Bien harán los magistrados y magistradas del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) en revisar la calificación de la elección presidencial del 2006, aprender de esa experiencia que puso a prueba a los integrantes de la sala superior, que por semanas, día y noche, sesionaron con el ruido generado por las protestas de quienes se instalaron en plantón afuera del edificio, desde que el expediente completo del proceso llegó a esa instancia.
El reclamo de los manifestantes y de su líder fue siempre, “voto por voto”, recuento de toda la elección, lo que nunca se hizo, porque jurídicamente era improcedente. No todas las casillas habían sido impugnadas. Hubo recuento sólo donde se justificó. Y al final, aumentó, aunque muy poco, la ventaja de quien había sido declarado ganador de la contienda.
Los magistrados resistieron presiones, actuaron con rigor al revisar y evaluar lo sucedido el domingo 2 de julio de 2006. El recuento de votos y ajuste de cifras no fue lo más complicado, sino el comportamiento de los protagonistas y su influencia en el proceso.
De acuerdo con los magistrados, lo que se puede leer en el expediente, la elección estuvo en riesgo por la hiperactividad del entonces presidente Vicente Fox, quien en diversas ocasiones, públicamente, mantuvo riñas verbales con el principal candidato de la oposición. Intensa como pocas veces se ha visto la campaña de que era “un peligro para México”.
La sala superior presidida por Leonel Castillo González procedió con firmeza, con seguridad, ninguno de sus actos o declaraciones cayó en el titubeo. Hablaron con su trabajo, no hubo precipitaciones, nada de posiciones anticipadas y mucho menos filtraciones.
El blindaje de los magistrados tan sólido como la fortaleza de su edificio sede, Inexpugnable, impenetrable. Los manifestantes no pasaron de la calle ni de la banqueta. Jamás intentaron brincarse la cerca. Quizás sabían que en el sótano del edificio había personal policial federal con la instrucción de resguardar a la institución electoral.
Espera larga y tensa para los competidores, la moneda parecía en el aire, por la escasa diferencia entre el primero y segundo lugar. No más de un punto. Había intranquilidad en los equipos de los candidatos. Nadie en esa etapa daba por hecho que el proceso estaba resuelto. Quien tenía la ventaja mínima, nada más tenía eso, esa raquítica ventaja. Faltaba el dictamen del órgano calificador para poder cantar victoria.
La actual presidenta del TEPJF, Janine Madeline Otálora Malassis, es un personaje con altas calificaciones académicas, pero a veces, no es suficiente para hacer frente a los grandes retos. Es indispensable saber comunicar con oportunidad y precisión. Ya se ha visto en los organismos electorales estatales lo que sucede cuando se carece de estas cualidades, las palabras y actos de la misma autoridad enredan o le siembran dudas al proceso. Más vale que los magistrados de la sala superior se tomen su tiempo para revisar la actuación de sus compañeros en el 2006 y perfeccionen su desempeño, porque la elección del año siguiente se ve venir muy agitada.
El blindaje del TEPJF
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