La expresión no es mía, sino de un personaje que toda su vida ha sido crítico de lo que juzga incorrecto o injusto, partidario y promotor de acciones que van y se hacen en beneficio de México y los mexicanos.

Cuando se la escuché, quise saber más, porqué esa descripción de la medida tomada por el gobierno para combatir el robo del combustible, para hacer frente al llamado “huachicoleo”.
Se trata del maestro y muralista Ariosto Otero, artista respetado por propios y extraños; por su pensamiento, crítico y progresista. Me senté a escucharlo. Le pedí ampliar su comentario, conocer en detalle el alcance de sus palabras, de su expresión ante lo que ocurre.
Hace una analogía con los felinos, con el tigre, con el jaguar, con el puma, que no se lanzan a perseguir su presa sin antes haber medido el terreno y haberse asegurado de que alcanzarán su objetivo. Primero analizan, sin hacer ruido, sin llamar la atención, observan. Una vez hecho los cálculos, empiezan la cacería.
Así describe, como un “zarpazo”, la acción contra el “huachicoleo”, contra la corrupción, contra el robo de combustibles, contra la impunidad, contra la delincuencia. Tenía que ser de esa manera, con el sigilo requerido, sin filtraciones previas, nada que espantara la presa.
Hay quien ha dicho que tenía que avisar a los gobernadores, enterar a más gente de lo que haría, realizar una reunión previa con los grupos relacionados o involucrados con el tema, para que entre todos coordinaran el reparto del combustible a las gasolineras.
Sin embargo, haber enterado a más gente, cuando se sabe de los recursos de la delincuencia para obtener información con oportunidad de lo que planea la autoridad y escapar o protegerse, lo más seguro es que hoy el “Huachicoleo” se estaría riendo y el gobierno en el ridículo.
Por el tamaño de la corrupción, tenía que darse el “zarpazo”, sorprender a la delincuencia, ubicar los ductos utilizados para robar el combustible, terminar con esa práctica, con ese daño a la nación, a la economía. De lo contrario, de haber anticipado la medida, los “huachicoleros”, dentro y fuera de la empresa Petróleos Mexicanos, hubieran tenido tiempo para desconectar sus mangueras, para ocultarlas y ver pasar una fallida embestida.
Es obvio y explicable que una vez sorprendido, ya en las garras del felino, para seguir con la analogía, el “huachicoleo” lance patadas, ruede, se jaloneé y se revuelque por el suelo, herido de muerte.
Pareciera que no se tomaron en cuenta los daños colaterales, la afectación temporal a consumidores e insuficiente abasto de combustible a todas las gasolineras, pero sería superficial suponer que no se consideraron los diferentes escenarios.
Para el maestro Ariosto el objetivo principal se ha cumplido, darle el “zarpazo al huachicoleo”.

Sufrió poliomielitis y vive con esta enfermedad desde niño, la parálisis parcial lo hacía arrastrarse por el suelo. Aprendió a darle fuerza a su físico a través del arte marcial. Estudió periodismo.
A Juan Manuel Rentería lo conocí de adulto, cuando ya se desempeñaba como reportero del programa de noticias 24 Horas que conducía Jacobo Zabludovsky, en el canal estelar de Televisa.

Tenía la cobertura del Senado de la República y no recuerdo haberlo escuchado solicitar trato preferencial por su condición de persona con capacidad diferente. Actuaba como si no tuviera que apoyarse en muletas para desplazarse por los pasillos legislativos. Y entonces no era prioritario ni autoridad alguna se esmeraba en que los inmuebles públicos contaran con accesos especiales para estos casos.

Más de una vez lo vi aguantar largas esperas por una entrevista, recargado sobre sus muletas. Participaba en las ruedas de prensa. Se habría paso para estar cerca del legislador y hacer sus preguntas.

Siempre me pareció un buen reportero de la fuente política, sabía identificar cuál era la nota, lo principal.

Tenía como auxiliar a Santos Briz Fernández, jovencito que con el tiempo se convirtió en figura de la televisión, autor de las famosas “Mangas del Chaleco”. Santos adquirió experiencia al lado de Juan Manuel, al que ayudaba a cargar la grabadora y a sacar las versiones de lo dicho por el entrevistado.

Antes de leer la versión, Juan Manuel, ya había identificado los “inserts” o fragmentos del video que utilizaría para el armado de su nota. Competía por presentar o elaborar el mejor trabajo periodístico.

Daba su salida o nombre a cuadro para la televisión, buscaba la forma de cargar el micrófono con el logo de Televisa. Como cualquier otro reportero, estaba en el Senado de lunes a viernes. Pendiente de que no se le fuera a escapar la información importante.

Cuando platicábamos, se desenvolvía sin hacer sentir a los demás que era obligado darle un trato diferente por su condición física y muchos menos asumía una actitud para que alguien se compadeciera de su parálisis parcial.

Era de las figuras del equipo de reporteros de Jacobo Zabludovsky. Regularmente entraba su información al noticiario.

Cuando había viaje de trabajo, reuniones parlamentarias fuera de la ciudad de México, estaba puesto para participar y desplazarse para cumplir su misión como periodista.

Desconozco los detalles del problema legal y familiar que ahora enfrenta; sería imprudente hacer juicios, porque para ello, se requiere ser experto o abogado para adentrarse en el expediente.

Sin embargo, no tengo la menor duda de sus capacidades como reportero. Ya no trabaja para Televisa, pero hace entrevistas para la televisión en programas financiados por el empresario Víctor González Torres, mejor conocido como el Doctor Simi.

Ojalá que pronto su conflicto se resuelva y que organizaciones periodísticas puedan asesorarlo en la vía legal.

En ocasión de las festividades de fin de año hoy te voy a contar la historia de un personaje emblemático de la llamada contracultura, ejemplo de perseverancia en las letras y en el ejercicio periodístico. Conoce a Jesús Ramírez Cuevas, actual vocero de la presidencia de la República. Han compartido batallas desde su trinchera, en la contracultura.
Aclara que no es su amigo, sino su cómplice de banderas a favor de la libertad social y en contra de la imposición. Espera que no se olvide del pensamiento compartido en foros y conferencias.

Se trata de Carlos Martínez Rentería, escritor irreverente que describe la contracultura como lo incorrecto, rebelde e incómodo.

Lo conozco desde que éramos jóvenes, incipientes en el periodismo y nunca en nuestra interlocución le he escuchado un insulto, ha sido educado y respetuoso.

Agradecido con el medio que le abrió las puertas, con El Universal, porque como reportero cultural, le permitió recorrer el mundo, ir a eventos en diversas partes del planeta, encontrarse con artistas, pintores y literatos famosos, con cantantes como Joaquín Sabina. Tener como jefe y amigo a Paco Ignacio Tabio I (QEPD) en ese diario, con el que comía cada tercer día, porque al entonces editor de la sección cultural, gourmet español que llegó exiliado a México, acostumbraba invitar a colaboradores y amigos a su casa.

Como periodista se hizo amigo del pintor José Luis Cuevas y del escritor Carlos Fuentes. Hizo llorar durante sus entrevistas al poeta Renato Leduc y al pintor oaxaqueño Rufino Tamayo. A Don Renato al ahondar en el invierno de la vida, cuando se aproximaba el final del que nadie está exento. A Tamayo, por la preguntas que le recordaron el cúmulo de pendientes como artista y persona, inalcanzables. El tiempo nunca será suficiente para nadie, para todo lo que imagina y planea hacer. 

Conoció también a Gabriel García Márquez y Juan Rulfo.

Periodista con suerte, solo una vez logró las ocho columnas del periódico citado, de la primera sección, la principal. Le tocó ser testigo prácticamente del inicio del incendio del palacio legislativo de San Lázaro, en mayo de 1989. Iba en taxi en horario nocturno, pasaba la medianoche, camino a su casa, sobre avenida Congreso de la Unión cuando vio fuego en el recinto parlamentario. Sin dudarlo, ordenó al taxista detenerse. Pagó y se bajó. Recuerda haberse topado con supuestos incendiarios, par de individuos con cara de haber cometido algo indebido y el comentario entre ellos: “¡vámonos, ya estuvo!”. Vio el crecimiento de las llamas, llegar a los bomberos para sofocar el siniestro. Buscó teléfono público para llamar a la redacción, nadie le contestó. Se concretó a recabar información y no perder detalle de lo que sucedía.

Al día siguiente recibió la instrucción de escribir la historia. La crónica de la conflagración, sin pensar que sería la nota de ocho columnas. La única vez que lo consiguió. Por práctica y costumbre, el periodismo cultural tiene su propia sección dentro de los diarios, aunque a veces hay episodios que ganan la primera plana de información general.

Nadie que lo conoce imaginaría que estudió la primaria en colegio de religiosas o monjas. Secundaria, preparatoria y la carrera de periodismo en instituciones privadas. La preparatoria en una escuela ubicada en las Lomas de Chapultepec. Entonces su padre era servidor público, jefe de prensa de la primera dama María Esther Zuno de Echeverría. Ganaba bien.

Su familia y el colegio católico lo hicieron cumplir con obligaciones religiosas. Iba a misa cada domingo, aprendió el catecismo para hacer su primera comunión. Se confesaba y comulgaba cada vez que iba a misa. Sus travesuras y pecados infantiles. Conserva la foto de la primera comunión. Disfruta verla. Le digo que me la preste para escanearla. La considera un tesoro. Rechaza la petición y ofrece escanearla, después enviarla al interesado por correo electrónico. Cumplió su palabra. Repaso su álbum de fotografías. Me detengo en la foto donde aparece vestido de diablo, personaje de la pastorela navideña. Sirve de pretexto para hacerle ver que de niño era un santo y ahora está convertido en un “diablo”.

Acota de inmediato: “diablo bueno, travieso y con sentido del humor”. 

Platicamos para saber más de su vida en su departamento de la colonia Roma de la ciudad de México, en un edificio que tiene el nombre de “San José”. Ahí vive con su hijo Emiliano y su perro “Chubaca”, pequeño peludo. Me consta que es buen padre y que tiene buen hijo. Los encontré con los preparativos para viajar a Guadalajara, a la Feria Internacional del Libro, invitado con motivo de los 30 años de su revista “Generación”. Para poder conversar sin distracciones, pidió a un vecino que llevara a pasear a su adorado canino.

Los dos primeros números de “Generación” fueron impresos en las rotativas del periódico en el que trabajó 11 años. El contenido no coincidía con la política editorial del medio, así que Carlos Martínez Rentería siguió por su cuenta.

Se convirtió en su propio jefe, con apuros para encontrar financiamiento. La mantiene con donaciones de diversos artistas, con obras que subasta o vende. No vive de la publicación. Para sufragar sus gastos personales y familiares, trabaja como promotor cultural o de la contracultura en la Pulquería Insurgentes. Ahí hay un espacio destinado para este propósito. Lo he visto desenvolverse. Tipo simpático y ocurrente. Antes de estudiar periodismo en la Carlos Septién García, aprendió actuación en el Instituto de Arte Escénico.

Carlos Martínez Rentería es un diablillo de la las letras, de la poesía y del periodismo, un personaje Para Contar.Diablo CMR

Si quieres hacer dinero, tienes que juntarte con expertos en hacer dinero. Es lo que ha decidido hacer Andrés Manuel López Obrador al nombrar asesores a varios de ellos, porque México requiere inversión, empleos, mejorar ingresos de los trabajadores. Para conseguirlo, hay que ponerse de acuerdo y escuchar a los dueños del capital. Por lo tanto, no hay que rasgarse las vestiduras por esta decisión.
Cierto, se trata de los que han hecho mucho, mucho dinero y en algún momento han sido identificados como parte de la “mafia del poder”. Son los reyes Midas mexicanos, que todo lo que tocan lo convierten en oro. No por algo México tiene a uno de los más ricos del planeta. Entonces, hay que recurrir a su capacidad para generar riqueza que vaya a más manos.
El punto está en modificar criterios para el reparto de la riqueza, entender que no se puede llevar al filo del precipicio a millones de mexicanos empobrecidos, porque por la inercia, pueden llegar a jalar a los que no les falta nada y caer todos en la profundidad del desastre.
Ahí está el riesgo, ya no pueden ni deben seguirse oponiendo a incrementar el salario mínimo, pulverizado. Hay una historia de los hombres del dinero que se cuenta frecuentemente. No me consta que sea cierta. Cualquier parecido con la realidad sería mera coincidencia. Según el pregonero, reunidos a puerta cerrada los más poderosos, uno de ellos sugirió, con el argumento de que ya habían ganado demasiado, mejorar el ingreso de los trabajadores. La reacción, casi unánime, fue que la idea era inaceptable y hasta loco llamaron al autor de la iniciativa.
Sin embargo, los más ricos, los menos ricos, los de la mediana economía y los más pobres, vamos en el mismo barco. Se hunde el barco y se hunden todos. Es lo que no se debe perder de vista.
Es quizás la reflexión de quienes integran lo que será el nuevo gobierno y por eso la decisión de llamar y contar con los más ricos. También son mexicanos y seguro que estarán dispuestos a participar en este esfuerzo, en vez de enredarse en una batalla donde ninguna de las partes ganaría.
Desde hace décadas han resuelto su problema económico, han asegurado bienestar para varias generaciones familiares. Es tiempo de que su ingenio sume fuerzas con un gobierno que quiere mejor distribución de la riqueza, atacar de raíz problemas sociales que crean condiciones adversas para la tranquilidad y paz del país.
Es lo que explica la convocatoria a Ricardo Salinas Pliego, Bernardo Gómez, Olegario Vázquez Aldir, Carlos Hank González, Daniel Chávez Vidanta, Miguel Rincón, Sergio Gutiérrez y Miguel Alemán. Como asesores, periódicamente se reunirán con el presidente López Obrador.
Y que nadie se espante si surgen nuevas diferencias, así son las relaciones humanas, pero que no se pierda el objetivo: México.

En ninguna parte del mundo existe el político perfecto, es humano, se equivoca. Es de carne y hueso. El problema es que en ninguna parte del mundo el político acepta que se equivoca o comete errores.
Hasta ahora no he visto en ningún lado que salga a dar la cara y diga que le ha fallado a la sociedad. Si todo lo que hace fuera acertado, el mundo sería otro, con mucho menos pobreza y calidad de vida. Menos inseguridad, más seguridad. Menos violencia, más paz y tranquilidad.
México no es la excepción, igual el comportamiento. ¿Se acuerdan del error de diciembre, en el primer mes de gobierno de Ernesto Zedillo?. Al final resultó que nadie era culpable. El mandatario saliente responsabilizó al entrante y el nuevo mandatario  acusó a su antecesor. La economía quedó prendida de alfileres, pero ustedes se los quitaron, reparto de excusas.
Historia repetible. No va a cambiar, porque aceptar la equivocación, para el servidor público implica aceptación de la falla. Quedaría confeso para las autoridades judiciales. En condiciones de ser sometido a juicio y sancionado en los términos de las leyes.
Por lo tanto, ni en México ni en cualquier parte del mundo aceptara que ha cometido un error.
Al político o política, no le queda otra que comportarse como si fuera perfecto o perfecta, hasta que se le demuestre lo contrario, generalmente, una vez que ha terminado su encargo.
En el ejercicio del poder, su caparazón  adquiere tal fortaleza que parece indestructible. Las críticas solo lo debilitan y perforan cuando en redes sociales y medios convencionales lo exhiben y reprueban. Hay quienes traen doble caparazón, resisten y mantienen su puesto. En ningún caso termina por aceptar haber cometido un error.
Observen lo que pasa en la familia. Sucede algo parecido, sobre todo en estos tiempos de pérdida de valores. Ninguno de los hijos o hijas admite el error, aunque sea evidente. Sucede lo mismo en la relación de pareja. Para no generalizar, diré que conozco una pareja amiga donde ella es perfecta y él, igual. Concluyen que las equivocaciones son de su mascota, al fin que no puede hablar y mucho menos defenderse.
La desgracia en el caso del político o política es para la sociedad, porque sufre las consecuencias del error, del tipo que sea.
El político o política cree en su perfección, se siente infalible. Nunca dirá que la regó, aunque la realidad del mundo diga lo contrario.

Hay un punto que me ha llamado la atención de los medios en relación con la consulta realizada sobre el aeropuerto, que una docena de ellos o más haya mandado a sus reporteros a demostrar que se podía votar más de una vez con la misma credencial de elector.
La prioridad, al menos en una primera instancia, no era ver cuánta gente se formaba para votar sino la debilidad de la aplicación para evitar la duplicación del votante y en consecuencia exhibir que en esas condiciones habría que sospechar o dudar de la autenticidad del resultado.
Cada quien podrá sacar su propia conclusión, si fue correcto o no, ético o no, pero no ha sido lo usual. No recuerdo otro suceso de este tipo donde los medios hayan coincidido en poner a prueba las medidas tomadas por los organizadores, con la instrucción específica para los reporteros de tratar o votar más de una vez en las diferentes mesas receptoras.
Me hizo recordar algunos episodios del ejercicio periodístico. La ocasión en que participé en una reunión interparlamentaria México-Canadá. Al llegar a la sede canadiense los enviados recibimos la agenda completa de los legisladores, los actos a llevarse a cabo. Cada uno tenía el aviso de si era privado o con acceso para los reporteros.
Recuerdo perfectamente que uno de los actos privados se realizó con la puerta abierta del auditorio. Los periodistas en el mismo edificio, a 30 metros de dicho salón parlamentario. Cualquier informador hubiera podido ingresar si lo deseaba, nadie se lo iba a impedir.
Pregunté porqué estaba abierta la puerta si el acto era privado. La respuesta del personal canadiense fue que en su país, los periodistas, cuando saben que una actividad es privada, respetan ese carácter, las reglas del juego, la norma, el orden o como se le quiera llamar. Prevaleció el respeto de los visitantes.
En otra ocasión, recibí la orden del director, sin dar nombres, porque al final lo que cuenta para este caso es el hecho, de ir a la casa de campo de un ex servidor publico, con la finalidad de entrevistarlo, sin previa cita. Era un personaje que no se le localizaba por ningún lado, muy mencionado en los medios. Parecía rancho. El lugar estaba cercado. No había personal de seguridad a la vista. Analicé con el fotógrafo si saltábamos la cerca. Coincidimos en que no sería lo correcto, entraríamos a propiedad privada y seguramente violaríamos alguna ley. Resolvimos que no era el camino para entrevistar al personaje.
Tercer episodio. Llevaba a cabo una investigación, por los cauces institucionales, las herramientas que te da la ley de la transparencia. El director me llamó para pedirme que dejara ese asunto, “porque no vas a lograr nada y solo harás el ridículo”. Decidí seguir, obtuve la información, al medio no lo quedó otra que difundirla, por su valor y trascendencia nacional e internacional, pero nunca más me llamó el director para realizar tareas especiales.
Por eso, lo de mandar reporteros a poner a prueba la citada aplicación de la consulta y dejar en segundo término la afluencia de votantes, llama la atención. Que cada quien saque sus conclusiones.

Después del jonrón del 1 de julio (ganador de las elecciones), Andrés Manuel López Obrador no ha vuelto a dar batazo de vuelta entera. Algunos hits (gira de agradecimiento, integración de su gabinete) y dominado en rolas al cuadro o globos a los jardines. Uno que otro ponche, el más sonoro la designación de Manuel Bartlett en la dirección de la Comisión Federal de Electricidad.
No ha entrado en “slump”, su porcentaje de bateo sigue arriba de los .300 pero tampoco ha producido o remolcado carreras. Y ahora está en la cuenta de tres y dos, tres bolas y dos strikes con la consulta y encuesta sobre dónde hacer el nuevo aeropuerto. Sus adversarios dicen que huele a ponche (strikeout). Sus seguidores esperan al menos batazo entre dos, entre los jardineros izquierdo y central, para que pueda llegar hasta la segunda almohadilla, doble.
La afición en las tribunas está expectante, ansiosa de ver que se muevan los números en la pizarra, espera que responda a la hora buena, una vez que tome posesión el 1 de diciembre.
Para nadie es un secreto que Andrés Manuel López Obrador es aficionado al beisbol. Es su deporte favorito. Le gusta verlo y jugar. En Estados Unidos y en otras partes del planeta es llamado “rey de los deportes”. Incluso en el país vecino del norte se juega cada año la “serie mundial”, como si en esta competencia participara la mayoría de las naciones.
Desde niño en Tabasco ha jugado beisbol. Empezó en la tercera base, luego siguió como jardinero central y ahora prefiere la primera base, posición mucho más tranquila y que regularmente ocupa el cuarto bate o sea el bateador de mayor poder en el equipo.
Por lo menos en esta etapa, le ha bajado velocidad a su bate a la hora de tratar de hacer contacto con la pelota, no ha podido pegarle de lleno. Los hits han sido sencillos, a los jardines central y derecho, pláticas y acercamientos con grandes empresarios.
Abanicó bola alta cuando lo embarcaron con el anuncio de que el Papa Francisco participaría en los foros en materia de seguridad y ya vio pasar una bola que por poco le pega en el casco, por el envío de señas a las fuerzas armadas que algunos le dan una lectura ríspida.
El anotador oficial todavía no determina si fue hit o error el tuit que recomienda al periódico El Universal que recontrate a los reporteros “despedidos” por la información difundida sobre la salida del hospital del hijo menor de López Obrador. Lo que sí sumó a su porcentaje de bateo fue el reciente regreso a la radio comercial de la periodista Carmen Aristegui.
En la caja de bateo ha recibido algunos golpes, el más sonoro ha sido por la boda del próximo coordinador general de política y gobierno.
Como primera base no ha tenido problema para atrapar la pelota cuando revira el pitcher. Ha mantenido pegados a la inicial a líderes sindicales que quisieran robarse la segunda para colocarse en posición de anotar. También ha sabido abrir al máximo el compas de sus piernas y estirar el brazo para poner out  al magisterio disidente que quiere embasarse.
La verdad, el juego de beisbol político, formalmente todavía no empieza, la primera entrada se abre el 1 de diciembre.
Y no hay que olvidar que en el beisbol, lo saben los expertos y aficionados, para ganar, se juega con “el librito” en la mano.

Después de tres meses, cuando por fin estaba lista su acta de nacimiento que había solicitado para trámites administrativos, descubrió que no traía en su bolsa cien pesos para adquirirla.
Hace ya un buen rato que las actas que los padres gestionaron para sus hijos, dejaron de tener vigencia. Ahora hay que obtenerlas digitalizadas, con nuevo formato y validez de solo tres meses.
Así que cada vez que se requiere el acta de nacimiento certificada para cumplir con requisitos oficiales, hay que pagar.
La historia que esta vez te cuento es inverosímil, salpicada por desatinos burocráticos y vicios que ni la modernidad de las nuevas tecnologías han podido erradicar, porque finalmente está de por medio la mano humana y el humano se puede equivocar, no es perfecto.
Cualquier servicio público debería ser de primera, es lo menos que se le debe dar al ciudadano. Desgraciadamente no es lo común. Y por si fuera poco, cuando se realiza el  trámite, hay empleados que dan la impresión de regodearse por el “favor” que le hacen al usuario.
Un trámite que tendría que ser sencillo, rápido y preciso, como la obtención de la copia certificada del acta de nacimiento, a veces no lo es. Se vuelve tortuoso y molesto. Le pasó a la señora Martha.
¿Y a quién le importa lo que le suceda a esta señora? ¿Cuál es la trascendencia? ¿Afecta al gobernante?.
Quienes están en el poder dirán que no, nada más que cuando esta irritación se repite y multiplica, perjudica a más de uno, las consecuencias se manifiestan el día de las elecciones. El voto de castigo es fulminante, no importa el color del partido que esté en el gobierno.
Resulta que Martha, originaria de Sonora, habitante de la ciudad de México, acude a la representación del estado norteño. ¿Se imaginan si tuviera que ir hasta Sonora por el acta, pagar transportación?
Lo primero que le dicen es que su original (manuscrita como se hacía antiguamente) tiene un error porque en la introducción del documento solo le pusieron el apellido paterno, aunque está implícito cual es el materno, están los nombres de los dos progenitores.
Por ese “error” le dicen que la digitalización, en su caso, no está completa. Existe la opción de enviar la petición por mensajería a Sonora para que se corrija, al departamento jurídico del registro civil. Acompañar la solicitud con copia de la credencial de elector, copia del acta original y la firma de dos testigos con las respectivas copias de la credencial de elector. Se supone, es lo que le dicen, que en 15 días quedaría todo arreglado.
No fue así. Después de seis vueltas a la representación sonorense, con oficina en uno de los edificios del Paseo de la Reforma, le informan que el problema ha sido solucionado. Ya en el nuevo formato aparecen los apellidos paterno y materno. Todo iba bien hasta que el empleado descubre que el número de la Clave Única de Registro de Población (CURP) estaba mal escrito. Se habían equivocado en Sonora al transcribirlo.
Dos semanas más de espera.
Cuando doña Martha decide ir de nuevo por su acta, llega a la oficina a la hora de la comida. Tiene que aguantar el reproche por ser inoportuna. Y esta vez no le dan el documento porque se le olvidó llevar los 100 pesos en efectivo para el pago. No aceptan tarjeta de crédito o débito.
Para terminar esta historia, te recuerdo que el partido que gobierna en dicho estado, perdió municipios, diputaciones y senadurías en las pasadas elecciones ante la ola morenista.

La verdad, siempre vi un ánimo estresante en todos los compañeros reporteros con los que me tocó viajar en el avión presidencial. Los tiempos encima para pasar la información a los respectivos medios. Viajes de trabajo. Invariablemente había que ajustarse a la agenda del mandatario. Subir o bajar antes de que lo hiciera el  Ejecutivo.
Viajé como reportero en el avión presidencial de México, el Boeing 757-225 (actualmente utilizan el Boeing 787-9 Dreamliner). No fueron muchos viajes. La mayoría nacionales. Solo dos o tres internacionales. Subí a la nave en los periodos de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Primero como representante del El Universal, cuando el titular de la fuente por motivos personales no podía hacerlo. Después con la representación de El Nacional, que era periódico de gobierno; menos de un año, dejé pronto este diario.
Escuchaba historias de otros tiempos, cuando se utilizaban dos aviones, uno para el presidente y otro para los informadores. Regularmente se pernoctaba en los lugares visitados. No voy a entrar en detalles sobre esta etapa porque no me tocó vivirla. Entonces era estudiante universitario.
Me tocó cuando ya el presidente y los periodistas viajaban en el mismo avión. Ni idea de lo que era viajar en el avión presidencial ni tampoco suspiraba por hacerlo. Lo que me ocupaba era asegurarme de cumplir la tarea asignada, lo mejor posible. El atractivo para algunos, porque te lo decían, eran las tortas de milanesa que servían abordo. Tenían fama. Nunca las probé. La milanesa no está en la lista de mis platillos preferidos.
Los tiempos medidos. La cita en el hangar presidencial, tempranera. Antes de subir, pasar por las medidas seguridad, similares a las del servicio comercial, el arco para personas y escáner para maletas. Te entregan la agenda del presidente, horario y actos a realizar.
Trato amable y eficiente de la tripulación. Convivencia respetuosa. Camaradería reporteril.
Cuando desciendes del avión, la caravana vehicular directa al lugar del evento. Tres o cuatro actividades seguidas.
Recuerdo que la primera vez, agotada la agenda pública, nos llevaron a la sala de prensa, con máquinas de escribir mecánicas y teléfonos fijos. Todavía no se utilizaban las computadoras ni los teléfonos celulares. No había escrito ni la mitad de la hoja cuando llegó el aviso del encargado de logística de ir a los autobuses con destino al aeropuerto, porque el presidente había decidido adelantar el retorno y no quedarse a comer. La instrucción tenía que cumplirse, porque obvio, el avión presidencial no iba a esperar a nadie.
Una vez en la ciudad de México, ir a la redacción para terminar de escribir la nota, con el peso de la descompensación que significa para el organismo subir y bajar del avión el mismo día.
Cuando llegaron las computadoras y teléfonos celulares, la tensión y el estrés laboral, no bajaron. Siguieron igual o más, porque desde entonces, prácticamente en el momento en que se desarrolla la actividad presidencial, se tiene que enviar  información a los medios. Y cuando regresas al avión, hay que ir preparando lo que harás para otros espacios y horarios informativos de la estación de radio, televisión o empresa periodística.
Por lo tanto, por lo que se, por lo que he visto, por lo que me consta, por esos rostros a veces sudorosos de compañeros y compañeras, por comer y armar la nota al mismo tiempo, por la angustia cuando se interrumpe la comunicación o se queda sin señal el teléfono, cuando no te escuchan del otro lado de la línea y cuando el tiempo para enviar la información se agota, viajar en el avión presidencial para los reporteros, nunca ha sido un paseo, diversión o lujo, sino simplemente: trabajo.
¿Verdad @maruRFormula ?
¿Verdad @Gamboa_arzola  (Radio Centro) ?
¿Verdad Juan Sebastián Solís (Televisa) ?

Andrés Manuel López Obrador bautizó a las redes sociales como “benditas redes”, porque fue la forma que encontró para comunicarse con la sociedad, sin necesidad ni obligación de recurrir a medios tradicionales como única opción. El camino para difundir sus acciones, declaraciones y hasta replicar o desmentir a la radio, televisión y prensa escrita, cuando caían en imprecisiones o en falsedades.
Difusión a bajo costo, sin gastar miles y miles de millones, como lo han hecho otros personajes de la política al firmar convenios o contratar onerosas campañas en los medios acostumbrados.
Además, tendrán que admitirlo los mismos dueños de los medios y contratantes, en ningún caso el resultado ha sido el deseado. No hay gobernante que haya mejorado su imagen, a pesar de ese gasto. Por supuesto, los dueños de los medios no tienen culpa, sino la actuación del autor del mensaje.
En contraste, Andrés no tuvo que destinar mucho dinero para conseguir su objetivo, la presidencia de la República. Por eso, por experiencia propia, el anuncio de que va a reducir en 50 % el presupuesto para publicidad y propaganda. Usará lo indispensable, al menos en medios privados. Utilizará de manera preferente, como lo ha hecho hasta ahora, las “benditas redes”.
Debe quedar claro que el éxito no está basado solo en difundir acciones y declaraciones en redes sociales. Los hechos, las acciones de gobierno, tienen que beneficiar a la sociedad, ser reales, no simulaciones ni inventos ni mentiras. Cualquier desviación de recursos o desatino, repercutirá en la credibilidad y en su momento en votos electorales.
Es difícil llegar al poder, pero mucho más mantenerse. Sería un error perder el piso como lo perdieron quienes ahora forman parte de la chiquillería política, en todos los niveles de gobierno.
Las redes sociales, por muy “benditas”, en ningún caso serían cómplices. No se puede ganar o conservar buena imagen con falsedades. Sería un error pretender ocultar fallas o minimizarlas. La clave del éxito de Andrés Manuel para que lo conozcan, no han sido las redes, sino su congruencia. Lo que ha repetido siempre, que lo pueden acusar de todo, menos de ladrón o corrupto.
Ahora el reto es mayor, porque se trata de gobernar un país de más de 120 millones de habitantes. No es lo mismo ser oposición que gobierno. Criticar es más cómodo que cargar con la responsabilidad de emprender acciones para reducir la pobreza y darle a los mexicanos, calidad de vida.
La redes sociales ayudan a la difusión. Lo que no pueden hacer es solapar a quienes pretendieran matizar u ocultar la verdad.

