El antiguo Palacio del Ayuntamiento, que está en el Centro Histórico de la Ciudad de México, frente a la Catedral, fue mandado a construir por Hernán Cortés, en 1522.
Se construyó con piedras de las edificaciones aztecas, demolidas por los conquistadores.
Patrimonio de la humanidad que funciona como museo y oficina de la jefatura de gobierno.
Cuenta con salón de cabildos estilo afrancesado, con candiles y pintura mural en el techo. En las paredes podemos ver imágenes o pinturas de los héroes que lucharon por nuestra Independencia.
Es utilizado para las grandes ocasiones, para la entrega de las llaves de la ciudad a personajes internacionales. Así ha sido con John F. Kennedy, quien fuera presidente de los Estados Unidos. El presidente chileno Salvador Allende y el astronauta norteamericano Neil Armstrong, primer hombre en pisar la luna.
El antiguo palacio del Ayuntamiento, con casi 500 años de vida, tiene su centro de documentación que guarda la historia de la CDMX, gacetas y actas del cabildo o gobierno municipal.
Un palacio con historia de amor, de amor no correspondido. Final de película protagonizada por el virrey Baltazar de Zúñiga.
Se enamoró de joven y bella novicia, que no le hizo caso. La mujer siguió el camino de la religión y se convirtió en monja.
Estuvo en el convento Corpus Christi que el mismo virrey años atrás había mandado a construir, en lo que ahora es la Avenida Juárez, frente a la Alameda Central.
El virrey Baltazar de Zúñiga murió enamorado. Cuando terminó su periodo de gobierno, regresó a España. Años después fallece en la madre patria.
En su testamento, Baltazar de Zúñiga dejó escrito que su corazón le fuera arrancado, guardado en urna de plata y depositado en el convento donde estuvo la novicia de la que se enamoró.
Ese corazón herido, sin conseguir ser amado como era su deseo, se hizo polvo. La monja murió en el convento, dedicada a su vocación religiosa.
Derivado de este episodio, aunque pareciera contradictorio, surgió y ha sobrevivido la leyenda de que las mujeres que caminan por los pasillos del palacio del Ayuntamiento, pronto encuentran novio y se casan.
En contraste, también el palacio del Ayuntamiento tiene su historia macabra. Estuvo involucrado el virrey Gaspar de la Cerda, en 1692.
El pueblo lo hace culpable de la escasez de alimentos. La muchedumbre enfurecida va al palacio del Ayuntamiento y le prende fuego. Era sabido que el palacio tenía granero. La gente se metió a buscar el maíz y no encontró nada.
Por eso, incendian el edificio, quemaron hasta la carroza del virrey.
El virrey Gaspar de la Cerda pudo escapar, esconderse.
Cobró venganza y dio la orden de matar a los organizadores de la manifestación. Después se arrepintió pero no lo castigaron ni metieron a la cárcel.
Hay quienes aseguran que por ese motivo su alma anda en pena, que recorre por las noches el antiguo palacio del Ayuntamiento, con cara de dolor.
La gente lo bautizó como ”el fantasma Gasparín”.
En la pintura o imagen que está en el salón de los virreyes, el rostro de Gaspar de la Cerda tiene la palidez de un muerto, con los ojos abiertos. Provoca cierto miedo.
El palacio ha sido remodelado en varias ocasiones.
Su salón de cabildos es la joya de este palacio y del gobierno de la Ciudad de México.
La escalinata principal es el escenario ideal para la foto de quinceañeras y novios. Previa cita pueden tomarse la foto del recuerdo, en un palacio con casi 500 años de historia.

Se ha crispado tanto el ambiente nacional que hoy he decidido contarles algo distinto, grato, positivo, sobre animales que se adaptan a la realidad que les rodea y siguen su mundo; ajenos a preocupaciones humanas, pandémicas y económicas, al menos es lo que parece:

Alegre saltaba de un cable a otro, muy delgados y separados unos 10 ó 15 centímetros, descendía la ardilla, parecía deslizarse como el mejor esquiador de nieve en el mundo, aunque sin bastones, ni casco ni botas ni ropa especial, sin más chasis que su propia piel y pelambre.
Bajaba de la punta de una chimenea de casa antigua de más de 60 años en la colonia Nápoles, alcaldía Benito Juárez de la ciudad de México; atravesaba la calle. Un cable era insuficiente para mantener el equilibrio, usaba los dos, daba pequeños saltos. Sus garras en lugar de esquíes. Imagen divertida por su habilidad y agilidad, equilibrista natural.ardilla arbol
Al aterrizar en la maraña de cables de distintos grosores, las arterias que abastecen de energía los hogares, que van de calle en calle, la vi acelerar el paso y pronto mi vista la perdió.
Estaba de regreso la ardilla, por semanas y meses desaparecida en tiempos de pandemia, ausente, suponía muerta. Para ser optimista, quería creer que había cambiado de domicilio, sin avisarle al Instituto Nacional Electoral (INE).
No, no se había ido al cielo, reapareció acompañada, con pareja. Parecían juguetear en los cables, movían sus colas estilizadas y esponjadas; intercambiaban miradas, sus diminutos ojos negros como canicas abrillantadas.
Por supuesto que ninguna institución ecológica y mucho menos judicial investigadora estaba preocupada por la desaparición de la ardilla. Nadie se ocupó en averiguar su paradero.
Por el crecimiento urbano en la CDMX, las ardillas ya no únicamente utilizan árboles para desplazarse de un sitio a otro. Ahora cuentan con cableado de la Comisión Federal de Electricidad, de las compañías telefónicas y de empresas televisivas, como si fuera su segundo piso, sin tener que adquirir el llamado TAG conocido por automovilistas o pagar por transitarlo.
Observé que las ardillas de esta historia tienen como refugio la chimenea de vetusta casa de dos niveles y el gigantesco pino que hay en el jardín. No estoy seguro de que ahí se queden a dormir. Las he visto durante el día, comparten el espacio con algunas palomas.
Avanzan despreocupadas, nadie las molesta en las alturas, tienen la exclusividad de la autopista cablera. Protegidas por su propia naturaleza, no están obligadas a usar cubre bocas ni guardar sana distancia al salir a la calle. Hasta donde sé, no corren ningún peligro de contagio Covid ni necesitan escuchar todos los días noticias para saber si ya fue aplanada la pandemia. Para ellas no hay confinamiento.
Graciosas, escurridizas, tienen ganada la simpatía humana, de todas las edades.
La ardilla ha regresado, feliz con su pareja.

La construcción se ha reavivado, otra vez como plantas silvestres crecen edificios por distintos rumbos de la Nápoles en la alcaldía Benito Juárez de la ciudad de México. Si antes no se tomaban previsiones para ordenar el boom inmobiliario, menos ahora que el personal necesita trabajar, ganar y comer en el día a día.
Ahí están los hombres de casco naranja con sus ropas empolvadas e irreconocibles con sus tapabocas, amarrando varillas o “castillos” que sostendrán muros, las revolvedoras estacionadas enfrente escupiendo cemento a través de esa manguera que parece una boa gigante.
En las calles, en las banquetas, es raro ver personas sin cubre bocas, aunque todavía hay una que otra que no le importa su salud y menos la de los demás. Aficionados a jugarse la vida, sin tener consciencia de que el Covid-19 es invisible para el ojo humano y te puede atrapar en cualquier parte.
Los restaurantes de la colonia, chicos, medianos y grandes, cafeterías y comederos, procuran el protocolo, atienden recomendaciones de autoridades sanitarias, cuidan la sana distancia, usan acrílicos para innovar separadores. Meseros, cocineros y cajeros con el rostro semi-oculto. 30 por ciento de clientela, nada más, lo permitido. Desparecieron las aglomeraciones. La mayoría prefiere comer en casa y si es parte de la población flotante, retomar la costumbre de cargar con el lonche, para evitar contactos y exposiciones innecesarias.
Ni largas filas ni salas llenas, como era antes, en Cinemex del WTC. En las actuales condiciones, no atrae ver una película ni de estreno. Lo mismo en Cinemex de Patriotismo.
La Casa Toño que siempre tenía lleno completo y mesas hasta fuera del local. Ahora, la asistencia, reducida a su mínima expresión. El pozole septembrino y de fiestas patrias, habrá que comerlo por pedido a domicilio. El Centro Comercial de Patriotismo y el de Dakota 95, por donde los fines de semana y hasta entresemana corrían ríos humanos, ahora son riachuelos.
El Cardenal, comida de primera, que tardó en abrir, no ha cumplido ni un año, que tenía muy largas filas para ingresar, todos los días, por la pandemia también sufre la baja clientela
Para entrar al WTC hay que tomarse la temperatura y si vas a uno de los pisos u oficinas, hacer fila con sana distancia para recibir el ticket que te da acceso a los veloces elevadores.
La colonia Nápoles ya no es la misma. Ya nadie va aprisa ni corre para llegar al Energy, para hacer ejercicio. El deportivo o gimnasio está cerrado. Su entrenador más popular, el famoso Jan, como si adivinara lo que venía, desde que empezó la emergencia, ofreció clases en línea. Todas sus seguidoras, sobre todo, y seguidores, no lo han abandonado.
El parque Esparza Oteo con momentos en que parece fantasmal, sin el bullicio de los niños en la zona de juegos. Dejó de ser escenario musical para los adultos de la tercera edad, cada domingo. Ni las ratas de cuatro patas hacen sus paseos porque no hay quien les deje restos de comida.
Quienes tienen hijos en edad escolar, recreo y clases en casa. Antes las mamás estaban pendientes solo de que hicieran la tarea, ahora también de que no se distraigan cuando está la enseñanza en línea. La ocupación maternal es educativa todo el día.
Y dentro de este escenario, el aullido lastimoso de mascotas, que padecen el encierro, igual o peor que sus dueños.
La colonia Nápoles, ya no es la misma.

En tiempos de inquietud e incertidumbre por la pandemia en el mundo, con saldo de miles de muertos y contagios cotidianos, crisis de ansiedad, estrés y empobrecimiento despiadado, no puedes esperar recibir como regalo un pan de muerto.
Presagio fatal, pesimismo, absoluta falta de sensibilidad.
¿Habrá sido a propósito?
“A caballo dado no se le ve colmillo”, diría mi abuela, cuando se trataba de un regalo, hay que recibirlo con una sonrisa, sin hacerle mueca o comentario con destello desaprobatorio. Agradecerlo.
¿Pero un pan de muerto en este tiempo?pan de muerto 1
Seguro es ocurrencia imprudente del mercadólogo o publicista de las tiendas Walmart y Superama, dar gratis a clientes un mini pan de muerto, envuelto en papel transparente y sujetado o amarrado con delgado listón azul.
Es lo que han empezado a repartir las dos tiendas, al menos en servicios o entrega de comestibles en domicilios.
“Un obsequio de la tienda”, dice el mensajero con una sonrisa, para cumplir la encomienda de la empresa.
Por educación, obligado dar las gracias. Lo tomas sin abrirlo, porque primero debe de pasar por el desinfectante, como lo aconseja el protocolo sanitario.
Una vez rociado de gel antibacteriano, observas los detalles, reflexionas sobre los motivos del obsequio.
¿Anticipado recordatorio de la festividad de muertos en noviembre? ¿mensaje subliminal de lo que le espera a la sociedad por la pandemia? ¿premio por ser cliente frecuente? ¿gancho para invitar a reservar parte del presupuesto familiar, si es que algo queda, a la compra de dicho alimento? ¿despertar el apetito panadero?
Lo que fuere, no es el mejor momento para regalar a cualquiera un pan de muerto, del tamaño que sea.
Son tantas las noticias negativas, el escenario borrascoso y depresivo, que resulta inoportuno regalo de ese tipo.
Hay que decirle a publicistas y mercadólogos de esas tiendas, de Walmart y Superama (de todas las tiendas), en las circunstancias que hoy enfrenta México, lo recomendable sería algo para infundir ánimo, si es que desean recompensar a su clientela.
Por ejemplo, un mini pan patrio, con los colores de la bandera, a propósito de la proximidad del 15 de septiembre. Día de la Independencia, celebración de todos los mexicanos.
Lo que sea, menos un pan de muerto.

