Benito Juárez se dividieron en partes iguales, como consta en el testimonio de la Notaría 725, fechado el 19 de mayo de 1873.

Dicho testimonio forma parte del Acervo Histórico del Archivo General de Notarías del Distrito Federal.

Es un tesoro documental que ahora está guardado en el ex templo de Corpus Christi, ubicado frente a la Alameda Central.

Ahí podemos acudir para conocer una de las colecciones documentales de mayor relevancia en nuestro país.

Enterarnos, por ejemplo, que Sor Juana Inés de la Cruz  dejó a su familia una casa valuada en tres mil pesos.

Otra escritura elaborada el 23 de octubre de 1797 revela que Miguel Hidalgo y Costilla era socio de una mina en Guanajuato.

Y un dato contrario a la imagen que tenemos del cura de Dolores, muestra que en su juventud, el 11 de enero de 1790, firmó un protocolo sobre la compra de un esclavo.

La verdad, hay muchas perlas en ese acervo y es otra forma de conocer la historia mexicana. Vale la pena ir al ex templo de Corpus Christi.

Arturo Zárate Vite

 

 

Es licenciado en periodismo, egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, con mención honorífica. Se ha desempeñado en diversos medios, entre ellos, La Opinión (Poza Rica, Veracruz) Radio Mil, Canal 13, El Nacional, La Afición y el Universal. Más de dos décadas de experiencia, especializado en la información y análisis político. Ejerce el periodismo desde los 16 años de edad.

Premio Nacional de Transparencia otorgado por la Secretaría de la Función Pública, IFE, Consejo de la Comunicación, Consejo Ciudadano por la Transparencia e Instituto Mexicano de la Radio. Su recurso para la protección de los derechos políticos electorales del ciudadano logra tesis relevante en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, con el fin de conocer los sueldos de los dirigentes nacionales de los partidos.

Además, ha sido asesor de la Dirección General del Canal Judicial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y Coordinador General de Comunicación y Proyectos de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Es autor del libro ¿Por qué se enredó la elección de 2006, editado por Miguel Ángel Porrúa.