Carisma es lo que caracteriza a Jan Ávila Carrillo, instructor de baile. Le pagan por dar clases y quienes pagan lo apapachan con llevarle café, un pan, barra de chocolate y cualquier bocadillo. También están pendiente de la fecha de su cumpleaños para organizarle la fiesta. Invitarlo a desayunar en algún restaurante. Carisma natural que sería envidia del político.
El instructor de baile, en este caso, no tiene que regalar despensas ni ofrecer prestaciones sociales extraordinarias. Lo único que tiene que hacer es ser amable con la gente y darle un buen servicio.
Jan es un excelente instructor. Aspira a ser de los mejores en México. Su sencillez, la sonrisa, el humor, el baile, la selección musical, lo han convertido en uno de los favoritos en el club deportivo donde trabaja. No tiene que hacer campaña, su comportamiento es natural.
Es cauto, medido, cordial, pacifista, conciliador. Le gusta que la gente disfrute y se divierta en su clase. Para él, lo importante es que sus alumnos y alumnas gocen el momento. Sonrían. Y lo consigue.
¿Qué cualidades tiene Jan que cualquier político quisiera poseer para competir por un cargo público? Actúa sin dobles caras. Es leal. No regatea el saludo ni la sonrisa. Se entrega en su trabajo. Hasta el límite de sus posibilidades. Su máximo esfuerzo. Procura tener contacto e identificar a los que asisten a su clase. Se coloca al frente. Toma su tiempo para recorrer toda la duela, acercarse al que está en la última fila, en medio o en una esquina. No descuida a nadie. Corrige pasos, sin incomodar a quien no los pueda hacer con precisión. Es respetuoso. Alienta el ejercicio, la diversión, la sonrisa y el afecto.
En su bolsa el aprecio, unánime, de quienes lo tienen como instructor. Por su trato. No tiene que prometer nada y mucho menos pagar porque lo quieran. Es auténtico. Conducta que encanta a la sociedad. Jan puede ser ejemplo a seguir para quienes se dedican a la política.
Jan encontró su vocación. La animación, participar en festividades, organizar, bailar, actuar. Lo traía desde niño. Tuvo que enfrentar resistencias, desorientaciones. Como bachiller su maestra en el taller de teatro lo conminó a que no se le ocurriera seguir la carrera de actuación, “porque de eso no vas a comer”. Sus padres deseaban que estudiara en la universidad. En la UNAM realizó el primer semestre de médico veterinario. A pesar de que su promedio estaba arriba de 9, decidió que eso no era lo suyo, no era lo que lo apasionaba. En espera de cambiarse de carrera, a comunicaciones, trabajó en una farmacia, primero en el mostrador. En seis meses, por su empeño y capacidad, consiguió llegar a la gerencia.
En su pueblo San Pedro Xalostoc, en Ecatepec, estado de México, era el coreógrafo. Sus primeras clases. Enseñaba en las mañanas y trabajaba en la farmacia por las tardes.
El maestro de baile José Saucedo lo llevó a la escuela, al centro de capacitación Damaris, en el Centro Histórico de la CDMX. Cuando entró y vio a cientos de jóvenes, a maestros, exclamó: “¡Esto es lo mío!”.
Y era lo suyo. Se preparó para ser instructor de baile. Hizo escuela o taller en su pueblo. Ingresó a un gimnasio en la ciudad de México. Estaba feliz. El día que en San Pedro Xalostoc realizó un evento de más de 200 personas, sus padres, la familia, mostraron su orgullo y beneplácito por lo que hacía. Sus dos tías que parecía se avergonzaban del maestro de baile, empezaron a presumir por lo que hacía el sobrino.
Cuando era niño tenía sobrepeso, hoy su condición y físico están a la vista. Tiene planes, metas. Aspira a estar en la lista de los mejores instructores de baile en el país y anhela convertirse en dueño de un gimnasio, porque tiene claro que las aptitudes  atléticas se pierden con el tiempo. Por eso quiere saber y dominar lo administrativo en el negocio del “fitness”.
Jan, con apenas 33 años, 9 como instructor profesional de baile, no olvida el día que estuvieron a punto de matarlo. Dos asaltantes, a la vuelta de su casa. Uno de ellos lo obligó a ponerse de rodillas y le puso el arma de fuego en la frente, mientras el otro ordenaba a su compañero que disparara. Jan, en cuestión de segundos dio un repaso a la película de su vida. Se encomendó a Dios. “Virgencita protégeme con tu manto”, hubiera sido la ultima frase en su mente.
“¡Dispara!...¡Dispara!”, insistía el delincuente a su compañero. Segundos de angustia. Macabros. Con voz temblorosa dijo: “no puedo”. Y no pudo. Los dos delincuentes optaron por echarse a correr, con las pertenencias de la víctima.
Jan nunca olvidará el episodio, sobre todo la voz del que no pudo disparar.
Para su fortuna, su carisma sigue intacto. Se cambió de domicilio. Es evidente que lo suyo no es la política, pero lo quieren mucho más que a muchos políticos.

Con seis pesos puedes llegar a Chihuahua 216 en la colonia Roma de la Ciudad de México, la casona donde ahora se cocina el futuro del país y trabaja el nuevo grupo de poder.
Al menos fue lo que pagué por subir al Metrobús y bajar en la estación Álvaro Obregón. Desde la ventanilla del transporte público observé que la calle no estaba cerrada ni restringido el acceso, como se acostumbraba en otros tiempos. El trajín de los autos me pareció normal. La lentitud que provoca el cotidiano congestionamiento en la calle transversal. La vialidad sobre la avenida Insurgentes, a esa altura, fluida.
La famosa colonia Roma, con raíces del siglo XX, donde todavía sobreviven ejemplos de la arquitectura art nouveau, donde alguna vez florecieron mansiones y palacetes de la clase media alta. Hoy la arquitectura de los edificios recoge diversas épocas, el llamado eclecticismo, la modernidad. Guarda en la memoria haber sido morada de personajes como el general Álvaro Obregón, Fidel Castro, Ramón López Velarde, Carlos Fuentes, José Vasconcelos y Pita Amor, célebres de la literatura, de la poesía y de la política.
Sin dificultad ingresé a la calle Chihuahua. Un puesto informal de comida en la esquina con Insurgentes. Después de 200 pasos, estaba frente al número 216, casona antigua pintada de blanca, con enrejado tradicional, alambre electrificado en la parte superior y cámaras de vigilancia o de video que apuntan hacia su patio y hacia la calle.
Periodistas, fotógrafos, camarógrafos, al menos medio centenar. Una veintena de peticionarios, hombres y mujeres, formados, con sus documentos bajo el brazo, en sus carpetas o maletines. Un cantante émulo del famoso Pedro Infante para aderezar el ambiente político, con el repertorio completo aprendido y sin parar de cantar, con su micrófono y bocina portátil. Media docena de indígenas nayaritas, huicholes, vestidos con sus tradicionales trajes. Dos o tres personas asomadas desde las ventanas en edificios aledaños; y, Terry, el canadiense encanecido que vive en inmueble departamental, justo al lado de la casona-oficina del virtual presidente electo de México. Divertido, cámara en mano, tomaba fotos. Para nada le incomoda el extraordinario movimiento humano. Se entretiene.
Mezclados entre visitantes, periodistas y curiosos, personal que da la impresión de observar y escuchar todo, atento a procurar el orden y orientar  a quien llega, si es necesario. Dispuestos a formar una valla cuando el presidente electo la pide para poder retirarse y subir a la camioneta que lo llevaría al aeropuerto. Destino: la selva lacandona.
Los peticionarios con diversidad de problemas locales, regionales, personales, la solicitud de trabajo y muchos otros. La respuesta para todos ellos, directa, sin falsas expectativas: “no se puede hacer nada, todavía no somos autoridad, hay que esperar varios meses, esperar a que tome posesión en diciembre”. A pesar de la advertencia, sin perder la esperanza, entregan los documentos.
En guardia, en espera de gente que entra y sale, periodistas. Hay quienes cubrieron la campaña y no quisieran seguir la cobertura en presidencia de la República. El trabajo, pero sobre todo las condiciones para desarrollarlo, no los alienta. Sin embargo, por conservar el ingreso raquítico, seguirán y harán lo que digan en sus empresas. Por la nueva realidad política, el desgaste sería mucho mayor. Todo indica que la cobertura mediática se trasladará a Palacio Nacional, desde muy temprano, desde las seis.
Los vecinos, resignados, con la comedida petición en cartulinas de que se respete el entorno y no se dañen áreas verdes. El llamado es atendido. El tránsito en calle no es bloqueado, salvo los días que acudieron funcionarios de Estados Unidos y Canadá. Hay personal uniformado que procura que sea continua la marcha de los autos. También cuidan que no estorbe la camioneta de Andrés Manuel. Lo vi salir de la casona y subirse al transporte en cuestión de minutos. No es blindada. Tampoco lo acompaña una caravana de vehículos con personal de seguridad, ni atrás ni adelante. Ni siquiera una ambulancia, que en otros tiempos, ya estaba incorporada a la comitiva.
La casona está resguarda por uniformados de alguna empresa de seguridad privada. Se ven los indispensables. El de la puerta exhibía kilos extras. Cordiales, no con actitud de atemorizar.
Adentro, no se. Lo que te cuento es lo que examiné desde afuera. Supongo que al interior deben existir medidas para que nadie los espíe o grabé. Tienen en el equipo gente que sabe de estas tareas. Recordé que Alfonso Durazo se esmeró porque el extinto Luis Donaldo Colosio no fuera grabado, sobre todo desde que descubrieron micrófonos en las oficinas de la Sedesol. Durazo fue cercano colaborador del malogrado político.
Al virtual presidente electo se le puede ver desde la calle, cuando sale a la escalinata a dar conferencia de prensa. La de esta ocasión, la abandonó porque tenía que irse a la Selva Lacandona. Ahí dejó a los nuevos funcionarios del sector energético para responder preguntas de los periodistas. Anticipó que en septiembre hará recorrido por el país acompañado de la prensa. La valla y a la camioneta, sin dejar de recibir empujones de gente ansiosa de saludarlo o entregarle por escrito la queja.
Visitar la calle Chihuahua de la colonia Roma no es costoso ni complicado. Solo pagué seis pesos para observar lo que les he platicado.

Cuando eres joven, te quieres comer el mundo. Todo te parece alcanzable. La entrega en el escenario es total, alto rendimiento, como si el organismo fuera carro nuevo, nada le falla. No es una competencia entre ellos, sino consigo mismo. La meta es la fama, ya van más allá de la mitad del camino.
La mayoría de los que cantan y actúan en el musical “Los 40” en el Foro Chapultepec de la Ciudad de México tiene hambre de ser. Es evidente. Los adultos como Gerardo González, con experiencia acumulada, se contagian del ímpetu que da la corta edad y la energía juvenil.
Todos, sin excepción, exhiben cualidades hasta donde el límite de sus fuerzas lo permite. Colectivo sincronizado. Cada uno cumple con el papel que le corresponde. Funciona el equipo.
La obra musical tiene historia hilvanada, coherente, que resalta valores y defectos humanos, la versatilidad sexual, emociones, sentimientos, el amor, la alegría, el encanto, la belleza, la fortaleza física, los afectos familiares, la fidelidad, la infidelidad, el humor y las consecuencias de llevar una vida sin freno.
Hay empatía entre la historia y las canciones, calidad musical de cantantes y músicos. Todo en su lugar, los bailes, la escenografía, las luces, el vestuario, las pelucas, cortes y peinados. “Los 40” es una obra probada que tiene su origen en España, basada en los éxitos de la cadena de radio “40 principales”, con libreto de Daniel Sánchez Arévalo.
Produce Faisy, dirige Ricardo Díaz y la coreografía es de Neisma Ávila. Los tres con perfiles sólidos, calificados en su especialidad.
Voy a citar a cada uno de los participantes en la obra, por su nombre, porque seguro, mañana, cualquiera de ellos, por sus ganas y méritos, llegará a la cima. Más vale que anotes su nombre, como un ejercicio para constatar en el tiempo, que cuando se quiere, se puede. Tener éxito profesional, fama y dinero. Ojalá todos lleguen, pero a veces se atraviesan obstáculos insalvables para algunos. Es la vida, unos llegaran primero y otros después.
Por lo pronto, es indiscutible que todos tienen madera y disposición para terminar de pulirla.
Digno de ver “Los 40”. Muy bien por la comunión y el esfuerzo colectivo de: Luis Javier Duhart, Fran Meric, Faisy, Regina Vallejo, Alberto Collado, Rubén Branco, Gerardo González, Melissa Galindo, Yanys González, Darren Portman, Jacko Prado, Scarlet Ramírez, Dita Edith Pérez, Ale Berrmejo, Paco Ortiz, Brian Mejía, Eduardo Noyola, Fergo, Ignacio Nass, Lupillo Martínez, Mayra Grissel y Jonathan Castillo.
La gente sale del teatro sonriente, contenta y motivada por la impetuosidad juvenil del musical “Los 40”.

María Filippini dice en su twitter: “siempre me pongo nerviosa” cada vez que está por subir al escenario. La verdad, su experiencia, calidad y profesionalismo borran pronto ese desasosiego.
Por el contrario, se ve como una actriz realizada, con voz educada y domina el guión de manera natural.
La vi actuar en la comedia romántica musical “¡Perro Ámame!”. Es una maestra, próxima a la tercera década como artista.
En otro musical, “Mentiras”, que ha sido exitoso por más de diez años, la valoré por primera vez. No sabía nada de ella. Por fortuna, para estos casos, tengo cerca a mi esposa. Identifica y conoce mucho más a los artistas, por su nombre e historia.
María es simpática y graciosa en su personaje de “Mentiras”. La escuché cantar como debe hacerlo quien quiere interpretar a las famosas de los ochentas en México. Le imprime su estilo.
Esmerada en su trabajo.
También tiene en su historial participaciones en obras como “Mamma mía”, “A ChorusLine”, “Mame” y “Si nosdejan”, Ha explorado el disco con “Sujétame”. Cantó en Valores Juvenilesy fue protagonista de la película “Lluviade Luna”.
Ha dado clases de actuación en la Escuela de Artes de la Universidad Anáhuac y en el 2011 recibió el Premio Nacional de la Mujer.
Artista empeñada en dar el cien como artista. Es versátil.
Ahora en “Perro Ámame”.No me costó trabajo ubicarla e identificarla. Graciosa, seria, apasionada y entusiasta en su personaje de mujer divorciada de 40 años, autora de un libro que describe de manera perruna la conducta de los hombres y termina por enamorarse de uno más joven que ella.
Su compañero Rykardo Hernández, impecable en su papel de galán y experto para interactuar con el público. Sencillo. Nada que criticarle a su voz a la hora de cantar. Sentidas y limpias interpretaciones.
Ambos con calificaciones aprobatorias, en una obra entretenida y divertida. Con un maestro del teclado que le sigue el juego a los actores. La escenografía no cambia pero es suficiente para el objetivo de la trama, un restaurante o cafetería donde se encuentra los dos personajes, a la luz de una vela.
Nadie sufre como espectador. Te ríes y mantienes todo el tiempo la atención en el escenario. Los oídos bien abiertos. Inquietud, sí, entre el público, cuando Rykardo empieza a interactuar con la gente, pero nada para alarmarse, es parte de la diversión de la obra.
Así que, María Filippini, no tienes ningún motivo para ponerte nerviosa. Has crecido en el escenario y tienes ganada la admiración del público. El aplauso.

Fue protagonista y heroína de la primera Transformación en México, la Independencia. Ya vamos para la cuarta, es lo que anticipa el próximo nuevo gobierno (la segunda, la Reforma, la tercera, la Revolución). Considerada la primera periodista mexicana. La única que hasta ahora ha tenido funerales de Estado y sus restos han recibido toda clase honores, desde ir a la Rotonda de las Personas Ilustres hasta la columna donde se posa el Ángel.
Su nombre tan largo como grande su participación en esa gesta histórica, como inmensa la Hacienda de San Francisco Ocotepec (a dos kilómetros de Apan, Hidalgo) que recibió para ser indemnizada por sus servicios al país. Antes, por la guerra, le habían quitado todo, por espiar para ayudar a los insurgentes, por financiar y proteger a los rebeldes. Su familia era adinerada en el virreinato. Y ella utilizó el dinero para luchar por sus ideales.
Se llamaba María de la Soledad Leona Camila de San Salvador, mejor conocida como Leona Vicario. El Congreso de la Unión le dio el título de Benemérita y DulcísimaMadre de la Patria  y, la Cámara de Diputados colocó su nombre con letras de oro en el muro de Honor del recinto legislativo. A los 18 años, huérfana de madre y padre. A los 20 años se casó con Andrés (coincidencia con el nombre de pila del próximo presidente de México) Quintana Roo. Ambos en la batalla por la libertad de México.
La descubrieron y fue a dar a la cárcel. Con el auxilio de sus aliados logró escapar. Nunca delató a los insurgentes, a pesar de los interrogatorios. Era parte de una red de mensajería que comunicaba a Hidalgo y Morelos. Pasó de la opulencia a la vida de sacrificio. La primera de tres hijas la tuvo en una cueva. Ahí dio a luz, para evitar volver a ser detenida.
“¿A quién le importa en este momento hablar de la Hacienda de Leona Vicario?” cuestionamiento que calló de tajo a quien pretendía que en reunión de amigos fuera tema de conversación. Cerró la boca. El de la voz interruptora se salía con la suya. Consideraba que no podía haber mejor tema que la integración del equipo de la siguiente administración federal.
Yo era testigo mudo de ese conversatorio. Y para mis adentros empecé a recordar que la hacienda tiene su historia. La conozco. Además, Doña Leona Vicario fue participante de la primera Transformación, la Independencia. Ahora se ha puesto de moda en México hablar de Transformaciones.
Recordé la majestuosidad de la Hacienda. Sus muros y pasillos. Salas y largos comedores. Los estantes semivacíos de la biblioteca, porque su dueño, Don Saúl Uribe Ahuja, decidió donarlos a la Universidad de Hidalgo. La cama intacta donde dormían la heroína y Andrés. Las habitaciones de las tres hijas eran contiguas y si alguna pretendía salir de la casa, forzosamente tenía que atravesar la recamara de sus progenitores. Cuidados y valores practicados hace más de dos siglos.
Construida en el llano de Apan, donde tuvo su mayor auge la siembra de maguey y la producción de pulque, donde no podía faltar una capilla en honor de San Francisco de Asís. Ahí está también, restaurada, el espacio que funcionó como oficina de Leona Vicario, antiguas máquinas de escribir, documentos con firmas de Porfirio Díaz y Francisco I. Madero. Obras pictóricas de la época. El clásico tocadiscos. El radio de bulbos.
Abierta a los turistas e investigadores. Hacienda de amplios jardines. Las vías del tren a 500 metros. Jesús es el nombre del joven historiador que está de base en el lugar para organizar y hacer el recorrido con los visitantes. Sabe de los detalles del pasado y de lo que se hace para mantener el inmueble. Admira y respeta al actual dueño de la Hacienda. La familia Uribe adquirió la hacienda a principios del siglo pasado.
Don Saúl Uribe Ahuja, abogado prestigiado, con 91 años de edad, con parálisis parcial, obligado a estar sentado en una silla de ruedas, con mente brillante, estudioso, lúcido, ordena el cuidado y mantenimiento de su patrimonio. Tiene el equipo humano para hacerlo. Y no se rinde.
Lo único que lamenta es tener que enfrentar un litigio por esa propiedad. Lo peor: es con seis de sus ocho hijos, que supusieron moriría después de una embolia. Sin su consentimiento, cuenta Don Saúl, se favorecieron con una irregular donación, que nunca firmó el dueño.
Caso que reclama justicia. Seguro que si viviera Doña Leona Vicario, ya hubiera reprendido a los abusones.
Por eso no es ocioso el tema, ni más ni menos importante que hablar del nuevo gobierno. La Hacienda de Doña Leona Vicario y la injusticia que sufre Don Saúl Uribe Ahuja, están relacionados con Transformaciones, respeto a valores y combate a la corrupción.

El 30 aniversario del Salón Dès Aztecas. Cuando me enteré que el evento conmemorativo sería en la calle 13 de la colonia San Pedro de los Pinos, lo primero que pensé fue en la inseguridad que existe en la zona, aunque para ser francos el problema es en toda la Ciudad de México. Sin embargo, la inquietud acentuada obedecía a que días atrás, en calle aledaña, habían intentado asaltar a un amigo. Con pistola en mano trataron de quitarle su automóvil. En medio del congestionamiento, logró avanzar, escapar de la delincuencia. Estuvo expuesto al balazo. Tiene pavor a pasar de nuevo por ese rumbo. Trauma. Cuando le platiqué del festejo, su reacción inmediata fue: “ni te pares por ahí”.

La verdad, no queda más remedio, por lo menos hasta ahora, que acostumbrarse a vivir o sufrir con la inseguridad.

El festejo cultural programado a las 19:30 horas, justo cuando empiezan a caer las sombras de la noche.

Tomé previsiones. Visité un día antes la calle 13, a pleno sol. Ubiqué el número 58 de esa arteria. Edificio desteñido. Ningún letrero. Nada que diera indicios de que al día siguiente sería escenario de la exposición de arte titulada  “pasado, presente y futuro” con motivo de trigésimo aniversario de los salones azteca. Además, la inauguración de dos salones más: “Salón Dès Classes y Salón Dès Artistes”, en beneficio de quienes andan en busca de espacios para mostrar obra. En el portón del estacionamiento observé pequeña ventanilla. Miré hacia adentro. Lugar como para dos o tres autos. Al fondo, la entrada a un departamento. Inidentificable sus características. Por un instante supuse que traía el número equivocado de la calle. Apenas volví a casa, lo verifique. Estaba correcto.

Llegó el día y puntual a la cita. Ambiente distinto. Había ya más de una veintena de personas. Seguían llegando. Era el sitio. Vestido de manteles largos con la obra de más de cincuenta artistas. Pinturas, esculturas, obras pequeñas y de gran formato, performance.

Aldo Flores, pintor y promotor de los salones, se desvivía en narrar la historia de los salones, el esfuerzo colectivo. La participación en el proyecto de Francisco Toledo, Jazzamoart, Philip Bragar (falleció el año pasado), Gustavo Aceves, Octavio Moctezuma, Enrique Cava, Rubén Rosas, Luciano Spanó, Néstor Quiñones,  Antonio Gritón, Filogonio García Calixto, Juan San Juan, Claire Becker, Martín Rentería, Barry Wolfryd y Antonio Sainz.

El entusiasmo de los creadores emergentes Alejandro Lavanderos, Yarley Flores, Óscar Delgado, Adriana Martínez Domínguez, Sebastián Bermejo Jiménez y muchos otros. Exposición con vigencia hasta el mes de agosto.

Nuevos espacios para exponer obra. Lo del número 58 de la calle 13 no era todo. Enfrente, del otro lado de la acera, una casona con más pintura y escultura. Figuras como la de un personaje con sotana, descabezado, que puede quitarle el sueño a más de uno. Juego de luces. Aparatos musicales, batería, contrabajo y piano, que parecían tocar solos. Había música grabada de jazz. Tampoco olvido la pequeña escultura del anciano cargando un cocodrilo y la de un canino con cabeza humana. Mucho que ver.

Me olvidé de la inseguridad e imaginé que ese mundo del arte inundaba la Ciudad de México.

Sergio está orgulloso de su camiseta. La defiende y la suda. La ve y la siente como parte del patrimonio de su familia. Lleva su nombre. La marca de la casa. Jamás pensaría en quitársela para ponerse la de sus competidores o adversarios como hacen políticos. Tampoco simularía o pretendería engañar a sus seguidores como sucede con futbolistas profesionales cuando no hacen el mayor esfuerzo en el campo de juego.
La camiseta solo se la quita para lavarla. Para nada le pasa por la cabeza renunciar a sus principios. No tiene ideología ni milita en partido alguno. Su filosofía particular es una mezcla de congruencia, lealtad y amistad. Congruente con lo que piensa y hace. Vive de su trabajo, el negocio de los helados que aprendió desde la infancia, al lado de su padre. Tiene una fórmula secreta que cuida como su mayor tesoro. No va a las exposiciones o ferias de la nieve para no correr el riesgo de que la competencia logre copiarla. Ese secreto quiere heredarlo a sus hijos, se dediquen o no a lo mismo.
Procura a sus clientes. Amigable con todo el que se le acerca. Invita nieves a uniformados. Entre sus compradores, hasta compadres tiene. Grita “¡Nieves!” para llamar la atención. También chifla. Sonido peculiar en dos tiempos, con alcance de varias cuadras.
Nieves apetecibles, deliciosas. Su éxito lo confirma. Más de 40 sabores, de leche y de agua, para todos los gustos.
Por largo tiempo consumí la de piñón, con piñones auténticos, no nada más el puro sabor. En la actualidad prefiero cereza, con cerezas auténticas. Ambas de primera. Precios según el tamaño del vaso, razonables. Debo decir que no le pide nada a las que se hacen en Coyoacán y Condesa.
Sergio López Navarrete, de 47 años de edad, trabaja en la colonia Nápoles de la Ciudad de México, no tiene un establecimiento formal. Vende en la calle, en la esquina de Nueva York y Arizona. Es parte del mercadillo que se instala cada domingo sobre Filadelfia. Ahí desde hace 30 años. Domingo tras domingo. En verano y en invierno. Todo el año. Sus ausencias por motivos de salud, festejos familiares y visitas al pueblo. Contadas.
Tres momentos, tres estampas de su ajetreo nevero. La que lo llena de gozo es cuando no tiene respiro entre despachar una y otra nieve. En la tapa de la barrica va el nombre de cada una. Rápido para servir y ágil en el cobro.
Otra imagen significativa. Cara de angustia. Al menos un mes, cuando sus barricas fueron levantadas por la camioneta delegacional. Había nueva cuota. No había opciones. Intentó resistir. Por fin recuperó sus recipientes de madera. Volvió a su habitual esquina. Desconozco el arreglo. Lo imagino. A trabajar,  como si nada hubiera pasado. De nuevo los clientes que extrañaban la delicia de la nieve cada domingo. La camiseta puesta.
Tercer momento, el día que llegó al sitio sin barricas, con cara desdibujada, cara de “muerto”, descompuesto por un impacto negativo, perjudicial. Le habían robado su camioneta Ranger 93. Nunca más la volvió a ver. La denuncia ante la autoridad solo fue cumplir el trámite administrativo. Ni modo de cargar al lomo 20 o más barricas. En  taxi tampoco caben. Surgió la solidaridad familiar. Una de las hermanas le presta su camioneta para ese propósito, exclusivamente. Recobró la sonrisa. Otra vez el chiflido, el grito de “¡Nieves!” para convocar a sus clientes.
A sudar la camiseta, la viste orgulloso.
No entra en sus planes ponerse una distinta, mucho menos la de quienes han sido adversarios, porque entonces confundiría a sus clientes, perdería confianza.
La lealtad de Sergio López Navarrete a la camiseta contrasta con lo que ocurre en política.

A César Yáñez Centeno Cabrera lo conozco desde que empezó su carrera política al lado del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, en la campaña presidencial de 1988, como parte del equipo de prensa del entonces candidato presidencial. La primera vez que el hijo del general Lázaro Cárdenas buscaba llegar a Los Pinos.
Decir “equipo” de comunicación sería un exceso, porque nada más lo integraban dos personas, Armando Machorro y César. Ambos hacían la cobertura de los actos de campaña. Por la forma en que se desempeñaban, el primero tenía la principal responsabilidad y estaba más cerca del ingeniero.
Había ocasiones en que los dos sumaban más que el número de representantes de medios de comunicación que hacían la cobertura. Siempre fue suficiente una camioneta para transportar a los periodistas. Eran dos unidades, la de Cuauhtémoc y la de los periodistas. Sobraban lugares en el vehículo destinado a los informadores, a pesar de que ahí mismo viajaban Armando y César.
Otros tiempos, la pluralidad no había llegado a los medios. Se contaban con los dedos de una mano los que daban espacios a la oposición. La mayoría no iba a las actividades de campaña. Cuando citaban al candidato, lo criticaban y trataban de minimizar sus actos. No existía la obligación de darle equidad a la presencia de candidatos en medios.
Cada medio aplicaba su propio criterio. Prácticamente no existía la campaña de Cuauhtémoc en medios electrónicos y muy escasa la información que difundían los escritos.
El Universal, periódico en el que laboré 18 años, se caracterizaba por la apertura. Recuerdo que fue el primero que abrió sus páginas a todas las corrientes políticas. Con la representación de este medio, seguí todo el tiempo la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas.
César Yáñez se concretaba a realizar su trabajo, la tarea que le era asignada por Machorro. Discreto, parco. Sacaba o transcribía versiones de entrevistas que le hacían al ingeniero. A veces me parecía que participaba en misiones de logística o actividades no propias del contacto con la prensa.
Armando Machorro hacía las relaciones públicas con los periodistas, departía, ayudaba en lo que se ofrecía, intercambiaba impresiones y era el conducto cuando se requería entrevistar al ingeniero.
César Yáñez cumplía su papel, nunca observé un intento por desplazar o rebasar a Machorro en el trato con los periodistas. Se veía que entre ellos existía excelente comunicación.
Solo una vez registré alguna diferencia, cierto distanciamiento, que el propio ingeniero Cárdenas se encargó de resolver. Lo vi hablar con los dos, llamarles a atención y aclarar puntos.
La lealtad al ingeniero distinguió a Machorro y seguro que César Yáñez aprendió en ese tiempo la importancia de esta cualidad. Ayudar y hacer únicamente lo que diga el líder.
También la perseverancia, otro de los valores del ingeniero.
Por eso es que ahora vemos a César como sombra de Andrés Manuel López Obrador, su fiel colaborador desde la jefatura de gobierno en la Ciudad de México, hoy vocero de la campaña presidencial.

Hasta ahora no había escuchado a nadie que hablara con tanto conocimiento y pasión de la obra y vida del muralista David Alfaro Siqueiros. Apoyado con videos, proyecciones de alta definición, fotografías, documentales, recursos multimedia, pero sobre todo con una elocuencia cautivadora. Debo decirles que en el Centro Universitario Cultural (CUC) hubo gente que se puso de pie para aplaudirle, como si fuera la actuación de un artista comercial, de los que convocan a masas en grandes escenarios.
La verdad, Gregorio Luke es artista de la narración, que te atrapa desde el primer momento, que sabe interactuar con el público, que levanta de su asiento a los asistentes para que caminen de un lado a otro, de derecha a izquierda y viceversa, para admirar el efecto que imprimió Siqueiros a una de sus pinturas.
Agradezco a la periodista Pilar Jiménez Trejo quien también es una artista, cuando se trata de escribir y hablar del poeta inmortal Jaime Sabines, la invitación para escuchar a Gregorio, oportunidad para recordar a Siqueiros, conocer algo más del Polyforum, el monumental mural La Marcha de la Humanidad, que se encuentra en la colonia Nápoles de la Ciudad de México, donde han quitado decenas de árboles para empezar a sembrar cemento y levantar otro edificio, al lado del gigante Word Trade Center(WTC).
Gregorio Luke, hijo de la fallecida coreógrafa Gloria Contreras, considerado un embajador del arte y la cultura mexicana, ha sido agregado cultural de México en Los Ángeles y director del Museo de Arte Latinoamericano, especializado en llevar conferencias multimedia a parques, comunidades y escuelas populares. Sumó un éxito más a sus presentaciones por el mundo.
En el caso de Siqueiros, recordó hasta al abuelo de este gran pintor y muralista, tan particular que era llamado el “siete filos”, por la agudeza de su lenguaje, punzante e irónico.
La filiación comunista le costó a Siqueiros visitar en diversas ocasiones la cárcel, acusado de sedición. Sus detractores ideológicos nunca pudieron ni han podido ni podrán opacar la grandeza de la obra. Está a la vista de la sociedad, del pueblo e insertada en espacios universitarios, emblemáticos, históricos y en zonas dominadas por el imperio comercial.
A Luke para nada le ha gustado la decisión de tirar los árboles que rodeaban el Polyforum, en primer lugar, porque en estos tiempos de contaminación, juzga imperdonable deshacerse de lo que es fundamental para mejorar el aire que se respira en la ciudad.
Segundo, porque está convencido de que el fundador y empresario Manuel Suárez nunca hubiera permitido la deforestación. Confía en que la familia y dueños de ese espacio de La Nápoles restituyan el cerco arbolado.
Evidentemente, David Alfaro Siqueiros, desde el más allá, sigue siendo un dolor de cabeza para quienes tienen un pensamiento contrario al suyo. Por eso mismo, Luke recordó una fábrica de autos norteamericanos que en el último momento rechazó la figura hecha por el pintor para identificar la marca.
Quizás, lo que más reprueban a Siqueiros, es su participación en el atentado fallido contra el revolucionario soviético León Trotsky, quien se encontraba exiliado en México, finalmente asesinado por el certero golpe que le dio Ramón Mercader con un piolet en la cabeza.
Calidad del relato de Gregorio Luke sobre Siqueiros. Las autoridades todavía están a tiempo para grabarlo para la televisión, como sugirió uno de los conmovidos asistentes a la conferencia.

Lo que defino como “Voto Derbez” puede convertirse en factor relevante en las elecciones presidenciales del 1 de julio en México.
¿Por qué?
Hay un sector sustancioso de la población que no avaló la intención de chairos de boicotear la película “Hombre al Agua” de Eugenio Derbez, todo porque el artista mexicano en una entrevista para Radio Fórmula, en el programa de Ciro Gómez Leyya, no expresó su simpatía por “ya saben quien”.
“Ofensa” de ese tamaño era imperdonable. Pronto vino la descalificación para Derbez, porque ni de manera indirecta o subliminal aludió al tabasqueño, como lo hacen otros personajes.
Derbez, al menos hasta el día de la entrevista, no había decidido con quién están sus simpatías políticas. En su calidad de ciudadano, tiene derecho a reservarse la información, el voto es secreto. ¿Te imaginas que se hubiera pronunciado por Anaya o por Meade?. Seguro que los chairos lo crucifican. De cualquier forma, no se salvó de la reprobación mediática.
Hubo llamados hasta para realizar manifestaciones en las salas de cine donde exhibieran su película y voces en las redes sociales calificando de malo y aburrido el filme.
En ese contexto, dos semanas después del estreno, decidí ir a ver la película. Supuse que cualquier sala de la Ciudad de México que escogiera, estaría vacía. Por el contrario, no digo que llena, pero había gente, mucho más de la que hubiera imaginado, parejas, familias, padres con sus hijos. Gente sencilla. Pueblo que tiene en su corazón y admira a Derbez.
Desoyeron a los chairos, ignoraron la reprobación, la convocatoria al boicot. Claro aviso de que las acciones tiránicas no son aceptables, sin importar quien las haga, por muy favorecido que pueda estar en encuestas. Los chairos se metieron con un artista popular, querido. Les puede costar votos. Molesta que te quieran imponer hasta lo que debes o no debes ver.
Por lo mismo, esos ciudadanos, si deciden ir a las urnas a votar el 1 de julio, no es nada disparatado que, cuando vayan a cruzar la boleta, recuerden quien intentó prohibirles la película “Hombre al Agua” de Eugenio Derbez.
Aficionados al cine de Eugenio, sin hacer ruido ni escándalos, sin lanzar amenazas en redes sociales ni denigrar a nadie, sin insultos ni discriminaciones, podrían cobrar la afrenta.
La película no es para competir por un premio de la academia de Hollywood. Sin embargo, me consta que los asistentes a la sala de WTC salieron encantados, sonrientes. Pasaron rato amable, alegre, divertido, lo que no les puede dar ni el puntero en encuestas.
Ha sido un error de los que creen que el arroz ya está cocido haber intentado boicotear la película.
El “Voto Derbez” puede echar sus aspiraciones al agua.