Nada que tenga que ver con aullido, tampoco ladrido, es el llanto del perro, lamento que recorre la calle, que se escucha en las casas de confinados y recuerda la leyenda de la llorona, el quejido de esa mujer a la que se le atribuía la muerte de sus hijos o la otra versión de la famosa indígena “La Malinche” quien sufría por haber traicionado a su pueblo.
¿Y por qué llora el perro?
No es un animal pequeño porque su llanto inunda la calle como el viento que sopla en atardeceres y noches. Queda claro que no viene del edificio contiguo, sino de más lejos, quizás 300 ó 500 metros.
La primera vez que se le escuchó fue hace un mes, toda la noche. Por momentos parecía que era golpeado o víctima de tortura. Descartado, porque en estos casos sería quejido y luego reaccionaria con fiereza, dependiendo del daño. No dejó dormir a los dueños ni a los vecinos. En su domicilio no encontraron la forma de calmarlo o callarlo. Desvelada perruna en tiempos de pandemia. Peor para quienes han vuelto rutinario el insomnio, dormir menos, por la ansiedad, el estrés que provocan el encierro, las sombras y fantasmas que rondan a los mexicanos, al mundo en general, en la salud y en la economía. Incertidumbre sin fecha de vencimiento.
En la segunda noche, el perro, sin poder adivinar su pedigrí a la distancia, siguió el llanto, aunque esta vez amortiguado con un bozal. Hizo varios intentos por desahogarse de esa manera; no lo consiguió. Dejó de llorar. Era para considerar dar aviso a organizaciones protectoras de animales.
Los días siguientes, nada; silencio, ni ladridos, ni aullidos, ni llanto. Indicios de que lo habían llevado con el veterinario, para la evidente atención requerida. Darle algo que resolviera su intranquilidad y pusiera fin a su lamento nocturno. Paso una semana, nada. Otra, nada.
A la tercera semana, regresó el llanto, durante el día, mucho menos tiempo. Pronto se calmó. El lamento se ha vuelto esporádico y de corta duración. ¿Estará controlado por un ansiolítico?
Según los que saben de medicina animal y tienen mascota en casa, ese perro debe ser muy sensible, está estresado por el encierro y las noticias. Una de dos: escucha a sus dueños comentar alarmados lo que sucede o se entera en directo a través del radio o la televisión encendidas en canales que difunden noticiarios.
Estresado por la cifra de muertos y el supuesto de que también han caído algunos caninos por la pandemia. Además, la evidencia de que se ha perdido en México el control del Coronavirus. Seguro teme por su vida, ser víctima de un enemigo que no conoce y que nunca ha mordido como para que busque desquitarse con aniquilamiento lento y doloroso.
Y por si algo faltara, intuye que está en riesgo el abasto de su alimento, por la crisis económica, por la caída histórica del 18.9 por ciento del Producto Interno Bruto en el segundo trimestre.
Llanto de perro que a nadie se le desea.

Por protagonismo, negligencia o por ganar la primicia se ha caído en errores que hacen obligada la reflexión para medios y comunicadores sobre el manejo o difusión de una información parcial, incompleta o no verificada.
Han “matado” a deportistas, artistas, intelectuales, empresarios y diversos personajes por ese afán de ganar la nota, sin medir consecuencias de la falsa información, el daño que se ocasiona a la familia y al entorno del supuesto fallecido. Es grave el tema y no queda arreglado con excusas como “la información la recibí de fuentes confiables, de la propia familia”, “ofrezco una disculpa, me equivoqué” o “yo asumo las consecuencias de lo que hice”.
Es obvio que la familia no va a dar por muerto a nadie de la familia. Tampoco la disculpa es suficiente cuando se pudo haber lastimado o enfermado a una o varias personas, por la falsa noticia. Mucho menos ayuda la soberbia de que “yo asumo las consecuencias”, como si el error fuera algo menor o una mentira piadosa. Ninguno de los desacertados se ha tomado el tiempo para medir el impacto de su bulo. Le da vuelta a la página. Hay quienes hasta optan por no volver a tocar el tema, para no exhibirse por su yerro.
Recientemente acaba de suceder otro caso mediático cargado de irresponsabilidad, sobre presunta o supuesta agresión en el Parque Hundido de la Ciudad de México. Más de un medio y comunicador enjuició y dictó sentencia en cuestión de segundos, basado en una sola versión, parcial. Dieron rienda suelta al linchamiento mediático, exigieron buscar al “agresor” por cielo, mar y tierra. Había que hacerlo pagar, de cualquier manera.
Se corre el riesgo de que linchamiento de ese tipo termine en tragedia y se le quite la vida a un inocente. Ya ha ocurrido, cuando la turba decide hacerse “justicia por propia mano”, sin averiguar si lo sucedido es cierto. Varios días medios y comunicadores se ocuparon de la persecución.
Resulta que el “supuesto agresor” ni enterado estaba del “linchamiento mediático”. No acostumbra los noticiarios ni está inscrito en las redes sociales. Supo lo que pasaba hasta que una amiga lo alertó.
En ese lapso lo pudieron haber agredido o algo peor. Lo pudieron haber detenido y encerrado por orden de “Fuente ovejuna”. Destruido su vida, su familia, todo por la difusión de una información parcial, que se consideró suficiente para emitir juicio y pedir castigo.
La otra parte del conflicto dio su versión, muy distinta, con la aportación de un corto video donde se alcanza a ver que era jaloneado. Y en el jaloneo, admitió que pudo darle un golpe a la antagonista, un pleito por el uso del espacio para correr.
¿Quién dice la verdad?
Es algo que la autoridad tendrá que dilucidar; pero, sin duda, peligroso sacar conclusiones sin antes haber escuchado a las dos partes, como recomiendan la ética, las reglas del periodismo, el sentido común y la justicia.

Esta “Historia de Palacio” te va encantar: un poeta que por amor se quitó la vida en el palacio que se construyó para sede del Tribunal de la Santa Inquisición y que hoy funciona como Museo de la Medicina Mexicana, ubicado en la plaza de Santo Domingo, en Brasil 33, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Por amor se quitó la vida el poeta Manuel Acuña, a la edad de 24 años.
Manuel estaba enamorado de Rosario de la Peña, su musa, a quien le compuso el poema Nocturno a Rosario, que empieza de la siguiente manera, seguro que lo recuerdas:
”Yo necesito decirte que te quiero, decirte que te adoro con todo el corazón…”
Su final es una expresión que pone por delante el amor maternal:
“…y en medio de los dos, mi madre como un Dios”.
Una vez que el palacio del Tribunal de la Santa Inquisición de la entonces llamada Nueva España se transforma en la escuela de medicina, ahí decide estudiar el poeta Manuel Acuña.
Había internado en el palacio y Manuel vivió en la habitación número 13, para muchos número de suerte, para otros, todo lo contrario.
El poeta era enamoradizo, tenía como musa a Rosario de la Peña, pero también sostenía relaciones con Celedonia, una mujer que vivía de lavar ropa y, con la poeta Laura Méndez tuvo un hijo.
Rosario se enteró del engaño y rompió relaciones con Manuel Acuña, joven muy apasionado, nervioso e impulsivo; con sus palabras trataba de conquistar y enamorar a Rosario.
No la llamaba por su nombre, en su lugar, le decía:
“Mi santa prometida”.
Hay historiadores que atribuyen el suicidio a ese rompimiento.
Manuel tomó cianuro para quitarse la vida.
Dejó una nota póstuma en la que libera de toda culpa a su musa Rosario; la breve nota decía:
“Lo menos sería entrar en detalle sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno, basta con saber que yo mismo soy el culpable”.
Joven y gran poeta mexicano, se quitó la vida en el palacio que se construyó para sede de la Santa Inquisición, en el Siglo XVIII.
Un palacio que también tiene leyendas de fantasmas, que se han difundido de boca en boca.
El origen de las leyendas viene del pasado negro del Tribunal de la Santa Inquisición, porque ahí se encarcelaba, juzgada, torturaba y dictaba sentencia de muerte a los que blasfemaban o eran herejes, que no creían en dogmas religiosos.
Según cifras de historiadores, murieron en la hoguera medio centenar de personas.
Hay vecinos de la zona de Santo Domingo que aseguran que por la noche todavía se escuchan quejidos y lamentos; una mujer que pide a gritos cristiana sepultura. Otros, juran haber visto el fantasmas de un decapitado.
Leyendas de palacio.
Después de que funcionó como Tribunal de la Santa Inquisición, nadie quería comprarlo, por miedo a su pasado.
Fue sede temporal del arzobispado, sede de la Lotería Nacional, de una escuela primaria, de un cuartel militar, hasta que se convirtió en la Escuela de Medicina.
Como escuela de medicina funcionó casi cien años.
En1980 se inaugura como Museo de la Medicina Mexicana, para conservar la historia de la medicina prehispánica hasta la de nuestros días.
Esta es la historia del palacio que se construyó para ser sede del Tribunal de la Santa Inquisición y donde, por amor, se quitó la vida el poeta Manuel Acuña.

Cuando la boca sangra, ni el “cubrebocas” funciona. Era el caso de Enrique, veterano veracruzano radicado en la Ciudad de México desde los noventas. En plena crisis de la pandemia, tenía problemas con sus encías, consecuencia de apretar los dientes por el estrés.
En las mañanas, al despertar, observaba que tenía sangre en la boca. Tomaba de inmediato pañuelos desechables, uno tras otro, para quitársela, hasta que viera terminar el sangrado. La primera vez, supuso que tenía reventada una úlcera, corrió al hospital, al área de emergencias. La recepcionista apuró la atención. El médico encontró que la presión estaba normal. Hizo preguntas propias para este tipo de casos. Su diagnóstico preliminar fue que su mal tenía que ver con el cuidado bucal y de ahí necesidad de acudir con un dentista u odontólogo.
La valoración médica lo tranquilizó. Enrique tenía en su directorio dos dentistas a las que visita regularmente para la limpieza semestral, nada más que en estos tiempos del Coronavirus cerraron consultorios.
Para su fortuna contaba con el número celular de la asistente de una de ellas. La enteró por WhatsApp del problema. Ofreció que avisaría a la doctora Anel y en el curso del día daría respuesta. Le recetó una pasta y un gel dental, para tratamiento de 15 días.
Continuó el sangrado en los siguientes días. Estaba más que asustado y no quería volver al hospital, mucho menos después de leer el riesgo de infección que existe cuando hay pandemia. Cada mañana el sangrado. Peor porque no podía masticar nada, solo consumía comida blanda. Empezó a sentirse débil. Retrataba el interior de su boca con una selfie. También miraba el espejo para escudriñarse. Llegaba la noche y no quería ir a la cama. Tenía terror de que al estar dormido, como venía ocurriendo, apretara dientes y sangraran las encías.
Su agobio aumentaba con la noticias cotidianas, el recuento de víctimas, la falta de suministros médicos. Nervioso de pies a cabeza, hipocondríaco, pensaba que podía amanecer muerto, desangrado.
Con su semáforo mental en color rojo, alarmado, debilitado, deprimido, creyó que encontraría las palabras para convencer a la doctora de que lo atendiera con urgencia. Elaboró su mensaje por WhatsApp, era un ultimátum para la dentista. Implícitamente le advertía que sería su responsabilidad si algo le pasaba. Cuidó no ser ofensivo, pero sí firme en su petición.
Pronto vino la respuesta: “siga el tratamiento y lo veo en tres o cuatro semanas”.
¿Y ahora qué hago?, se preguntó el angustiado Enrique.
Tomó tiempo para analizar su caso, respiró hondo y profundo, se dejó caer sobre su sillón favorito.
Reflexionó, hizo un recuento de la atención que ha recibido de la dentista en varios años; recordó que ha sido acertada y siempre le ha dicho la verdad; creíble y confiable. Entonces, Enrique concluyó que debía obedecer sus indicaciones.
Al día siguiente, dejó de sangrar, mejoraron sus encías y ya podía masticar.