De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México hay alrededor de 2.5 millones de albañiles.

Por lo competida de la elección presidencial del próximo 1 de julio, para nada es despreciable ese número. No olviden que en el 2006, la diferencia entre el primero y segundo lugar, fue apenas de .56 %, el equivalente a 233,831 votos. Por eso lo valioso del voto de los trabajadores de la

[caption id="attachment_3535" align="alignright" width="168"] Hideki Kawamura[/caption]

construcción. A pesar de ello, hasta ahora, salvo la foto acostumbrada por el día de la Santa Cruz, no he visto el esmero de los candidatos por acercarse y ganarse dicho apoyo.

Al lado de mi domicilio, en la Ciudad de México, construyen un edificio habitacional. Evidente el desarrollo de la industria de la construcción para donde quiera que se mire en la zona metropolitana.

Lo inevitable es el ruido. Me despierto con el ruido y lo escucho hasta que desaparece la luz del día. Cuando observo por la ventana, ahí están los albañiles, sobre lo que llaman columpio o en un andamio, trepados para pegar tabique o aplanar paredes, colocar varillas o preparar techos para el colado o cemento que inyectan las revolvedoras.

Albañiles que no son ajenos a los adelantos de la tecnología, las novedades para comunicarse. Sin excepción, cada uno con su teléfono celular. Mandan mensajes cuando toman un respiro o descanso, contestan llamadas o ellos hacen la suya. Toman fotos de lo que hacen y reciben instrucciones de sus jefes por ese medio. Ya no hay gritos para cuando alguien que está en la planta baja quiere darle un mensaje al que trabaja en el quinto o sexto piso. Tampoco tienen que andar con una pluma o un pedazo de papel para apuntar recados o hacer cotizaciones. El teléfono también les sirve para ese propósito. No se diga a la hora de la comida. Apenas terminan el alimento, el celular en sus manos.

En ese contexto resulta elogiable que la empresa CementosFortalezahaya creado una aplicación gratuita para los albañiles, de cualquier parte del país. “Entre maestros”, es su nombre. Por lo pronto para quienes cuenten con el sistema Androide y en el primer año con capacidad para 100 mil usuarios. Por este medio, podrán archivar fotos de sus trabajos, cotizaciones, videos técnicos y hasta recibir asesoría de un experto de la cementera. Está dirigida a los maestros albañiles. También puede ser útil para todos los trabajadores que de distintas maneras participan en la industria de la construcción, como plomeros y pintores.

Hideki Kawamura, director comercial, y Claudio Páramo, director de mercadotecnia, presumieron la APP. Pioneros en la materia, con ese enfoque. Y gratis para los albañiles.

Supuse que Kawamura no sabía hablar español. Lo domina y tiene toda la traza de mexicano, con raíces orientales inocultables en su nombre. No es candidato ni anda en busca del voto de los albañiles. Lo motiva reconocer la importancia del gremio de la construcción en su negocio. Sector de 2.5 millones de trabajadores que todavía parece pasar desapercibido para candidatos presidenciales.

Es la historia de un ratón bien alimentado. No es de los asustadizos que al primer ruido que escuchan, salen despavoridos hacia su refugio. Tampoco pertenece a la familia de los “ratones verdes” que han hecho famosos algunos cronistas deportivos, para referirse a jugadores de futbol que se espantan ante cualquier rival y corren sin sentido, con ánimo derrotado. No es de los que se achican y mucho menos merecería ser llamado “ratoncito”.

Sin llegar a rata, que es de mucho mayor tamaño, el ratón protagonista de esta historia es robusto, perverso, ágil, veloz, calculador, valiente, listo, cauto, retador. Ni idea de cuánto tiempo lo tuve de huésped. Jamás lo vi moverse durante el día. En la cocina todo parecía normal, en orden.

Hay dos puertas de cristal reforzadas con hierro en forma cuadriculada hacia reducido jardín. En ocasiones se abren para alargar o hacer crecer el espacio donde se desayuna y guisa. Por años, para cuidar que no entrara ningún insecto o animal, taponeé con tira de alfombra el resquicio de las puertas. Todo iba bien hasta que mi esposa observó que había un orificio en uno de los extremos. No le di importancia.

Pasaron varias semanas. Después de nuevo aviso conyugal, busqué pequeño pedazo de alfombra para cerrar la abertura. Al día siguiente, otra vez el agujero. Raro para mi. ¿Quién lo quitó? ¿Sería el aire? ¿Sería un ratón? Las preguntas que me hice. Empecé a revisar el espacio interior. Con una vara hurgué debajo del refrigerador. ¡Sorpresa! Saqué un limpio hueso de pollo, pedazo de cascarón, cáscara de fruta y migaja de pan.

Conclusión: hay ratón en casa. Vive feliz, no es molestado. Se desplaza por las noches, cuando ya están apagadas las luces y no hay movimiento humano en la cocina. Come bien. Guarda sus reservas en la angosta parte inferior del frigorífico. Alarma casera. Mayor protección para los alimentos, embolsar por la noche la basura. Limpieza total.

Compra de ratonera usada, veneno para ratones y ratas. La trampa la adquirí por recomendación del velador del estacionamiento público aledaño. El mismo me la vendió. Su mejor argumento fue que había atrapado una docena de roedores. De las que encierran al animal, especie de jaula pequeña. También compré veneno, pero nunca abrí la caja. Me atemorizó su instructivo. Al final la regresé a la ferretería donde la había comprado. No me devolvieron dinero, acepté la “catafixia chabelera” por otro producto.

La trampa no funcionó. Nunca entró el ratón. Reforcé la tira de alfombra. La roía. Nada parecía detenerlo. El colmo de su osadía. El reto. Una noche lo esperé pegado a la puerta. Lo vi pasearse. Yo del lado de la cocina. El ratón del lado del jardín. No se asustó ni corrió. Se detuvo frente a mis pies. Intercambiamos miradas, asomó la sonrisa por su hocico puntiagudo. Al menos esa fue mi percepción. Se está burlando. Pasó al lado de la trampa. Se marchó en el momento en que lo decidió. Esperaría a que me fuera a dormir para volver a incursionar en la cocina. Listo. A la mañana siguiente encontraba excremento en el piso.

¿Qué hacer con un roedor cínico, que sabía burlar la trampa y reírse de su víctima? ¿Cómo evitar la sustracción de las sobras de alimentos? Mi esposa vio una rata en la barda del edificio vecino. También camiones de redilas del gobierno de la Ciudad de México (CDMX) en el estacionamiento público, de los que utilizan para recoger hojarasca de los parques. De inmediato dedujo que en ese transporte habían llegado los roedores, entre hojas y basura. El vigilante me aseguró que sólo 15 días más estarían ahí los camiones.

El problema seguía, el ratón dedicado al robo de restos de comida, aunque ya nada encontraba, por la operación limpieza. De cualquier manera entraba a la casa, que era como su casa. La tira de alfombra no era obstáculo. La roía con facilidad. Deshilaba un tramo para hacer el orificio, en minutos.

“Veneno no le ponga, porque luego desconoce el sitio donde muere y se entera cuando empieza el hedor, la putrefacción. Lo mejor son las placas de pegamento”. La recomendación del “viene, viene” de la calle, que ahora la hace de “milusos” porque su antiguo negocio quebró con los parquímetros. Hacía la sugerencia basado en su experiencia. Trabaja de conserje en un edificio habitacional y es el método que ha utilizado para deshacerse de roedores.

Compré las placas de pegamento, dos en la caja. Leí instructivo: “póngalas por donde crea que transitan las ratas o ratones. Una vez que el roedor se haya pegado en una, utilice la otra para ponerla encima.

En la puerta coloque las placas, separadas. Me fui a dormir tranquilo, con la ilusión de que esta vez no escaparía el ladrón de cuatro patas. Así fue. Apenas clareó, caminé hacia la cocina.

Revise las placas. Una estaba volteada. Se movía. Me acerqué con sigilo. Descubrí que ahí estaba el ratón, dando la batalla, tratando de despegarse. Tomé la vara para golpear la placa. Chillido escalofriante. Me acordé de las películas en la que los malos se torturan entre ellos y uno vocifera: “chilló como rata”, por el dolor y muerte causada al otro.

Otro varazo, otro chillido y el ratón dejó de moverse. Había llegado su fin. Lo eché en una bolsa y se lo di al camión recolector de basura. Inspeccioné la cocina. Me pareció que lo sucedido produjo una estampida, porque vi más de un orificio en la tira de alfombra. Quizás había más de un ratón. No lo se. Solo vi uno. Hay un dicho que dice “muerto el perro, se acabó la rabia”. Aquí era un ratón. Una vez atrapado, se acabaron los hurtos y el cinismo del perpetrador.

¿Y si le ponemos trampas de pegamento a los ratones y ratas de dos patas?

La historia de hoy resalta dos valores que en la sociedad a veces parecen extinguirse. Seguro que con la descripción, encontrarás otros más. Ejemplos de convivencia y comportamiento.

De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, lealtad tiene tres significados: 1.- Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien. 2.- Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales como el perro y el caballo. 3.- Legalidad, verdad y realidad. Sobre agradecimiento, el diccionario dice que es la acción y efecto de agradecer. Y el significado de agradecer: 1.- Sentir gratitud. 2.-Mostrar gratitud o dar gracias. 3. Dicho de una cosa: corresponder al trabajo empleado en conservarla o mejorarla.

Una mañana, en la ventana de la casa de mi amigo Jorge que da al jardín (es una forma elegante de llamarle, porque no tiene plantas ornamentales y muy escaso césped, abundan plantas silvestres y espacios áridos. Descuidados, quizás, calculo, quince metros cuadros) estaba acurrucada una paloma. Tocó el vidrio varias veces para espantarla. No se movió. Hizo más ruido. El ave, con dificultad, voló al suelo, apenas un metro. Exhibió que tenía dañada una pata, unas de las “llantas” de su “tren de aterrizaje”

¿Y qué hacer con la paloma?

Jorge pensó en atraparla y luego dársela al  “viene, viene” que opera en su calle o al recogedor de basura. También consideró soltarla y dejarla a su suerte en la vía pública. Optó por darle tiempo para recuperarse, dejarla dos o tres días en el jardín, esperar para verla volar de nuevo.

Al día siguiente, llegó otra paloma, en perfectas condiciones. Vino para acompañar y ver que sucedía con la lesionada. Estuvo dos o tres horas. Se fue. Al tercer día, lo mismo y algo más. Como si fuera una araña, trepó por la ventana, para llamar la atención de Jorge.

Mi amigo no conoce el “lenguaje” de las palomas, ni de ningún otro animal. Interpretó que pedía ayuda para la que estaba lastimada. Volvió a reconsiderar las opciones del primer momento, pero ninguna garantizaba la recuperación y vuelta a la normalidad de dicha ave. Ese mismo día, en la calle, vio que un perro dóberman sin correa, alcanzaba y mordía una paloma. El dueño del canino, asustado, sin saber qué hacer. Se escuchó un crujido y la paloma cayó fulminada.

Al observar la tragedia animal, Jorge concluyó que lo mejor era ayudar a la paloma que tenía en su “jardín”. Con la colaboración de su esposa, le entablilló la pata dañada, la izquierda. Para eso utilizó medio palillo y un curita para sujetarlo. La paloma soltó lastimero chillido.

Su compañera se quedó dos noches, como para cuidarla, en las horas de mayor dolor. Después, las visitas eran solo matutinas. También, cada día, iba un pajarito, de otra raza, para acompañar a la paloma. Parecía que “platicaban”. Otra pareja de aves, que tampoco eran de su raza, hacía lo mismo, visitar a la enferma.

Una vez que Jorge vio que la paloma ya podía caminar sin cojear, decidió rehabilitarla, atraparla y hacerla volar en el jardín, hasta que después de dos semanas, totalmente recuperada, se fue.

La paloma regresó por la noche y volvió a dormir en el jardín. Por la mañana, ya la esperaba su compañera en el borde de la barda. Se fueron juntas. Por varios días, regresaban por la mañana, gorjeaban desde la orilla del techo para llamar la atención de Jorge. Una vez que las veía, se iban. Era agradecimiento.

Lealtad y agradecimiento que tanta falta hacen hoy en diferentes ámbitos de la sociedad.

Lo más valioso, en mi opinión del “Stand up” de los Suárez en el teatro “Telón de Asfalto”  en la Ciudad de México es el beso entre ellos, entre el papá e hijo, la manifestación de afecto en el escenario, en cada función.

En cualquier sociedad madura y con valores morales, debería ser lo común el beso entre un padre e hijo. Es lo raro en estos tiempos. Hay reacios y egoístas que no toleran la felicidad del prójimo. Sembradores de odio, partidarios de la división y el pleito. Enemigos de los afectos.

Los dos Héctor saben hacer reír a la gente, no hay duda. Y quizás no tendrían necesidad de recurrir al insulto. Recuerden el éxito del padre en la televisión comercial, sin soltar alguna grosería. Suficiente con parodiar la realidad, el comportamiento de personajes.

En esto del “Stand up” el hijo hace mejor papel, más coordinado, hilvanado. A su papá le cuesta trabajo, otro estilo, otra formación, lo que no le resta calidad. Los dos con el mismo resultado: hilarantes.

Fui con mi hijo a ver a “Los Locos Suárez” . Ni tan locos. Saben lo que hacen y dicen. Hay más locos afuera del escenario que no miden palabras y mucho menos el efecto o daño que causan en la sociedad.

“¡Llévalo!”, la recomendación de mi esposa, que en otra ocasión había visto el espectáculo. Seguro que para ella también lo más significativo es la exhibición de cariño entre el padre y el hijo. Ejemplo, porque lo hacen de manera natural, sin rubor y mucho menos vergüenza.

En estos tiempos es una desgracia el entorno. Inhibe, incomoda a jóvenes manifestar sus afectos por sus progenitores. Hay demasiada violencia en la calle. Agresividad cotidiana. Es la realidad. No se diga en los medios. Es cierto, su misión es informar. Nada más que muchas veces les gana la ambición por ganar, lectores, radioescuchas y televidentes. Llegan al extremo de la apología de la violencia y a emitir sentencias periodísticas con excesiva ligereza, en perjuicio de vidas humanas. Práctica nada justificable, deformación de verdades. Cuando cometen un error, prefieren hacer mutis en vez de disculparse.

Por supuesto que amo a mi hijo. Igual percibo su cariño. Platicamos e intercambiamos impresiones. Valoramos situaciones. Hablamos de política, de conflictos sociales, de todo, como seguramente lo hace Don Héctor con su hijo. Reímos con la obra de los Suárez. Por momentos nos vemos en ese espejo, en esa realidad que recrean con humor los artistas. Salimos complacidos.

Hay tanta crispación social en el mundo, no solo en México, que ese beso entre los Suárez es relevante en el escenario, admirable. La confirmación del amor del padre e hijo, aunque el guión de la obra sea otra historia; reprobar, justificadamente, agresiones en la educación familiar.

Ejemplos que ayudan a la convivencia, a entender a los jóvenes a que no se equivocan cuando expresan el amor por sus padres, aunque haya un entorno social descompuesto, áspero e injusto. Amor es lo que le hace falta al mundo y es lo que hay entre los Suárez.

El bulo no es nuevo en el mundo periodístico. Puede dañar a la comunidad o a una persona. De entrada, en lo psicológico o hasta terminar con la vida de un individuo. No es un asunto meramente frívolo, ligero. Sorprende que el director de un medio minimice el tema o que el conductor de noticias o reportero opte por lavarse las manos y culpar a la fuente de información.

Te invito a la reflexión con una historia que me consta, de la que fui testigo, pero antes recordaré el episodio protagonizado el 30 de octubre de 1938 por el famoso Orson Welles, cuando aterrorizó en los Estados Unidos con la transmisión radiofónica de una supuesta invasión marciana.

Lo que hizo el actor, director y productor de cine fue reproducir “La Guerra de los Mundos”, del británico H. G. Welles. El guión tenía 40 años de antigüedad. Orson lo adaptó y difundió como si fuera un suceso del momento, como si fuera real. Por supuesto que hubo gente que se espantó. Otra optó por averiguar, llamar a la estación de radio, para saber si era real la invasión marciana. Histórico ejemplo de la trascendencia de los medios. Orson no repitió el experimento. Seguro se dio cuenta del peligro.

En el terremoto de 1985 en la Ciudad de México, era un jovencito, apenas acaba de terminar la carrera en la escuela de Periodismo Carlos Septién García. Trabajaba en Imevisión, en lo que hoy es TV Azteca. En ese entonces, Joaquín López Dóriga, el director de noticias. Enterados de que el epicentro había sido frente a las costas de Guerrero, en Acapulco. La orden fue viajar de inmediato al puerto. Sin oportunidad de ir a casa por maleta. Del Ajusco, en motocicleta, me llevaron al aeropuerto. Igual al camarógrafo y su ayudante.

Iba sin pensar en el peligro. Lo importante: estar en el lugar de los hechos y enviar la información. Afortunadamente no había pasado nada en Acapulco. Pronto regresé a la Ciudad de México. Vinieron las guardias, en el día o por la noche, en diferentes lugares afectados, entre ellos Tlatelolco y el Centro Histórico. La orden, estar muy pendiente del rescate de sobrevivientes.

Me tocó el caso del popular “Monchito”, el supuesto niño de 12 años enterrado bajo los escombros de un inmueble. Nunca hice una sola nota de “Monchito” para la televisión. No me constaba que estuviera bajo tierra y mucho menos vivo. Había compañeros de medios impresos, sobre todo, que difundían la existencia del menor y lo que se hacía para rescatarlo.

El día que una tarde leí la entrevista “exclusiva” en un diario vespertino (de la casa periodística más importante de ese tiempo) con “Monchito”, daba por hecho que mis días en la televisora estaban contados. Veía venir el reclamo de los jefes por “perder la nota”. Me preparé para argumentar que no me constaba que estuviera vivo. Nunca me llamaron a cuentas. “Monchito” nunca existió. Fue un invento mediático. El colmo es que un diarista había logrado entrevistarlo. Hasta donde se, de su mismo periódico nació la versión infundada, que otros siguieron por tratarse de dicho medio y no querían “perder” la nota.

En la escuela me enseñaron que la información hay que confirmarla con diferentes fuentes, antes de difundirla.

Lamentablemente, en la actualidad, “por ganar la nota”, hay medios (incluye redes sociales) que incurren en imprecisiones, actitudes antitéticas y falta de rigor periodístico. Y no solo con el caso de Frida Sofía, que tampoco existió, sino en diversidad de asuntos, sin medir consecuencias. Ojalá nunca haya que lamentar pérdida de vidas por un demoledor bulo.

Hace más de 30 años, cuando en la radio empezaban a desarrollar los espacios de noticias, Teodoro Rentería Arróyave y el profesor Juan José Bravo Monroy eran las figuras, competían por el rating.

Estaba en la mitad de mi carrera en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García e ingresé al Núcleo Radio Mil, para practicar y aprender. En la redacción, con las antiguas máquinas de escribir, mecánicas. Papel carbón para sacar copias y entregarlas a quienes conducirían el noticiario y al operador. Eduardo López Segura,  redactor principal, rápido y preciso. Recuerdo haberlo visto llorar. Adoraba a los Beatles. Le dolió el asesinato de John Lennon. Su hermano Vicente, Premio Nacional de Periodismo al ganar el destape de un candidato presidencial priísta. Perla Xochitl Orozco, orgullosa oaxaqueña, hizo la cobertura del sexenio de José López Portillo, también premiada por su trabajo como reportera. Ramón Zurita Sahagún, sagaz, intenso y directo. Luis Arturo, compañero amable, caballero, le perdí la pista. Antonio Barragán (QEPD), el único que hacía pausa de varios segundos antes de dar su nombre. Jorge Larrauri, formal y trabajador. Tere Paniagua, conductora titular de noticias. Entre otr@s, equipo del profesor Juan José Bravo Monroy (QEPD). Cada uno con su estilo en busca de primicias. Entonces la competencia de Radio Mil era el Grupo Acir que tenía como director de Noticias a Teodoro Rentería.

Aprendía a redactar y reportear. Escuchaba historias sobre la rivalidad de los dos directores, los noticiarios estrellas de la radio. La verdad no le daba importancia a las diferencias. Tampoco me ocupaba por saber más de Rentería. Había comentarios positivos y negativos. Nunca he sido partidario de la denostación. Para mi, inaceptable en el gremio periodístico. El dicho coloquial de “perro no comer carne de perro”, quedó enterrado muchos metros bajo tierra. Lamentable que a pesar del alto riesgo de la profesión, del cúmulo de compañeros asesinados, haya voces ocupadas en hacer daño a los de su mismo gremio.

Muchos años después supe más de Don Teodoro Rentería Arróyave, de su lucha por la defensa y protección de los periodistas. Lo veía en fotos. Pensaba en lo apreciable y loable que era su actividad.

Valoro la gente de hechos y que no únicamente habla, Teodoro es presidente del Colegio Nacional de Licenciados en Periodismo, presidente fundador de la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos y miembro del Consejo Consultivo Permanente del Club Primera Plana.

En fecha reciente, en reunión del Club Primera Plana que preside José Luis Uribe, escuché que Teodoro tiene 80 años de edad. No lo parece, su vigor y compromiso en defensa de los periodistas, siguen intactos. En ese momento decidí que tenía que escribir de Don Teodoro y del profesor Juan José Bravo Monroy, recordar cuándo y cómo se cruzaron estos personajes en mi camino Me congratula la labor que hace Rentería y lo felicito. Del profesor Bravo Monroy puedo decir que fue un excelente jefe y amigo.

En mi caso, por lampiño, estoy muy lejos de ser un potencial cliente de alguna barbería. Ni antes ni ahora. Cuando era niño entraba a una peluquería para corte de cabello. En la espera, veía a quienes eran prácticamente acostados en el reclinable sillón, con una toalla sobre sus ojos. El peluquero sacaba filo a su navaja en lo que parecía un cinturón de cuero, en el costado izquierdo del asiento. En la mayoría de los casos quitaba toda la barba, no recuerdo a nadie que le hicieran un delineado o estilo especial.

Hoy es moda traer barba. ¿Tienes? ¿Te gusta un corte particular o prefieres la cara “limpia”? ¿Te rasuras por tu cuenta con rastrillo o rasuradora eléctrica? ¿Vas o vuelves a ir a la barbería? Hay barberías hasta con spa en la Ciudad de México. No solo te arreglan la barba, también te hacen manicure, pedicure, corte de cabello, masaje y boleada de zapatos. Por la barba pueden cobrar de 200 a 300 pesos, el bigote tiene otro precio, menor. El corte de cabello igual o más. Depende del lugar al que vayas, aunque no hay mucha diferencia en los montos.

Antiguamente, en las peluquerías, cuando era infante, los clientes eran varones. Para las damas estaban los salones de belleza. Se transformaron en estéticas y ya no había distinción de géneros. Hombres y mujeres en el mismo lugar para embellecerse. Los primeros aprendieron a cuidarse las uñas de los pies y manos, dejarlas en manos del experto o experta.

El surgimiento de las barberías, por el nombre, pareciera que solo tienen servicio para caballeros. El nombre de barbería no es una invitación para mujeres. Ninguna tiene barba. La barba no es lo suyo. Quizás por eso no he visto que alguna entre a estos lugares.

Sin embargo, si alguna solicita que le corten el cabello, le hagan manicure o pedicure, no creo que le nieguen el servicio. Así como los varones empezaron a entrar a los salones de belleza y luego a las estéticas, las mujeres también se acostumbrarán a entrar a una barbería, donde les pueden arreglar el cabello. Doy por hecho que el barbero sabe cortar cabello a hombres y mujeres. Debe de contar con los servicios que puede ofrecer una estética.

Las barberías revivieron los viejos sillones de las peluquerías y el tubular o tubo azul, rojo y blanco, pintado en espiral, en algunos casos giratorio, colocado afuera del establecimiento.

El retro en el arreglo personal, otra vez la barba de leñador, profesional, sombreada, holandesa, forma de hacha o cola de pato. La Van Dyke, hipster, prisma, Mutton Chops, Verdi, collar. Al gusto del cliente.

Por supuesto, es más económico usar el rastrillo o la rasuradora eléctrica para quitarse toda la barba y el bigote, pero las modas mandan, nada más que implican un gasto extra.

Gracias a Dios yo soy lampiño.

Con la licencia que te puede dar la temporada vacacional de verano para darle descanso al tema político, la historia de hoy tiene que ver con uno de los hombres más ricos del mundo, relacionado con casi todos los grandes negocios en México, así que toma nota de lo que te voy a contar.

¿Quién no quisiera tener a la mano a uno de los hombres más ricos del mundo para preguntarle lo que se debe de hacer para que un innovador o emprendedor tenga éxito?

Rumania Olivares tuvo la oportunidad. No la desaprovechó, habló de fashion film, de lo que hace su productora RuRu White .13 desde hace un año, hasta ahora, sin cobrar un solo centavo, en un nicho descubierto en Francia por la diseñadora Diane Pernet. El audiovisual de la moda con relato, con historia, en donde l@s modelos no solo exhiben los diseños, la ropa, la novedades del vestir, sino también son parte de un cortometraje que tiene contexto social, cultural. No hay diálogos, pero como en las históricas películas mudas, tiene mensaje. Música electrónica creada especialmente para el video.

Una amiga (Teresa Achar) la invitó a la reunión en la que participó Carlos Slim. La sugerencia del empresario fue “ser constante”, no dejar de hacer fashion film e incluir a la familia en el proyecto, no separarla ni distanciarte de ella, sumarla, hacerla parte activa. Para Slim, la familia es importante y debe de participar en la construcción de la empresa.

En esa plática estaban varias personas, todo oídos para el millonario, hasta la interrupción de una señora, avanzada en años. Quizás basada en su experiencia, advertía que “los nietos acaban con todo”. La acidez del comentario puso punto final al tema conversado.

Rumania no olvida el episodio ni el consejo. Junto con su esposo Juan José Olivares, periodista, músico, creativo, emprendedor, llevan adelante la producción de videos, con vestuarios nacionales, elaborados por diseñadores mexicanos, para exhibir moda y cultura.

La calidad es indiscutible. Dos de sus videos, cortometrajes de siete minutos, “Lupe” y “Casting” fueron exhibidos en la Cineteca Nacional. Fashion film, inusual en pantallas dedicadas al cine de arte. Rumania y Juan José están complacidos, no satisfechos, saben que falta camino por recorrer. Están convencidos de que es clave la constancia e incluir a la familia, como lo dice Carlos Slim.

Y de la Cineteca Nacional, ahora los encuentro en la Pulquería Insurgentes. Pareciera, a simple vista, ir de un extremo a otro. No lo es, porque el expendio de bebidas también promueve la cultura, tiene un espacio específico para ese propósito, coordinado por el poeta y escritor Carlos Martínez. Ahí también exhibieron sus videos fashion film, con el tarro de cerveza y pulque a un lado, para celebrar el primer año de su empresa.

La pulquería está instalada en una casona de la avenida Insurgentes, con arte, pinturas, colgadas en su paredes, con recovecos que despiertan imaginación. Rumania y Juan José anunciaron que tienen planes para hacer uno de sus videos en ese lugar.

Rumania y Juan José Olivares, también el actor y modelo Manú Avellaneda, respondieron preguntas. Sus cortometrajes están dirigidos a todas las audiencias, no solo para los que se interesan en la moda, en el vestir de marca y diseñador. Cuentan historias. L@s modelos no nada más lucen la ropa, expresan sentimientos, emociones, tristeza, felicidad. Actúan. Transmiten un mensaje. Lo que al final queda e importa es la belleza interior del personaje. La cultura de la ropa. Una nueva forma de presentar el trabajo de los diseñadores mexicanos, con arte. No es algo frívolo, tiene connotación social. Va más allá de la estética, muestra el alma.

La receta de Carlos Slim puesta en práctica, constancia y familia en la empresa de fashion film.

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FASHION FILM

La carretilla que se utiliza para trasladar tierra, arena, grave y otros materiales para la construcción, ahora sirve para vender mangos y frituras.

Acabo de descubrir el cuidado que tienen los albañiles con la carretilla, especie de media canastilla metálica, con una rueda y dos brazos tubulares.

Sorprendido vi como era guardada bajo llave, en una bodega contigua a la obra. ¿Por qué ese resguardo? ¿Por qué no la dejan con el resto de la herramienta? Porque se la pueden robar.

Cuando era niño, las carretillas las empleaban los adultos exclusivamente para la obra en construcción, para facilitar la carga de materiales. Recuerdo que en la casa había una, no se porqué razón, pero ahí estaba. A falta de un carro de plástico con pedales (en extinción porque ahora son eléctricos), la carretilla era ideal para jugar, cargar al amigo y recorrer el patio. Luego llegaba mi turno. Había que sujetarse con fuerza de los extremos para no caer.

En la actualidad, esas carretillas recorren las calles de la Ciudad de
México, no para transportar grava o arena, sino frutas y botanas, mangos y frituras. Lo que se te ocurra se puede vender para el tentempié a lo largo del día.

Por eso el cuidado que tienen en las obras con esta herramienta, muy apreciada,  tienta a más de uno que sabe de la demanda en el mercado por quienes tienen planes de dedicarse al comercio ambulante.

Hay desde 500 hasta mil pesos por unidad, nuevas. A muchos les parecerá que no es cara y que el precio es accesible, por lo que no se justificaría tomarla sin permiso de las construcciones; sin embargo, para el que vende mangos, es una cantidad que no tiene a la mano y menos cuando empieza en este tipo de negocio. Busca la de menor costo, usada.

Te platico esta historia porque es otra muestra de la inseguridad en la Ciudad de México y de las novedades del comercio callejero. 20 o 30 años atrás, la carretilla se podía quedar sin resguardo en cualquier parte de la construcción. Ahora, no. Es un artículo que tiene demanda. Ruedan las carretillas en las calles, acondicionadas para dedicarse al ambulantaje, manejadas por gente que ha encontrado esa forma para sobrevivir, ganarse unos centavos y tener para comer, al menos.

Innovación popular, expresión de la pobreza en la zona metropolitana, de los que tienen un empleo informal. Venta de mangos cortados en pedacitos y metidos en un  vaso de plástico, con sal, limón y una variedad de chiles, la intensidad del picante al gusto del cliente. Cacahuates, churritos, papas, nueces. Expendedores, casi todos jóvenes, que han abandonado la escuela para ayudar a sus padres con los gastos en casa o para mantener su propia familia. Costo de la crisis.

Se ha sumado a la lista de transportes empleados para vender un producto comestible en la vía publica, como lo hacen el carrito de los camotes y su conocido pitido, el carrito paletero, el triciclo del panadero o del tamalero y la bicicleta del afilador, que hace girar el esmeril al pedalear.

La carretilla salió de la construcción para recorrer calles de la Ciudad de México y de otras ciudades, nuevo transporte del comercio informal.

En pleno verano el ventilador, de esos de piso, que por su forma y ruido que hacen, parece turbina de avión, dejó de funcionar. Doña Rosa, cincuentona, canosa prematura, vigorosa, simpática pero de pocas pulgas, entró en crisis. En parte era su culpa. Por pereza, no se levantaba de la cama para desconectarlo. Estiraba el brazo y jalaba el cordón. La maniobra repetida tantas veces terminó por romperle una “patita” al enchufe interno del aparato.

Vive en la colonia Nápoles de la Ciudad de México desde hace una docena de años. Y está acostumbrada a utilizar los servicios más próximos, aunque a veces no sea lo óptimo ni lo mejor.

Decidió llevar su ventilador al servicio de reparaciones electrodomésticas de la calle Pensilvania, casi esquina con Rochester. Estaba ilusionada. Suponía que su ventilador sería arreglado en 24 horas, de un día para otro. Daba por hecho que solo una noche sufriría calor. Error de cálculo. El técnico le anticipó que la reparación le tomaría tres días. Un exceso para Doña Rosa, sobre todo porque nada más había que reemplazar una pieza, el contacto roto del ventilador.

-Hay que buscar la pieza- comentario del técnico.

Aceptó, resignada, no sin antes hacer una mueca de disgusto.

Regresó a casa, a sufrir el calor tres noches.

Al tercer día, emocionada, acudió al taller. Efectivamente, el ventilador estaba listo. El empleado lo conectó, las aspas giraron con gran velocidad y la potencia del aire suficiente para calmar el calor. Volvió a casa con una sonrisa. Podía cargarlo porque estaba hecho de plástico, ligero. Sin embargo, en su domicilio ya no funcionó. Obvio, enfureció. Fue a reclamar de inmediato. Le ofrecieron repararlo. Pasaron los días. Cuando de nuevo le avisaron que estaba resuelto el problema, las aspas apenas giraban.

Más de 20 días y seguía igual. Ahora la excusa del técnico era el motor, “no funciona, hay que cambiarlo”.

-Oiga, yo lo traje para que le cambiaran un enchufe, usted vio que era la única falla- reclamo airada.

-Vamos a buscar el motor- insistió el técnico.

Para no entrar en pleito verbal, procuró la paciencia y la tolerancia.

Un mes después, el taller decidió regresarle el pago. Nunca pudieron arreglarle el ventilador. Incluso, se lo dieron con las dos patas del enchufe rotas, inservible.

A Doña Rosa no le quedó otra que darle su ventilador al camión de la basura.

Para su fortuna, a la primera amiga que le platicó su experiencia, le prestó un ventilador.

Además, para su mayor tranquilidad, las lluvias vespertinas en la Ciudad de México, a partir del mes de julio, se han vuelto frecuentes, refrescantes.

Doña Rosa comprobó que el servicio de reparaciones electrodomésticas próximo o cercano, no siempre es el mejor y mucho menos recomendable. Platica su historia para que tu que la lees, lo pienses dos veces antes de ir sitio visitado por ella.

Desde los dos años pinta y dibuja, toda su obra ha sido clasificada y conservada por sus padres. Carga en su teléfono las primeras que hizo. Tiene una en su página de internet. Código Zárate Vite también te la muestra.

Egresado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

-¿Cuál es la diferencia de lo que hacías a los dos años de edad con lo que ahora haces a los 28 años?

-Sigo haciendo garabatos –responde, sonríe.

Hay evolución en su arte contra lo establecido e injusto. Es creativo, agudo e irreverente. Sus trazos en constante movimiento, al óleo y en acrílico. Parece que se han quedado petrificados en el lienzo, no hay que quitarles la mirada para descubrir que van de un lado a otro, fluyen y avivan la imaginación de cualquier observador.

Sus principales críticos son sus progenitores, su padre diseñador gráfico y su madre especializada en cine de arte, con formación en la Escuela de San Carlos. En su casa no tiene obra colgada. Solo hay dos murales suyos. A su mamá no le gusta lo que hizo en la sala. Le sugiere borrarlo y hacer otro, no termina de convencerle el arte abstracto. El segundo mural lo hizo en su cuarto y solo él y sus amigos lo ven.3 Mosh

Es Frederick Mosh, nombre artístico. Su verdadero nombre es Víctor Federico Contreras Castillo.

Cuando recibí la invitación para ir a la exposición en la Otra Galería, ubicada en la colonia Roma de la Ciudad de México, recordé que ya había visto algo de su obra, cuando supuse que se trataba del agitador universitario conocido por “El Mosh” (Alejandro Echevarría).

Era la oportunidad de aclarar su identidad.

No, no tiene nada que ver con el huelguista. El origen del nombre artístico Frederick Mosh es otro. Frederick porque su nombre de pila es Federico y el significado de su nombre, lo sabe muy bien, es “el que impone paz”, príncipe de la paz. Partidario de la resistencia civil y pacífica.

La palabra “Mosh” asegura haberla sacado del lenguaje indígena y la traduce como tuna.

-¿Por qué tuna?

-Es mi fruta favorita, desde niño. Su casa paterna está en Xochimilco y cerca de  nopaleras. Cortaba y comía tunas. Aprendió a quitarles la cáscara sin espinarse, con cuidado y precisión.

También el “Mosh” viene de su grupo musical favorito “Plastilina Mosh”, que formó parte del movimiento denominado “Avanzada”, que se distinguía por mezclar jazz, hip-hop y música electrónica. Grupo de rock nacido en Monterrey.

Frederick Mosh es de avanzada, lo confirma su obra desde los dos años.

Ahora pintor, dibujante y fotógrafo. Un curador, fluye en el arte, conectado con artistas y expresiones sociales. Fluido en todo lo que hace, no para. Hiperactivo. A la cita llegó después de participar en una manifestación en Paseo de la Reforma, en apoyo de su amigo y artista plástico, Antonio Rafael Ortiz Herrera, Gritón, con la llamada “antena para cambiar el mundo”, representada por una serie de listones de colores con el mensaje y la convocatoria a encontrar una solución positiva a los problemas. Frederick traía su pancarta en la mochila.

Fluido para hablar. No podía ser de otra manera. Sabe demasiado de su mundo del arte y la vida real, de lo que debe cambiar.

La verdad, primera vez que no encontraba la forma de poner punto final a la entrevista.

Domina la palabra. Hay que escucharlo. Aprenderle. Es inteligente, coherente, coordinado. Fue campeón nacional de oratoria en el 2001. En ese mismo año Premio Nacional de Dibujo, concurso organizado por UNICEF-México. Dio una conferencia sobre los derechos de los niños en la sede de la ONU en Nueva York. Ganó el concurso de pintura infantil que organiza la Secretaría de Marina, El Niño y La Mar.

En el 2011 la empresa que hace las plumas BIC le dio el primer lugar en ilustración. Numerosa la colección de bolígrafos que le regalaron, para escribir y dibujar varios años.

Frederick Mosh es un artista moderno, de la era digital, en estos tiempos hace sus bocetos hasta en el teléfono. La computadora le facilita la elaboración de los dibujos. Lo que no pueden hacer las nuevas herramientas de la humanidad es sustituir o reemplazar su creatividad, las ideas e imágenes que se construyen en su cerebro y que son vitales en su arte.

Reflexivo e irreverente contra lo establecido e injusto. No evade ningún tema. Ya tiene decidido a quien le va a dar su voto en el 2018. Votará por “Marichuy”, la candidata de los indígenas nominada por el EZLN.

La vi estresarse con la redacción de notas informativas de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y del Consejo de la Judicatura. Textos para el Canal Judicial. Parecía peleada con la construcción de párrafos cortos sobre la materia jurídica de México y el mundo. Evidentemente no era lo suyo, hace ocho años. Espero que hoy no haga lo mismo, porque ella nació para la poesía, es un manantial de poesía, una mina del verso, filón tan valioso como lo pueden ser vetas de oro y diamantes. Solo hay que dejarla hablar o escribir lo que le gusta, lo que ama. Tímida, como ella se describe, pero apasionada. Su amor es inmortal porque está escrito en sus poemarios. Por eso se atreve a decir que “no he perdido el amor”, porque lo atrapó para siempre con su poesía.

Es Aura María Vidales Ibarra. La conocí en el ejercicio del periodismo, en las secciones culturales de varios medios. Por un tiempo le perdí la pista. La encontré en la redacción del Canal Judicial. Ojalá las más altas autoridades de la Corte hayan descubierto el potencial poético de Aura, porque para ser poeta, como pregonan los poetas y las poetisas, se nace. Es su caso. Hay que escucharla o leerla. Por algo sus poemas han sido traducidos al inglés y al alemán, se han publicado en los Estados Unidos y Austria.

Me encantó verla de nuevo, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Ahora para hablar de lo suyo, de la poesía. Escribe desde los 14 años. Le hacía cartas de amor a sus compañeras de secundaria, para ayudarlas a conquistar con la palabra un apuesto varón. Tenían éxito. Aura lo hacía por amistad y por la facilidad para hacerlo. Su abuela, a la que no conoció, contribuyó a despertarle la pasión por la poesía. La abuela también escribía poesía, dejó en el librero sus escritos. Y hay más en la familia. Aura cerró su presentación con la lectura de un poema de su hermana.

La vida  y poesía de Aura, cautivan.

María Elena Cantú la acompañó en el escenario, para hacerla leer poesía que la moderadora había seleccionado y preguntarle de su historia personal. Episodios que la han marcado como el día que rompió sus collares. Llegó tarde a casa y fue regañada por su mamá. Tenía 22 años. ¿Qué hice?, se preguntaba en su mente ante la furia verbal de su madre. Aguantó el reproche, callada. Una vez que se agotaron las palabras maternales, Aura subió las escaleras. En su cuarto abrió el cajón que contenía sus collares. Los rompió y las perlas rodaron por todos los rumbos, sin importarle que fueran joyas de la familia. Esa fue su reacción, expresión del alma, origen de otro de sus poemas, la mujer que rompió sus collares...

Aura María Vidales Ibarra dedicó su presentación a los periodistas que han sido asesinados. El reclamo de justicia de la poetisa porque ya no haya ninguna víctima más.

No se cansó de leer sus versos y no dejó pregunta sin responder, tampoco ocultó el orgullo por sus dos hijos que ahí estaban en la sala. El varón la premió con una ramo de flores.

La fotógrafa Carmen Castilleja en primera fila para retratar a su amiga Aura, que ojalá ya no redacte más notas informativas del poder judicial, porque lo suyo es escribir poesía.

 

Amo tu alma húmeda, la intemperie

esa soledad del tiempo

el camino cansado de tus días

ese no volver a ser nosotros

aquellos de la playa.

Muchacho de mayor edad

aquí estoy como antes de la espera

íntegra en una migaja del ser.

Desprenden tus ropas aroma a nardo

un olor a lluvia y silencio.

Caer del sudor despierto

al más lejano sentido de la vida.

En tu cuerpo se ancla una era

el inminente amor despierta

a una edad lacrada por lo efímero

ser húmedo del sollozo no llorado

de la tibia carencia

y desembocadura.

Ardo en un deseo antiguo

que aquí comienza

danzo un nacer agonizando

una edad recogida en sus mejores días.

El que eres y eras comienza

y la lira de mi canto apenas toca

esa música exquisita: tu piel.

Ante la proximidad de la Navidad, te voy a contar la historia de la casa de Estéfano, mi vecino.casa-de-estefano

Quería regalar su casa “al gobierno”, me lo dijo en tres ocasiones. Vivía solo, en un espacio que le resultaba demasiado grande, dos niveles en 200 metros cuadrados de terreno. Hoy el inmueble ha sido demolido.

Siempre le sugerí heredar a su familia. Nunca entendí porqué quería ceder su casa al gobierno. Supongo que su actitud obedecía quizás a que no sentía el amparo o cercanía de su familia, que lo visitaba, aunque no de manera regular.

Había perdido a su tercera esposa, notoriamente más joven que él. La lógica indicaba que ella viviría más años. No fue así. Enfermó y falleció. Estéfano volvió a quedar sin compañía.

Justo en esa etapa, en tres distintas ocasiones me tocó la puerta, con la única misión de anunciar su voluntad de entregar la morada al gobierno, nunca aclaró si al de la Ciudad de México o al federal.

La primera vez creí que era una broma, un pretexto para abrir conversación sobre los sucesos del mundo. Le gustaba platicar, contar historias. Me tenía al tanto de los acontecimientos de la zona habitacional común, en la delegación Benito Juárez de la CDMX.demolicion

Fui de los primeros en enterarme que a dos cuadras habían matado una persona. Estéfano vio el cadáver tirado en la calle, cubierto con la sabana. Corrió a decírmelo. Como desgraciadamente son episodios que se repiten con frecuencia en el país y en el mundo, no me conmovió la tragedia. Seguro notó mi aparente indiferencia. Lo vi retirarse con cierto desencanto. A las tres horas regresó con el periódico que venden en las colonias con noticias vecinales de ese tipo. Lo compró al voceador que acostumbra a dar vueltas y vueltas por las calles aledañas a donde ocurre un episodio funesto. Me regaló el impreso por el que pagó diez pesos.

Meses después volvió a tocar la puerta y de nuevo con el comentario de que deseaba regalar su casa al gobierno.

La verdad, no quería tomarlo en serio.

Estéfano, con más de siete décadas de vida, ojos claros, piel blanca, con el rostro marcado por los surcos que deja el paso del tiempo y el cabello encanecido, estaba decidido, convencido de que era lo más conveniente. No tenía ni idea de lo que debía hacer para tal regalo, pero insistía en proceder de esa manera. Le pregunté el motivo de su decisión. No me dio explicaciones. Como no encontró apoyo ni información de cómo hacerlo, salvo la sugerencia de que pensara primero en su familia, regresó a su casa.arturo-y-estefano

Hubo una tercera ocasión, ansioso por realizar su voluntad. Chocó con mi reiterada sugerencia.

Cuatro meses después su salud sufrió deterioro. Enfermó. Hubo necesidad de que la familia acudiera a su rescate, la que alguna vez fue su segunda esposa y con la que tuvo dos hijos.

Procuraron que tuviera atención médica. Por fortuna recuperó la salud. Lo convencieron de vivir con la familia, en otro sitio de la CDMX. Más animado, un año después, visitó su antigua casa. Hubo intercambio de saludos. Nada sobre sus planes comerciales.

La familia también lo había convencido de vender su viejo hogar, disolvió la idea del regalo.

Ya fue demolida la casa, queda el lote baldío y dos árboles en la parte de enfrente, pronto nacerá un nuevo edificio.

El día de la operación de compra-venta, Estéfano recibió su cheque, lo endosó de inmediato a su hija y ahora ella cuida a su padre.

Ya en el mes de diciembre, en el mes de los recuerdos y festejos, de los balances y saldos, te voy a contar una historia de Don Fernando Gutiérrez Barrios, una leyenda de la política nacional.

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Fue la única vez que estuve en su oficina en la Secretaría de Gobernación, la única vez que platiqué en corto con el veracruzano, para un asunto estrictamente profesional, periodístico, como reportero de El Universal.

En otros ocasiones habíamos coincidido, pero en actos sociales, en festejos o encuentros con comunicadores. No pasaba del saludo o el comentario ligero del tema del momento. Nada más.

Por supuesto que sabía de su fama, de su poder, de ser un político informado, influyente. Un estratega, calculador, dominador. Había dejado la gubernatura de Veracruz para atender el despacho de Bucareli.

Del diálogo en su oficina fue testigo mi compañero Aurelio Ramos, quien entonces trabajaba en Excélsior. Los dos reporteros, nos citaron por separado para platicar con Don Fernando.

El Universal y Excélsior eran los diarios más importantes de México en los noventas, lo que de alguna manera explica porque el secretario había decidido convocar a sus representantes.

La verdad no teníamos ni idea del motivo del llamado, aunque era de suponer que se trataba de algo relevante, por el personaje, por la fama de Don Fernando. Presente en los temas delicados y trascendentes.

Por fin llegó el momento de ingresar a su despacho. Recepción cordial, amigable. Impecablemente vestido. Bien peinado, cabello ondulado con un copete. Empezaba a encanecerse. Sonriente, animoso. Aurelio y yo nos sentamos enfrente de su escritorio. Solo los tres.

Y empezó a contar.

La razón era la negociación que había realizado el gobierno mexicano para restablecer relaciones con el Vaticano, el anuncio de que se había llegado a un acuerdo y que ambas partes nombrarían a un representante. Dio los pormenores, reservó el nombre del mexicano que viajaría a Roma. Sin duda, la nota principal del día siguiente de los diarios.

Los dos periodistas salimos emocionados, por el alcance de la información y porque era un hecho el lugar que tenía ganada en la primera plana.

Sin embargo, hacía falta el nombre del representante ante el Vaticano, para redondear la información.

El encuentro con  Don Fernando había sido al mediodía.

Pues después de la reunión en Bucareli, dediqué las siguientes horas a conocer el nombre del representante. Llamadas a diversos servidores públicos. Nada. Insistí, una y otra vez.

Cerca de las 22:00 horas tuve éxito. Al día siguiente El Universal revelaba que sería Agustín Téllez Cruces.

El periodista Aurelio Ramos, quien ahora trabaja en la Crónica, es testigo de esta historia.

Se fue sin conocer el tamaño monumental de su capacidad de convocatoria. Popularidad y atracción como pocas veces se ha visto. Consenso ganado con trabajo, perseverancia, sacrificio y genialidad. juan-gabrielUna mayoría indiscutible a su favor. Se fue pero no se fue, porque su música, sus canciones, sus composiciones, prevalecerán para siempre. Una leyenda.

Obviamente Juan Gabriel no puede volver del más allá para competir por la presidencia de la República en el 2018. Y si volviera, hay que dar por hecho que seguiría en la música, para lo que nació, aunque también hay que dar por hecho que mantendría su simpatía con el PRI, guste o no a muchos. Nunca dio una explicación de su preferencia política.inba

Cito a “Juanga para presidente” porque una gente con popularidad y consenso, semejantes, es lo que necesita México, para rehacer lo que sea necesario y resistir presiones. No digo que sepa cantar, componer, bailar y contonearse, sino que tenga la aceptación de la mayoría de los mexicanos, absoluta.nino

Un personaje con fortaleza intelectual, humana; íntegra y coherente, sin lastres de ningún tipo, que atraiga a millones de votantes, capaz de tomar decisiones acertadas, no apresuradas e improvisadas.

¿Dónde está el Juanga de la política?

Hasta ahora, ninguno de los mencionados tiene ese perfil, ninguno de los que se anuncian en los medios electrónicos con diferentes siglas partidistas.

Las encuestas dan nombres de supuestos punteros que suspiran por ocupar la silla presidencial, nada más que las encuestas desde hace varios procesos electorales se han alejado de la realidad y el verdadero sentir de la población en México. Hay medios que prefieren no darse por enterados por razones económicas y a los políticos les gusta el organillerojuego y hasta el autoengaño, todo para complacer el ego y la ambición desmedida por el poder.

Cualquiera sabe que los partidos, han agotado su credibilidad y sus presuntos presidenciables arrastran la fama de que los gobiernos no han conseguido darle calidad de vida a los mexicanos. Nadie se salva. Muchas promesas incumplidas.

Entre los independientes que han levantado la mano para competir, ninguno ha logrado despuntar. Más de lo mismo, algunos con antecedentes de clara dependencia institucional.

Esa es la verdad, en este momento la sociedad no tiene candidato, sigue en espera de que surja el “Juanga de la política”, ajeno y vacunado contra vicios que se han vuelto insoportables.imitador

Y de no surgir el “juanga de la política”, la votación del proceso electoral del 2018 se va a fragmentar, la ventaja de quien resulte ganador puede llegar a ser tan reducida como la de 2006.

Más vale buscar a ese Juanga presidencial, México lo requiere.

El pulque “Querida” tiene el nombre de una de las más populares canciones del cantautor Juan Gabriel.

Se trata de un curado “dulce, exquisito y salvaje”, definió el escritor y poeta Carlos Martínez Rentería.Curado

La receta es secreta.

Es creación de la Pulquería Insurgentes en la Ciudad de México y es la forma que encontró para homenajear al divo juarense.

Carlos, coordinador de actividades culturales de ese centro etílico, hizo la presentación, en una conferencia en la que se defendió la obra y personalidad de Juan Gabriel.

Quienes participaron en la mesa coincidieron en que hizo mucho más por los de su género, sin necesidad de patalear y organizar marchas.

Los asistentes no tuvieron que esperar el acto oficial de Ciudad Juárez ni el de Bellas Artes para rendirle homenaje.

Desde el día de su muerte el pueblo empezó a venerarlo, en cualquier parte de México y del mundo, cantando sus canciones, bailando e imitándolo, depositando flores en sus casas o donde se supiera que dejó huella o estaban sus cenizas.La pulquería

Un fenómeno pocas veces visto, por la reacción popular, espontáneo, con una difusión en todos los medios, día a día, desde que dejó de existir. Horas y horas en televisión, en radio. Pensamientos interminables en las redes sociales. Páginas y páginas en revistas y periódicos.

La pulquería no fue la excepción.

-Pulque “Querida” para todos-  la invitación de Carlos una vez que había terminado la conferencia.

La convocatoria para el evento fue pública y el acceso gratuito.

Asientos periquera, de esos en los que por lo alto, tus zapatos dejan de tocar piso. Había jóvenes y adultos. Ahí estaba el franco mexicano Henri Donnadieu para platicar dónde y cómo conoció a Juan Gabriel. También en la mesa Juan Alberto Vazquez y Salvador Quiauhtlazollin.  Alejandra Maldonado leyó la carta  del ausente poeta Gabriel Santander, en la que como muchos, pedía la renuncia del ahora ex director de TVUNAM  Nicolás Alvarado Vale, por despotricar contra el divo de Juárez desde una silla institucional y académica.

Todos convencidos de que se debe respetar a un personaje que le llegó a las masas, que trascendió las reglas del juego.

También como parte del público, sin llamar la atención, estaba un periodista egresado de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. No lo citaría de no ser porque entre los saludos y el ¿tu quién eres?, relató que trabaja como periodista en una empresa alemana de información digital, y por las noches de los viernes y sábados, para tener un ingreso extra, como mesero en un antro de la colonia Roma, donde solo gana las propinas.

La conversación se interrumpió porque el DJ hizo sonar la música del homenajeado. Y para empezar: “No tengo dinero”.

Noche de Juan Gabriel y estreno de su pulque “Querida”.

Es una historia de amor del pintor y jazzista Joao Quiroz quien a la clausura de su exposición “Miss alucinaciones” llegó acompañado de su novia Valeria, los dos sonrientes.El pintor y su musa

Cuentan su historia, la primera vez que se vieron, el flechazo que ahora los tiene embelesados, el punto de atracción.

Joao la conquistó con su arte, con sus pinturas. Ella se quedó sin habla cuando descubrió lo que hacía quien se convertiría en su pareja.

Una historia de amor envuelta en arte.

A la espera del acto de clausura, en torno a una mesa de la popular Pulquería Insurgentes, en el intercambio de experiencias con el coordinador cultural del lugar, Carlos Martínez Rentería, hubo risas, expresiones de admiración, anécdotas personales, una cerveza para el pintor,Poción algo más fuerte para la musa, bebida similar para el anfitrión y un curado de guayaba para el periodista.

Valeria se ha convertido en inspiración del artista y la inmortalizó en el lienzo, con el pecho descubierto.

Desinhibidos, sin reservas para expresar su amor en público, se entusiasman con su historia, varios de los cuadros sirven para acompañar el relato.

-¿Y esa botella que significa?- pregunta Carlos al señalar uno de los cuadros que la tiene pintada.

-Es una poción… veneno- dice Joao.

Valeria prefiere describirlo como un elíxir de amor.

-Es lo que me dio a beber-comenta para explicar con humor la pasión que tiene por su artista.Cuervo

Le pregunto a Joao por el desnudo y ella lo corta para pedir que primero hable del cuervo que está pintado en otro cuadro.

Carlos alcanza a decir que ve una mirada pícara en la pintura en la que aparece la mujer.

Se impone la cronología que exige la musa.

Primero fue la poción.

Siguió el cuervo, porque el primer apellido de ella es Cuervo, un pájaro de plumaje negro que contrasta con su figura.

Lo importante para Valeria es que esa ave en la tela también nace por ella.

El arte tríptico del amor tiene su clímax con la figura humana femenina, sin vestimenta alguna, con esa mirada y la mano derecha sobre su boca que parecen reservarse  pensamientos.Valeria

Ansiosa por terminar la historia, recuerda que Joao Quiroz la pintó cuando los dos escuchaban, porque ella lo decidió así, la música del popular cantante inglés, ya extinto, David Bowie.

Joao Quiroz es un pintor singular, joven, nómada, que no le gusta echar raíces en ningún sitio, ciudad o país. La estabilidad para vivir no es lo suyo, prefiere recorrer el mundo.

Pinta lo que le nace, por eso es polifacético, por eso tiene obra sacra, bodegones y hasta desnudos.Joao Quiroz

No pinta por consigna o por tener un sello rutinario. Crítica a quienes son monotemáticos, para él no son otra cosa que unos holgazanes que se conforman con pintar lo mismo, por comodidad y por negocio.

El atiende las iniciativas de su mente y las plasma, lo que le inspira el entorno, sin importar el tema, de manera libre, sin imposiciones.

La música de jazz lo atrae, compone, pero nada como pintar.

Para la musa, Joao Quiroz es un “chingón”.

Recuerdo a la abuela cuando se sentaba frente a la vieja máquina de escribir, de fabricación estadounidense marca Smith & Corona Typewriters, sin perder la verticalidad de su espalda, cuidaba su figura y su columna, era una mujer muy guapa, con excelentes modales y un lenguaje pulcro.Mamá Tina No olvido la vez que discutió con un comerciante en el mercado. Yo era muy pequeño y nunca supe el motivo del enojo, pero el insulto mayor que salió de su boca fue “ordinario”.

La palabra la repitió varias veces. Por la cara de su interlocutor, me pareció que no entendió su alcance. Para ser franco, también evidenció mi ignorancia. Apenas llegamos a la casa, busqué el diccionario, en ese entonces estaba muy lejos el surgimiento y utilidad de Google.

Una palabra con varios significados. Estaba claro que su intención era calificar al mercader de bajo y vulgar. Esa fue la única vez que vi a mi abuela enojada, por eso no olvido el momento.

En la actualidad, no hay medida en el uso de  los insultos y en este caso se cumple a cabalidad la equidad de género.Carta de la abuela

La verdad, y no es porque haya sido mi abuela, era un dulce en su trato, muy propia, natural, con un comedimiento admirable.

Hoy, las sociedades son ásperas, impredecibles, irritables y hasta violentas. Quizás porque las mayorías se han rezagado de la calidad de vida ante el acaparamiento de las minorías.

El caracol y la tortuga han demostrado ser mucho más veloces que la impartición de justicia en el mundo.

Supongo que ya nadie utiliza las máquinas de escribir, mucho menos el modelo que sirvió a mi abuela. Tuvieron su mejor época a principios del siglo pasado. Cayeron en desuso ante el avasallamiento de las redes sociales, del Internet, correo electrónico, los mensajes por Facebook o WhatsApp.Máquina de escribir

Por lo mismo, los carteros están en extinción, llegará el momento en que los todos los mensajes, privados y comerciales, tengan una forma digitalizada para transitar por cualquiera de los caminos del Internet.

Cuando mi abuela escribía las cartas familiares no existía el líquido borrador, si acaso una goma que cada vez que utilizaba, ponía en riesgo la integridad del papel. Era muy buena para el tecleo, rara vez se equivocaba.

Milagrosamente conservo una de sus cartas, porque las demás se perdieron y se deshicieron en las inundaciones de mi pueblo y casa en el estado de Veracruz. Se las llevó la corriente.

La  carta, con fecha de 1976, tiene el deterioro que causa el paso del tiempo. CarteroEntendible por su antigüedad de cuatro décadas. Se escribió en un México distinto, diferente, cuando todavía se tenía a raya o bajo control a la delincuencia, cuando todavía era vigorosa la esperanza de un país justo. Cuando existía respeto y prevalecía la cordialidad en la convivencia.

Los carteros apenas si podían cargar sus alforjas por el peso de las miles de cartas que repartían a pie. Era la forma de comunicarse, una forma que se ha quedado en el pasado.

Ahora, por el crecimiento de la población y de las ciudades, los carteros se transportan en motocicletas, con mucho menos papelería que antaño. Hasta los estados de cuenta bancarios  y cobro de diversos servicios llegan por correo electrónico.

Voy a conservar la carta de la abuela como un tesoro, constancia del afecto familiar y del México que ya se fue.

El mezcal era la bebida en la casa de la abuela. En comidas y cenas familiares, en tertulias con amigos. Nadie le hacía gestos al líquido transparente y mucho menos lo rechazaba. Una o dos copas antes de pasar a la mesa.

La abuela siempre se esmeraba para tener en la alacena un par de botellas. Una más la guardaba en su recamara, para garantizar el abasto. No es que fuera bebedora social y mucho menos partidaria de las borracheras.

Jamás pecó de exceso en el consumo, siempre conservó el equilibrio. Lo compraba para sus amistades. Tenía un proveedor oaxaqueño que mes a mes le entregaba dos botellas, directamente desde el estado que vio nacer al Benemérito de las Américas. Las botellas no tenían marca, tampoco información sobre el grado de alcohol. Calidad artesanal. Limón y sal para acompañarlo, para quien así lo quisiera.

La oriundez oaxaqueña de la abuela, de un pueblo llamado Zimatlán, era quizás una de las explicaciones de porqué la predilección por el mezcal.

Cuando llegaba a tomarse tres copas, se justificaba con el ancestral dicho: “una no es ninguna, dos es la mitad de una, tres apenas una”.

Degustaba.

En ese entonces, en los ochentas, el mezcal estaba muy lejos de ser una bebida de moda. Recuerdo que su precio era económico, accesible. Si por ese tiempo el tequila era mal visto, desairado, el mezcal parecía destinado para los olvidados y miserables. ¿Eso qué es? ¿A qué sabe? ¿De dónde es?, preguntas que se repetían en estratos sociales urbanizados. El mezcal era un producto menospreciado y desconocido para las mayorías.

La abuela tenía un vecino amigo que vivía solo, educado y respetuoso, en la Ciudad de México. Lo conoció en la iglesia. Ella iba todos los días a misa y, Sixto, así se llama el personaje, era el sacristán.

Sixto visitaba la casa por lo menos cada 15 días. Le hacía los honores al mezcal. Tomaba hasta ver la botella vacía.

Rondaba los 40 años de edad, era de tez morena, risueño, 1.75 metros de estatura, con abdomen pronunciado, sin desfigurar su robustez. Carcajada contagiosa. Vivía de las limosnas, de lo que le pagaba el párroco.

En una ocasión que se prolongó la conversación, se tomó dos botellas, dos litros. Y como si nada.

Desde esa vez la abuela restringió el aprovisionamiento y nunca cedió a la insistencia cordial del invitado. Cuidaba sus centavos, su pensión. No volvió a sacar una segunda botella.

Jamás vi a Sixto caerse, trastabillar o quedarse dormido, tampoco proferir alguna grosería o mínimamente que la lengua se le trabara. Por el contrario, derrochaba fluidez y temario.

¿Cuál era su secreto?

¿Por qué aguantaba beber tanto mezcal?

Al día siguiente con un semblante fresco y vigoroso, como si hubiera tomado agua de Jamaica, leche o cualquier bebida energética.

30 años después me entero que el mezcal artesanal, con 54 grados de alcohol, tiene hasta propiedades curativas

¿Cruda?

Pasa de largo, no provoca arrepentimiento.

El escritor Rocato Bablot,  experto mezcalero, sabe de lo que habla. Maestro para escribir y tomar mezcal.

Especialista de las letras y el agave.

Su nuevo libro tiene 100 páginas dedicadas al mezcal, literatura e información sobre el producto.

Para él no hay mejor mezcal que el artesanal, transparente y con 54 grados de alcohol.

Explica y aclara que no se debe beber de un solo trago la copa. Hay que degustar el mezcal, tomarlo poco a poco.

Primero olerlo, después ingerir una pequeña cantidad, degustarlo a partir del segundo o tercer sorbo.

Jura que tiene cualidades afrodisíacas.

“Sana muchas cosas como la gripe, el mal de amores, las calenturas, los sustos, la viruela, el sarampión…Da potencia en la cama…”, afirmaciones de su texto.

El título del libro deja la impresión de ser la síntesis o conclusión de su experiencia con la bebida:

“Todos los caminos conducen al mezcal”.

El forro es de cartón, cosido a mano. La portada una variedad de imágenes, diferentes en cada ejemplar.

Para la presentación del libro, no podía faltar la copa de mezcal en la mesa, cortesía de la Pulquería Insurgentes.

Rocato Bablot va por el camino de la literatura. Sixto, el sacristán, por el camino de la religión.

Senderos distintos con destino idéntico.

Lo dice el nombre de la obra:

“Todos los caminos conducen al mezcal”.

Desde la ventana del transporte público, miraba un ciclista sobre la avenida Insurgentes. Un adulto con el cabello encanecido, con los surcos del tiempo en su rostro, el sudor en la frente. Competía con el camión en velocidad. El transito de todos los días en una Ciudad de México en contingencia. ¿Será el último ciclista? ¿Será el poeta Pedro Damián?

“El Último Ciclista” es el título del libro de poesía de Pedro Damián Bautista. Le gusta andar en bicicleta pero los domingos, así que no era el que yo veía circular por la congestionada avenida.

Tampoco es literalmente el último ciclista y menos en la megalópolis, donde cada vez hay más pedalistas, aunque se tengan que intoxicar y llenar los pulmones de contaminantes. ¿Cómo estará de ahumado nuestro órgano respiratorio?

Quizás sea el último ciclista de los poetas infrarrealistas, de los que no soportan la cultura oficial. No se que haya más ciclistas en ese movimiento o grupo creado en los setentas. Todavía hay quienes discuten si el infrarrealismo es un movimiento literario o un grupo de amigos.

De lo que no hay duda es que Pedro Damián es un infra emblemático, que ha dedicado su vida a la poesía. Disfruta lo que escribe y lee. Se le nota. Es lo suyo. Sobrevive, como muchos otros intelectuales que sufren indigestión con lo que huele y sabe a oficial.

En la presentación de “El Último Ciclista”, en la Pulquería Insurgentes, lo que más hizo fue leer, leer su poesía y dejar que sus amigos hablaran de su obra y trayectoria. Admitió que alguna vez escribió un libro y no hubo más ejemplares que el original que se le ocurrió prestar y tuvo que recuperar en el domicilio del amigo.

De su nueva obra solo se hicieron 100 ejemplares, “edición artesanal”, con pasta de cartón y portadas elaboradas a mano. Cada una diferente. Me acordé que en estos tiempos la moda es lo orgánico y artesanal. En este caso, el producto no obedece a la moda sino al acotado presupuesto y la crisis que ronda la cultura.

La creatividad es lo valioso.

Coincido con mi amiga escritora Pilar Jiménez Trejo en el sentido de que el poeta nace, no se hace.

Escuchar o leer lo que escribe Pedro Damián, lo confirma.

Aquí, un ejemplo:

“Me llamo Caballo”

 

Dame un abrazo; con

tu voz acaríciame la hélix

ven al solar de las Helíades y la farmacodependencia

y aprende a abrazar abrazándome

léeme con tu voz “October”

in the Railroad Earth”

 

muchacha de la gasolinera

señora joven en la ciencia de la vida

transaccionando

con vitaminas espirituales emulsionadas con

neutrinos solares de baja energía.