Con la boca descubierta, en bicicleta, acompañado de perro labrador sin correa, joven de 22 ó 25 años de edad, dedicado a repartir textos, dos hojas con el título: “Jesús Vive y El Cristo vendrá por segunda vez”.
Apenas abrí la puerta del edificio, en misión de actividad esencial de abasto alimenticio, topé con el “millennial”, casi cara a cara, estaba muy cerca de la puerta, montado sobre su vehículo de dos ruedas. Supongo que se disponía a dejar algo en el buzón.
Ni idea de que hacía; como siempre, se piensa en lo peor, en que pudiera ser un malandrín. Aspecto jovial, cordial, su perro husmeaba en el pasto del mini jardín de la banqueta. Supuse que el canino buscaba su espacio para depositar excremento. Estaba inquieto el animal. Recomendé a la inesperada visita levantar el desecho si fuera el caso. No se que entendió pero dijo que a su perro le gusta comer pasto. Me salió lo ecologista y sugerí enseñarle a respetar áreas verdes.
Seguía en lo suyo, revisaba papelería que tenía en sus manos. Contrastaba su vestimenta con la mía. Mientras yo traía tapabocas, careta, guantes y camisa de manga larga, él ninguna medida preventiva para enfrentar el Coronavirus. Ni casco de ciclista. Camiseta blanca y pantalón de mezclilla, tez clara, cabello corto, lacio, lampiño, limpio y esbelto. Por fin terminó de hacer la selección y me entregó en mano dos hojas, dobladas, sin mediar palabras. Las dejé sobre el macetón de la entrada. Reaccionó de inmediato y exigió que se las devolviera si no las iba a leer. Le ofrecí que lo haría pero no en ese momento. Quedó satisfecho, con un seco “okey”. Empezó a pedalear y a retirarse, seguido de su perro. Cerré puerta y retomé la misión de abasto alimenticio, en camino al mercado.
Cuando regresé a casa, antes que otra cosa, a saciar la curiosidad y ver qué decían las hojas del “millennial”. Sorpresa, título: “Jesús Vive y el Cristo vendrá por segunda vez”, fragmentos tomados de la biblia. Dos hojas escritas por ambos lados, mensaje religioso.
Ningún membrete que identificara al autor o autores. Recordé a los Testigos de Jehová que van de casa en casa, generalmente señoras, que rara vez he visto les abran la puerta; optan por dejar en buzón la revista “La Atalaya”. Descarté que perteneciera a esa agrupación. No podía dar por hecho que fuera militante de alguna religión ni solo un mensajero. Ocupado en el papeleo, no se identificó.
Un misterio ese joven “millennial, que iba de puerta en puerta para dejar el mensaje debajo de la misma o en buzón, justo cuando arrecia el impacto del Coronavirus en México y causa más muerte.
Todo el texto enfocado a preparar la segunda visita de Cristo, a restaurar la fe que el mundo ha perdido.

Estampa inolvidable, la niña que baila bajo la lluvia, en el balcón de su casa, en el quinto piso de edificio en la Ciudad de México.
Quizás aburrida o cansada del encierro casero por el Coronavirus, decidió salir al balcón, con paraguas de su tamaño y acompañada de adulto. Era posible verla a distancia estimada de 200 metros. Llovía.
A los padres no les gusta que sus hijos se mojen. Evidente, contó con autorización, licencia especial para compensarla por el largo tiempo en cuatro paredes.
Lluvia vespertina de primavera en la gran ciudad, común, a veces hasta con granizo. Sobra tiempo para ver llover. El cielo estaba nublado y el pronóstico del tiempo la había anticipado.
La primera gota y luego muchos otras, aunque sin relámpagos ni rayos. Nadie en la calle. Desde la ventana, observación del entorno, en particular los edificios de enfrente y en uno de ellos la niña, aproximadamente siete años, con su paraguas propio para su tamaño. Rostro sonriente. Su boca abierta, como si cantara. Estaba feliz, caminaba de un extremo a otro del balcón, unos cuantos metros, sin que el adulto la descuidara, pendiente de la menor, de sus movimientos. Era ella, su paraguas y la lluvia, la imagen de Singin´ in the Rain.
Por su corta edad, lo más probable es que no sepa de la película de Gene Kelly entrenada en 1952, Cantando bajo la Lluvia, catalogada como el mejor musical del cine estadounidense.
Estampa para quedarse grabada en la mente, por las circunstancias, porque todos deben estar bajo techo y encerrados para enfrentar la pandemia. En tiempos normales, si es que se puede hablar de normalidad en el siglo XXI ante tanto sobresalto que sufre el mundo, es muy probable que no hubiera hecho lo mismo de pedir salir al balcón con su paraguas y contactar el fenómeno pluvial. El adulto en el marco del ventanal, pendiente de la pequeña.
Escena de 10 minutos. La niña con su caminar de un extremo a otro del balcón, entretenida en un juego musical a la intemperie, cantando bajo la lluvia, así hasta que se retiraron. Ella con una sonrisa en sus labios, por su encuentro directo con la naturaleza.
Un juego o una travesura producto de su creatividad, para romper con la monotonía de todos los días, los juegos de mesa, videos y las clases en línea, el no poder salir a la calle.
Encontró lo diferente, se divirtió en el balcón, hizo recordar a Gene Kelly y su Singin´ in the Rain, le ganó una partida al maligno Coronavirus, porque no pudo evitar que ella cantara y lo hiciera bajo la lluvia.

Para el 10 de mayo, las madres tienen garantizado que la familia va a estar en casa, al menos. No podrán salir a comer ni a ningún otro sitio, salvo que quieran exponer su salud. Los hijos estarán cerca, en la sana distancia, sin abrazos ni besos, todo el día y la noche, como ha sido desde que empezó la emergencia.
A diferencia de otros años, por el Coronavirus no hay preparativos para el acostumbrado festival en escuelas ni en instituciones públicas ni privadas, ni en plazas ni parques.
Tampoco niños y niñas ocupados en elaborar con ayuda de profesores una artesanía de regalo. Anulados planes para llevarla a comer u organizarle velada musical, las mañanitas con trio, mariachi o los amigos y amigas que van de casa en casa para halagar a su respectiva progenitora. Integrantes de familia, si quieren, en su hogar, podrán bailar y cantar.
La venta de flores no es una actividad esencial, pero quizás haya más de un atrevido que abra su expendio con la esperanza de que lleguen habituales compradores en busca del ramo o flor favorita de la madre. No dejaría de ser una acción de riesgo para las partes. Quienes acostumbran ir al panteón, tendrían que esperar mejores tiempos.
También están cerrados restaurantes, aunque más de uno ofrece servicio a domicilio, que será alternativa de quienes puedan pagar la comida. Otra opción, con menos recursos económicos, hijos e hijas, meterse a la cocina y preparar algo sencillo. Es un día en que la madre quiere trato de reina, no hacer nada.
El festejo maternal exigirá creatividad para que no pase desairado o disminuido ni alcance escenario virtual. Hay que dar por hecho que algo extraordinario ocurrirá, porque madre solo hay una y es venerada mucho más que cualquier padre en el mundo.
Creatividad sobra en la sociedad, la hemos visto en especial en estos días con los internautas; sus imágenes, videos o “memes”, divertidos unos, ácidos y agresivos otros. Creativos. También gente que se asoma por la ventana o por el balcón para cantar o aplaudir al personal médico.
Las calles de la ciudad no se atestarán de autos y mucho menos a la hora de la comida o de la cena. Dejará de ser el día rompe récords por el excesivo tiempo utilizado para llegar al restaurante o a la casa designada para el festejo. Así se ponía el tránsito o tráfico.
La oportunidad es para los que han venido recorriendo calles con su música: el trompetista, el tamborilero, el organillero y el marimbero. Por unas cuantas monedas, dispuestos a tocarle o cantarle a la madre. El tiempo, dependerá del monto de la propina.
El Día de la Madre, el Coronavirus amenaza con imponer condiciones al festejo.

A más de un mes de que se decretó la emergencia sanitaria por el Coronavirus, las reglas han cambiando en casa, ahora cada quien hace su desayuno y su cena, en las comidas la responsabilidad es compartida; las compras de la despensa también se deciden en equipo.
Prevalece el diálogo, no hay quien pretenda imponer algo y mucho menos actuar como dictador o dictadora o que todo se haga como quiere uno de los integrantes de la familia.
En el hogar, prevalece el consenso, el respeto, convencimiento y entendimiento, lo que no significa ausencia de diferencias o de discusión; también hay desacuerdos y se alza la voz. No hay familias perfectas, como la sociedad tampoco es perfecta ni su gobierno.
Nada de que la voz mayoritaria la tiene el proveedor porque es el origen de los recursos o de que la casa es una zona que corresponde controlar a la madre porque ella es la que regularmente ha dispuesto lo que se hace al interior.
También hay fake news, noticias falsas dentro de casa, generadas por el seguimiento que se le da a lo que se divulga en redes sociales, sin tomar en cuenta si se trata de fuentes confiables. Versiones que llegan a crear sobresaltos o alarmas desmedidas.
“¡Se va a acabar el mundo, nos vamos a morir todos!”, expresión de doña Carmen derivada de la lectura en su Tablet. Despertó y lo primero que hizo fue revisar las “novedades”. No aguantó el llanto y con angustia en su rostro, soltó su temor ante la familia.
Pronto los comentarios tranquilizadores de quienes la habían escuchado. No se puede creer todo lo que aparece en las famosas redes sociales, salpicadas de amargura y mentiras.
Doña Carmen es la señora de la casa en una familia de cuatro personas, los padres y dos hijos, que por la emergencia sanitaria provocada por el Covid-19, ajustó reglas, en la austeridad, crisis económica y medidas determinadas por la autoridad para enfrentar al virus.
Lo más valioso y apreciado por el cuarteto es que las decisiones se toman por consenso. Hay cambios de conducta espontáneos, en beneficio de la comunidad y la convivencia. Nadie se siente soberano ni tocado por la divinidad. La realidad obliga a ubicarse, no perder el piso.
Sorprende que uno de los hijos resolvió que su contribución sería hacerse cargo del área de lavado; otro asumió la responsabilidad de ir por la despensa; compartida la limpieza del baño, además del aprendizaje intensivo del uso de la escoba y el trapeador. Los padres ocupados en el manejo financiero, en medir gastos pero sin llegar al extremo de quitar o reducir programas básicos o derechos establecidos en la Constitución.
En casa cada uno lava sus platos.