Eugenia, pequeña exquisita catedral;

 

abrázame, me llamo Caballo.

 Lo vi sentado frente a lo que parecía una copa de tequila, en el estreno de su exposición “Misterio”.

No le dio ningún sorbo, por lo menos en la conferencia, en la sesión de preguntas y respuestas, pero de que le gusta el elixir y sus efectos, lo confirman sus propias palabras.

-¿Has pintado después de tomarte una copa?

-Una vez pinté borracho un autorretrato, demasiado feo, me horrorizo, lo destruí.  Nunca más. Trabajo lo más consciente posible. Muy crudo, sí he pintado, soy sensible.

Arturo Ocampo es un joven pintor morelense, con su propio estilo, con su personalidad, que ha conseguido desprenderse de sus primeras influencias, no es un  “Toledito” ni un “Lezaimita” ni ningún otro.

Aprendiz y asistente del maestro Daniel Lezama, no lo niega.

Como lo dice su presentador, es un artista que ha “matado” a su tutor, ahora el camino del arte lo sigue por su cuenta, con su inspiración, bajo su riesgo, en su “misterio” como ha titulado la exposición en la Pulquería “Los Insurgentes”.

Quizás por ese entorno, en ese contexto, la explicación de la copa sobre la mesa.

Por la ocasión, por el estreno, después del corte del listón, un tarro de pulque de guanábana, cortesía de los organizadores para los invitados.

El “misterio” de su obra, depende de la percepción de cada quien, puede estar en las sombras, en los oscuros de sus cuadros que ennegrecen arbustos y árboles.

La temática es el árbol, la vereda, el camino, el llevar sobre las espaldas el bosque. Una calavera dibujada con ramas, como si quisiera advertir el riesgo que corre en la actualidad la naturaleza, amenazada por el mismo hombre, por lo incendios, por taladores, por urbanistas sin escrúpulos que han sepultado bajo cemento lo verde, sin importar que es el proveedor del oxígeno que le da vida a la humanidad.

El bosque , en otra de sus obras, va como una losa pesada sobre un hombre que la carga con la espalda doblada.

La calavera causa temor, miedo, no por ella misma, sino porque en el mundo de hoy, es un hecho que la muerte ronda a la naturaleza.

Hay otro cuadro que lleva el bosque en una cabeza humana, rostro con los ojos cerrados y labios apretados, con una ramilla que le crece por la oreja izquierda. ¿No entiende, ni ve ni escucha lo que hace con la naturaleza? La pregunta es mía. No se si esa sea la intención de Arturo Ocampo, ya no está en ese momento a la mano para responder, se ha internado en uno de los pasillos de la pulquería.

Caminar es lo suyo, le gusta hacerlo y por eso las veredas en su arte, y lo que observa a su paso.

Es un caminante de las ciudades y un artista que con su propio sello plasma en el lienzo su entorno.

La copa de tequila, no vi si finalmente se la tomó.

En el Día Internacional del Jazz, que es la misma fecha del Día Internacional del Niño, Gerry López se comportó como un maestro de la música y como un niño. Lo vi caminar veloz de un lado a otro, en el pasillo de las butacas frente a la primera fila, en las escaleras hacia camerinos, en el escenario, cuando todavía no iniciaba el concierto, la actuación de la Orquesta Nacional de Jazz de México. Se veía feliz, emocionado, tenía casa llena en la sede de la fundación Sebastián, en la avenida Patriotismo de la CDMX.

Se aseguraba de que todo estuviera en orden, en su calidad de director de la orquesta y organizador, vivaz, vigoroso. En otros escenarios glamurosos y ostentosos, donde se le paga al estrella, él hubiera estado en relajación o quizás nervioso, pero sentado en su camerino. La realidad es otra para los que se dedican a la música como Gerry, no importa que sea un genio o una figura con premios internacionales, es el precio de los valores invertidos en la sociedad universal, en particular la mexicana. Su actuación es gratis e igual la de quienes le acompañan en la orquesta. La entrada al lugar, gratis.

Cada uno de los integrantes de la orquesta, un maestro o una maestra, jóvenes con ilusiones y sueños, con planes de seguir sus estudios en el extranjero, la saxofonista, el trompetista, todos con un brío y emoción perceptibles. Amantes de la música y del instrumento que tocan.

La fundación Sebastián escenario perfecto, todo es arte en el lugar, la obra del escultor, su geometría. Una casona con ladrillo aparente en sus interiores, con una galería, un auto decorado, un espacio para exposiciones pictóricas, una baño con apariencia artística, un automóvil decorado sobre lo que sería el patio y un escalera caracol que te conduce al foro, con cupo para 200 personas sentadas.

La noche del Día Internacional de Jazz había gente de pie.

En la lista de invitados representantes de la Unesco, de las embajadas de Francia, Suiza y Canadá.

En ese marco, el jazz de la orquesta de Gerry, sin interrupciones, sin recesos, sus composiciones, escritas e interpretadas con maestría. Un respiro solo para presentar a cada uno de los integrantes.

Gerry está orgulloso de cada uno de ellos y ellas, los conoce por su nombre, trayectoria y lugar de origen. Los presume y le pide a su público que les aplaudan. Se lo merecen.

En la parte superior del escenario, dos pintores que plasman su arte sobre un lienzo mientras escuchan jazz. Trazos y colores que varían con el curso de la música, que cada espectador podrá calificar según su gusto, su enfoque subjetivo. El jazz y la pintura, un experimento, una novedad, a prueba. La creatividad del artista no puede tener límite.

Gerry sorprende y anuncia la entrada de sus invitados especiales, cinco niños con discapacidad auditiva, a los que les dedica “manteca”, ese es su nombre, una pieza animosa, alegre, con mucho ritmo.

Los niños no pierden detalle, hay adultos que mueven los pies y otros las manos. Es una convocatoria musical para el baile.

Con esa interpretación cierra el concierto.

Aplauso unánime y prolongado.

Gerry es apenas un joven de 28 años, que acaba de cumplir en abril, que le gusta usar sombrero.

Tuvo su noche feliz en el Día Internacional del Jazz.

Cuando mi amigo Rogelio propuso a sus vecinos de la colonia Del Valle de la Ciudad de México organizarse para exigirle a las autoridades estudios de impacto urbano e impacto ambiental, porque la zona parecía desarrollarse en desorden, todos levantaron la mano, decididos a participar.

Les había hablado de sobrepoblación, de los servicios, del riesgo de la escasez de agua, del congestionamiento vial, de la contaminación, del costo de la electricidad y de la inseguridad.

En particular del agua.

Su edificio de 30 condominios, con las características de un inmueble de clase media alta, habitado por familias con nivel de estudios universitario y remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades.

-Hay que ir a la delegación, organizarnos con los demás vecinos- propuso.

Y de inmediato las excusas:

“No puedo, tengo que ir a trabajar”; “un familiar enfermo”, “llevar los hijos a la escuela”, “doy clases”, etcétera.

Rogelio era hace 20 años, condómino y administrador del edificio.

Nunca fueron a la delegación ni con ninguna autoridad, se desentendieron del tema.

El agua se les agotó, ahora cada semana tienen que pagar los servicios de una pipa para que llene sus tinacos.

Ya no tienen lugar para estacionarse en la calle, embotellamiento de autos cotidiano, servicio recolector de basura insuficiente, creciente contaminación y evidente inseguridad.

Mi amigo lo tiene claro, con un ejemplo sencillo, lo cuenta con desencanto, decepcionado:

“La imagen de un vaso lleno de agua, para dos personas, a cada una le toca la mitad.  Se complica cuando aumentan los consumidores y la misma cantidad de líquido tienen que distribuirse entre todos.

Llega el momento en que se reparte gota por cabeza, hasta que se acaba”.

Por eso compran el líquido en pipa.

Ahora sus vecinos sí quieren ir a la delegación y protestar, el destino ya los alcanzó.

Es cierto que tres cuartas partes de la superficie del planeta tierra están cubiertas con agua y cualquiera podría concluir que es inacabable, pero de ese total, solo una mínima porción es apta para consumo humano.

Según expertos, el 2.5 por ciento.

Rogelio ha perdido el ánimo del primer momento cuando planteó organizarse, aunque su inconformidad es la misma.

Sus hijos crecieron, se casaron y formaron su propia familia.

El agua de la llave del edificio en que vivía se agotó y también su paciencia.

Optó por vender su departamento e irse a vivir con su esposa fuera de la Ciudad de México.

A la obra de teatro “Mujeres con Aura” en el NH de la Zona Rosa llegué con un minuto de retraso.

-Lleva un minuto- me dijo a sotto voce un espectador cuando pedía permiso para poder llegar a mi butaca.

Iba con el rostro abrillantado por el sudor, con la incomodidad de llegar tarde, contra mi costumbre y disciplina, cuando los actores o actrices ya estaban en escena. Me pareció que no distraje a ninguno de los artistas, espero.

Tarde por el lento, lento, tránsito de la Ciudad de México. El trayecto, a partir de las 20:00 horas, desde el cruce de Periférico e Insurgentes hasta el teatro. De sur a norte por el segundo piso, a vuelta de rueda.

Tuve sobrado tiempo para recordar que todavía sigue bajo reserva información sobre la construcción de este segundo piso que se hizo en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Por supuesto, un recuerdo respetuoso.

También vinieron a la mente  el nuevo reglamento de tránsito, la nueva Constitución, las foto multas, la contaminación.

Veía los discos de “80 kilómetros” como límite de velocidad y los que advierten que te tomarán foto si no respetas esa regla.

A la velocidad que iba mi auto, de 5 a 10 kilómetros, no más, que me tomen las fotos que quieran, pero que me paguen por el tiempo perdido, por la gasolina, reflexionaba y soñaba.

Convertido en un embudo el segundo piso en las salidas o accesos a los tramos de cuota.

Lo cotidiano, el tránsito a punto del colapso.

María Aura: ese es el motivo porque llegué tarde.

Por fin, instalado en mi asiento, en la tercera fila, con un teatro lleno, mi apuntador cerebral empezó a tomar nota.

Noche de estreno de la obra “Mujeres con Aura”, la historia de cuatro chicas sobre su relación con los hombres, sobre sus aventuras, secretos, emociones, confusiones y desencantos.

La primera vez que vi  a Gaby Platas fue en el programa de Adal Ramones, donde su participación era discreta, hoy se desenvuelve con naturalidad, como si el actuar fuera lo más sencillo. Sherlyn ha adquirido fama en las telenovelas del canal de las estrellas, tiene una imagen fresca y carisma, sabe hacer su trabajo y se esmera en agradar. Alejandra Ley es simpática, con una personalidad que arrolla en el escenario, sin atavismos, moderna. María Aura, siempre que la veo, me recuerda a su papá Alejandro; heredó la inteligencia, es creativa y empresaria.

Las cuatro, en esta comedia ligera, se divierten y divierten; la obra entretiene, te hace reír.

Juan Velázquez Blanco es el único varón del elenco. Interpreta varios personajes, todos con precisión, con humor. Tiene gestos en su rostro, chispazos, fugaces, que al verlos causan hilaridad. Es el fortachón, con tanto vigor que hubo un momento en que por poco y tira la puerta.

La semana pasada vi la película con el título en español Leyenda: la profesión de la violencia, con una admirable actuación de Tom Hardy, porque al mismo tiempo interpretó a los dos protagonistas,  gemelos que en la vida real fueron el azote de los londineses. Uno loco y medicado para controlarse, el otro amoroso y con apariencia de sensato, sin dejar de ser violento.

Bueno, la locura ni la violencia tienen ver con los personajes a los que les da vida Juan Velázquez, pero te hago la comparación porque siempre tiene su grado de dificultad representar varios perfiles en la misma obra y dar la impresión de que en cada caso es otra persona.

Por exigencia de la comedia, María Aura también se viste de hombre, aunque la vestimenta varonil no consigue ocultar su bonitura.

Las risas abundan en el público con los desplantes y ocurrencias de los personajes, obra de María Aura y su esposo Alonso Barrera.

Historia ligera que vale la pena ver si quieres reír y olvidar por dos horas el tránsito colapsado de la Ciudad de México.

Como dijo uno de ellos, “dejaremos de ser soldados cuando nos vayamos de este mundo”.

Ahí estaban, puntuales, generales, vestidos de civil, con su corazón verde olivo, animados, cordiales, con el café sobre la mesa, para empezar y hacerle frente a las bajas temperaturas. Predominaban las sonrisas, los recuerdos de sus tiempos de mando en activo.

Se habían levantado temprano, ahora en su condición de militares en retiro o no en activo, de manera voluntaria, convencidos de que siguen en el Ejército, comprometidos con su patria, con México.

Te cuento esta historia de primera mano. Lo que observé y escuché en un restaurante del poniente de la Ciudad de México. Voces y figuras. El único periodista invitado a la reunión de los generales de División. Un encuentro para dejar constancia de su unidad y lealtad con el alto mando.

Llegué al lugar de la cita con media hora de anticipación, en el frío invernal. Por un momento supuse que no encontraría a nadie. ¿Levantarse temprano y en sábado, con una temperatura que se aproximaba a los cero grados, cuando ya no se tiene la obligación del personal en servicio? ¿Dejar el matinal confort casero? Pues para sorpresa y contradecir mi pensamiento, ya estaban más de la mitad de los que habían decidido acudir al desayuno, la mayoría vestidos de traje y corbata.

Con una fortaleza física que parece que el paso de los años nunca los va a vencer. Vigor castrense. Todos por su propio pie, sin el apoyo de ningún bastón y mucho menos asistente. Su caminar erguido y voz potente. Con más o menos kilos. Sin perder la postura.

Inconfundible el rostro recio de quienes se dedican a esta profesión, lo que no les quita la cordialidad cuando la ocasión lo amerita.

No me queda la menor duda de que participaron por propia voluntad, sin recibir orden superior.

El coordinador del evento, también en retiro, capitán Alejandro Rodríguez Herrera. Impensable que un capitán le vaya a dar órdenes a un general de División o a cualquier jefe, aunque sea en el estatus de retiro. Jerarquías son jerarquías. Tampoco el gancho era el anuncio de algún beneficio en su pensión u otra prestación.

El motivo de la reunión, lo que los atrajo como soldados, fue saber que se congregarían para expresar su respeto, aprecio y lealtad al general secretario Salvador Cienfuegos Zepeda.

Generales con más de cuatro décadas en la milicia. No han perdido de vista que tienen un jefe. En ese sentido los discursos de quienes tomaron la palabra, la expresión leal desde su trinchera, enterados de los acontecimientos nacionales y la importancia de cerrar filas con el alto mando.

“Lo que nos reúne es notificarle al general secretario Salvador Cienfuegos Zepeda el compromiso de los ciudadanos generales retirados del Ejército y Fuerza Aérea, de nuestra amistad, respeto y absoluta lealtad para su alta envestidura y su reconocida labor en bien de México”, la introducción del coordinador del evento. Agradecería la presencia del ex diputado federal Rogelio Audiffred Narváez, presidente de la asociación Fuerza México, una organización nacional de civiles y militares no en activo.

Vi a más de un general animado a intervenir, sin micrófono, con la energía de su voz era suficiente para escucharse. Mensajes breves, directos.

El general Eliud Casiano Bello utilizó sus manos para darle más énfasis a sus palabras. Marcial y emotivo. Concentrado. Cabello encanecido y tez morena. Soltó una frase compartida por sus compañeros:

“Dejaremos de ser soldados cuando nos vayamos de este mundo”.

No llevaba discurso escrito, traía únicamente el compromiso de lo que significa ser militar, en activo o no en activo:

“Tenemos la obligación de ser leales porque la lealtad la mamamos en las escuelas de formación y así seguirá siendo toda nuestra vida”.

El general y piloto aviador Misael Orrostieta hizo notar la importancia de la suma de esfuerzos de militares de tierra, mar y aire. Le llamó “hermandad”, la unión de voluntades.

Arturo Olguín Hernández se levantó de su lugar para exaltar la difusión de las actividades de la milicia. Javier Torres Salazar fue presentado como eminente urólogo, egresado de la escuela médico militar, dedicado a servir a derechohabientes militares y civiles.

Expresiones emotivas, sentidas entre militares, entre generales.

Vino la despedida, los abrazos, el aviso para salir a la explanada y tomarse la foto del recuerdo

Y un testimonio más de su asistencia espontánea, cada uno pagó su desayuno. En partes iguales el total de la cuenta.

Gesto monetario menor.

Lo sustancial, para todos ellos, había sido refrendar su lealtad al general secretario.

De entrada te digo que “La Gaviota” nada tiene que ver con la que imaginas. De la que te contaré es la obra teatral del narrador y dramaturgo ruso Antón Páulovich Chéjov (1860-1904). Y te la cuento en este espacio porque la vi en Navidad, el viernes 25 de diciembre, en un una fecha que jamás, en ninguna parte del mundo, trabajaría un político, en contraste con la vocación del artista.

Los dos con la obligación natural de servir a la sociedad, el primero para darle calidad de vida, el segundo para divertirlo. Ya sabes quien no cumple y no hay necesidad de subrayarlo. Por lo tanto, tampoco va a trabajar en la Navidad y está en todo su derecho de tomarse ese día para su descanso, para su familia, para los amigos. Sin embargo, hay que decirlo, el artista está hecho de otra madera. Es un profesional y el día es lo de menos para ganarse el aplauso de su público.

Te hablo de artistas con trayectoria, con fama, con reconocimiento. Me refiero a Blanca Guerra, Odiseo Bichir. Y con ellos Mauricio García Lozano, Paulette Hernández, Adriana Llabrés, José Sampedro, Carlos Valencia, Pilar Flores del Valle y Pablo Bracho.

“La Gaviota” de Chéjov, adaptada y dirigida por Diego del Río, está en el Foro Shakespeare de la colonia Condesa de la ciudad de México.

El 25 de diciembre del agonizante 2015 había fila para verla, por lo menos un centenar de personas sobre la banqueta de la calle Zamora, en una noche con luna llena y un clima benevolente, sin excesos en la temperatura, un frío soportable a la intemperie.

La apacibilidad nocturna solo era alterada por un personaje que parecía inspirado en el realismo psicológico de Chéjov. Deambulaba en la calle, de repente soltaba un berrido que parecía buscar pelea. Trastabillaba, con una botella de plástico en mano, de litro y medio, de esas que usualmente contienen agua pero la de él tenía un líquido entre rojizo y amarillento. Con ánimo narcisista se detenía y contemplaba por varios minutos su imagen reflejada en las ventanas de autos estacionados. Un tipo desaliñado, barbudo, que le daba a su mano derecha un uso de cepillo y se la pasaba por su cabello, con la intención de acomodarlo. Ahí se quedó, ya no supe más porque llegó la hora de entrar al foro teatral.

No, no era un preámbulo de la obra, pero seguro que si Chéjov viviera, lo hubiera adoptado para sus narraciones cortas.

Bien por los actores que estaban sobre el escenario para recibir a su público e indicarle donde sentarse. Gesto amable de Carlos Valencia, encargado de recomendar silenciar o apagar celulares. El foro se llenó. No vi rostros trasnochados sino interesados, avispados. Cierto, dos personas se rindieron ante Morfeo, pero me pareció que era más por la edad que por otra cosa. A esas alturas ya no se puede ser exigente con el organismo.

La obra consigue lo que busca con su público, hay comunicación, atracción e intimidad.

Me tocó un asiento de privilegio, muy cerca del escenario, tanto que pude ver las lágrimas de Blanca Guerra cuando a su personaje Arkádina le tocó llorar. También sus ojos desorbitados por su enojo. Cada una de sus expresiones, de ella y de todos los artistas.

Tan cerca que escuchaba toser a la misma Blanca cuando estaba en su camerino, cuando el guión le indicaba salir de escena. Nunca tosió ante su público. En el escenario, en la interpretación, una profesional, una maestra inmersa en su papel, una mujer brava y sensible, agresiva y cariñosa, engañada.

La historia dramática, termina en tragedia.

Cada uno de los actores y actrices da vida a su personaje, se adueñan de su realidad, de sus sentimientos y emociones.

Odiseo Bichir como Sorin es un hermano bonachón, enfermo y dormilón, real. Mauricio García representa al escritor enamorado, infiel, el que juega con los sentimientos de la mujer madura y una jovencita, con un dominio verbal capaz de encadenar a su escondida pasión a las dos.

Paullete Hernández es la Gaviota que opta por el amante maduro y provoca el suicidio de su joven enamorado. Adriana Llabrés es la frustrada que ama un imposible y se casa con otro. José Sampedro es el novato, escritor de teatro fracasado y desilusionado.

Carlos Valencia es el calculador que se sale con la suya al casarse con la mujer de sus sueños, aunque sepa que no lo quiere. Pilar Flores del Valle es ama de casa sufrida, ansiosa de afecto. Pablo Bracho es el médico otoñal y sus aires de conquistador menguados por el tiempo.

Artistas profesionales que con su actuación hacen de carne y hueso a los personajes de Chéjov y envuelven a su público en un manto de emociones. Y que conste, en una noche de navidad.

La lealtad es un valor que parece perdido en estos tiempos, aunque todavía hay personajes de la vida pública que se significan por ese comportamiento.

Por supuesto que no me voy a referir al ámbito de la política, donde hay que utilizar la lupa para encontrarlos.

Esta vez te contaré la historia de Jorge Alberto Aguilera. Quizás el nombre no te diga nada, aun cuando su imagen se ha visto en la televisión cada domingo, en el canal de las estrellas, por más de tres décadas. A lo mejor lo ubicas si te recuerdo que ha acompañado todo ese tiempo a Xavier López “Chabelo”.

La figura indiscutible ha sido “Chabelo”, así quedará para la historia del espectáculo en México. Jorge Alberto ha sido discreto en su desempeño, medido y sin pretender competir con el niño “eterno”, sea dicho con todo respeto este calificativo para Xavier y en reconocimiento a su permanencia en el ánimo de más de una generación de infantes.

Jorge Alberto ha sido leal, confiable con su jefe y seguro amigo, siempre al lado o atrás, nunca con la intención de quitarle reflectores. De otra manera no se entendería su duración en el programa. Llegó hasta el cierre del ciclo “En Familia con Chabelo”, con la misma actitud.

Lo conocí cuando coincidimos en Radio Mil, él era locutor y yo reportero. La empresa entonces tenía sus instalaciones en la avenida Insurgentes, número 1870, la llamada zona azul y oro.

Cada vez que nos encontrábamos, no pasaba del saludo de compañeros de trabajo, él en su cabina de la estación 590, “La Pantera”, y yo en la redacción de noticias. Discreto y dedicado a lo suyo, metódico. Cumplía su horario de locución para un auditorio juvenil, se despedía y se retiraba. Algunas veces lo llegué a ver cotorrear con Jaime Kurt, actual locutor de la televisión comercial, nada más.

Solo una vez tuve oportunidad de platicar con Jorge. Ya sabía que trabajaba en el programa de “Chabelo”. Me interesó saber más de su actividad en la televisión y lo que le pagaban. Entonces su participación era con voz  en off. Los que aparecían a cuadro eran “Chabelo” y el Mago Frank. A la salida del mago, se incrementó su actuación y no la desaprovechó.

Estaba en espera de su transporte en Insurgentes. En ese entonces ni idea de que se fuera a construir un Metrobús. El camión se tomaba su tiempo. Por lo menos conversamos 20 minutos. Tranquilo, sin aspavientos, habló de su participación en la televisión. Por cuatro domingos con “Chabelo”, su ingreso era superior al que recibía en Radio Mil.

Ningún gesto de arrogancia, sencillo, cordial. Estaba satisfecho con lo que hacía. La radio y la televisión se complementaban en su agenda. Su lenguaje positivo, ninguna observación negativa para las empresas o jefes con los que laboraba. Agradecido con la vida, hijo de locutor (Ramiro Aguilera Martínez).

Obvio que nunca imaginó el tiempo que trabajaría con “Chabelo”.

La clave es que ha sabido hacer su trabajo; pero sobre todo, ser leal.

Me tocó primera fila, supuse que perdería perspectiva de la pantalla, pero no, porque el celuloide estaba al fondo del escenario. No tuve que cansar el cuello como ocurre en las salas cinematográficas cuando por razones de cupo es inevitable sentarse en las butacas que van al frente y mirar todo el tiempo hacia arriba.

La Dalia Negra es una combinación de cine y teatro. La verdad no recuerdo haber visto un espectáculo con esas características en México. Me llamó la atención cuando empecé a leer sobre la obra, sobre todo por los recursos técnicos, porque la historia, caso de la vida real, ya la conocía.

¿Cine y teatro? ¿Cómo será eso con un suceso espeluznante?, ¿Se pueden mezclar? ¿Pierde el teatro? ¿Pierde el cine? ¿Pierde la obra?, las preguntas que me hacía.

Decidí que era conveniente verla, una novedosa oferta de los hermanos Jorge y Pedro Ortiz de Pinedo, con las actuaciones protagónicas de Fernando Luján y Ariadne Díaz. Fernando, artista consagrado, actor desde la infancia y en la actualidad con 77 años de vida. Adiadne, 29 años, con escuela de Televisa y experiencia de telenovela, sobre todo; bella y orgullosa de su embarazo. Por evidentes y justificadas razones, solo estará en la obra lo que resta del año.

El cóctel teatro-cine, funciona, te deja buen sabor, lo disfrutas.

Antes, te debo decir que el recibimiento en el Foro Cultural Chapultepec de la avenida Mariano Escobedo en la ciudad de México, es musical, animado y estético. Tres mujeres que cantan melodías de los cuarentas, para ambientarte con la época, prepararte para lo que sigue, justo a unos metros de la puerta principal del teatro. Muy bien. Rostros encantadores, figuras vigorosas y emotivas que parecen sacadas del túnel del tiempo, cuando a la belleza no se le exigía delgadez o flacura.

La Dalia Negra es un episodio policiaco, la muerte de una joven actriz de Hollywood, que en su tiempo fue escándalo mayúsculo. Descuartizaron su cuerpo. Nunca se supo con certeza quien o quienes la mataron. Te quedas sin habla con el final de la obra porque deja la rotunda impresión de haber descubierto al presunto asesino, de acuerdo con la investigación histórica de John Richman.

En la vida real, nunca se castigó a nadie por ese homicidio.

Fernando Luján hace el papel del detective Harry Murphy, con su clásico sombrero y la infaltable gabardina.; su voz sonora y grave, aguardentosa en término coloquial, impone en el escenario. Ariadne se viste de Elizabeth Short, la mujer víctima de su devaneo amoroso; es dulce, sensible y delicada.

Sus actuaciones dan vida a los personajes y se complementan con la participación de cada uno de sus compañeros. Todos esmerados. Por momentos no sabes si estás en el teatro o en cine, Los actores y actrices se acoplan a las dos expresiones del arte.

Eficaz la amalgama, un espectáculo cautivador.

Escuchar a la salida del teatro solo elogios de la gente para la obra musical e incluso de quien suponía que se aburriría porque era la tercera ocasión en que acudía a verla, confirma el pulimento del espectáculo, la creatividad, variedad y calidad de voces para agradar al público.

No es una obra de fastuosa escenografía ni de lujoso vestuario, tampoco de una trama compleja y profunda, es sencilla, simple, directa; la reminiscencia musical de los ochenta tiene un tejido fino; el collage y el popurrí son impecables con interpretes profesionales, esmerados, lucidores.

Eso explica que la obra musical Mentiras tenga ya más de 2 mil 300 representaciones  y casi siete años en cartelera.

La persona que escuché había asistido por tercera vez era una señora acompañada de sus hijos, de su familia. Les compartía su regocijo, su satisfacción. Su rostro relajado e iluminado con una sonrisa.

-¿Volvería una vez más a ver la obra?

-Por supuesto- contestó de inmediato.

Iba cautivada, se subió feliz a la parte trasera de su automóvil.

En ese lapso de espera corto, porque hasta el valet parking funciona con rapidez para entregar los vehículos, no registré ningún comentario discordante. La aprobación de la obra es unánime.

Está dirigida por José Manuel López Velarde y tiene como productores a Morris Gilbert y Federico González Compeán.

Larga la lista de artistas que han hecho el papel de los cinco cantantes (cuatro mujeres y un varón). Nadie se ha quejado de que hayan desentonado o desafinado. Pulcra la interpretación.

Crisanta Gómez, Marta Fernanda, Natalia Sosa, María Fillippini, Pía Aun, Georgina Levín, Gabriela Steck, Leticia López, Paola Gómez, Cecilia Anzaldúa, Majo Pérez, Hiromi Hayakawa, Mauricio Martínez, Mauricio Salas, Mariano Palacios, Alex Brizuela, Tony Bernetti, entre otros y otras, con calificaciones aprobatorias.

También han pisado el escenario del centro teatral Mano Fábregas invitadas especiales como Lolita Cortés, Kika Edgar, Angélica Vale, Dalilah Polanco,Tatiana y Lorena de la Garza.

Éxitos de los ochenta en el repertorio musical popular, una treintena de canciones, en collage o popurrí.

Castillos, Tu muñeca, Quiero dormir cansado, noche de Copas, Me alimento de ti, De color de Rosa, Castillos, Amiga mía, Toda la vida, Mudanzas, Acaríciame y El me mintió, parte de la selección.

El grupo musical que toca en vivo, domina el repertorio.

La historia causa hilaridad por momentos, entretiene, pero las voces y canciones, tienen magia y encantan, con una dirección que ha sabido sacarles el mejor provecho para beneplácito del público.

La historia que te voy a contar es de una gata negra y sus andanzas con un gato gris.

Cayeron los dos al pequeño jardín de la casa del vecino Esteban, que se puede ver desde el cuarto piso del edificio en que vivimos. La ventana de la recamara de mi hijo menor da hacia ese sitio.

El pasado viernes 13 de noviembre, a las tres de la mañana, mi hijo interrumpió mi sueño, con cierta cara de susto y alerta. Hizo un reporte corto de lo que sucedía en ese jardín: dos gatos que maullaban e intentaban salir, escalar la pared, que corrían de un lado a otro, con ojos brillantes y aterrados.

No me levanté, preferí seguir el sueño, le sugerí que hiciera lo mismo, que estuviera tranquilo porque no pasaría nada.  Además, los animales estaban en territorio ajeno.

Al día siguiente, al mediodía me topé con Esteban y conocí la historia de los gatos encerrados.

Su jardín está protegido con una barda que tiene altura de tres metros e hilera de vidrios filosos en la parte superior, con la obvia intención de espantar la incursión de individuos extraños.

Resulta que la gata negra, robusta, de pelo cuidado y sedoso, de aproximadamente cuatro kilos de peso, es domestica. El gris, delgado y pelo desaseado, callejero.

Es raro que hubieran caído al vacío, pero perdieron el equilibrio por su flirteo nocturno, se descuidaron y entraron en pánico, sobre todo la gata.

Por más que se impulsaba y arañaba la pared, no conseguía remontar la barda. Dejó de hacerlo hasta que se cansó. Su compañero lo intentó solo dos veces, después se acomodó y acurrucó en una esquina a mirar el esfuerzo de su pareja.

Una vez que amaneció, Esteban, quien por precaución mantuvo cerrada la puerta que da a su jardín,  salió de su casa a tratar de dar con los dueños de los felinos.

El encargado de un estacionamiento público le precisó que la gata negra tenía dueño; sin embargo, no sabía donde vivía. Sobre el gato gris le aseguró que era callejero.

Continuó la búsqueda.  El recolector matinal de basura le ofreció: “si me entero que alguien pregunta por esos gatos, lo mando a su domicilio”.

Esteban pasó frente a oficinas del partido Movimiento Ciudadano. Por la reja se le ocurrió preguntarle al vigilante si en ese lugar había gatos. Hizo cara de “What?” su interlocutor y aclaró de inmediato: “aquí lo que hay son muchas ratas”.

Con ironía lanzó su segunda pregunta: “¿De dos o cuatro patas?”.

Quedó estupefacto el vigilante.

Segundos después reaccionó, respiró profundo, miró de un lado a otro y con voz suave respondió:

“De las dos”.

Estaban se retiró con una sonrisa. Más adelante se encontró al “viene..viene” , mil usos y "dueño" de la calle. Fue el salvador de los gatos. No quiso acercárseles,  porque “me pueden arañar”. Fue por una escoba de barrendero a su domicilio, a media cuadra. Regresó e hizo que la gata intentara de nuevo saltar; una vez que había subido la tercera parte de la pared, la empujó con los filamentos de la escoba.

El gato gris, que no había perdido detalle de la escena, resolvió seguir a su pareja, trepó y, cuando parecía que se caía, recibió la misma ayuda y alcanzó el borde.

Se escuchó un maullido de triunfo y así acabó la historia de los gatos encerrados, en viernes 13. En la pared quedaron marcados los arañazos, sobre todo de la gata.

Sólo tres personas en la adaptada sala de cine. Como que el título del documental, El regreso del muerto, no es atractivo para verlo antes de ir a dormir, aunque sea ganador de varios premios.

Menos si se trata de la vida y obra de un sicario, salvo que uno esté acostumbrado a las pesadillas.

Decidí acudir a la cita porque el objetivo era festejar al director Gustavo Gamou, premiado el pasado mes de septiembre en el Festival Internacional de Documentales en Chile.

La gente huele cuando al evento no irá la figura principal. Gustavo avisó de último momento que no pudo tomar el avión que lo traería de Oaxaca a la ciudad de México.

Mi espíritu investigador me hizo suponer que el mezcal, las felicitaciones, abrazos y firma de autógrafos lo habían convencido de quedarse una día más en la tierra del quesillo.