Entró como un rayo a su casa, sin la menor intención para detenerse a responder preguntas sobre qué futuro tenía su trabajo; marcado el entrecejo, la cara a punto de la parálisis y los ojos, sin parpadear, como si quisieran ver hacia sus adentros, para no toparse con ninguna mirada en el camino. Gesto de enojo, señal de que su mundo había dejado de ser feliz.
Días antes, cuanto empezó la emergencia por el Coronavirus y autoridades hicieron un llamado para que empresas no despidieran ni bajaran sueldos, Emilio estaba contento.
La empresa, pequeña, diseñadora de camisetas, con número de empleados que se contaban con los dedos, como muchas otras de su tamaño, estaba obligada a cerrar por disposición oficial. Lo hizo de inmediato y a los trabajadores los mandó a su casa, a la sana distancia. Les garantizó que tendrían asegurado el pago del mes, sin descuento alguno.
Emilio, empleado modelo, por responsabilidad, empeño y eficiencia, tenía ganada la confianza de sus patrones. Lo habían hecho supervisor. No faltaba al trabajo por ningún concepto. Puntual y dedicado. Llueva o truene. Por su sentido del deber, haría lo mismo si temblara.
A pesar de su edad, joven, por ese afán de cumplir, hasta canceló sus festividades de fin de semana. Trabajaba sábados y domingos. Prácticamente toda la semana, un día de descanso. 10 horas diarias. Intenso. Ingreso de once mil pesos, sin seguro social ni prestación extraordinaria.
Gastaba en su persona, en sus gustos alimenticios chatarreros, teléfono, ropa de marca y en sus zapatos. Más que suficiente para financiarse. Vive con sus padres, así que no tiene que pagar agua, luz, gas ni renta. Tampoco las tres comidas diarias ni la ocasional pizza, solicitada a domicilio.
Estaba ilusionado porque la empresa quería hacerlo socio, con una modesta inversión que pagaría con su trabajo. Hacía planes, revisaba los pasos a dar para el cumplimiento fiscal, solicitaba asesoría de su familia para asegurarse de que todo estuviera en orden, sin sorpresas para nadie. A punto de aterrizar el plan, se atravesó el Coronavirus.
Apenas había transcurrido la quincena cuando le llamaron para reiterarle que la empresa cumpliría con la mensualidad, pero nada más, porque había decidido cerrar ante inminente quiebra. El patrón ofreció indemnizarlo, siempre y cuando vendiera sus insumos, las computadoras con que operaba.
Emilio pronto se dio cuenta que no obtendría ni un centavo más. Consideró la posibilidad de una demanda laboral. Hizo cuentas. También puso sobre la mesa el desempeño de la autoridad para resolver estos conflictos. Llegó a la conclusión de que la justicia en México no es ni pronta ni expedita.
Optó por cerrar este capítulo, revisar otras alternativas, esperar a que pase el impacto de la pandemia.
El día que llegó a su casa, convencido de que la pequeña empresa estaba tronada y que no le daría un centavo más, con su rabia contenida, sin poderla disimular en la cara, se encerró en su cuarto, a digerir la mohína, en silencio.
A la hora de la comida, salió de su cuarto, para averiguar que había preparado su mamá. Había relajado su semblante. Dibujó una sonrisa. Tenía la certeza, al menos, de que no faltarían alimento ni un lugar donde dormir. Y la esperanza, por el anuncio institucional de que se crearán miles de empleos una vez que pase la emergencia.

En medio del Coronavirus y restricciones sanitarias, justo cuando se avecinan días cruciales de la pandemia, cuando vamos hacia el pico de contagiados, se juega la vida el comercio informal que recorre calles de la Ciudad de México en vehículos de dos, tres y cuatro ruedas, sin motor.                                                                Habían dejado de circular. Han vuelto quienes evidentemente tienen un negocio ajeno al catálogo de actividades esenciales autorizadas. Arriesgan la salud de ellos y sus clientes. Se exponen a que personal de alcaldías los sancione y retire de la vía pública.
Primero escuché al de la camioneta que compra colchones, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas y fierro viejo para revender. Me pregunté: ¿alguien se atreverá a dejar su encierro para llamarlo y ofrecerle artículos inutilizados? La camioneta pasó de largo frente a mi edificio con su bocina y carraspera voz grabada de mujer como anunciante. El peregrinar se ha repetido.
¿Está incumpliendo el acuerdo de la autoridad? No lo hace por gusto, ni por violar una disposición administrativa o desobedecer a quienes ordenaron la medida. Lo más seguro es que sus bolsillos están vacíos o a punto de quedarse vacíos y en la alcancía no queda nada. Trabajas o no comes. Preocupado, desesperado y angustiado por la caída del ingreso.
Sin duda está más expuesto al contagio, sobre todo si no trae tapaboca, ni careta ni guantes.
Igual el caso del que vocea “tamales calientitos”. Ya lo escucho por las noches, otra vez. Desde la ventana observo que no falta quien le salga al paso y le pida uno oaxaqueño, acompañado de atole o café. Ahí va en su tricíclico, en acostumbrado recorrido. Dejó a “Su-sana-distancia” en casa.
También está de nuevo en la calle el que recopila periódicos y cartón. Y el carrito de los camotes y plátanos, suena su silbato como si fuera una locomotora, para atraer a su clientela.
Los que se han mantenido en la calle, desde el primer día de la emergencia, son los músicos. A a veces es el trompetista; otras, los marimberos o el organillero. Suertudos, desde el balcón y la ventana les avientan dinero, para no romper la regla de la sana distancia.
Me tocó escuchar a un trompetista que accedió y acompañó al vecino que tocaba en su casa, en su teclado, “Cielito Lindo”. El premio fue un billete de veinte pesos para el itinerante.
Pareciera que no tienen otra alternativa, forman parte del trajín citadino, personajes del folklore de la CDMX, algunos sin importar ser de la tercera edad, los más amenazados por el Coronavirus.
Se juegan la vida en la calle, por hambre.

Aquí sigo, entre cuatro paredes. Identificó a la distancia la voz de una niña, rompe el silencio de la calle. Juguetona, divertida, risas en cuarentena, inocencia que no teme al Coronavirus. Solo ella entre vecinos de 6 edificios, de cinco y siete niveles. ¿Qué no hay más niños y niñas? Imagino que deben estar ocupados y comunicados a través de las redes, de sus teléfonos, así deben jugar.
Recuerdo que no hace mucho escuché a un pequeño extrovertido en reunión familiar que de esa manera se entretenía después de clases y hacer la tarea en casa. Presumía que podía seleccionar con quienes jugaría y a quienes no invitaría en esta especie de videoconferencias que ahora han descubierto los adultos en instancias oficiales.
En mejores tiempos eran días de preparativos para la celebración del Día del Niño el 30 de abril. Hay que decir del niño y la niña, porque así mandan los nuevos cánones sociales, la equidad de género. Hoy están en casa, sin poder ir a la escuela, por orden de autoridades educativas y de salud, para cuidarlos y cuidarnos, para evitar la expansión del virus.
Como no puedo ver qué hacen más niños y niñas en casas o al menos escucharlos, ni se si están entretenidos con videojuegos o con clases por Internet, registro nada más la voz de la niña, es lo que me consta, en el conjunto habitacional. A la hora de la comida mi hijo asegura que ahí viven una niña y un niño, que son los que juegan y ríen, que son los que escuchamos mañanas y tardes, en su recreo, sin la preocupación que cargan los mayores, los de la tercera edad. A los infantes el Coronavirus parece guardarles respeto, no se ha metido con ellos como lo ha hecho con los adultos.
Cero preparativos para acostumbrados festejos del último día del mes. Tampoco hay pregoneros o activistas alzando la voz por los derechos de los niños y niñas o el anuncio de acciones coordinadas para reforzar valores que la sociedad ha extraviado.
Agrada escuchar la voz juguetona de la niña, pero no es la única que rompe el silencio de la calle, le compiten músicos, el que toca la trompeta, el de la tambora, los marimberos y hasta el organillero, en busca de clientes que les den o avienten una moneda, porque los peatones cotidianos, por salud y recomendación de autoridad, están en sus respectivas casas.
Al menos en la calle de la Ciudad de México que tengo a la vista, los niños y las niñas no se ven, aunque hace tiempo que han dejado de salir, por la inseguridad. Ahora, ni acompañados de sus padres los veo caminar. Las escuelas, cerradas, hasta vencer al Coronavirus; mientras, aprendizaje en línea o por televisión.
Seguiré escuchando a la distancia la voz y risa de la niña, contagia.
En las noches, al mirar por la ventana, llama la atención la romería de adultos que pasean a sus mascotas. En una mano llevan la correa y en la otra el teléfono. Más de uno en conversación con su celular. En tiempos ancestrales dirían que “está loco, va hablando solo”.
Prevalece el silencio nocturno, no hay fiestas, ni serenatas ni mañanitas ni reventones de fin de semana. Es tal el silencio que hasta mi cuarto llega el sonido o ruido arrullador que hace el motor del refrigerador en la cocina.

Por el Coronavirus, por el desbordamiento urbano, por la tala de árboles para dar paso a nuevas construcciones o porque perdió la vida en el hocico de un canino acostumbrado a cazar lo que vuela, el hecho es que el colibrí, la pequeña ave que mueve sus alas a una velocidad promedio de 90 veces por segundo, no ha vuelto. Cada año, desde la ventana, en los primeros días de primavera, en horario mañanero, lo veía, apenas unos instantes y se iba. No faltaba a la cita. Esta vez, nada.
Era de tono gris, pico alargado, diminuto, ojos a los lados que parecían observar al curioso. Siempre me ha asombrado el movimiento de sus alas. Fugaz, como el comes y te vas, que practican los políticos.
La cuarentena ha permitido estar más atentos a los que sucede en el entorno, con la naturaleza, con los humanos y los servicios públicos.
También un ave, de pico amarillo, plumas café claro, que daba concierto día a día en primavera, antes de que cayera la tarde y entrara la oscuridad, no aparece. Quizás el árbol que utilizaba para posar, descansar y dormir, ya no existe. Hay otras pequeñas aves que mantienen su travesía, aunque no en número de tiempos y ambientes más ecológicos; igual sucede con las palomas, veo menos, pocas sin renunciar a su “cuu….cuu”.
Nada del colibrí ni del cantador vespertino.
Obviamente no se puede generalizar, hay variaciones. Depende del lugar. Esta historia tiene que ver con la colonia Nápoles, alcaldía Benito Juárez, en la Ciudad de México (CDMX). Acaba de avisarme el vecino que un habitante de la zona está contagiado del Covid-19. Menos asomo las narices. Mi hijo menor ha puesto doble llave a la puerta y la orden tajante de que nadie sale. Entiendo su preocupación.
Leer un libro, revisar las redes, lo que dicen los medios, hacer ejercicio, ver una película, conversar con la familia, jugar con los hijos, parte de la actividad cotidiana, en periodo de pandemia. Le dedicó tiempo a la calle, a mirarla. Escasean peatones y automóviles. No es exactamente una colonia fantasma. Tiene algo de eso.
Enmudeció el silbato del carrito de los plátanos y camotes. Por fin calló la bocina de la camioneta que compra colchones, refrigeradores y fierro viejo. Dejaron de circular por la emergencia. También los triciclos que venden pan y café, que tienen como clientes preferentes a trabajadores de la construcción. El camión recolector de basura con sus habituales recorridos.
Menos bullicio citadino, más horas sin ruido, para beneplácito de oídos.
Eso sí, mascotas estresadas por el encierro, ladradoras y aulladoras en algunos momentos del día. Inocentes de que el excremento se quede en banquetas o calles cuando sus dueños las sacan a pasear. Hay gente que no entiende la importancia de la salubridad.
Veo pipas de agua estacionarse frente a edificios. El nuestro no es la excepción. La presión del agua que sale de la llave se ha reducido en más de un 50 por ciento y no llena cisternas o depósitos. No es suficiente para todos, menos cuando las familias completas están en casa. Un aviso de que el destino nos alcanzó y ojalá lo tomen en cuenta autoridades. ¿Se imaginan si sigue el desordenado crecimiento inmobiliario y el aumento de la población mientras los servicios públicos no crecen? No hay más agua ni las calles se pueden agrandar. Los cables eléctrico, telefónico y de internet son una maraña.
Y a propósito de la electricidad, espero no espantarme cuando llegue el recibo de la Comisión Federal de Electricidad, porque ahora gastamos más, con todos en casa las 24 horas.
Lo que me anima y mantengo la esperanza es que aparezca el colibrí, maravilla de la naturaleza. Y si no es mucho pedir, el trinar vespertino cuando la claridad se va y llega la noche.

Pareciera que se fue por la puerta de atrás, porque su partida no hizo ruido ni hubo aplausos en los estadios, tampoco guardias de honor en su sepelio, ni de amigos ni de otros grandes deportistas ni de aficionados al balompié. Don Nacho se fue en silencio cuando tenía más que ganado el reconocimiento de muchos, amantes o no amantes del llamado juego del hombre, que también ahora, por equidad de género, es el juego de la mujer, del hombre y la mujer.
Seguro que las mujeres que practican el futbol o les gusta el futbol, no lo vieron como entrenador del Cruz Azul, ni de la selección mexicana ni de otros equipos; muchos menos lo vieron jugar, pero saben que hizo historia, un maestro de la dirección técnica, una leyenda.
Como futbolista, Ignacio Trelles, Don Nacho, jugó con el Necaxa, el América, el Monterrey y el Atlante, equipos de primera división. No fue jugador estrella. Hace historia en la dirección técnica, como entrenador de equipos de futbol, de segunda y primera división.
Es el técnico con más partidos dirigidos, mil 83 según las estadísticas. Entrenador del Zacatepec, Marte, América, Toluca, Puebla, Cruz Azul, Atlante y Universidad de Guadalajara.
Sumó15 títulos nacionales e internacionales. El equipo de sus amores, Cruz Azul, donde estuvo siete años como entrenador.
Su gorra, un distintivo en su vestimenta. Su voz, inconfundible, áspera, bronca.
Personaje correoso que ni el Coronavirus pudo doblegar. Don Nacho murió a los 103 años víctima de un infarto.
Lo único que le quitó el Coronavirus fue el aplauso camino a su última morada, pero el reconocimiento, cariño y respeto de los aficionados al futbol, se los llevó Don Nacho en su corazón.

Eran apenas las cinco de la mañana, todavía la oscuridad de la noche no se había ido. Otro día de Coronavirus en plena primavera, en la ciudad de México, encerrado, en casa, sin poder abrazar ni besar a tus hijos, tampoco a la pareja. Todos en la sana distancia.
La preocupación de si había agua o no de la llave, de la que suministra el Sistema de Aguas de la Ciudad de México (Sacmex). Tres días atrás se había interrumpido el servicio, por una “falla de válvulas”. ¿Y ahora con qué nos lavamos las manos?. Día a día, desde que llegó el virus a territorio nacional, la voz mediática y oficial con la recomendación de lavárselas con frecuencia.
Apenas clareó, a revisar la llave de la calle. Estaba restablecido el servicio, con menos presión pero ya había agua. Resuelto el problema por los operadores o técnicos del Sacmex.
Por fin, otra vez, agua para lavarse las manos, para espantar o alejar al virus maligno, asesino; ha cobrado más de 30 mil vidas en el mundo. Alienta que en algunos lugares empieza a revertirse la tendencia, a disminuir los contagios y ganarle la batalla. Todavía tomará tiempo. Por desgracia, exterminará a más gente. México no es la excepción.
La vida sigue, también la primavera. Descubro que mi planta favorita, Agapanto blanco o flor del amor, florece; sus diminutos botones abren, la mitad de ellos, los otros lo harán en los siguientes días. La contemplo. La perfección de la naturaleza, a ella nada le hace el Coronavirus.
Bello su florecimiento, gradual, con paciencia, sin atropellarse, sin alterar su desarrollo natural, sana.
Observo detenidamente sus botoncitos y su transformación al abrirse, para cumplir su ciclo primaveral, perfecto. Sin queja alguna por estar sembrada en una maceta ni porque se haya quedado sin agua tres días. La veo alegrarse al recibir de nuevo su riego cotidiano.
Mi planta solo ha hecho lo que le corresponde hacer, de acuerdo con su naturaleza y el resultado es perfecto. Tiene fama de atraer al colibrí. Con paciencia espero verlo volar para hurtar el polen de la flor del amor. Lo he visto en otros lugares, ansío que aparezca y haga lo mismo.
Espero que el Coronavirus no espante a la maravillosa ave, que mueve sus alas a 90 veces por segundo, la más rápida. También carga la fama de ser un imán para el amor.
Así que estoy ante la flor del amor, con suficiente tiempo, por la cuarentena, para ver el momento de su encuentro con el colibrí.
Regalo de la naturaleza en la primavera del Coronavirus en México.

El Palacio de Iturbide alcanzó la etiqueta de Palacio cuando lo habitó el emperador Agustín de Iturbide.
Un palacio que estuvo a punto de perderse, llegó a ser vecindad, sin mantenimiento; hay techos que tenían que ser apuntalados para que no se cayeran.
Lo que nunca ha cambiado es su fachada barroca.
Primero sirvió para que viviera una familia muy, muy rica.
Es fascinante el origen que tiene este lugar, ubicado en madero 17, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Casona del siglo XVIII.
Para financiar el Palacio de Iturbide se utilizó dinero de una dote, esa dote que es la donación especial que entrega la familia de la mujer a su marido. Costumbre de esos tiempos. Cuando se casaba una hija, los padres tenían que ayudar al yerno
Resulta que la hija de un marqués y una condesa, de los más ricos del México del siglo XVIII, de nombre María Ana, decide casarse con el italiano Pedro Moncada, príncipe siciliano. Estaba acostumbrado a la buena vida y famoso por su facilidad para gastar dinero.
Se frotaba las manos de saber que por casarse con María Ana, la hija del marqués y condesa, recibiría una donación estimada en 200 mil pesos.
El suegro no estaba nada feliz con darle ese dinero a su yerno, temía con justificada razón que lo derrochara.
Resolvió que sí le iba a dar la dote pero en especie.
Los 200 mil pesos se invertirían en una casa lujosa, con todas las comodidades y la elegancia de la época. Se hizo de tres pisos y se convirtió en el edificio más alto de la Ciudad de México.
¿Cuánto costó construir el llamado Palacio de Iturbide?
Ciento sesenta y tres mil pesos.
Ahí vivió el matrimonio, tuvieron dos hijos. La casa tenía hasta capilla guadalupana.
El hijo varón del matrimonio, una vez que falleció la madre y el padre regresó a Italia, se quedó con la casa.
Juan Nepomuceno, en 1821, le presta la casa al emperador Agustín de Iturbide. A partir de ese año deja de ser la casa de la familia Moncada para convertirse en el Palacio de Iturbide.
El emperador Agustín de Iturbide vivió en el palacio dos años, centro de la vida política y social del país. Ahí convivió con la famosa “Güera” Rodríguez, como amantes.
El emperador renunció a la corona en 1823 y se exilió en Europa.

Una vez que se fue Iturbide, el palacio cambió de dueño en varias ocasiones.
Fue rentado al Colegio de Minería. Después fue vendido y se transformó en hotel, en el hotel de más lujo de la Ciudad de México.
Hotel Iturbide con 170 habitaciones, un simple cuarto tenía costo de 6 pesos al mes y una habitación de lujo costaba ochenta pesos.
Para que funcionara como hotel se hicieron cambios en su estructura, adaptaciones y ampliaciones.
Después fue plaza comercial, luego oficina de gobierno y hasta vecindad.
También tiene su leyenda que se ha transmitido de boca en boca. Es la historia de la niña de la pelota.
En las noches se escucha el rebote de pelota y hay quien asegura haber visto a niña de trenzas rubias, ojos azules y vestido de negro.
En 1931 el Palacio de Iturbide fue declarado monumento histórico.
En 1965 lo rescató una institución financiera, actualmente Citibanamex.
Hoy está convertido en un palacio de cultura, dedicado a exposiciones y conferencias, la entrada es gratuita.
La historia del Palacio de Iturbide, construido con dinero de la novia.

Cuando el pueblo manda, a los gobernantes no les queda otra que cumplir. Y escuchar la voz del pueblo, generalmente es lo mejor, aunque también hay excepciones, los ejemplos son conocidos, en el mundo. El pueblo también se puede equivocar. Nadie es perfecto.
Sin embargo, lo que esta vez voy a contar, sucedió ante los alcaldes de Xochimilco y Tláhuac, a propósito del caso de la niña Fátima. Estos dos lugares fueron escenario del lamentable acontecimiento.
La gente de ambas alcaldías convocó a los alcaldes, a José Carlos Acosta Ruiz, de Xochimilco, y a Raymundo Martínez Vite de Tláhuac, para pedirles cuentas y exigirles compromisos concretos, medidas para mejorar la seguridad en la zona rural de la Ciudad de México, proteger a niños y niñas.
Estaban en la plaza en el análisis de las consecuencias del trágico episodio, cuando llegaron manifestantes, hombres y mujeres, encapuchados y con paliacates, decididos a exigir justicia a su estilo, rompiendo el orden.
José Carlos y Raymundo temieron lo peor, hasta un enfrentamiento o que las visitas inesperadas se fueran contra las autoridades. ¿Qué hacer? ¿Tomar el micrófono y hacer un llamado a la tranquilidad? ¿Dar por terminada la reunión? ¿Abandonar el lugar?
La representación del pueblo tomó la palabra. La misma gente que había convocado a los alcaldes.
En Tláhuac y Xochimilco se practican y respetan los usos y costumbres, desde sus orígenes.
Sin titubear, con firmeza, llamaron al orden a los manifestantes, a los encapuchados. Les advirtieron que no iban a permitir violencia como la que han hecho en el Zócalo de la CDMX, donde han pintarrajeado paredes y puertas del Palacio Nacional, monumentos históricos y dañado inmuebles particulares. “¡Aquí nada de pintarrajear! ¡Nada de violencia!”.
También les advirtieron que si iban a participar en el sepelio de la niña, tenía que ser en orden y con respeto.
Los manifestantes, mujeres y hombres, se tranquilizaron. Permanecieron en el lugar pero bajo las condiciones establecidas por el pueblo.
Quedaba claro que el pueblo manda en Xochimilco y Tláhuac.
Los alcaldes José Carlos Acosta Ruiz y Raymundo Martínez Vite habían sido testigos de este episodio.
Respiraron hondo y profundo al ver que el mismo pueblo se había encargado de calmar a los visitantes.
Aprendieron que el pueblo manda.
Y los dos alcaldes militan en Morena.