Carlos Martínez Rentería, promotor de la cultura en la Pulquería Los Insurgentes, también estuvo ausente, porqué sufrió un accidente que le causó la rotura de su pierna izquierda.

Su hijo Emiliano, gentil y comedido, lo suplió y se hizo cargo de la coordinación, con un rostro que hacía evidente esfuerzo por ocultar su inquietud por no ver llegar al público. No le quedó otra que dar instrucciones al operador del ordenador o laptop para que media hora después de lo programado empezara la exhibición del documental.

En la espera y quizás para que no se le fuera la tercia de asistentes, invitó las cervezas. Vía celular se mantuvo comunicado con su padre para enterarlo de lo que ocurría.

Carlos Alcocer, uno de los tres y también director del documental que se verá en ese mismo lugar el próximo miércoles, sugería a Emiliano que a la brevedad se anuncie en las redes sociales su película llamada La Mejor Oferta, que anticipó está impregnada de humor negro.

“El regreso del muerto” no me impresionó, porque la realidad del mundo es mucho, mucho más dramática, sangrienta e injusta.

Además, yo quería observar la reacción de la gente ante la película premiada. Lástima que no llegaron, ni la gente ni Gustavo Gamou.

Con motivo del mes septembrino, las fiestas patrias, el recuerdo de la lucha por la independencia, cuando nadie se queda sin gritar el “¡viva México!”,  te contaré un episodio que demuestra la congruencia y lealtad de un niño a sus valores, en pleno Zócalo.

El niño quería vaciar su vejiga. Era la noche del 15 de septiembre en la ciudad de México, una de las veces que como periodista hice la cobertura del festejo popular, afuera, en la rectangular plancha, no en los pasillos y salones fastuosos de Palacio Nacional.

Aproximadamente de cinco años. Se cruzaba las piernas para resistir y jalaba con sus dos manos la falda a su mamá, entretenida con el colorido de los fuegos artificiales en el cielo.

-Quiero hacer “pipi”- era su clamor.

-Ahí, pegado al carro de bomberos- la instrucción materna que le señalaba un punto con la mano derecha.

Sin embargo, el pequeño parecía resistirse, nada hacía por bajarse el cierre de su pantalón y mucho menos aproximarse al sitio indicado.

El camión de bomberos estaba estacionado cerca de la la esquina de 5 de Febrero y 16 de septiembre, con el motor apagado. Su color rojo resplandecía cada vez que estallaba la pirotecnia.

Se veía imponente al lado del menor.

Crecía la angustia en su rostro y arreciaba la exigencia a su progenitora.

-¡Quiero hacer pipi!

-Ya te dije que en la llanta- reacción enfurecida de la madre, que no dejaba de mirar hacia el cielo.

El niño empezó a llorar.

Colmó la paciencia materna. Lo jaló de uno de los brazos, lo acercó al carro de bomberos y le bajó el cierre del pantalón. El niño ya no aguantó más, mojó su propia ropa con tal de no orinar al camión.

Entendible su comportamiento, a esa edad es indiscutible la fascinación por los bomberos y se sueña con ser bombero de adulto. Para él era inaceptable depositar sus residuos líquidos sobre la unidad de emergencia.

La madre, como castigo, le estiró una de las orejas.

Noche del 15 de septiembre en el Zócalo, el presidente inventor de la “sana distancia” con su partido, había vitoreado a los héroes desde el balcón central de Palacio. La gente que llenaba el Zócalo con el grito de “¡Viva!” después de escuchar uno a uno los nombres de quienes le dieron Independencia a México.

Como de costumbre, los fuegos artificiales que realzaban la belleza y majestuosidad de los edificios, el mismo Palacio Nacional, la Catedral, el ayuntamiento de la ciudad, la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

En ese marco, el niño prefirió orinar su pantalón a ensuciar su adorado camión de bomberos.

Al maestro Ariosto Otero le ha tomado más de dos décadas rendirle tributo con su pincel al monstruo mitológico de la cultura griega. Lo pinta y dibuja portentoso, musculoso, con una mirada diablesca en unos cuadros, en otros complaciente, melancólica y hasta divertida. Lo contrasta y hace posar con un manojo floral, descansar sobre una alfombra de flores y dejar caer pétalos a la hora del baño en la tina. Seductor avasallador. Dominante de la mujer frágil, temerosa y sumisa ante la bestia.

Creó una treintena de pinturas, dibujos y bocetos en la privacidad de su taller. Solo Ariosto y el Minotauro. El arte, el color y la emoción del pintor en comunión con ese personaje mitológico, más allá de la leyenda de infidelidad de una reina y voracidad del animal por la carne humana.

El maestro Ariosto tiene bien ganada la fama de muralista, su obra está plasmada en diferentes espacios públicos en el mundo. Muchas veces lo he visto sobre los andamios, con el sudor en la frente, con sus lentes, overol y pinceles. En edificios de gobierno, en hospitales, en mercados, en plazas, con un arte que tiene a la vista y en su esencia el sentir popular.

Me ha sorprendido con su trabajo de caballete. No sabía que también le dedicaba tiempo al Minotauro. Su colección se exhibe en la Galería Club del Arte, que no podía estar mejor ubicada, en la calle que lleva el nombre del filosofo griego Aristóteles (354), en la colonia Polanco de la ciudad de México. Ahí es donde la puedes ver y adquirir en este mes de agosto.

En la inauguración Ariosto hizo referencia a esa historia mitológica, a ese episodio

 del rey engañado por su esposa con un toro blanco regalado por Zeus, una relación de la que nace el Minotauro quien después es llevado a un laberinto en la isla de Creta para pagar su culpa y donde muere a manos de Teseo.

La idea de pintar al Minotauro tiene su origen en su viaje por España. Primero es cautivado por la tauromaquia española, por la bravura de los toros y la valentía de los toreros.

Cuando regresa empieza a dibujar astados, sin imaginar que en ese camino se encontraría con el Minotauro. Es atrapado por la leyenda. La estudia y le da una estocada con su arte. Con sus pinceles hace lo que quiere con la bestia. Le da vida en sus cuadros.

Una bestia amorosa, conquistadora, porque así se ve el Minotauro con el ramo de flores en sus manos.

Para darle el toque romántico al momento inaugural, desde el hospital, porque estaba programado para una intervención quirúrgica, el poeta chiapaneco Roberto López Moreno envió un mensaje electrónico.

Incluyó una frase que parecía dedicada a esa mujer delineada y bella que acompaña a la bestia en la obra pictórica:  “déjame entrar en tu cuerpo para hacerte taurina la tarde y la noche…”

Poesía y pintura inspiradas por la historia de un Minotauro.

Una bestia que esta vez sucumbió ante el arte y los pinceles de Ariosto Otero.

La invitación del “cultureman” Carlos Martínez para ver teatro de títeres en un bar era un gancho insalvable. Recordé mi niñez, las veces que acudí a un espectáculo de personajes sujetados por hilos y jalados por manos diestras de artistas anónimos. Ocasionalmente transmitían ese tipo de variedad por Televisión.

No soy experto en titiriteros  (excepto los de la política) y no recuerdo a nadie en especial en México.

Para el espectáculo nocturno, como se trataba de títeres, igual que lo hacía de niño, me senté en primera fila para no perder movimientos ni gestos. Estos eran mudos, ningún dialogo.

Kenia Castillo era la titiretera, joven emprendedora, creativa, con una propuesta alternativa. Directora y autora del cuento El Rinoceronte. Por supuesto que en el lugar solo había adultos, supuse que todos con corazón de niño.

Y empezó el cuento. La mirada de Kenia se transformó en un imán, atraía. La inclinación de su cabeza hacía que sus lentes de armazón roja tuvieran un deslizamiento corto y natural sobre su nariz. Sus ojos quedaban al descubierto y se agigantaban como si quisieran saltar al pequeño escenario para ser parte de la historia.

Los títeres de cartón y, en lugar de hilos, tiras delgadas y angostas del mismo material.

El cuento es breve. No te puedes distraer porque el costo es no saber que pasó con la manada de rinocerontes pintados de azul, amarillo y púrpura ni porqué se involucraron en esa obra.

No es una historia selvática ni zoológica. Se trata de un conferencista que se imagina a los rinocerontes. Se enoja con los asistentes a su conferencia porque se duermen en vez de ponerle atención. Te enteras que los ha vencido el sueño al pasar sobre sus cabezas la “zzzzz”.

Kenia hace un sonido gutural que por un momento supuse había que atribuírselo al voluminoso animal, pero no, correspondía al conferencista, molesto por los dormilones.

Dura quince minutos, no terminas de acomodarte en tu silla cuando ya está la escena final.

La historia exige imaginación de los adultos para captar el mensaje. Lastima que ya se acostumbraron a recibir todo digerido. La magia y encanto de la imaginación para muchos se pierde cuando se deja de ser niño.

El esfuerzo de Kenia es plausible.

El joven escritor traía doble gorro, chamarra de mezclilla y sudadera en un pequeño salón donde la temperatura rondaba los 25 grados centígrados.

¿Será su estilo?, me pregunté. No lo había visto antes. Solo sabía de sus textos,  nada de su personalidad.

Por lo menos tenía el ventilador del techo en dirección de su cabeza.

¿Tendrá frío o se protege la mollera para que no se le escapen las ideas con el viento artificial?, otra pregunta que me hacía.

Abrigarse de esa manera en verano era para provocar a cualquiera más calor y sed.

Estuve a punto de ordenar una bebida de cebada en ese lugar de Insurgentes donde la cultura se promueve entre aromas etílicos.

La vestimenta es asunto de cada persona pero no me pude contener y al final de la presentación de su nuevo libro le pregunté el porqué de su doble gorro.

-Es que llegué caminando, había sol, tengo la piel sensible y se me irrita, así me protejo.

Nada más que para ese momento en el que le solicitaba una explicación ya eran las nueve de la noche.

-Vivo al revés,  a veces me pongo calcetines de diferente color –remató .

Ese es Alex Mondragón, un nuevo valor de las letras mexicanas, en el estreno de su libro Muladar, 167 páginas para describir la ciudad en la que nació y vive, la ciudad de México.

No es casual el título, como diría Arturo J. Flores, autor del prólogo. Coincidió con la estrella de la noche en que habitamos “un gigantesco muladar en el que se acumulan violencias, sueños rotos, cariños sinceros y escenas mundanas”. De eso escribió Alex, de lo que hay en el Distrito Federal, de lo que dice la gente. Se definió como un “recabador de sonidos”.

Para él es muy importante escuchar a la gente y por eso considera clave “desarrollar un buen oído”.

Me pareció corto para hablar. Prefirió que le hicieran preguntas en vez de pronunciar un mensaje o discurso sobre su libro.

Tampoco pudo leer un fragmento de su obra, porque el lugar es de poca luz y olvidó sus lentes. Aydeé Bravo, la editora, dueña de Vodevil ediciones, con una mejor visión, leyó uno de los relatos.

Confesó que lloró con el último.

Alex Mondragón demostró que lo suyo no es la expresión oral, sino escribir.

Desde niño siente necesidad de hacerlo.

Cree que no lo hace bien. Para su fortuna sus lectores opinan lo contrario.

En la escuela de periodismo aprendí que cuando existe un tema controvertido lo justo es que se escuche a las partes involucradas, para equilibrar la información, porque de lo contrario se cae en la parcialidad y se corre el riesgo de cometer un grave error.

Lo peor es lanzar una imputación sin que se haya hecho una investigación como corresponde hacerla a quien se dice periodista. Lastima al periodismo y a quien difama.

Todavía más grave es que a sabiendas de que no investigó ni equilibró la información, haya empeño por sostener el infundio, al precio que sea, para tratar de que no se descubra la mentira y evitar caer en el ridículo.

Viste más reconocer que no se respetaron los cánones del periodismo y disculparse, porque nadie es perfecto y mucho menos dueño de la verdad. Es importante que esto se ventile para que las instituciones públicas lo valoren.

No se trata de juzgar la trayectoria de nadie, solo poner sobre la mesa un acto desatinado, falaz.

Para esta historia es oportuno reproducir una frase que siempre he apreciado de Abraham Lincoln, quien fuera presidente de los Estados Unidos de América de 1861 a 1865:

“Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Este es el caso, en una primera instancia la falsedad sorprendió a quienes la escucharon, hay algunos que siguen en el engaño, pero ya todo el mundo no se la traga ni acepta. Hay demasiados elementos, pruebas que contradicen lo supuesto.

Era obligado conocer la versión de la contraparte, procurar ahondar en una investigación, escuchar la voz de otros testigos, de mujeres y hombres a los que les constan los hechos, que no hablan de oídas.

Recuerdo que alguna vez en el ejercicio de la profesión, cuando yo trabajaba para El Universal, le comenté a Sara Lovera que su nota que había escrito para otro medio desvirtuaba lo dicho por un funcionario.

El comentario la enfureció.

Le resté importancia al incidente porque al final cada periodista es responsable de lo que escribe. Si fue imprecisa, el descrédito era para la misma periodista y para el medio que laboraba.

A Rogelio Hernández López lo conozco desde hace varios lustros. Riguroso en lo que le he leído. Recuerdo sobre todo su etapa en Excélsior, cuando este diario era el número uno de la ciudad de México.

Con él conversé el tema que hoy les cuento.  Me reveló que Lovera le pidió que se sumara a una campaña en mi contra con el argumento de que existía una acusación.

Rogelio le hizo ver en primer lugar que soy periodista. Segundo, le sugirió que me escuchara antes de sacar conclusiones.

Ella decidió quedarse con una versión plagada de falacias.

Debe saber que no descansaré hasta que triunfe la verdad. He acreditado mi inocencia y ahora lucho porque se reconozca.

Sirva esta historia para que nadie más se deje sorprender por esta persona o se tome con reserva lo que divulgue.

Le dijeron que la computadora no tenía entrada para disco y, no lo pensó dos veces, decidió regresar a su casa por la memoria USB.

-¿Vives lejos?- preguntó una joven que ya se había acomodado en asiento de primera fila para ver el documental La Guerrera.

-Cerca- contestó, al tiempo que extendía su brazo izquierdo en dirección hacia la calle para reforzar su comentario de que su domicilio no estaba en la periferia de la ciudad de México sino próximo.

Mientras tanto, a comer palomitas por cortesía de esa casa del comercio etílico que se ubica en Insurgentes, a la altura de la colonia Roma, que se dedica no solo al negocio del alcohol sino también a la difusión de la cultura. La llamada pulquería Los Insurgentes.

Hasta ahí había llegado Paulina del Paso, la directora de la película, la hija del escritor Fernando del Paso. Simpática, con una chispa de sentido del humor que atribuye a su padre. Seguro debe ser así. Suena natural al decir ella que es la “hija de…”. No cualquiera puede serlo del autor de “Noticias del Imperio”.

Ese sentido del humor lo trae en la sangre. No podía ser de otra forma, es el aderezo de su filme, lo que hace reír por momentos a quienes asisten a la función. No burdo ni explícito, sino fino e implícito en la trama como cuando se ve a La Guerrera, a la peleadora Ana María Torres, agitar tímidamente su mano para saludar la marcha de un pelotón de militares en Corea del Norte. O cuando la campeona del box confiesa que a la única que le teme es a su madre, su principal crítica.

Es la historia de Ana María Torres en documental, esa chica de Neza, de Minnesota, de Nezahualcóyotl, quien a puro pulmón se hizo campeona del box, en México y en el mundo. Rostro endurecido por la vida y el deporte, es lo que se desprende del documental. Paulina, la directora, en los comentarios post filme y al responder preguntas, precisó que es una mujer dulce, muy dulce.

Me acordé de mi niñez cuando iba con mi papá a ver las peleas de campeonato en la casa y televisión de un amigo. Era lo mismo cada vez que estaba en juego un campeonato mundial. Botana y cerveza en la mesa. Queso, jamón, cacahuates. Refresco para los menores.

En ese tiempo era raro ver mujeres aficionadas al box. Mucho menos que se subieran al cuadrilátero a darse de golpes.

Hoy, en la adaptada cineteca la mayoría eran mujeres, con ánimo de ver en pantalla la vida de una boxeadora, relatada por un mujer que se declara con orgullo feminista.

Esta vez pedí una cerveza para acompañar las palomitas y ver “La Guerrera”. El camino a la fama. Es una historia que revela también el esfuerzo presupuestal para hacer el documental. Por estrategia fílmica y por economía Paulina durmió en la misma habitación que la protagonista en diversas ocasiones que viajaron al extranjero. Eran tres, Ana María, su pareja y entrenador llamado Roberto y la hija del famoso escritor.

Paulina dormía en el suelo.

Y desde el suelo, en la recamara, grabó e hizo que Ana María, recostada, de lado, hablara de su vida para la cámara.

Por ser una historia de éxito, hubiera preferido verla a todo color, la directora optó por hacer énfasis en los grises, en el blanco y negro. La recopilación de información es completa, la sustancia de la vida familiar y profesional de la peleadora. Los dos viajes a Corea del Norte, las dos peleas que pierde la Guerrera por la parcialidad de los jueces. Igual como sucede en el caso de los hombres, un mal del boxeo, hay lugares en donde solo se puede ganar por nocaut.

La directora se encargó de revelar veleidades de la campeona. Cambió de novio en el curso de la elaboración del filme. Ahora resulta que al anterior, su entrenador personal, nunca lo quiso. El nuevo tiene dinero y se atrevió a plantearle a Paulina:

-¿Cuánto por sacar a ese güey de la película?

No le contestó.

El güey se quedó en la película.

En el comienzo de las vacaciones de verano esta vez les voy a contar una historia de Carlos Loret de Mola, de la que fue protagonista, a propósito de que es muy dado a contar sus historias de reportero. Esta es una que él no conoce completa.

Habíamos comido en un restaurante del hotel Camino Real de la colonia Anzures en la ciudad de México con Raúl Plascencia, entonces presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

La escena sucedió en la espera de los autos de cada uno, en la entrada-salida que desemboca a la calle Mariano Escobedo. El invitado era Loret y por lo tanto la cortesía era despedirlo en primer lugar. Pasaron los minutos. El  chofer y auto del conductor del programa Primero Noticias de Televisa no llegaban. Evidente que su asistente no estaba pendiente.

En esa espera continuó la plática cordial.

15 minutos y no aparecía el auto del periodista.

La que pronto se dejó ver fue la camioneta blindada de Plascencia con su respectiva escolta.

Supongo que alguna seña les hizo el espigado Ombudsman porque la camioneta se detuvo en la mera entrada, a 10 metros, en espera de instrucciones de su jefe.

Loret , amigable, sin perder el buen humor a pesar de la ausencia de su chofer, expresó de inmediato:

-Ya llegó tu camioneta, adelante, yo espero.

-No, no es mía- dijo Plascencia.

El guardaespaldas bajó de la unidad, enmudecido, con cara de “¿what?”, sin saber que ocurría y atento a la distancia a cualquier indicación.

Plascencia se puso nervioso.

Nunca entendí el motivo de su mentira ni le pregunté después, quizás no quería dar la imagen de ser un defensor de los derechos humanos que se transportaba en imponente camioneta, de las que se miden por metros, y con su respectivo personal de seguridad.

¿Y ahora?

El coche de Loret no llegaba, los escoltas sin saber qué hacer, a la expectativa, Plascencia más nervioso y su cara más abrillantada por el sudor.

Se le ocurrió decir que iba al baño. Volvió a meterse al hotel.

A los pocos minutos la camioneta blindada se retiró. Lo más probable es que le haya hablado de su celular al chofer para que lo hiciera.

Regresó sonriente.

Y el transporte de Loret sin llegar; tampoco había conseguido contactarlo por teléfono.

La solución fue ofrecer llevarlo en mi auto. Accedió para acabar con la espera.

Por el espejo alcancé a ver a Plascencia hacer una llamada, seguro para que su camioneta blindada ya pasara por él.

A Carlos lo dejé en su casa de Polanco.

Bailó y cantó de principio a fin. Demostró dominio de la música de sus favoritos. Lo mismo un grupo español travesti llamado Nancys Rubias, otro con trajes arlequinescos de origen argentino con el nombre de Miranda y para cerrar la mexicana Alaska cabeza de Fangoria, con fama sobre todo en la madre patria e intérprete de “A quién le importa” y “Ni tu ni nadie”.

Era un fan jovencito de aproximadamente 20 años, piel morena, 1.70 metros de estatura, complexión delgada, cabello negro corto y encopetado, vestido de camiseta roja descolorida, pantalón de mezclilla y tenis de marca. No paró en ningún momento. Desde que se abrió el telón y empezó a sonar la música agitó sus brazos, hacia arriba, hacia los lados, al frente. Pendular el movimiento de su cuerpo. Por el estruendo de las bocinas era imposible escucharlo pero a la distancia se veía que su boca abierta acompañaba el canto pop y la música electrónica.

Se ubicó en el primer piso del Teatro Metropólitan. Sacó su teléfono celular para fotografiar a los protagonistas del espectáculo. Unos minutos y lo guardó. Optó por mirar de manera directa, sin pantalla digital de por medio. Traía anteojos de armazón negro  y lentes antireflejantes. Feliz. No parecía estar acompañado. Cuando todo terminó a la medianoche, se fue solo, con un rostro encantado. Sus ojos no perdieron detalle del show. Agitó su cuerpo al ritmo de sus ídolos. Fan leal que se sabe las canciones de sus artistas favoritos y goza cuando puede verlos aunque sea a distancia y escucharlos como si le cantaran muy cerca de los oídos porque es la sensación que provocan los amplificadores.

Demasiado lejos para captar todos los gestos de quienes estaban en el escenario. No parecía importarle. Fascinado con sus estrellas. Para nada le afectó que no se hubieran ocupado ni la mitad de las butacas del teatro. Los ausentes se lo pierden. Los organizadores lo atribuían a la falta de promoción. Una situación que tenía sin cuidado al fan.

Se sumó al coro del público y grito “otra, otra, otra”, al final de la actuación de cada grupo. Ni él ni otros tuvieron la respuesta deseada, salvo con Nancys Rubias que accedió a tocar tres más. Fangoria respondió que ya era tarde y hora de ir a dormir. Nadie se quejó de que en un evento de esas características se extrañara al Dios de los sueños. Tampoco había motivo para que alguno de los tres grupos se sintiera agotado porque el tiempo de la nocturna presentación se lo distribuyeron de acuerdo con su popularidad. Además, el evento inició con retraso de 45 minutos y hubo pausas para acomodar los instrumentos de cada uno.

En cambio, el chico, el fan, que nunca se sentó en su butaca, llegó y se fue con la misma energía. Exhibió el ánimo y el sello de su lealtad musical, en la noche del último viernes de junio.

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La historia que hoy les voy a contar vale más que una moneda de oro. Vestido impecable, traje sin mancha ni arruga, con pañuelo de seda en la bolsa exterior. Bien peinadas sus canas y una sonrisa animosa, contagiosa. Afectuoso, cordial, amistoso, respetuoso. Gustavo del Castillo Negrete, periodista y ahora servidor público. Nos encontramos en el Paseo de la Reforma.

Trabaja en la Casa de Moneda de México, en las oficinas administrativas que se ubican en esa avenida que adorna la ciudad de México pero que también funciona como manifestódromo.

-¡Qué elegancia! –fue mi expresión al verlo.

-Es que trabajo en el sector financiero, como comunicador.

Después de los saludos, me dio información de lo que hace la institución en que labora. Complacido y orgulloso destacó que México le fabrica monedas a varios países de nuestro continente.

A mi lo que más me llamó la atención fue su comentario sobre la moneda de oro de un kilo.

-En la planta baja del edificio hay una joyería de la misma casa, con relojes, pulseras, aretes y monedas, el día que tengas tiempo y quieras me llamas a mi extensión, estoy en el octavo piso, con gusto te acompaño para que aprecies el trabajo que se hace con los metales. Ahí también está la moneda de un kilo de oro.

A la semana siguiente se presentó la oportunidad. Le llamé y en minutos descendió a la planta baja.

Le vi una mancha morada en el lado derecho de su cara. El fin de semana lo habían asaltado por San Jerónimo, le dieron un golpe en el rostro para robarle una Tablet. Sin embargo, su ánimo era el mismo del día que lo vi atravesar el Paseo de la Reforma. Empezamos a observar con detalle el contenido de las vitrinas. Después pasamos a un sitio contiguo con más restricciones y seguridad. Preguntamos por la moneda de oro de un kilo.

-Ya no tenemos- respondió de inmediato el empleado.

-La última se vendió hace dos semanas –añadió.

-¿Cuántas se hicieron?

-200.

-¿Y su precio?

-800 mil pesos.

Como lo haría un panadero con su pan, el joyero habló de las ventajas de invertir en oro.

Le hice ver que desgraciadamente ahora por mil pesos o mucho menos, corres el riesgo de que te asalten y hasta te maten.

Estuvo de acuerdo en que la inseguridad es un problema serio, en México y en el mundo.

De cualquier manera siguió con su plática sobre las ganancias de los metales.

Terminó la conversación, salimos de la joyería. Le agradecí a Gustavo su atención y tiempo.

Al mes siguiente me entero en Facebook que está delicado de salud, luego de una operación de corazón. Espero que los médicos lo regresen a la vida cotidiana, Gustavo del Castillo Negrete es un personaje con valores humanos, su salud y amistad valen mucho más que la moneda de oro de un kilo.

Hasta antes de que México viviera la alternancia en la presidencia de la República, era una práctica que un personaje del gobierno saliente tuviera que pagar los abusos en el manejo de recursos públicos. Vicente Fox quien llegó en el 2000 ofreció atrapar a los tiburones, pero al final ni charales. Su relevó Felipe Calderón tampoco se caracterizó por atrapar a peces gordos.

En el 2012 volvió el PRI a los Pinos. Por un momento se pensó que vendría el cobro de cuentas y que todo aquel panista que se hubiera enriquecido indebidamente, enfrentaría la justicia. No ocurrió. O a lo mejor no hubo corrupción en los gobiernos azules. ¿Será?

Sin embargo, los que regresaron al poder, no han tenido que esperar a terminar su administración para ser descubiertos y perseguidos. Parece que hay una lupa o lente con gran aumento que observa todos y cada uno de sus actos. Los funcionarios de hoy está ocupados en defenderse. Ya ni tiempo les da de mirar atrás y averiguar lo que ocurrió en sexenios recientes.

¿A poco nada más hay malos servidores en la vigente administración? Si todos de 2000 a 2012 hubieran sido pulcros y cumplidos, la situación económica de México sería distinta. Habría educación de primera. El número de pobres en vez de aumentar, se hubiera reducido. La gente estaría contenta, con salarios remunerativos y calidad de vida envidiable ante el mundo.

No se defiende a unos ni a otros, pero como que el piso no está parejo ni se mide con el mismo rasero. Es curioso que los críticos solo estén concentrados en la actual administración. Está bien que lo hagan, para denunciar con oportunidad a quien se salga del marco legal. Lo que llama la atención es que no miren hacia atrás. ¿A qué se deberá?

Seguro que los actuales servidores están aprendiendo, como se aprendía en las antiguas escuelas y hogares, a golpes. Y sobre la marcha tendrán que corregir si de verdad quieren recomponer su imagen y recobrar en parte o en mucho la credibilidad y confianza perdidas.

¿Qué hacer?

Es un hecho que el equipo se ha desgastado. Cuando un automóvil empieza a dar problemas mecánicos, todo le suena, se descompone con frecuencia, el motor tira aceite, hay que darle mantenimiento integral o comprar otro. ¿En qué momento? Antes de que el auto te deje tirado en la carretera o se incendie por el deterioro eléctrico de la unidad.

Por muy complejo que sea el problema, puede ser resuelto. Hay que conseguirse un buen mecánico, un buen electricista y un buen hojalatero para darle mantenimiento al auto, si es que se opta por esa opción. Lo ideal es un auto nuevo, revisar el mercado, seleccionar el modelo más rendidor y con la garantía de llegar al 2018 en excelente estado. Auto del año en la analogía que hago significa contratar nuevo personal, altamente calificado, eficiente y a prueba ácidos.

Los dos marcados por la muerte: cáncer. Uno periodista; la otra, una mujer dedicada al canto religioso. Ninguno se rindió. Conocí a los dos; Ricardo estaba desahuciado y dio la batalla con la medicina alternativa; Tony, madre orgullosa de sus hijos, luchó por su vida con el financiamiento  de la seguridad social. Ambos me maravillaron, se ganaron mi admiración, no por su enfermedad ni por lo que hacían para tratar de vencerla, sino por su calidad humana, por su voluntad, su ánimo, su permanente jovialidad que atrapaba. Después de verlos y platicar con ellos, una pregunta me seguía por varias horas: ¿Y yo de que me quejo?

Salvo las pausas médicas y hospitalarias, vivían con la normalidad  de cualquier mortal, emprendedores, con tareas cotidianas y planes familiares.

Ricardo Andonaegui se comportó como periodista hasta el último suspiro, apenas tenía un entrevistable enfrente y soltaba la preguntas en busca de la nota. Tony Beltrán nunca dejó el canto religioso, su voz transmitía paz.

Fui a la fiesta de cumpleaños de los dos y los dos anfitriones de primera, pendientes de que nada faltara a sus invitados. Sonrientes, cordiales, amigables, como si nada pasara o consumiera sus cuerpos. Ricardo tenía motivos sobrados para estar orgulloso de su pareja y chef de lujo. Monique le preparó en casa para la cena Chiles en nogada. Todavía saboreo el primero compartido con Ricardo y servido por la experta en cocina. La gourmet también es periodista.

A Tony sus hijos le organizaron la reunión en un restaurante del sur de la ciudad de México. Irradiaba felicidad. Ella seleccionó el lugar. Por su entendida situación presupuestal, cada uno de los invitados hizo la aportación requerida para la especial celebración.

Instantes de vida que se quedan para siempre en la memoria. Los dos ya se han ido, primero Ricardo, después Tony. Con los dos pude conversar y reír. No los acompañé a su incineración porque siempre he preferido quedarme con las imágenes de vida y orar por ellos.

Fui a la misa de Ricardo y hoy estuve en la de Tony.

Mi admiración para los dos es a perpetuidad.

Cayó el gol del América en el estadio Azteca en contra de León, en la apertura del campeonato de liga, y nadie gritó “¡Goooooool!” en el restaurante. Supe de la anotación cuando levanté la mirada y vi en la pantalla que se había movido el marcador.

De hecho, desde que entré al comedero me llamó la atención que no se escuchara la voz de los gritones o cronistas de Televisa. En su lugar estaba la narración del juego de futbol americano Nueva Inglaterra Vs. Baltimore.

Hubo que esperar para la asignación de mesa, todas estaban ocupadas. Era uno de esos sitios que tiene como emblema una figura picante de color verde. Conté más de 10 televisiones en el camino a la mesa, en unas se veía el futbol americano y en otras el balompié. El audio que dominaba era el del americano, al del soccer dejaron en cero el volumen.

Mucha gente en la plaza o paseo Acoxpa, ubicado a por lo menos un kilómetro del Azteca. En el trayecto a ese centro comercial, en el radio de mi auto, había escuchado que en la casa de las águilas había más de 70 mil aficionados. No era el mismo interés en el restaurante. Los clientes estaban más metidos y emocionados con el futbol americano, con un juego que se realizaba en otro país, con jugadores que no hablan nuestra lengua. El que jugara el campeón América pasaba a un segundo lugar. Y que conste, el futbol americano, lo saben todos, en México no es un deporte popular que se practique tanto como el soccer.

Sin embargo, esta escena que te platico confirma que el americano ha penetrado a tal grado en el gusto de los mexicanos que ya resulta más atractivo verlo y escuchar el relato de los comentaristas. Nadie se molestó ni reclamó porque le hubieran bajado el volumen al juego casero.

Cuando escuchaba algarabía, júbilo, exclamaciones juveniles, era porque Nueva Inglaterra había logrado un touchdown. Expresiones como ¡Esoooo…! ¡Vaaaamos…! ¡Yeeessss…! De la tele el grito medido del cronista:  “¡touuuchdown…!” Nada que ver con el ¡Goooooooool…! alargado, estremecedor y acostumbrado de Raúl “Pollo” Ortiz en Televisa o de Christian Martinoli en TV Azteca para las narraciones del futbol soccer.

Recuerdo que antes, hasta hace dos o tres años, en esta cadena de restaurantes, cuando coincidían en horario juegos de futbol americano y soccer, la narración que se escuchaba era la del segundo, ahora importa más saber qué equipos llegan al Super Bowl.

Como todas las mañanas leí su columna Dimes y Diretes en el diario El Universal y ese día, desde la primera línea, quedé paralizado, por poco se me cae la taza con café.

Había errores ortográficos, perdí la cuenta cuando ya había sumado más de 20.

¿Qué pasó?

Lo declaré inocente de inmediato, no tenía la menor duda de que era ajeno a ese desconocimiento del lenguaje.

Leopoldo Meraz fue un periodista de espectáculos respetado, con una cultura de la que había que aprender. Escribía de artistas, sabía de canto, actuación, cine, teatro, opera, música clásica, pintura, escultura, deportes, televisión, radio. Verdadero experto. Se denominaba Fabricante de Estrellas y lo era, sus calificaciones o valoraciones eran tomadas en cuenta por productores, directores y empresarios. Le gustaba leer, no solo notas de espectáculos. Aficionado a la literatura. Tenía predilección por la novela. Enterado de la política y los políticos.