Aunque te parezca increíble, hay Extra-terrestres (ET) en el Palacio de Minería, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Es fascinante saber que en su entrada, hay cuatro meteoritos ferrosos, metales extraterrestres que llegaron del espacio a la tierra hace miles de años.
Hay gente que cuando visita el lugar pregunta:
“¿Son copias o son de a de veras?”2 palaacio de minería
¿Te imaginas copias de metales que pesan, uno, 800 kilos; otro, ocho toneladas; el tercero, diez toneladas y, el cuarto, 14 toneladas. Todos de fierro, con sus formas, tamaños y posiciones diferentes; imposible hacer copias.
Los meteoritos vienen del espacio, se desplazan a una gran velocidad, una velocidad estimada de 70 mil kilómetros por hora. Los F5 que tiene la Fuerza Aérea Mexicana pueden volar a mil 200 kilómetros por hora.
Da una idea de lo que significan 70 mil kilómetros por hora, velocidad a la que desciende un meteorito.
Los meteoritos al entrar a la atmósfera se convierten en bolas de fuego que se van desintegrando.
A veces resulta difícil entender y aceptar que en el Palacio de Minería están los meteoritos a la mano de cualquier persona. Meteoritos que puedes tocar. Y lo que tocas, que no te quede la menor duda, son ET, vinieron de algún lugar del espacio, piezas extraterrestres.
En el Palacio de Minería, de los cuatro meteoritos, hay uno muy especial, por la forma que tiene. Único en el mundo, en forma de v de la victoria. Es la forma que adquirió al entrar a nuestro planeta. Pesa 10 toneladas, fue encontrado en Chihuahua, en un lugar llamado el Morito. Por eso tiene ese nombre: El Morito.
Hay un ingrediente más sobre este meteorito. Es el hecho de que tiene una leyenda escrita. Nadie sabe quien la escribió.
Parece increíble que ese personaje anónimo haya escrito sobre el meteorito metálico. No es nada fácil. Había que suponer que echó a perder o rompió varios cinceles.
¿Y qué dice esa leyenda escrita sobre el meteorito?
“Solo dios con su poder, este fierro deshará, porque en el mundo no habrá quien lo pueda hacer.”
Es el encanto de lo meteoritos, un tesoro Extra-terrestre (ET) del Palacio de Minería, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en la calle de Tacuba.
Pero no es todo lo que se puede ver.
El palacio empezó a construirse a finales del siglo XVIII y fue terminado en el XIX. Es patrimonio de a humanidad, hecho de cantera, estilo neoclásico; obra del ingeniero español Manuel Tolsá3 palacio de minería
Su patio principal está protegido en el techo con un acrílico que pesa tres toneladas. Le llaman “Velaria” porque tiene la forma de la vela de un barco. Se instaló en el 2002. Cubierta artística que adorna y proteger el edificio, evita el ingreso de aves que pudieran dejar su excremento, que es como ácido para el concreto.
El Palacio de Minería es una obra ejemplar de la ingeniería.
Ahí funcionó la Primera Escuela de Ingeniería de América.
Hay dos lugares que no se deben dejar de visitar en el Palacio de Minería:
Su capilla dedicada a la Virgen María, a la Guadalupana, donde en ocasiones se realizan misas de agradecimiento de los estudiantes que terminan su carrera de ingeniería.
El otro sitio es el llamado salón de actos. Tiene como figura central el Águila Republicana, lugar utilizado para eventos culturales y políticos.
El Palacio de Minería ha sido visitado por figuras como el ex presidente de los Estados Unidos, William Clinton. Visita muy recordada por los empleados porque Clinton permaneció media hora en la biblioteca, consultó un libro, aunque no se pudo conocer el título porque por razones de seguridad, lo dejaron solo en dicho sitio.
Otros personajes que tienen registro de visita en el Palacio de Minería son los Premios Nobel de Literatura Mario Vargas Losa, Octavio Paz, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, protagonistas de las ya tradicionales Ferias del Libro en el Palacio de Minería.
Lo que te he contado, es apenas una mínima parte de lo que puedes admirar.

Cuando China empezó a invadir el mercado del mundo con sus productos, eran adquiridos pero había desconfianza sobre su calidad. Incluso, muchos daban por hecho que serían de poca duración, porque consideraban que eran una mala copia de la mercancía original.
Después China empezó a mejorar e igualar calidad y por lo mismo las sociedades cambiaron su percepción. Compraban con más confianza lo que traía la etiqueta de hecho en el país asiático.2 china trolebuses
Sin embargo, los chinos no se conformaron con equiparar o igualar la calidad de las grandes marcas, superaron a más de una y eso explica que ahora estén al tu por tu con las principales naciones exportadoras. China tiene crecimiento económico envidiable y decidido a terminar con su problema de pobreza en este 2020.
3 china trolebusesHago esta introducción para contarte una historia sobre los trolebuses de Doña Claudia Sheinbaum, jefa de gobierno de la Ciudad de México, que acaban de ser adquiridos (63) para circular en la avenida Eje Central Lázaro Cárdenas. Son de manufactura China.
Resultado de intercambio periodístico, firmado por el Club Primera Plana de México y la Asociación de Periodistas Chinos, que agrupa a más de un millón de colegas, hubo oportunidad de visitar la fábrica Yutong, en la provincia de Henan, donde se hacen autobuses y trolebuses. La principal fábrica de este tipo de unidades en el país del presidente Xi Jinping.
Abastece a más de 380 ciudades, en cinco continentes, en América, África, Europa, Asia y Oceanía. O sea que México no es el primer país que le compra transporte eléctrico, no contaminante.
También son clientes de los chinos, Francia, Rusia, Singapur, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Chile, Uruguay, Venezuela, Ecuador, Colombia, República Dominicana, Cuba, entre otros.
Hay que destacar que China, con esta clase de unidades, está venciendo los índices de contaminación en sus ciudades.
En la fábrica hubo oportunidad de ver el proceso de producción de principio a fin, desde el armado del chasís, instalación de motores y llantas, colocación de asientos y pintado, hasta pasar por áreas en las que no está permitido tomar fotos y mucho menos videos, por ser estratégicas. Observar las pruebas a que son sometidas cada una de las unidades.
Hubo recorrido completo por la planta; para cerrar y para atender cualquier pregunta o duda, la explicación en sala de conferencias.
Es evidente que China quiere crecer como productor de autobuses y trolebuses. Y para crecer no puede haber mejor fórmula que fabricar unidades de calidad, que dejen satisfecho al cliente.
Los mexicanos, quienes habitan en la Ciudad de México, por lo pronto, quienes tienen que utilizar trasporte público por el Eje Central Lázaro Cárdenas, podrán probar y evaluar los primeros 63 trolebuses que acaba de comprar el gobierno de Claudia Sheinbaum a la empresa Yutong.

Amigos que viven en los Estados Unidos de América, de vacaciones en la Ciudad de México, se quedaron con la boca abierta cuando a bordo del Turibús pasaron frente al Palacio de Bellas Artes.
Fue lo que más les impresionó de su recorrido, la majestuosidad del Palacio, del que se pueden contar miles de historias.
Su construcción empezó a principios del siglo pasado. La idea era terminarlo en cuatro años y se tomaron 30 años. La obra tuvo que suspenderse por la Revolución.
Esta vez, caminamos por sus intestinos, por sus rincones.
Seguro que muy pocos saben que ahí está la lápida de la dueña de la casa que existía en el lugar. Ahí enterraron a doña Catalina López. La exhumaron, pero dejaron la lápida.

EL TELÓN PESA 22 TONELADAS

En el Palacio de Bellas Artes también hay que admirar el telón que tiene el escenario. Refractario, a prueba de fuego, contra incendios, para proteger al público. Pesa 22 toneladas.
Hecho en Nueva York por la famosa marca Tiffany, una combinación de metal y vidrio. Al frente tiene dibujado los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
No hace ningún ruido al subir o bajar. Cuenta con un mecanismo especial de contrapesos y amortiguadores. Es una maravilla, no hay nada igual en el mundo.

EL PALCO PRESIDENCIAL

Otro punto relevante del Palacio es su palco presidencial. Por protocolo, solo puede ser utilizado por el presidente.
Tiene al frente en metal el escudo nacional; cuenta con 10 lugares, las sillas son de metal cromado, acojinadas y tapizadas en forro rojo.
En los últimos tiempos el presidente que más ha ocupado el palco ha sido Vicente Fox, un promedio de tres a cuatro veces por año, según información proporcionada por Daniel Juárez Mellado, de Relaciones Públicas de Bellas Artes.
Cuando la esposa va sola al palacio, no le abren el palco presidencial, le asignan un anexo.
Hubo quien se encariñó con el palco, doña Carmen Romano, esposa de José López Portillo.
Una vez que terminó el sexenio, fue y pidió palco para ver y escuchar un concierto musical. No se lo dieron. La ubicaron en una butaca de la planta baja.
Otro detalle es la rechifla que recibió Felipe Calderón en Bellas Artes, porque llegó tarde a la cancelación de un timbre postal.

SUCESO CASI TRÁGICO

El 17 de febrero de 2019, durante el concierto dominical del cantante español Joan Manuel Serrat, un adulto de aproximadamente setenta años, alto, 1.90 m. de estatura, cabello entrecano, llegó acompañado de jovencita veinteañera. Bajita, 1.60 m. de estatura. Llamaba la atención por su belleza. Vestía todo de negro.
A los 15 minutos del concierto, el adulto parecía dormido, con la cabeza agachada. Así estuvo en todas las canciones de Serrat, mientras el resto del público se levantaba para aplaudir al artista.
La acompañante, la bella dama, se fue a la media hora, sin hacer el menos intento por despertar al maduro varón.
Cuando terminó el concierto y las luces se encendieron, no se movía. La gente empezó a gritar y solicitar los servicios de un médico. Dos médicos lo revisaron, sus signos vitales no respondían.
Los paramédicos de Bellas Artes llegaron y se lo llevaron de inmediato a su módulo de emergencias.
Por fin recobró el conocimiento. Su cuerpo había sido víctima del exceso de alcohol.
Llamaron a su familia por teléfono.
La esposa fue por él, pero no con la rapidez deseada por el personaje alcoholizado. Fue por él, tres horas más tarde.

El escenario era para sentir pavor, sobresaturada la estación Polyforum del Metrobús, había que empujar para avanzar hacia un extremo o al otro. Daba la impresión de una trampa. Ojalá a nadie se le vaya ocurrir gritar o provocar una estampida, porque entonces las consecuencias pueden ser dolorosas y hasta trágicas, pensé en ese momento. A los que entraban o salían de la estación, a los que subían o bajaban de la unidad rojiza, parecía que no les importaba el riesgo, sino solo encontrar la forma de llegar a su destino. Cruce mirada con un joven que asombrado observaba lo que ocurría. Se veía asustado, sin saber qué hacer: quedarse o salirse del tumulto. Yo opté por abandonar la estación.
Escena que se repite a la hora pico y es para que las autoridades tomen pronto medidas, para que después no haya que lamentar desgracias. El aviso está hecho a tiempo. La sobresaturación no solo del Metrobús sino también del Metro, preocupa. Ya somos demasiados.
Lo que te cuento es la experiencia del viajero en Metro y Metrobús en la Ciudad de México, no un día, sino todos los días. El trayecto repetido de casa al trabajo y del centro laboral al hogar. No es la historia del funcionario que se sube ocasionalmente para “supervisar” el funcionamiento del transporte público o para la fotografía. Tampoco la del periodista que hace su reportaje en un solo recorrido, por donde le dicen que falta mantenimiento y el movimiento de pasajeros es desordenado.
Esta historia es real, de primera mano. La experiencia del autor de este espacio, vivencia de años, no de un día, ni de una semana; así que te puedo platicar lo que sucede cuando hace frío o calor, identificar la estación donde la amenaza de robo es mayor, el operar de los delincuentes, los empujones, las mujeres que prefieren viajar en los espacios de los varones, las horas pico, la sobresaturación, comer de pie o sentado, el uso del teléfono celular, cargar mascotas, los vagoneros que te venden “mariguanol”, dulces, cortaúñas, audífonos, encendedores y música grabada. Los pedigüeños; los mesiánicos que te recitan textos de la biblia; los payasos; los faquires que se acuestan sobre vidrios; los tatuados que te hablan de su reciente salida de la cárcel y que necesitan dinero, limosna, para empezar nueva vida. Variedad de productos que se venden a 10 y 20 pesos.
Antes de seguir con los detalles, hay que reconocer la principal ventaja del transporte del que te hablo. Viajas con más rapidez a tu destino que en automóvil particular. La segunda ventaja, el precio del boleto, seis pesos. Prefiero el transporte público, con todos los riesgos e incomodidades que tiene, a viajar en auto propio y enfrentar el congestionamiento en muchos puntos de la ciudad, además de pagar estacionamiento y gasolina cada vez más cara. Han sido contadas las ocasiones que he encontrado el servicio suspendido o muy lento.
Cuando hace frío, no hay queja por ir apretujados. En tiempo de calor, el Metro se transforma en un horno humano, con temperaturas que hacen que el sudor corra por tu frente o por la espalda; olores hasta de comida.
La sobresaturación es tanto en el compartimento exclusivo para las mujeres como para los varones. Y las mujeres también se empujan. Hay señoras que por ese motivo, prefieren los vagones o espacios para hombres. Las he escuchado decir que el jaloneo está peor entre las damas.
En mis viajes en Metrobús a los amantes de lo ajeno los he visto operar en la estación Chilpancingo. Tres o cuatro entran empujando y al que tienen en la mira, le quitan la cartera o lo que pueden. En el Metro, la delincuencia actúa en los vagones centrales, donde hay más gente. Les gusta la estación Bellas Artes, pero no por la cultura, sino por los turistas nacionales y extranjeros.
En el caso del Metro, no he visto ningún vagón, de los que me he subido, que se caracterice por su limpieza. Se ven sucios, descuidados. Mucho tienen que ver usuarios que no respetan lo que es de todos. El aire que sale de sus respiraderos del techo, es caliente
Los vendedores, llegaron para quedarse. La informalidad tolerada. Es su forma de ganarse la vida. Lo peor es que te topes con gente que tiene casi todo el cuerpo tatuado, rostros amenazantes y el mensaje de que más vale que cooperes, porque de lo contrario van a dedicarse a robar.
Preocupa la situación o condiciones de este transporte público en la Ciudad de México; pero más, la sobresaturación que ha encendido la luz roja.