Dos de sus amigos, un cantautor y un millonario empresario, Juan Gabriel y Emilio Azcárraga Milmo “El Tigre”. Con ambos viajó en su respectivo avión, en compañía de otros periodistas, grupo reducido. Con el cantante de Ciudad Juárez fue a su casa de la frontera norte, en suelo estadounidense, en invierno. Hacía tanto frío, caía nieve, no iba preparado para muy bajas temperaturas, que del anfitrión recibió de regalo un abrigo. Con Azcárraga fue a Miami, me platicó las ventajas de viajar con un personaje que no tenía límites en sus gastos personales. Regresó encantado de las travesías.

Coincidíamos regularmente en la redacción y platicábamos de diversos temas. Lo dejaba hablar, él era el maestro.

Terminé de leer su columna, con más errores que aciertos ortográficos. Observé que estaba fechada en Acapulco. Había asistido al festival de cine internacional. Supuse que dictó por teléfono su columna y que quien le tomó el dictado era culpable de las fallas. Descarté que lo hubiera hecho un reportero de la sección de espectáculos, porque nunca hubiera contratado a nadie con ese defecto. Leopoldo Meraz era el editor de dicha sección.

En ese entonces, en el Gran Diario de México, ya había computadoras pero todavía no se usaba el correo electrónico. De haber existido, por supuesto que esto nunca le hubiera pasado al Reportero Cor.

Por la tarde, lo vi llegar a la redacción, con su imponente figura, era alto y se percibía fuerte. Su mirada recorrió todos los asientos. Estaba buscando al autor de los errores ortográficos.

Apenas lo descubrió y desde la puerta empezó a reclamarle, con la voz sonora que le caracterizaba. Se trataba de un jovencito de reciente ingreso al periódico, para hacer la función de auxiliar de redacción. El muchacho optó por aguantar la reprimenda, se quedó callado, con la vista clavada en la pantalla de la computadora, sabedor de que era culpable. Después de esa tarde, no lo volví a ver, le dieron las gracias por sus “servicios”.

Lo que no se me olvida de lo que dijo Leopoldo fue: “yo fui el que quedó como un pendejo”.

Ni por un momento pensé en intervenir en esa escena, Cor estaba enojado y tenía razón.

Ya después del álgido pasaje, con los ánimos en paz, le comenté: “quienes lo conocemos sabemos que usted no cometió esos errores”.

-¿Y el qué me leyó por primera vez? –reviró sonriente.

Cor falleció en noviembre de 2004 y hoy lo recuerdo con respeto y admiración.

Todavía no se porqué el público no se puso de pie para aplaudir a toda la compañía que hace la obra musical “Los Locos Addams”. Se lo merecía. El aplauso fue largo y sonoro, pero nadie se levantó de su asiento.

-Por qué no te pusiste de pie?-le pregunté a mi esposa, aficionada al teatro, especialmente a los musicales.

-Es que no vi a nadie que lo hiciera- respondió.

O sea que no quiso correr el riesgo de ser la única.

Vi caras felices, gente satisfecha con el espectáculo, aplaudidores de cada una de las piezas musicales, a veces más, a veces menos; escuché risas en diversos momentos, emoción en niños y jóvenes, júbilo en los adultos. Alegría por la historia y la actuación de la familia Addams. Una obra con el arte, la magia y el humor para tomar un respiro, disfrutar y desconectarse, aunque sea por dos horas, del trajinar cotidiano, el drama y la tragedia.

¿Entonces por qué no se pusieron de pie para el aplauso?

¿Estarían cansados?

¿O todos, como mi esposa, esperaban a que otro lo hiciera, para imitarlo y no correr el riesgo de un supuesto ridículo?

Por menos se ha puesto de pie.

Y esta vez que calificó la obra Los Locos Adams como el mejor musical que ha visto en los últimos meses, no lo hizo. Además, tiene predilección por la calidad y simpatía de Jesús Ochoa.

Yo no me levanté, por mi papel de periodista, alguien tenía anotar o registrar lo que ocurría abajo y arriba del escenario.

De niño siempre me divertí con la serie de televisión norteamericana, esperaba que llegara la hora para verla.

Una historia de éxito que empezó como tira cómica en 1937, creada por el dibujante Charles Addams, que después llegó a la televisión, al cine, a los dibujos animados y a  Broadway como musical.

En el Teatro Insurgentes de la ciudad de México, Susana Zabaleta protagoniza de manera natural a Morticia; con sus vestidos largos y escotados, su lacia cabellera, delineada figura, desbordada coquetería y melodiosa voz, cumple con altas calificaciones su actuación. Igual Jesús, no es  físicamente parecido al personaje que vi en la serie de televisión, sin embargo, no hace falta. Ochoa está convertido en un maestro y un profesional de primera. Baila, gesticula, bromea, no descuida detalles al interpretar a Homero, seduce. Su voz no es privilegiada para el canto pero no desafina, es entonado.

Gerardo González, como Tío Lucas, tiene una gracia cautivadora. Ocurrente e idéntico al de la televisión. También José Roberto Pisano es meticuloso con su personaje Largo, la voz engolada y sus movimientos robotizados.

Todos sin excepción, esmerados en alcanzar la perfección. La jovencita Gloria Aura como Merlina,  el niño Miguel Ángel Pérez como Pericles y Raquel Pankowsky como la abuela.

Para todos, los que representaron a la familia Addams, a la conservadora familia Beineke (Luha Dujart, Tomás Castellos y Marisol del Olmo), a los ancestros, a los swings, a los cantantes de cabina, a la orquesta con su director Eduardo Soto, a la producción, a los patrocinadores, a Tina Galindo y Claudio Carrera, a la dirección de la obra, desde este espacio, me pongo de pie y les aplaudo.

Itatí Cantoral es una actriz con trayectoria, experiencia, sensible y cualidades para enfrentar cualquier reto en el escenario, pero en la obra musical Mame le hace falta soltarse, sentirse segura y confiar en sus aptitudes. Si bien su voz no es para quedarse con la boca abierta, es entonada pero el problema es que no transmite, necesita de verdad sentirse Mame, la tía glamorosa y divertida, encantadora en la conquista del millonario, dramática en la quiebra de sus finanzas y tierna en la protección del sobrino.

Ella debe ser la cereza de la obra, concentrarse en su papel, porque salvo el pequeño monitor esquinado para ver quien toca la música y el desafine vocal de Miguel Garza, todo lo demás luce, los bailes, el canto de María Filippini y en especial del niño Eddy Valenzuela, los desplantes de Dalílah Polanco en el papel de Vera Charles, el caminar sensual de Lorena Velázquez, el porte galán de Víctor Noriega, la caradura del abogado Marco Uriel, la escenografía, el vestuario, la tecnología en imágenes para recrear los años 1928-1929 en Nueva York.

La verdad, me dio una mal presagio cuando no entré minutos antes de la hora programada a la sala del teatro 1 del Centro Cultural en la ciudad de México. 30 minutos de retraso. Le pregunté a quien custodiaba la escalinata el motivo y sorprendido escuché:  “todavía están ensayando”.

Si después de semanas de estar en cartelera “todavía están ensayando”, por un segundo supuse que había ocurrido una emergencia y por lo tanto cambio de protagonista.

-¿No  va a estar Itatí? -pregunté.

-Sí, ella es la que está dirigiendo el ensayo.

Me sonó rara la respuesta, aunque quizás no era la persona más indicada para dar información, pero luego este tipo de gente es la que sabe y con naturalidad dice lo que realmente sucede.

También en el vestíbulo estaba la periodista de espectáculos Maxime Woodside, acompañada de Roberto y Mitsuko. Se veía que disfrutaban su charla que los tenía sin cuidado la espera.

Otro detalle, que no ayudó a la obra ni a Itatí el día que acudí a verla, fue un grupo de jovencitas que le echaban porras a la actriz y a otros personajes. Estruendo que parecía tener etiqueta palera.

Itatí no necesita de esos recursos, solo ser ella misma, segura de su actuación, de sus movimientos y desplazamientos, certeza de que todo saldrá bien como cuando se sube al trapecio redondo y se balancea con gracia, sin temor a caerse.

Apenas un punzón de crítica lo que tiene la obra The Hole da una medición del grado de rechazo hacia la política y los políticos. Es una obra de éxito probado en España y ahora se exhibe en México, en el teatro Molière de Polanco, que antes funcionaba como sala de cine.

Es un espectáculo divertido, variado, entretenido; con voces afinadas, trapecistas que arriesgan el físico, atractivos visuales para damas y caballeros, humor, artistas rusos, colombianos y mexicanos; una rata domesticada (de verdad) protagonista del guión, como de las que se pasean por las cañerías de la ciudad. Una mezcla de circo y cabaret refinado. La rata se comporta como una estrella, no ensucia ni el escenario ni la trama. En cambio la política, aun cuando no es tema central, tres destellos dan idea de cómo anda el ánimo y hasta donde ha llegado la insalubridad.

La izquierda es fulminada por el público. La expresión de los asistentes confirma que perdió su credibilidad. Una reacción de enojo y reprobación. Antes más de uno se apresuraba a exhibir un aire izquierdista porque la izquierda daba estatus, perfil democrático, barniz intelectual. Era la posición de los convencidos y la opción para quienes preferían refugiarse en ese punto de la geometría política a correr el riesgo de ser ubicado en la derecha o comparsa del sistema.

Me quedé sin habla al escuchar el larguísimo “uuuuuuuuuuu…”  del público, ver lo bajo que ha caído la izquierda, por lo menos en el ánimo de los que estaban ahí en el teatro. Gente con un nivel social medio, medio alto, que leen y escuchan sobre lo que sucede en el país. Su valoración de la realidad.

En menor grado reprueban la historia de la casa blanca mexicana y la confesión de cansancio de un funcionario federal.

La obra se desarrolla con la conducción de Alejandro Calva, con gracia y puntual agudeza en sus comentarios. Se desplaza ágil, a pesar de no tener un cuerpo esculpido por el gimnasio, por todo el escenario y entre el público. En contraste el llamado  “pony loco” (mexicano), con un físico estético y fornido, mechones en la cabeza y en el trasero, se mueve con gallardía equina; despierta suspiros y admiración de las damas. En el intermedio, la fotografía con el escultural varón. Algunas sin rubor en atrevidas poses.

El trapecio que cuelga del techo un reto para quienes demuestran su habilidad al colgarse con una o dos manos, con las piernas o girar como trompo. Lo mejor, al final, una mujer de más de 100 kilos, vestida como la Marilyn Monroe. Con evidente exceso de peso. Supuse que sería una comediante. No, también trapecista, con una flexibilidad y fortaleza admirable. Hizo un split  perfecto en el aire, sin red de por medio. Una mujer de origen ruso.

Quienes juegan montados sobre una tabla y la tabla sobre un diminuto rodillo, en ningún momento perdieron el equilibrio. Pareja de varones que irradian simpatía con su cara, sin decir una palabra.

Un buen espectáculo, aderezado con luces y canto, que decidí verlo atendiendo la recomendación de Kate del Castillo, porque según ella, al fin llegó a México “algo diferente y atrevido”, con artistas que no son populares en nuestro país pero con una calidad indiscutible. Me consta.

La actitud del torero Octavio García “El Payo” al llegar a bordo de su camioneta a la Plaza México irradiaba seguridad, firmeza, concentración; sonreía desde su asiento a los aficionados que esperaban y saben por donde entran los artistas de la muleta y el capote; vestía traje dorado.

Debo admitir mi modesto conocimiento de la tauromaquia, soy un aficionado irregular, pero apreció la valentía y arrojo de quienes se dedican a este arte de alto riesgo. No me queda la duda de que se juegan la vida. Los cuernos del toro matan y hay en la historia sucesos trágicos que lo prueban.

También vi llegar a los otros dos toreros que integrarían el programa dominical en el coso de Insurgentes Sur, en la inauguración de la temporada grande 2014-2015. Ni Morante ni Diego Silveti traían el mismo talante que el primero. Los noté esmerados en mostrar un semblante tranquilo,  aparentar seguridad. Se percibe cuando alguien no trae  su mejor actitud.

Casi estaba llena la plaza, poco más de 35 mil aficionados, partidarios de la fiesta brava, que por su número contrastaban con el reducido grupo que fue a gritar su inconformidad desde la calle, en defensa de los toros para que no sean maltratados. Doy por hecho que sus voces alzadas no llegaron hasta los oídos de los siete astados que entraron al ruedo.

Lo toros de Barralva ni se inmutaron, tampoco los toreros. No se dieron por enterados de esos gritos como tampoco los perturbó el ruido de los aviones que cada dos minutos partían el escenario desde el cielo azul, despejado. Es el trayecto que sigue las naves hacia al aeropuerto internacional.

Morante no tuvo una tarde afortunada, ni con el capote ni con la espada. Lo vi inseguro en sus dos primeros. En el tercero, el de regalo, ya no lo vi porque me avisaron que la grúa se llevaba mi auto. Según las crónicas, logró algunos destellos para beneplácito del público. Diego Silveti se quedó en el punto medio, nada extraordinario.

En cambio “El Payo” se lució y le dieron tres orejas, una por el primer toro y dos por el segundo.

Cuando se paseó en las narices del toro y se detuvo por uno instantes para retarlo, redondeó la faena de capotazos y muletazos que le había dado. Impresionante el “ole” de más de 30 mil voces.

Desde que llegó a la plaza, “El Payo” se veía y se sentía ganador y ganó.

Si eres de los lectores sensibles que no soportan ni siquiera que se les mencione escenas de expulsión de comida por la boca, por favor no sigas esta lectura que describe un episodio de ese tipo.

Resulta que cuando era estudiante de secundaria en mi pueblo Poza Rica, no nací ahí pero viví en dicho municipio veracruzano antes de cursar la universidad, tenía una beca. El monto de lo que representaba lo recogía en la ciudad de México y en el mismo lugar realizaba cualquier trámite relacionado con ella. El precio de la rancia burocracia.

Cada vez que hacía el viaje Poza Rica-DF era un sufrimiento para mi cabeza y mi estómago. Quizás me predisponía para pasar un mal rato nada más de saber que el autobús transitaría por la zona de curvas. Se me hacía eterno ese trayecto. Curva tras curva. Sucedía lo que tenía que suceder. Vomitaba. Muchas veces bañé el respaldo de enfrente, la ventanilla que no se podía abrir o mi propia ropa y asiento. Mis disculpas, a destiempo, aunque nunca es tarde, para la línea ADO y el personal de limpieza.

Tuve la osadía de querer contar las curvas con el propósito de ir entretenido. Cuando iba en la 50 me veía obligado a suspender el conteo. La idea no había corrido con suerte.

Una vez que superaba la amarga devolución alimenticia y desaparecía el dolor de cabeza, soñaba con una carretera sin tantas curvas. Casi hago fiesta cuando se anunció el proyecto para la construcción de la autopista, que reduciría a la mitad el tiempo de viaje entre esos dos puntos.

Sin embargo, el gusto me duró poco porque durante mi estancia en Poza Rica y mis viajes a la capital de la República, no me tocó ver ni la instalación de la primera piedra de la dichosa nueva carretera.

Los mareos y vómitos por las curvas se repitieron. Tampoco de nada me servía dormir porque el zigzagueo era tan marcado  que despertaba listo para el desfogue. Ya para entonces tenía la precaución de cargar una bolsa de plástico. Luego las regalaba la compañía camionera.

Hoy compruebo que por fin, después de más de 20 años de obras, el corredor México-Tuxpan (Poza Rica está antes de llegar al puerto tuxpeño) puede ser utilizado.

Esto se los escribo justo cuando voy en camino a Poza Rica. Mi hijo mayor como conductor confiable. Hasta me doy el lujo de usar la computadora y elaborar sin sobresaltos ni interrupciones el escrito, lo que sería imposible si transitara por el camino sinuoso.

Ojalá que para la siguiente carretera que decidan construir las autoridades se tarden mucho menos en entregarla a la sociedad.

Aquí sí, contrario al tango “Volver” de Carlos Gardel, de que 20 años no es nada, para mi la doble década y más, fue el recuerdo indeseable y vomitivo de las curvas en la sierra poblana.

Este día borré para siempre, de mi ordenador cerebral la travesía mareadora, la sustituí con la grata experiencia que me dejar estrenar la carretera inaugurada.

Era de terror, ahora es humorismo. Lo que hace más de 20 años espantaba a la gente, hoy la hace reír.

Y funciona, satisface la obra, las actuaciones son espléndidas, de Rafael Perrín y Ricardo Morell, protagonistas de La Dama de Negro, que ya cumplió dos décadas en la cartelera mexicana.

Sin embargo, la oscuridad, los sonidos que recorren el techo del teatro Julio Prieto de la ciudad de México, las apariciones repentinas de la mujer que camina y corre entre las butacas, más que dar miedo, divierten.

Explicable porque en nuestra realidad lo que da miedo es la delincuencia, la violencia, el asalto, el crimen organizado. Desde hace varios años es lo que tiene atemorizada a la población.

¿Se acuerdan de 1994 cuando surgieron el EZLN y el subcomandante Marcos? El año en el que también mataron a Luis Donaldo Colosio. La sociedad se asustó y en las elecciones de entonces acudió a votar por la paz. Ernesto Zedillo ganó por amplio margen, no porque fuera un buen candidato, sino debido al clima de incertidumbre que prevalecía. Se le llamó el voto del miedo.

Con el correr de los años, la delincuencia creció y las estrategias de seguridad dejaron de funcionar como esperaba la autoridad. Además, los actos delictivos, según cifras oficiales, en su mayoría quedan impunes. Ese es el terror de los tiempos modernos, la inseguridad.

En el cine, con los adelantos de la tecnología, de la computación, también se logra sembrar miedo a los espectadores y hasta terror cuando se combinan sucesos de la vida real con efectos especiales.

La leyenda de La Dama de Negro como obra de terror, ya pasó sus mejores tiempos. Todavía cuando la protagonizaba Germán Robles, quien nada más de verlo nos hacía recordar sus papeles de vampiro o chupasangre, con su cara y su voz, provocaba angustia a los asistentes al teatro.

En la actualidad la obra está bien hecha para la risa. El día que la vimos con las actuaciones de Perrín y Morell, en las primeras filas había una docena de jovencitas que gritaban cuando en el lugar reinaba la oscuridad o veían a la famosa dama pasearse como un “fantasma” . No era un grito de miedo sino de diversión, aunque parecían contratadas para dar la impresión de lo primero.

Sin duda, la obra producida por Antonio Calvo y Carlos Bracho es un éxito, pero no para sembrar el terror.

Los trípticos o invitaciones, al hacer una síntesis de la historia, dicen que consigue que “cada persona se paralice de miedo en su butaca”. No se paraliza, se retuerce de risa.

Mi esposa desistió de acudir al teatro por miedo al supuesto terror de La Dama de Negro. En su lugar fue mi hijo. Salió muy contento y listo para la cena.

En el juego de las casualidades y el destino, después de ver la obra AMORatados, me topé con su escritor Víctor Salinas.

Una amiga en común nos puso en contacto, con el propósito de participar en un proyecto común, un blog (sitio web). Contra lo acostumbrado, no me ocupé de indagar el perfil del interlocutor, confiado en la recomendación de la convocante. Con ese apellido únicamente supuse que podría tener nexo familiar con el dueño de la televisora del Ajusco o con el ex presidente de México. Ni con uno ni otro el parentesco.

La plática en el Starbucks, sin necesidad de consumir alguna de las bebidas de ese lugar. Directo al tema, los planes para moustique.com.mx

En eso estábamos cuando, como lo haría la letrada del canal de las estrellas, Doña Lucha, que suelto  mis comentarios de la obra de teatro AMORatados, para darle amenidad al momento.

Divertida, con una introducción musical que se ve en pantalla plana. El ritmo contagioso. Luego la escenificación de historias o situaciones cotidianas. El verse uno mismo en el espejo. El público se ríe de lo que ha vivido o ha visto y que ahora tenía enfrente, protagonizado por actores y actrices que hacen equipo, todos metidos en su papel.

Claudia Lizaldi, Alejandra Toussaint, Franc Meric, Miguel Conde  y Jesús Moré, los protagonistas de la función presenciada (alternan con otros artistas), ni uno más que otro, cada uno cumple con lo asignado. Fragmentos eslabonados por los sentimientos de pareja, las estrategias para atrapar el amor del prójimo, con intereses distintos. Una mamá empeñada en quitarle los novios a la hija, otra obsesionada con tener un hijo.

La que termina por quitarse la peluca para confesar que prefiere asumir el rol de hombre, deja sin habla a los espectadores. En toda la obra creyeron que lo suyo era lo femenino.

Tampoco falta el personaje dominador, el conquistador, el moderno Mauricio Garcés que supone que con que lo vean y escuchen es suficiente para “traerlas muertas”.

Hay instantes interactivos que seleccionan a una persona del público y la convidan de la obra.

La producción general de Olivia Ortiz de Pinedo. La dirección y adaptación de César Ortiz de Pinedo. Ambos tienen motivos para estar satisfechos con los resultados. La fórmula logra su objetivo. Por eso ya tiene más de seis meses en cartelera y con teatro lleno. Los artistas se ganan el aplauso por igual. Éxito de equipo, lo que se requiere cuando se emprende una misión que exige que cada quien haga lo que le corresponde.

Disfrutable el espectáculo.

-Yo soy el escritor –precisó Víctor Salinas.

Enmudecí unos segundos.

Víctor celebraba mis apreciaciones.

-El siguiente paso es hacerla película- anunciaba.

Para mi fortuna, lo señalo en son de broma, no hice ningún comentario negativo de la obra que se presenta en el Virginia Fábregas de la ciudad de México, porque de haberlo hecho, seguro que se cae como de rayo el proyecto conjunto.

La verdad, como la popular Doña Lucha, solo dije lo que pienso.

En “Aeroplanos” hay momentos en que el diálogo entre Ignacio López Tarso (Paco) y Manuel “El Loco” Valdés (Cristo) resulta insulso. Sin sabor ni emoción. La obra se va cayendo y termina por estrellarse.

No es culpa de López Tarso ni de “El Loco”. El primero como actor y el segundo en su calidad de comediante son demasiado artistas para esa obra del argentino Carlos Gorostiza.

Este “aeroplano”, como otros en la vida real, se pierde en el camino, no llega a su destino. Quizás, por eso, al final, el público lo que aplaude es la trayectoria de los dos protagonistas, no el resultado de la obra. La ovación sonora y larga en el teatro Libanés pero sin que nadie se levante de su asiento.

López Tarso, con sus 89 años de edad, demuestra en el escenario que todavía tiene un vigor para mucho mejores historias. Canta y baila. El paso del tiempo no le ha hecho ninguna mella a su dicción. Cuida su desplazamiento y es pulcro en cada uno de sus gestos. Su lenguaje corporal derrocha talento.

Manuel “El Loco” Valdés porta una gracia natural, ocurrente y divertido, como siempre. Sus 83 años de edad no lo han agotado ni desgastado para actuar y hacer reír. Su ánimo intacto.

Los dos son maestros, cada uno en lo suyo. La gente los quiere. Todavía tienen energía para dar. Entonces que no se les desperdicie con historias a las que les falta riqueza en sus diálogos y eficacia al llevarlas a escena.

El tema de Gorostiza es acertado. El recuento de la vida de dos señores de la tercera edad. Sus recuerdos, triunfos, afectos y defectos. En el desarrollo es donde se pierde la obra. La dirección de Salvador Garcini desaprovecha a las dos figuras.

En vez de hacer un aterrizaje perfecto, el “aeroplano” se estrella.

El asunto no es menor,  en el Polyforum Siqueiros se encuentra una de las obras emblemáticas del maestro que le da nombre a este foro, su mural, el más grande del mundo,  titulado La marcha de la humanidad.

Todavía no había terminado el desayuno cuando casi me atraganto con el pan,  al leer la colaboración de Jacobo Zabludovsky en El Universal http://www.eluniversalmas.com.mx/columnas/2014/03/105836.php

advirtiendo que corre peligro el Polyforum.

Se quieren deshacer de la obra o por lo menos quitarla de ese lugar, porque les estorba para construir un rascacielos.

El mural no es sólo la obra cumbre de David Alfaro Siqueiros, sino parte sustancial de la historia e identificación cultural de la ciudad de México.

A los dueños de ese complejo donde también están el edificio del World Trade Center (WTC) , antes Hotel de México, un centro de exposiciones, otro de espectáculos llamado Pepsicenter y un teatro, hay que mandarlos a ver la película “Operación Monumento” de George Clooney, para que tomen nota de qué es lo que le da identidad a una sociedad.

Apenas corrió la versión periodística y el personal administrativo de ese complejo cerró la ventanilla de información.

Yo no se nada - dijo Rubí Flores, del área administrativa del WTC.

Los responsables del Polyforum ni su nombre se atrevieron a dar.

Déjeme consultar para ver si se le puede dar información –comentó uno de ellos.

A los pocos minutos su negativa fue rotunda: “¡nada!”

Tampoco se pudo obtener información en la Delegación Benito Juárez, ni en la oficina del delegado ni en el área de comunicación social.

Sabemos de lo publicado pero yo no puedo hacer comentarios, sólo mi director y ya no regresa a la oficina- señaló Alejandro Hernández, jefe de información.

Su compañera Mirna Pineda de plano admitió que “la delegación no está enterada de esa construcción, nadie nos ha notificado”.

El complejo inmobiliario, sobre todo el Polyforum, es también un atractivo turístico, de la ciudad de México y de la colonia Nápoles. Uno de los recorridos del Turibus incluye esta zona.

¿Lo sustituirán por un rascacielos?

Al parecer, lo que importa es hacer más y mucho dinero; a veces hay hombres de empresa que no aprecian el arte pero siempre existe la esperanza de que las autoridades procuren la preservación de la cultura, por mandato de quienes los llevaron al poder.

Para evitar seguirse extinguiendo, la mejor opción que tiene el Partido de la Revolución Democrática para la dirigencia es el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

Marcelo Ebrard ya perdió la oportunidad, la dejó escapar en el proceso electoral del 2012 cuando prefirió que fuera Andrés Manuel López Obrador quien competiera de nuevo por la presidencia de la República.

Esa era la de Ebrard, con la inercia de haber sido jefe de gobierno en el Distrito Federal y saldo favorable en imagen.

Se prestó al juego de las encuestas con resultados parciales y nada confiables, como hemos visto. Resultó que tenía más aceptación el tabasqueño y se la creyó. Seguro que nunca imaginó que López Obrador, después de su fracaso en las pasadas elecciones, abandonaría el barco amarillo.

Lo utilizaron y tarde se dio cuenta, ahora supone que puede lograr la presidencia de su partido. Aspiración sin soporte porque no tiene arraigo ni identificación con la militancia.

Obrador resultó mucho más listo que Ebrard, exprimió al PRD y una vez que se dio cuenta que ya no le servía, lo desechó para formar su propia organización y empezar a construir su candidatura presidencial para el 2018.

Ebrard ya ni siquiera puede voltear al PRI, al que originalmente perteneció, y tampoco puede mirar hacia el PAN. En ninguna de estas dos fuerzas tendría cabida para posiciones importantes. En Morena, haría otra vez el papel de segundo, después de AMLO. Quizás pudiera pensar en el Frente Humanista o Encuentro Social, que buscan su registro como partido. También le quedan Movimiento Ciudadano y el PT, pero tendría que invertir recursos de su bolsa para promover cualquier campaña en estas fuerzas.

Carlos Navarrete tiene trayectoria como perredista, es conocido y respetado; nada más que sin el imán ni arrastre que requiere el PRD para unificar a las corrientes o tribus. Cuenta con el apoyo de los Chuchos, Jesús Zambrano y Jesús Ortega, quienes internamente lo pueden llevar a la dirigencia, el problema es que hacia fuera el reto sería mayor para recuperar terreno y en desventaja para competir con el liderazgo de López Obrador.

El ex legislador Carlos Sotelo tampoco es el personaje que está esperando el perredismo. Es un político con más desarrollo local que nacional. Ha cumplido en las tareas asignadas.

La figura que tiene el perfil unificador es Cárdenas, con imagen interna y externa para reposicionar a su partido. Incontables son quienes desde hace muchos años han  deseado y le han dicho al ingeniero que vuelva a tomar las riendas de la organización perredista.

Gente que se ha ido con Morena o AMLO considerarían muy seriamente regresar al PRD si Cuauhtémoc llega a la dirigencia. Ese es el peso del michoacano y es la opción que puede rescatar al perredismo.

Lo que le critican al ingeniero es su edad, porque ya está por cumplir los 80 años y que carecería de la fuerza física para recorrer el país. En la campaña como candidato a la presidencia de la República en 1988 lo recorrió en autobús; en el 2014, el servicio aéreo va a todas partes y la comunicación por redes es inmediata.

Por eso, la disyuntiva del PRD es seleccionar al que más le conviene al partido para crecer hacia fuera o al que más se acomoda a sus intereses internos sin importar costos en próximas elecciones.

 

Aunque suene extraño, porque Japón es vanguardia en tecnología y ellos tienen raíces japonesas, el señor y la señora Takashi (nombre ficticio) decidieron cerrar su negocio.

Los rebasó la tecnología, no modernizaron su equipo de fotografía y su estudio ha dejado de ser rentable.

Más de 30 años dedicados a la fotografía, a retratar niños, jóvenes y adultos, en blanco y negro y a color; diversos tamaños, infantil, para pasaporte, de óvalo, para la escuela o trámite administrativo.

Ya no más la petición amable de “levante la cara”, “no cierre los ojos”, “sonría”. Se acabó.

“La digitalización nos rebasó”, admite el fotógrafo.

“Ya estamos grandes, necesitamos descansar”, dice ella.

Además, admite la señora, el tema de las facturas electrónicas los asustó y les significaba gasto extra, el pago de un contador.

Su anuncio en la parte exterior del inmueble ya fue quitado.

El señor Takashi, cordial y reverencial, como siempre, mira con nostalgia su antigua cámara Kodak.

“Ahora todo es digitalizado”, comenta.

Se le recuerda que su país Japón es de los más avanzados en tecnología.

“Tenemos raíces japonesas pero nosotros nacimos aquí”, precisa.

“Nunca hemos ido a Japón”, añade.

-¿Y la familia?

-Tenemos familia pero se perdió la comunicación.

Ella no se rinde ante la arrolladora modernidad y con entusiasmo anuncia que estudiara computación, en la Universidad de la Tercera Edad. Sabe que hay una la ciudad de México.

Su esposo, conservador, ha decidido dedicarse a la jardinería doméstica.

Entre los dos, sin apuro, empacan el equipo fotográfico y los accesorios, las luces, las lámparas, la secadora, la cortadora, el papel.

El avance de la tecnología los jubiló de la fotografía.

“¿Juan Gabriel o Justin Bieber?”, es lo que se preguntaron tres jovencitos, una mujer y dos varones, entre los 13 y 15 años de edad,  al revisar la pizarra o cartelera antes de comprar los boletos.

Estaban en una de las salas de Cinemex, indecisos. El resto de las películas, según su comentario, ya las habían visto días atrás.

Se miraron uno a otro con una sonrisa impregnada de ironía, al tiempo que ella repetía el nombre del cantautor mexicano.

Quien era testigo de esa escena daba por hecho que elegirían el filme del canadiense, por el arrastre que ha demostrado entre los muy jóvenes.

Para los que saben de cine, ninguna de las dos películas tiene las características o calidad para suponer que competirá por un premio.

Ambas en la categoría de “churros”, mero entretenimiento, con el atractivo o “gancho” de dos figuras del mundo artístico.

¡Sorpresa!

Los jovencitos, por unanimidad, optaron por ¿Qué le dijiste a Dios?, en la que participan Mar Contreras, Mark Tacher, Víctor García, Amorita Rasgado y el mismo Juan Gabriel.

Sentados en sus respectivas butacas numeradas se rieron por momentos con las peripecias de la historia sobre dos trabajadoras domésticas y escucharon sin perder detalle 14 canciones del autor de “pero que necesidad”.

Rostros complacidos.

Terminada la cinta asomó su hilaridad cuando una señora de la tercera edad expresaba su beneplácito. Decía que tenía muy buenas puntadas la película y de paso su revelación de que en la vida real ella encontró a su trabajadora doméstica en el jacuzzi, con el novio.

¿Por qué los tres jovencitos excluyeron “Believe” del  controvertido canadiense?

Quizás porque no se trata de un actor y lo suyo no es hacer películas o quizás porque de esa manera lo castigaron después de su más reciente escándalo relacionado con alcohol, drogas y auto veloz.

Lo que es un hecho es que esta vez prefirieron la de Juan Gabriel.

 

Esta vez el protagonista de las Historias de Reportero fue el propio Carlos Loret de Mota, conductor del noticiario de la mañana en Televisa y por la tarde en Radio Fórmula.

Inauguró lo que el periódico El Universal ha denominado “El Universal Live”. Ofreció la conferencia “2014: el año de todo o nada”.

Su exposición fue breve. Ocupó más el tiempo en contestar preguntas.

En ese contexto del “todo o nada”, hubo hasta quien le pidió asumiera el papel de asesor de presidente y dijera qué hacer para resolver los problemas del país. Por supuesto que Loret admitió que no lo sabe.

Sus frases:

-“Cuando ingrese a Televisa la primer presión de una autoridad fue la de Andrés Manuel López Obrador, entonces jefe de gobierno del Distrito Federal”.

-“Para los periodistas hay presiones pero todas resistibles, hay que aguantar vara”.