Nada que ver con la “Puerta Negra” interpretada por los Tigres de Norte, ni con la “Puerta de Alcalá” de España, ni la “Puerta de Brandeburgo” en Alemania, ni la “Puerta de la Ciudad Prohibida” en China, ni la “Puerta de Verona”, en Italia, ni la “Puerta Turban” en Marruecos. No tiene nada que ver con ninguna puerta famosa en el mundo.

La lección de vida es sobre la “Puerta Abierta”, que de no haberla conocido, diría que nunca existió. Impensable ahora que la puerta de cualquier casa en la Ciudad de México o en cualquier estado del país, se pueda dejar abierta, de par en par, día y noche.

Hace 50 años, la puerta de mi casa se mantenía abierta las 24 horas. Seguro que no era una práctica exclusiva de una ciudad o municipio. Otro México, sin  violencia, sin inseguridad, cuando los niños jugaban en la calle o los jóvenes se iban de fiesta por la noche sin temor a que no regresaran o fueran víctimas de la delincuencia.

La puerta de la casa se podía dejar abierta al irse a dormir, sobre todo en las zonas cálidas. También cuando llegaba el día de la visita de Santa Claus, con la esperanza de verlo entrar con regalos. O el seis de enero con el anunciado arribo de los Reyes Magos.

Esta historia es real aunque a los “millennials” pudiera parecer de ciencia ficción. Soy testigo y protagonista. La viví en mi niñez. La puerta de la casa permanecía abierta. Nunca tuve miedo. Lección de vida producto de una convivencia social que se ha ido de México y que muchos quisieran ver de regreso pero no se encuentra la forma de lograrlo.

La puerta se quedaba abierta por el calor, con la ilusión de que corriera viento fresco. Sentía que estaba en un horno. Había que dormir en el piso. Así de intensas las altas temperaturas en Veracruz, donde al igual que en muchas partes del país, manda la delincuencia.

Jamás pensé que por esa “Puerta Abierta” entraría un delincuente o alguien que atentara contra la paz y tranquilidad. Ansiaba ver ingresar la noche del 25 de diciembre a Santa Claus con su bolsón cargado de regalos. Mantenía los ojos bien abiertos, trataba de sorprender al gordillo y me tapaba hasta la cabeza para que no se diera cuenta si estaba despierto o dormido. Listo para destaparme al primer ruido. Nada. Nunca lo vi. Terminaba por vencerme el sueño. Al día siguiente la felicidad de encontrar los juguetes en el árbol navideño y el comentario de los padres de que habían sido depositados en ese lugar por el señor de la barba blanca, justo cuando estaba dormido. Lo mismo sucedía el seis de enero. A pesar de hacer guardia nocturna varias horas, nunca vi a los Reyes Magos y mucho menos a los animales en que se transportaban.

Tampoco recuerdo que algún intruso, por curiosidad, se haya asomado para ver que había en el interior de la casa. Acceder era fácil, no había cerca o barda, tampoco alambre de púas ni videocámaras. Tiempos de seguridad y respeto. Los casos de robos eran excepcionales. Nunca tuvimos esa clase de visitas. Tampoco supe que los vecinos las tuvieran.

Hoy sería un suicidio dejar la puerta abierta, porque no solo te pueden robar sino también acabar con tu existencia. A ese punto hemos llegado. Las estrategias para devolverle la tranquilidad a la sociedad han fallado. El problema no ha dejado de crecer.

Cada vez hay más víctimas, más impunidad y menos justicia. Es la verdad. Y los encargados de garantizar la seguridad, enredados en deliberaciones. Desconfían de la policía federal y han llegado a la conclusión de volver a echar mano de personal de las fuerzas armadas, enlistado en la llamada Guardia Nacional. El asunto debe ser muy serio porque en un principio la idea era regresarlo a los cuarteles, pero por lo visto al conocer más el tamaño del reto, hubo consenso en gobernantes de seguir utilizándolo.

Hay voces a favor y voces que no terminan de aceptar la formación de la Guardia Nacional, en particular su alcance. Mientras tanto, la delincuencia hace fiesta, su actividad impune. Al fin que los que discuten tienen recursos para protegerse y pueden prolongar su debate. ¿Y los demás? Aguantar la incertidumbre, el temor. Correr riesgos, buscar alternativas, encerrarse y no asomar ni las narices. Blindar la morada.

En lugar de “Puerta Abierta” lo que hay son edificios y casas con bardas más altas, alarmas, cámaras de seguridad, alambre eléctrico, vigilantes y, la “concertina” que cuando era niño solo veía en las series de televisión y películas de guerra, el alambre de púas en forma de espiral. A veces me pregunto. ¿Qué hacer el día que olvide la llave de la casa, la pierda o me la quiten en un robo en calle o en transporte público? ¿Cómo voy a brincar esa barda con tantos obstáculos o abrir esa puerta o doble puerta con quinientas cerraduras o candados?.

Peor cuando esté en casa o departamento y se produzca por accidente un siniestro, un incendio y no encuentre la llave para salir. Habré caído en mi propia trampa, víctima del autoblindaje.

Nada de esto podría pasar si el país, si las ciudades recuperaran la seguridad. A estas alturas, ya no aspiro a volver a dejar la puerta abierta como cuando era niño, solo dormir en paz. 

Solo quiero vivir tranquilo, con la certeza de que si mis hijos andan en calle en la diversión, no corren el riesgo de que se les atraviese una arma blanca o una arma de fuego.

 

 

Regresaba a casa después de acudir al mercadillo dominical de la calle Filadelfia en la colonia Nápoles de la ciudad de México. A unos pasos de la puerta un castañeo combinado con un trinar me hicieron  llevar la mirada hacia arriba. Me quedé anonado, encantado. ¿Y esta recepción celestial? Bienvenida de lujo, regalo de la naturaleza, una estampa zoológica inimaginable, posaban sobre el alero de la entrada peatonal  una ardilla flanqueada por un sexteto de pajarillos.

Sus ojos diminutos clavados en mi humanidad, apenas hice un movimiento la ardilla corrió a esconderse y con ellas las aves, se internaron en el garaje, eso creí. Una vez que saqué la llave y abrí la puerta, no estaban ahí. Lamenté llegar cargado con las bolsas de frutas, porque en esas condiciones se descartó la posibilidad de usar el celular para fotografiar la escena.

Dejé las bolsas en el piso y sin hacer ruido esperé varios minutos, con la cámara lista. Volvieron del árbol del vecino. Se pasearon enfrente, los pájaros volando de un lado a otro, la ardilla dio el brinco a uno de los cables (hay tantos que ya no se sabe si son de teléfono, televisión o electricidad). Por poco pierde el equilibrio, escogió el más grueso y avanzó.

Maravilloso momento, en un sitio inesperado, en una colonia, como en muchas otras de la delegación Benito Juárez, en donde se han talado árboles para cederle espacio a inmobiliarias, a nuevos edificios que se han levantando sin considerar el impacto urbano, que han violado el uso de suelo y que han encontrado la forma de convencer a las autoridades para construir sin orden y en perjuicio de la calidad de vida de los vecinos, en detrimento de la naturaleza.

La contaminación ambiental, el exceso de automóviles, la reducción del abasto del agua, la eliminación de áreas verdes, el crecimiento poblacional, la insuficiencia de los servicios públicos, pero sobre todo la irrefrenable construcción de edificios, seguro que harán imposible volver a mirar esa estampa.

Está probado que para las autoridades delegacionales lo que menos importa es la calidad de vida vecinal y el respeto a la naturaleza.

La ardilla siguió su travesía por el cable, los pajarillos parecían brincar y cuidar al mamífero de color café oscuro de que no se fuera a caer. Los vi marcharse por el arbolado de cemento.

Momento mágico fulminado por lianas de plástico y concreto desordenado de nuevas construcciones; así hasta que se acabe con lo verde y los pequeños animales sobrevivientes de la colonia Nápoles.

Para  aspirar a consejero electoral no hay largas filas y menos para consejero presidente del INE (IFE).

La lista que en este momento tiene la Cámara de Diputados apenas llega a 60 pero tendrá que actualizarse porque la convocatoria que lanzaron los legisladores fue para llenar cinco vacantes en el IFE.

Sin embargo, con el nacimiento del Instituto Nacional Electoral (INE), se requerirán 10 consejeros electorales y un consejero presidente.

De acuerdo con las nuevas reglas electorales, se mantendrá un criterio escalonado en la renovación de consejeros; por el surgimiento del nuevo organismo, se elegirán tres consejeros para un periodo de tres años; cuatro para un periodo de seis años; tres para un periodo de nueve años, y un consejero presidente para un periodo de nueve años.

Para presidir el INE los candidatos se cuentan con los dedos y lo saben los diputados que resolverán el proceso.

Con el fin de ampliar la competencia, bien harían los actuales consejeros -Marco Antonio Baños, Lorenzo Córdova, Benito Nacif y María Marván en no auto-descartarse o ser descartados.

Si de verdad están interesados en servir a la institución y a México en materia electoral, que no les pese inscribirse para competir por integrarse al INE y mucho menos rasgarse las vestiduras o inmolarse en el supuesto de que no sean seleccionados. Su presencia sería una referencia para medir a los demás competidores y hace falta para contribuir a la elección de los más capaces, que los hay.

Los cuatro, mientras se define lo del INE, convinieron en una presidencia rotativa del IFE y ya tres de ellos la han ejercido. Para el siguiente mes le corresponderá a Marco Antonio Baños. Sin duda, una excelente práctica y hasta una pasarela, si se quiere ver de esa manera.

También, para la posición de consejero presidente del INE, por su perfil, hay que considerar a Néstor Vargas Solano, quien tiene más de una década como especialista electoral; fue presidente del instituto electoral del Distrito Federal y su trabajo ha sido reconocido.

Otro es Arturo Bolio Cerdán, con la experiencia de haber sido consejero electoral y magistrado del tribunal electoral en el estado de México.

Javier Santiago Castillo presidió el instituto electoral del Distrito Federal cuando Andrés Manuel López Obrador ganó la elección para jefe de gobierno.

Fernando Agíss Bitar tiene la experiencia de haber trabajado en el IFE como director jurídico y director ejecutivo de prerrogativas y partidos políticos.

Alberto Alonso y Coria, con sobrada experiencia sobre el manejo del Registro Federal de Electores.

Rolando de Lassé es doctor en Derecho y se ha desempeñado como director jurídico del IFE.

Patricio Ballados Villagómez fue coordinador de asesores de la magistrada Maricarmen Alanís, cuando ésta presidió el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. También ha trabajado en el IFE.

Ciro Murayama es académico y economista, no se ha descartado pero ha hecho pública su crítica a la creación del INE.

Arturo Sánchez Gutiérrez ya fue consejero del IFE y demostró ser experto en la materia. El  detalle en contra es que lo ligan con el panismo y en ese sentido no se ha significado por la discreción

María Marcela González Salas y Petricioli primero defendió los colores del PRI, después se puso la camiseta amarilla del PRD y ahora trabaja en la administración priísta como directora de juegos y sorteos de la Secretaría de Gobernación.

Alfredo Cristalina Kaulitz es el titular de la Unidad de Fiscalización del IFE y desde ahí quiere dar el gran salto; no tiene las simpatías ni del PRD ni del PAN.

Una vez que se publique en el Diario Oficial de la Federación la reforma constitucional en materia política, los diputados tendrán 120 días para integrar al Consejo General del INE y elegir a su presidente.

Hay que recordar que cuando se eligió a Leonardo Valdés Zurita como presidente del IFE, ninguno de los medios de comunicación tradicionales anticipó su nombre.

A sus 86 años de edad cantó sin micrófono, con una voz nítida, con la suficiente fuerza para llegar con calidad, emoción y sentimiento a cada uno de los oídos que estaban en el Teatro Metropólitan de la ciudad de México.

Fue el cierre del show de Tony Bennett, interpretando Fly me to the moon acompañado solo por su guitarrista. Silencio riguroso para disfrutar su voz. Nada que perturbara al maestro.

Los más de tres mil espectadores sin chistar ni parpadear. Había que seguir el sonido melodioso que salía de la garganta del maestro, leyenda de la época de oro de Hollywood.

De pie le aplaudió la audiencia, hombres y mujeres. Unánime el reconocimiento. Bennett satisfecho con el trato. En más de una ocasión instruyó el encendido de luz para ver a su público.

 Agradeció y se retiró sonriente. Continuaron los aplausos y los gritos de “¡Otra..otra…otra…!” Sus cuatro músicos se quedaron en su lugar. El pianista gesticulaba y movía sus manos para animar la ovación.  El cantante estadounidense ya no regresó al escenario.

-¿Qué más se puede esperar después de cantar sin micrófono?-se preguntaba una señora que no dejaba de aplaudir.

Nadie se quejó. Los músicos salieron. Se entendió que el show había terminado. Las luces se encendieron y todos a casa.

Hora y media del canto de Tonny Bennett, que se combinó con la actuación de su hija Antonia, quien abrió el espectáculo y en otro momento hizo el dueto con su padre para interpretar Old Friends.

Tony bailó con su hija, una estampa para guardarla en la memoria pero sobre todo esa voz dorada.

Por supuesto que no faltó I Left my heart in San Francisco.

Desde que apareció en el escenario se le aplaudió como un grande.

Antes de irse levantó la rosa que le habían dejado en el piso.

Llevó las manos a la boca y soltó un beso para su público.

Noche triunfal de Tony Bennett como miles que ha tenido en su larga carrera.

Donde quiera que se encuentre Heydar Aliyev lo debe tener sin cuidado que se quite o se quede su estatua en el Bosque de Chapultepec de México. Lo más probable es que nunca haya visitado nuestro país y quizás ni siquiera le interesó ubicarlo geográficamente. A decir verdad, tampoco muchos mexicanos sabíamos de la existencia de Azerbaiyán ni en que lugar del mundo se localiza. Por lo menos en esta parte estamos a mano.

A Heydar le debe dar igual una estatua más o una menos.

No es la que está en el Paseo de la Reforma la que va a reivindicar su gobierno de 30 años. Supongo que ninguna otra le debe servir para ese propósito. A lo mejor ni le gusta el acabado ni que el escultor lo pusiera de pierna cruzada, con su mano derecha descansando sobre la pierna derecha. Por su estilo y lo que pregonan de su mandato, quizás hubiera preferido que la mano derecha estuviera sobre la izquierda, por el mensaje semiótico y para que no quede duda el lado de la geometría política que le gustaba ver arriba.

En el más allá se debe estar riendo del aprieto en que metió a Marcelo Ebrard, justo en la recta final de su administración en el Distrito Federal, en la cuenta regresiva. El cierre feliz se daba por hecho. Todo listo para celebrar las fiestas decembrinas y preparar su carrera para el 2018.

 Impensable que se atravesara en su camino político una estatua.

Sin discusión: error. Ninguno de sus colaboradores se tomó la molestia de revisar el historial de Heydar.

Y un error no se corrige con otro error.

Lo que le ha dicho el vox pópuli es que no quiere esa estatua en México. Ni en Paseo de la Reforma, ni en una casa de la cultura ni en un museo. Si Ebrard la preserva el error lo va a cargar en sus sueños presidenciales. Colocarla en la embajada de Azerbaiyán sería como esconder lo que no se quiere debajo de la alfombra.

Ni gana ni pierde Heydar Aliyev si desaparecen su estatua. En el más allá le debe dar lo mismo. No creo que le venga a jalar los pies a Marcelo.

Le sale menos caro regresar los 110 millones que “donó” Azerbaiyán para construir ese monumento y remodelar la plaza de Tlaxcoaque.

Pronto, una vez que termine noviembre, el último mes del actual sexenio,  el todavía secretario de Gobernación, Alejandro Poiré, podrá volver a  saborear, en compañía de sus hijos, los helados Chiandoni de la colonia Nápoles en la ciudad de México.

Antes de convertirse en figura de los medios como servidor público de primer nivel, lo vi despreocupado, relajado, sonriente, vestido de pantalón corto, camiseta azul y tenis en la famosa nevería.

Estaba sentado en la barra. Rostro relajado, contento, de excelente humor, conviviendo con sus hijos que también lucían la  camiseta del equipo de futbol Cruz Azul.

Se desempeñaba entonces como comisionado para el desarrollo político de la Secretaría de Gobernación. Pasaba desapercibido. Nadie imaginaba que estaba por salir del anonimato y escalar posiciones dentro de la misma dependencia hasta llegar a la titularidad, aunque primero despuntó como vocero de la estrategia nacional de seguridad.

Era sábado, habían ganado los cementeros, así que tenía motivos para celebrarlo con un helado.

Hablaba de sus viajes y planes, sin sospechar lo que le esperaba.

Persona inteligente que conocí en el IFE, cuando formaba parte del equipo de Luis Carlos Ugalde. Repentinamente, a meses de las elecciones de 2006, Poiré dejó el organismo electoral para irse a dar clases en la Universidad de Harvard.

Ahora está a unos días de terminar su etapa en la Segob.

Su comparecencia en la Cámara de Diputados tuvo que tolerar críticas por lo que se hizo y no se hizo en materia de seguridad en nuestro país. Su rostro tenso, sudoroso y abrillantado ante reclamos de legisladores. Los sabores agrio y amargo de la política.

En el deporte su equipo Cruz Azul está en la liguilla pero no en su mejor momento.

Lo único que le garantiza un buen sabor de boca son los helados de la Nápoles.

Con la novedad que las calles de la ciudad de México no sólo tienen dueños sino también herederos.

Por años he visto en mi calle una persona que desde muy temprano empieza a reservar, con botes y botellas de plástico los espacios públicos. También ofrece el servicio de lavado de vehículos.

Era un jovencito con rostro asustadizo cuando hace más de una década apareció con su franela. Su tez morena se acentuó bajo los rayos del sol cotidiano. Su delgadez se transformó con el paso del tiempo en una complexión robusta, con músculos en los brazos. Embarneció.

Al principio se acercaba con cierta timidez a los conductores. Poco a poco se fue ganando su confianza. Aceptaba lo que le dieran como propina. Todavía no había considerado el establecimiento de una cuota.

Tuvo un momento de crisis que estuvo cerca de costarle la calle. Robaron en uno de los edificios de la zona y al afectado se le hizo fácil acusar al primero que vio y ese fue el franelero.

Para su fortuna más de un automovilista habló en su favor. Destacaron la confianza que le tenían, sobre todo porque de lunes a viernes le entregaban las llaves de sus unidades, ya sea para que las lavara o les encontrara un lugar en la calle. Ninguna queja de los dueños por esta actividad. Se demostró la inocencia del franelero. Desde entonces ha recorrido la calle como pez en pecera, de un lado a otro, seguro, confiado, dominador.

Su tenacidad fue premiada. Paradoja de la vida, precisamente del edificio de donde salió la acusación es en el que ahora vive. Ahí encontró un lugar que puede pagar y desde ese sitio vigila y cuida su calle.

Por estacionamiento la cuota voluntaria es de 20 pesos y 50 por lavado. Por lo menos unos 40 autos quedan bajo su resguardo cada día.

No me consta pero es muy probable que pague tarifa a representante de autoridad a fin de que se le deje trabajar. Nunca he visto que alguna patrulla lo moleste o importune.

Es la vida diaria del franelero.

Como dueño de la calle, me acaba de presentar a su ayudante: “es mi hijo, le aviso para que no crea que es un extraño”.

Me lo presentó como el heredero de la calle.

Su rostro era de horror. Estaba espantado. Cortaba las ideas pero el vecino conseguía explicar que había pasado un mal momento, como muchos mexicanos que sufren la inseguridad en la ciudad de México y en todo el país.

Ahora le tocó a la @lanapolesdf,enfrente del restaurante Mazurca y a media cuadra de la sede nacional del partido Movimiento Ciudadano. En una zona donde hay una cámara del @gobiernodf en cada esquina. Ahí le quitaron la vida el miércoles 8 de agosto a Jaime Quiroz Gutiérrez, empresario de bienes raíces, a plena luz del día. Y que conste que traía escolta.

Por la expresión  y el susto que su rostro reflejaba, por el contenido de su narración, era evidente que el vecino pasó minutos después por el lugar donde se cometió el homicidio.

“Acaban de matar a una persona, ya está la policía”, comentó nervioso a su interlocutor.

“Hay que tener cuidado”, fue su frase final antes de seguir el camino hacia su domicilio.

Es un vecino jubilado, que le interesa enterarse de las noticias. Sabe de la inseguridad que hay en México.

 Creía que por ser una zona “vigilada” con cámaras, con rondines frecuentes de patrullas, que suenan la sirena aun cuando no lleven emergencia, nada de eso podría pasar.

Se acabó su tranquilidad, el saldo de la violencia se lo topó a la vuelta de la esquina.

Quizás reduzca sus caminatas por la colonia Nápoles.

Se fue sin despedirse. Con más de 40 años de servicio en la esquina de Insurgentes y Eje 5, el restaurante  Los Guajolotes cerró sus puertas.

El edificio empieza a sufrir las consecuencias del abandono: polvo y ventanas rotas.

Un lugar cercano a la Plaza de Toros y al estadio del equipo de futbol Cruz Azul, visitado por personajes del deporte y la tauromaquia. También por periodistas, artistas y por supuesto por políticos.

La primera vez que lo visite estaba la profesora Elba Esther Gordillo, en una mesa acompañada de sus hijas y nietos.

Contaba con una rosticería de pollos.

Se observaba que era un buen negocio, al menos los fines de semana, cuando había corrida de toros o juego de futbol.

Por lo visto lo alcanzó la crisis. Ahora tiene en venta platos, manteles, puertas y hasta su escalera interior de madera.

Los únicos que están felices con este cierre son los guajolotes y pollos, porque se redujo su mortandad.

Arturo Zárate Vite

 

 

Es licenciado en periodismo, egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, con mención honorífica. Se ha desempeñado en diversos medios, entre ellos, La Opinión (Poza Rica, Veracruz) Radio Mil, Canal 13, El Nacional, La Afición y el Universal. Más de dos décadas de experiencia, especializado en la información y análisis político. Ejerce el periodismo desde los 16 años de edad.

Premio Nacional de Transparencia otorgado por la Secretaría de la Función Pública, IFE, Consejo de la Comunicación, Consejo Ciudadano por la Transparencia e Instituto Mexicano de la Radio. Su recurso para la protección de los derechos políticos electorales del ciudadano logra tesis relevante en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, con el fin de conocer los sueldos de los dirigentes nacionales de los partidos.

Además, ha sido asesor de la Dirección General del Canal Judicial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y Coordinador General de Comunicación y Proyectos de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Es autor del libro ¿Por qué se enredó la elección de 2006, editado por Miguel Ángel Porrúa.