-“No se si es culpable o inocente Florence Cassez y no culpo a la Suprema Corte de Justicia de la Nación de su liberación porque la Corte actuó como autoridad de primer mundo”.

-“Manlio Fabio Beltrones buscará ser candidato del PRI en el 2018”.

-“López Obrador volverá a ser candidato en el 2018”.

-“ Ya perdimos Tamaulipas”.

-“Por las elecciones del 2015 y para tratar de ganar votos, PAN y PRD arreciarán críticas al gobierno”.

-“La CNTE resultó peor que la maestra”.

-“En Davos, Suiza, Peña Nieto acapara la atención por las reformas legislativas recién aprobadas”.

-“Veo que la estrategia para resolver la inseguridad en Michoacán es la misma de sexenio anteriores”.

-“A la larga las autodefensas son un riesgo”.

 

 

 

 

 

 

 

Sus padres lo bautizaron con el nombre de “Clark Kent” por la admiración que tenían al hombre de acero, sin imaginar que con el correr del tiempo su retoño optaría por estudiar y ejercer el periodismo.

Vive en la ciudad de México y trabaja en uno de los diarios de la zona metropolitana, en su sección de espectáculos. Tiene tres hijos, la tercia ya con credencial de elector, por arriba de los 20 años.

Clark, para evitar comparaciones y comentarios hilarantes de amigos, integrantes del gremio o incluso de lectores, utiliza un seudónimo para firmar sus escritos cotidianos sobre el mundo artístico.

Para ir al día sobre lo que hace la competencia, está suscrito a los que considera los tres principales medios impresos y cada mañana se ocupa de revisar la información general, no solo la que tiene que ver con actores, actrices, cantantes y demás estrellas.

Desea y sueña con que sus vástagos destinen tiempo a la lectura de los impresos; trata de motivarlos recomendándoles diversas notas que estima son de interés para cualquier edad.

Sin éxito, sus hijos ni por error toman los diarios.

-¿Ya sabes que Alfonso Cuarón está nominado para el Óscar?, pregunta al mayor de ellos.

-Sí ya se –contesta con enfado.

Y para que no haya duda de que está al minuto actualizado, comenta que la película del mexicano está nominada para 10 premios.

-¿Ya viste el historial fotográfico de José Sulaimán quien se murió ayer? -pregunta a otro de sus hijos, intenta despertarle la curiosidad y le añade que hay una foto de cuando el directivo del boxeo internacional era niño, con la esperanza se que se anime a tomar el diario.

-Desde ayer vi las fotos.

Clark hace un intento más, ahora con el tercero de sus herederos.

-¿Te enteraste de que la Corte autorizó al rastreo de teléfonos celulares?

-Acabo de leerlo, ¿crees que no se?

Y efectivamente, los tres están informados, pero no por la lectura de los periódicos, sino a través de Internet.

El teléfono celular sólo lo sueltan cuando tienen que bañarse o están frente a la computadora. Duermen con el Internet, con los portales, con los mensajes cortos, Facebook  y tweets.

Son sus medios preferidos.

Clark está a punto de darse por rendido, porque ningún argumento le ha funcionado para conseguir que sus hijos tomen los periódicos.

Vivimos el tiempo de la computación e Internet.

De acuerdo con encuesta 2013 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en México  49.4 millones usan computadora y según cifras del Consejo Nacional de Población de ese año ya somos 116 millones de habitantes.

Es decir un poco menos de la mitad tiene ese acceso; lo ideal sería que la mayoría o casi todos. Sin embargo, la cifra es relevante porque además de mantener una tendencia creciente, representa muchos más usuarios que los aficionados a los medios impresos juntos en nuestro país.

De ese total que utiliza computadora, 46 millones están conectados a Internet y el 62.6 de ellos tiene entre 12 y 34 años de edad.

Por comodidad, porque es una herramienta con la que caminan y duermen y los mantiene informados al instante, los jóvenes tienen predilección por enterarse de esa manera.

Eso explica lo que pasa con los hijos de Clark.

Por ello, para ponerse al día y aceptar la nueva realidad, está planeando contratarse con un portal de Internet.

Con su gorro característico se acercó a la mesa de quienes saboreaban sus platillos.

Había salido de la cocina para agradecer la felicitación que unos minutos antes le había llevado uno de los meseros.

Se repitió el elogio para  su Gamberetto   -filete de camarón en salsa de cilantro y conchigliones rellenos de queso de cabra y jitomate- y su Rosmarinoquaglia  -codornices horneadas al romero, rellenas de cordero sobre pastel de vegetales y reducción de su jugo.

Excelencia, presentación, decoración, sabor y calidad en los alimentos.

Gerardo Jiménez Paz mantuvo su rostro serio, pero relajado, sereno. Se concretó a solicitar una foto con los comensales.

En ese momento, sólo se dio tiempo para responder una pregunta, pues la cocina lo estaba esperando.

-¿Dónde estudiaste?

De inmediato, sin titubear, ni ruborizarse y mucho menos avergonzarse, sino con un tono de orgullo, respondió:

-Empecé de lavaplatos.

Agradeció y se retiró.

Su trabajo de lavaplatos fue en la cadena Toks.

Estudió algunos cursos de cocina y repostería, pero no hizo carrera. Se formó en la práctica, viendo y aprendiendo, en los diferentes lugares en los que ha laborado.

Su primer maestro fue el chef Mario Rodríguez, especialista en comida internacional, sobre todo española.

Después la chef Alicia Zárate (hasta donde se, ningún lazo familiar con quien escribe). En Televisa Chapultepec. El platillo que más le pedían era el “Huachinango Mediterráneo”.

El contacto con la cocina lo tuvo desde niño en su casa. Ahí hacía la tarea, vigilado por sus padres, que buena parte de su tiempo utilizaban ese espacio porque entonces ambos estaban dedicados a la venta de comida.

Gerardo tiene apenas 28 años de edad y aspira a ser dueño de su propio restaurante.

Por ahora es el chef de La Strega, donde la especialidad es la gastronomía italiana.

Para la cena de Navidad sólo había una barra de pan blanco y jamón, pero esa noche se daría el gran banquete, porque le pudo poner más de dos rebanadas al emparedado.

Estaba acostumbrado a comer una rebanada y muy delgada, casi transparente; la situación económica de la familia no daba para más; el alimento tenía que administrarse, racionarse. Era imposible tomarle sabor al jamón, por la escasa porción se perdía en el pan.

Lo único que esa noche había en su casa para comer.

Es la historia de Ramón, cuando apenas tenía 9 años de edad. Huérfano de madre, esperaba con ansiedad  a su padre.

Aguardaba junto con sus dos hermanos menores, Luis de seis y Pedro de cinco. Los tres solos, en su modesta casa de madera con una habitación, en las orillas del pueblo.

A Ramón se le hacía agua la boca de imaginar el momento de entrarle al jamón; su padre había comprado un extra, por la fecha. pero no lo tocaría hasta que él llegara.

Pasaban las horas y nada.

Veía a sus hermanos casi vencidos por el sueño.

Decidió que era hora de cenar, empezó a preparar los emparedados, con doble ración de jamón, aunque sin mostaza ni mayonesa, tampoco tomate, cebolla o chile jalapeño. Para beber, refresco de naranja.

Ramón no disfrutó el jamón como se lo había imaginado, debido al desamparo paternal.

El sueño terminó por apoderarse de los tres.

Al día siguiente lo vieron como siempre, apurado para irse a trabajar, a cumplir su tarea de vigilante en una bodega.

Nadie le hizo preguntas y mucho menos reclamos, para no correr el riesgo de ser castigado. Se concretaron a jugar con los obsequios que les dejó Santa Claus.

Hoy, 30 años después, ninguno de los tres recuerda que pasó esa noche con su padre.

Lo que no se les olvida es la cena navideña de pan blanco con jamón.

 

 

Esteban se aproxima ya a los ochenta años, se ha casado tres veces, la primera lo abandonó, con la segunda se divorció y la tercera se le murió.

Viudo decidió no volver a casarse. Se resignó a vivir solo, aunque en algunas ocasiones era visitado por uno de sus dos hijos, por arriba de los 20 años; le hacía compañía varios días hasta que se aburría.

Vecino amigable, culto, inteligente, hiperactivo; con papeles y pluma en mano salía a caminar, a comer o a tomarse un café; escribe o escribía poemas y le encanta filosofar, platicar y reflexionar.

Todo iba bien hasta que me tocó la puerta con expresión ansiosa y nerviosa, con el cabello fuera de su lugar, despeinado.

-Hay que platicar, hay que prepararse para la batalla, para la guerra –propuso en tono imperativo.

-Soy pacifista –contesté.

La palabra “pacifista lo enfrió, como si le hubiera aventado un cubetazo de agua helada.

Se sintió confundido, optó por despedirse y retirarse.

Al día siguiente, por la tarde, sacó algunos adornos, artesanías, pequeñas esculturas; las puso sobre la banqueta; caminaba de un lado a otro, sin rebasar el área de su casa; detenía a cualquiera que cruzara por su acera, agitaba sus brazos y hablaba con tal rapidez que apenas se le entendía. Había estrellado su teléfono celular contra el piso porque creía que lo estaban espiando.

Volvió a tocar la puerta.

Esta vez para exigir: “¡háblale al presidente, a Los Pinos, necesito hablar con él, me están espiando, dile que me llame!”.

Para no contrariarlo más le seguí la corriente, le ofrecí que lo haría, no sin antes recomendarle que guardara sus cosas que había depositado en la banqueta.

Supuse que se tranquilizaría y volvería a la normalidad.

Empezó a llover.

A la hora, de nuevo el timbre.

Enojado y más exigente, quería saber si ya me había comunicado con el presidente.

Tuve que decirle que no, porque no estaba en mis posibilidades.

Más se encendió y se retiró vociferando, con palabras de reproche, meneando la cabeza de un lado a otro y totalmente despeinado. Se tranquilizó hasta que llegó una patrulla;  lo invitó a recoger sus cosas y meterse en su casa. Accedió sin protestar.

Al día siguiente empeoró su situación, apenas se levantó rompió los vidrios de su ventana que da a la calle.

La encargada de la limpieza hizo una llamada telefónica y a los pocos minutos llegó un hermano y el hijo, se llevaron a Esteban.

Inocencia, enterada de todo lo que sucedía en la casa, los vio partir y como no es partidaria de guardar secretos, al primero que le preguntó por lo sucedido le respondió que su patrón sufre esquizofrenia.

Perdimos a un poeta, no ha vuelto, la casa luce abandonada, la doméstica se quedó sin empleo.

El día que le vieron la cara de cargador al pintor oaxaqueño Rodolfo Morales.

Doña Guadalupe, con su falda larga y tradicional, blusa bordada, tez morena y sudorosa, había puesto ya su pie izquierdo sobre el primer peldaño de la puerta del autobús. Traía sus manos ocupadas con bolsas de mandado que le dificultaban internarse en el transporte. Su cabeza dio un giro hacia la derecha y vio un hombre regordete, bigotudo, moreno, con aspecto desaliñado y despeinado. Era su salvación. No lo pensó dos veces: ¡Ayúdeme!

Sin esperar respuesta, le dio de inmediato una de las bolsas y pudo subir doña Guadalupe.

“¡Ya me vieron la cara de cargador!”, exclamó el maestro, dibujando una sonrisa en su rostro, divertido con lo que le había ocurrido. Las manos de un artista internacional, con obra cotizada en dólares eran utilizadas para cargar la bolsa del mandado, que por el olor, contenía verduras y sobresalía el penetrante olor de la cebolla.

Ella no tenía la obligación de conocerlo. Buscó un ayudante y le dio esa tarea al primero que se encontró.

Rodolfo Morales disfrutó el momento, lo grabó en su memoria como una anécdota. Su buena obra del día cargando una bolsa de mandado con manos que se tenían que cuidar porque de ahí salían y salieron las pinceladas que conmueven y causan la admiración de los amantes del arte.

Pintor de fama internacional, con lienzos que destacan colores brillantes y que describen en muchos casos su vida familiar, desde la infancia. Amigo de Toledo y Rufino Tamayo.

Murió en el 2001 y el 30 de enero del próximo año se cumplirá su 14 aniversario luctuoso.

Lo conocí en la galería de la también oaxaqueña Irma Piñeyro y en esa casa vieja de Coyoacán en la ciudad de México que exhibía su obra, platicó divertido y sonriente la anécdota, el día que le vieron la cara de cargador.

Existe la propuesta de aumentar el precio del boleto del metro de tres a cinco pesos, con el fin de obtener recursos que permitan la adquisición de nuevos trenes, con aire acondicionado.

Joel Ortega, director del Servicio del Transporte Colectivo Metro ha dicho que se requiere adquirir más unidades y con ese incremento al año se tendrían ingresos aproximados por tres mil millones de pesos, suficientes para comprar 45 trenes para las línea 1 y 12 más para la línea 12, además de contar recursos con el propósito de rescatar un centenar que están en el taller y darle mantenimiento a todo el sistema.

Gasto justificable y al que nadie se opone, tratándose de un transporte al servicio del pueblo.

Lo que no se entiende es que se gaste dinero en mandar a elaborar encuestas para saber si la sociedad de la ciudad de México está de acuerdo con la propuesta de aumentar el precio del boleto.

En ninguna parte del mundo la gente está dispuesta a pagar más y menos cuando los que tienen que hacerlo apenas reciben un salario para atender sus necesidades básicas.

Además, después del ridículo que hicieron las encuestadoras en el pasado proceso electoral federal, su credibilidad está en duda.

Se ha visto que los resultados se acomodan a los intereses del que decide pagar la encuesta.

Entonces ¿para qué pagar una encuesta? Y ¿cuánto cuesta una encuesta?

¿Qué garantías hay de que el encuestador dará resultados confiables?

No hay que quebrarse la cabeza para saber que los resultados dejarán satisfecho a Joel Ortega.

Aunque afecte el bolsillo, si el Metro necesita más trenes y mejor mantenimiento, todos estarán de acuerdo en pagar el incremento, por el beneficio constatable que representa el servicio.

La única condición de los usuarios es que no se tire el dinero en encuestas manipuladas y al gusto del cliente.

 

 

 

 

 

 

 

 

La decisión de rotar la presidencia del Instituto Federal Electoral en tanto la Cámara de Diputados elige a los cinco consejeros faltantes, representa una exposición inesperada pero oportuna y bienvenida para medir quién tiene el perfil para ocupar la cabeza del organismo.

No es lo mismo ser solo consejero electoral que presidente del Consejo General del IFE, aunque sea por un mes.

Marco Antonio Baños Martínez, Lorenzo Córdova Vanello, Benito Nacif Hernández y María Marván Laborde estarán sentados en la silla que acapara los reflectores de la política electoral.

De los cuatro, María ya tiene el antecedente de haber presidido el Instituto Federal de Acceso a la información Pública y Protección de Datos. Cumplió con esa tarea, sin enredarse ni confrontarse y mucho menos pelearse con sus pares, como ha ocurrido con los sucesores Jacqueline Peschard y Gerardo Laveaga.

Son responsabilidades con distinta valoración en la sociedad. El IFAI no ha conseguido hasta ahora permear en el grueso de la población. Su principal mercado sigue integrado por investigadores, académicos, periodistas, partidos, empresas y representantes de organizaciones no gubernamentales. En cambio, el IFE tiene la mirada de todos por ser el árbitro y organizador de la competencia política en nuestro país.

El primero de los cuatro que ha tomado la estafeta ha sido Benito Nacif que podrá comprobar que no es lo mismo hacer declaraciones desde la silla de consejero electoral que desde la presidencia del IFE.

Lorenzo Córdova ha crecido a la sombra del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y cerca de alcanzar su sueño de presidir el IFE, aunque sea de manera transitoria.

Marco Antonio Baños ha picado piedra y es producto de la cultura del esfuerzo. Tiene experiencia y sabe ser prudente.

La cuarteta ha contado en su momento con el beneplácito de los diversos partidos para llegar al instituto.

Ahora se verá quien sea marea o se enreda para tomar decisiones en un organismo trasatlántico.

También quedará a la vista quien prefiere nadar de “muertito” para no hacer olas.

Y por supuesto, tampoco pasará desapercibido quien asuma el papel de capitán y mantenga en rumbo el barco, con dominio de mando.

Es la oportunidad para que los diputados hagan sus observaciones y decidan si entre esos cuatro está el próximo presidente del IFE o habrá que buscarlo entre los nuevos cinco consejeros.

Leonardo Valdés Zurita estaba feliz, radiante, ya sabía que sería consejero del Instituto Federal Electoral (IFE).

24 horas antes del anuncio oficial en la Cámara de Diputados hubo oportunidad de comer y platicar sobre su ascenso. La cita fue en uno de los restaurantes del hotel Presidente de Polanco.

En ese momento no daba por hecho que sería el nuevo presidente del IFE, pero tenía la plena certeza de que estaba adentro como consejero.

Advertía que tenía posibilidades para presidente, porque sabía de las simpatías que había logrado su perfil entre los partidos, aunque más le valía esperar al voto legislativo del día siguiente.

De cualquier manera estaba contento y con ánimo de celebrar, escogió el vino para acompañar la comida.

Relató el camino que recorrió como especialista electoral y sus vivencias familiares. En el curso de la conversación expresó su certeza de que llegaría al organismo electoral federal.

No tenía la menor duda.

La verdad, como periodista tuve mis reservas; su nombre no había sido mencionado en los medios de comunicación ni como para ser considerado  próximo integrante del IFE.

Ninguno de los que escriben y se dicen expertos de la política citaba a Leonardo Valdés Zurita.

El encuentro era “off the record” y la regla se respetó. Leonardo sabía que así sería y quizás por eso habló con plena confianza.

Hoy que ha terminado su periodo como presidente del IFE, seguramente abrirá una nueva botella de vino para celebrarlo.

Empieza el recuento y revisión de su trabajo.

Hasta donde se, ningún partido va a pedir su cabeza, así que se puede ir tranquilo a su casa y a la academia.

 

 

Si bien los partidos opinan y votan a través de sus diputados para decidir quien debe ocupar el cargo de consejero electoral del IFE, para garantizar su imparcialidad una vez que es electo, no estaría demás blindarlo con un artículo en la ley que subraye que su actuación está al margen de compromisos e intereses de partido.

De esa manera el consejero estaría más tranquilo y menos presionado a la hora de discutir y votar los asuntos electorales en el Consejo General del IFE. Para que ningún partido le pretenda cobrar la factura y le recuerde a quien le debe su participación en dicho organismo.

También sería prudente establecer una sanción al partido que pretenda presionar o cobrarle facturas al consejero.

 En la actualidad es común escuchar que los consejeros son producto de las cuotas de partidos, lo que no le hace nada bien a la democracia ni a la competencia política en nuestro país.

Por el método que señala el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales para elegir a los consejeros, resulta imposible que los partidos se mantengan ajenos al proceso.

De acuerdo con el artículo 110 del Cofipe, los diputados, que representan a los diversos partidos, son los electores.

Eso de “previa realización de una amplia consulta a la sociedad”, pues hasta ahora no se ha visto.

Por eso la importancia de considerar en la reforma electoral la necesidad de blindar a los consejeros electorales para que no se vean comprometidos a responder a consignas partidistas.

La delegación Benito Juárez es la que más crecimiento inmobiliario tiene en la ciudad de México, con un registro del 23 %, por arriba de la Cuauhtémoc con 15 % y la Miguel Hidalgo con 12 %, cifras de autoridades capitalinas.

Ejemplo de ese boom inmobiliario lo tenemos en la colonia Nápoles y la excusa de quienes gobiernan la delegación Benito Juárez es que ellos no son los que autorizan las construcciones, le avientan la pelota al equipo de Miguel Ángel Mancera, lo más cómodo.

Sin embargo, quienes viven en la Nápoles tienen como autoridad inmediata al delegado Jorge Romero Herrera. Si bien no da las autorizaciones, se supone que conoce la zona como la palma de su mano, puede darse cuenta de los riesgos que se corren y tomar previsiones antes de que se presente una situación de la que todos se lamenten.

Hay a la vista el riesgo de una saturación urbana, sobrepoblación. Los edificios se construyen sin suficientes cajones de estacionamiento. Lo que a nadie parece importarle.

Además, es de sentido común que las calles no crecen y que tampoco va a llegar más agua a la colonia por el hecho de que se ha multiplicado su número de habitantes. También el servicio eléctrico corre el riesgo de sufrir sobrecargas ante el incremento de la demanda.

Cada vez hay más basura en las calles y el parque Esparza Oteo carece de la limpieza adecuada, regularmente está sucio.

Las banquetas son utilizadas como estacionamiento y su mantenimiento y renovación ha sido parcial.

Por si fuera poco, alguien tuvo la ocurrencia de construir una ciclovía que no comunica a ningún lado.

Hay que aprender de la experiencia de otros y Acapulco es un caso, sufre las consecuencias de quienes autorizaron permisos de construcción en espacios que ya estaban saturados o inundables. El precio fue más de un centenar de muertos cuando la naturaleza reclamo su lugar.

Otro botón de muestra en la Nápoles es el acceso a las salas de Cinemex en el WTC. Con tal de cobrar más por espacios comerciales se han reducido los pasillos peatonales. ¿Y protección civil?

Por lo pronto, para los colonos es necesario el lanzamiento de una campaña que haga consciencia sobre las consecuencias de un colapso urbano.

Hay quienes han condenado a la prensa escrita a la extinción, fulminada por el periodismo digital.

Se equivocan porque la prensa escrita ha seguido el camino de la adaptación, sumarse a la nueva realidad en vez de restarse y dar por hecho que ya no tiene nada que hacer.

Entró en un proceso de transformación, en busca de un complemento, para enriquecer a las dos partes.  ¿Se han fijado que hay diarios que en ocasiones el pase de una nota ya no es a la página 15 ó 30, sino al portal que tienen en Internet? ¿También han observado que en los portales y por la noche se enuncia lo que se publicará en el impreso al día siguiente?

Otra, hasta ahora la publicidad está mucho mejor cotizada en el impreso por la sencilla razón de que tiene mejor presentación. En las redes depende del tamaño de tu computadora.

Existen vaticinios de que la prensa escrita no pasa del 2020, 2030 ó  2040. Estimaciones basadas en la era digital, en las nuevas herramientas de la comunicación. Adiós a los periódicos y revistas, después a los libros y quizás nada que sea en papel.

La radio estaría corriendo ese mismo riesgo porque ahora hay otras maneras de escuchar música; más de mil canciones en una memoria Universal Serial Bus (USB), por ejemplo.

El mismo camino podría seguir la televisión y hasta el cine, porque los jóvenes estarían viendo sus series, programas y películas favoritas o preferidas en su ordenador.

La clave es el contenido. Es lo que nos lleva a decir que los medios impresos van a sobrevivir.

Periódico, revista, radio y televisión, con un contenido de excelencia, profesional, con el rigor de la investigación, va a ser leído, escuchado o visto. La gente espera y quiere calidad.

Y sin duda, hay medios escritos que ya llegaron a esa conclusión, de que deben ofrecer un producto de calidad. En las redes hay millones de difusores pero la mayoría sin credibilidad y sin el rigor que exige el periodismo, no sólo el de investigación sino también el cotidiano.

Contrario a los pronósticos sombríos, por lo expuesto en este espacio, considero que la prensa escrita todavía tiene larga vida.

Por lo visto Mata Hari, personaje real ya extinto, y James Bond (007), personaje ficticio inventado por el británico Ian Fleming, entraron en decadencia, rebasados por las nuevas tecnologías.

Aun cuando hay dudas sobre su vida, al final prevalece la versión de que Margaretha Geertruida Zelle, alias Mata Hari, actuó durante la primera guerra mundial como espía y al final sus indiscreciones la llevaron ante un pelotón de fusilamiento.

El día que la detuvieron, tuvo la ocurrencia de solicitar unos minutos para cambiarse, regresó completamente desnuda y regalando bombones. Sus captores se comieron los dulces pero no la dejaron ir.

La condenaron a muerte por espionaje, acusada de servir a los enemigos y aliados, doble agente.

James Bond se ha convertido, a través de sus películas, en un personaje emblemático de la sociedad británica. Agente secreto y espía con más vidas que un gato. Inmortal en tanto no diga otra cosa el guionista.

Curioso, Mata Hari también es descrita por sus biógrafos como cortesana. El 007 presume de galán y mujeriego en los filmes.

Sin embargo, a pesar de sus habilidades físicas, en el caso de la primera,  y el uso  de aparatos propios de la ciencia ficción, en el caso del segundo, ambos están ya en la puerta de lo obsoleto.

Resulta que ahora se puede espiar o conseguir información de otro país y sus gobernantes, sin moverse del asiento. Controlando servidores y comunicaciones, entrando por la puerta de atrás de las redes. Sólo lo pueden hacer los dueños de la alta tecnología.

De no ser por Edward Snowden quien estaba al servicio de la Agencia Central de Inteligencia, CIA, especialista en computación, nadie se hubiera enterado de lo que hacía el principal país espía.

Independientemente  de si es legal o no, si se vale o no, el hecho es que se acabaron los secretos.

Mata Hari y el 007 entraron en desuso. Lo moderno y efectivo es el control de las comunicaciones y redes, sin necesidad de despeinarse ni arriesgar la vida.

A la computadora no es posible matarla.

 

Sergio es un nevero con más de 20 años de antigüedad. No tiene un negocio establecido pero durante todo ese tiempo las autoridades delegacionales le han permitido trabajar en el mercadillo que se instala cada domingo en la @lanapoles de la @delegaciónBJ en la ciudad de México.

Por supuesto que ha tenido que pagar su cuota, variable, dependiendo del humor de los supervisores, para vender su producto en la esquina de Filadelfia y Nueva York. Sin recibo de por medio, para que no quede huella.

Ha sido su lugar de toda la vida, vende nieves y helados de 50 sabores, para todos los gustos. Su permanencia es una prueba de que la clientela está satisfecha con lo que hace.

Sin embargo, por quejas de vecinos que han visto afectado el acceso al estacionamiento de su domicilio, se han reubicado las garrafas y cilindros de Sergio, para que nadie se  moleste.

El asunto es que esa reubicación ya tiene precio, 15 mil pesos le solicitan quienes dicen representar a la delegación Benito Juárez. Un “arreglo” verbal, sin papel que lo formalice.

“¿Y de dónde saco 15 mil pesos?”, se pregunta Sergio.

Además, en el momento en que haya cambio de autoridades, otra vez a negociar con los que llegan.

La verdad, el equipo del delegado Jorge Romero Herrera tiene la solución en sus manos, para  evitar poner en riesgo el sustento de la familia del nevero. Basta con regularizarlo, darle un espacio para que pueda trabajar y asegurarse de que no obstruya la circulación vehicular.

Quitarle las barricas y cilindros para presionarlo a que pague 15 mil pesos, no es la solución, es corrupción.

El delegado tiene la palabra.

Eugenio, tu película No se aceptan devoluciones, sin duda, ha sido todo un éxito de taquilla, está bien hecha, las actuaciones cumplen su papel, el guión cuidado bajo tu mirada, una historia divertida con tinte dramático y hasta trágico por la muerte de la pequeña.

Te atrapa de principio a fin y sale uno satisfecho del cine. Corresponde al interés que ha despertado en nuestra sociedad, sobre todo. Has demostrado que eres más que la familia peluche y tus personajes televisivos.

Se desarrolla con un buen  ritmo, nunca se percibe lenta. Los diálogos bien elaborados y excelente dicción, no hay que adivinar lo que están diciendo. El vestuario a la medida. Los escenarios, Acapulco, la carretera, el hotel, la avenida que transitas en Los Ángeles, la caída en la alberca, tu papel de “hombre de piedra”, de papá protector y mujeriego, eslabonados. Esta película nadie la pudo haber hecho mejor que tu.

Muy bien, vale la pena verla.

Producto exportable y de calidad.

Tu la ves con los elementos necesarios para aspirar a ganar un Óscar. Nada fácil ni sencillo.

Hay que admitir que no es una película de las que te marcan y clasificas fuera de serie. Es una más, muy bien hecha, pero eso es todo.

Un tema común, que se construyó sin investigar a fondo. Tampoco rescata detalles especiales ni retrata la realidad de los migrantes.

No es emblemática de ese problema

Su propósito es divertir y lo consigue. Juega con los sentimientos al ocultar la enfermedad de la menor y matarla al final, lo que quizás a más de uno le arranque una lágrima.

Las actuaciones, la tuya como la del resto del elenco, la de la niña Loreto Peralta, nieta de don Alejo, extinto empresario y aficionado al beisbol, emotivas, cuidadas y puntuales.

El filme ya ganó el “Óscar” de la promoción. La estrategia de publicidad ha sido un éxito.

Ahora suspira por el trofeo de la Academia de Hollywood. Para colarla a la competencia, por lo menos para que compita, requiere todavía de má$ promoción. Ganarlo, es otra cosa.

La idea de que el Instituto Federal Electoral (IFE) controle todos los procesos de los estados sería tanto como crear un monstruo de mil cabezas, que desde el centro del país organice las elecciones.

Obviamente el organismo tendría que crecer para atender las necesidades electorales de cada entidad. Más presupuesto, más recursos públicos y un aparato público mucho más costoso y burocrático, porque nadie va creer que con la actual estructura se haría responsable de ese paquete.

La propuesta ofende a los ciudadanos que viven en los estados del país, implica poner en duda su capacidad para organizar en un marco de equidad sus propias competencias políticas.

Si el problema es que los gobernadores se involucran e influyen en los procesos para favorecer a sus candidatos, pues es lo que se debe corregir, encontrar fórmulas para impedirlo.

¿Qué no fue Vicente Fox quien metió sus narices en las elecciones federales del 2006?

Felipe Calderón ya no lo pudo hacer en el 2012. Ni siquiera pudo imponer a Ernesto Cordero como candidato presidencial del PAN.

Entonces, si el problema son los gobernadores, hay que modificar las reglas para que se garantice la voluntad popular y no se tengan que dirimir todos los procesos en la mesa del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Si el  mal se encuentra en la conducta de los partidos, también hay formas de cuidarles las manos.

Como  periodista he cubierto elecciones en diferentes estados y me ha tocado ser testigo de la alternancia, ver gente con la autoridad suficiente para hacer que se respete el voto.

Sin duda, hay ciudadanos capaces para organizar sus competencias políticas en los estados.

Entonces, para qué crear un monstruo de mil cabezas, que el día de mañana solo sea un ostentoso aparato burocrático.

Lo que corresponde es seguir perfeccionando lo que ya se tiene.

Más de mil 200 millones de pesos a la basura, en el desperdicio. Eso fue lo que gastó el Estado para la conservación de las boletas electorales del 2006.

Después de múltiples reclamos e impugnaciones judiciales, en instancias nacionales e internacionales, finalmente se desechó la petición de tener acceso a dichas boletas, que muchas de ellas, por el deterioro del paso del tiempo, ya no fueron útiles ni para el reciclaje.

Casi siete años almacenadas, esperando la resolución de las autoridades, hasta agotar el último tribunal. Ninguna autoridad consideró que era válida o aceptable la solicitud de tener acceso a las boletas.

Independientemente de que fue una decisión apegada al marco jurídico, sirva esta experiencia para futuros casos, para que no se repita la historia cuando las mismas leyes mexicanas marcan el camino de lo que corresponde hacer si hay dudas sobre el resultado del proceso.

En el 2006 el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación hizo un recuento parcial de votos en el marco de la ley. No encontró nada que revirtiera la tendencia que favoreció al candidato del Partido Acción Nacional, hablando estrictamente de las boletas.

Los mil 200 millones de pesos, en este momento, serían de gran ayuda para los damnificados por inundaciones.

La moneda griega que exhibimos en este espacio es anterior a la era cristiana y lo sorprendente es que tiene la imagen de un águila devorando una serpiente.

Muy parecida al águila que tiene México en el escudo nacional y en su monedas de diferente denominación.

Saca una moneda mexicana de tu bolsa y compárala con la que te mostramos.

La griega data del año 413 antes de Cristo y su fotografía la podemos ver en el libro Greek Coins de C.M. Kraay y Max Hirmer de la editorial Abrams.

Según la historia mexica, los indígenas encontraron un águila sobre un nopal devorando una serpiente y esa fue la señal para asentarse en el valle de Anáhuac y después construir la Gran Tenochtitlán.

Diversas fuentes dan por cierto que el islote donde se descubrió el águila estaba habitado antes del siglo XIV.

El águila griega es anterior a Cristo, la nuestra es posterior.

-¿Quieres ser famoso como Julio Iglesias?

-No tanto…

-Bueno, ¿Cómo Luis Miguel?

-Se quedó pensando uno segundos. Asintió con la cabeza.

Es la cabeza del grupo Zenith Nadir. Su canto es popular y es acompañado de teclado y violín.

Vende su disco por las calles porque no ha encontrado otra forma de comercializarlo y obtener dinero.

A 20 pesos.

Uno de sus puntos de venta es la avenida Insurgentes de la ciudad de México.

Se acerca amigablemente y ofrece su disco, platica brevemente los instrumentos que utiliza para la interpretación de su música.

Lo sorprenden las preguntas.

Ve demasiado lejos e inalcanzable la fama del cantante español Julio Iglesias.

Luis Miguel se le hace más cercano.

Posa sonriente para la foto.

Se aproximaba el aniversario de su escuela. José para vestir de traje sólo tenía una opción a la mano. El viejo saco y pantalón heredado de su abuelo. El mismo que llevó a la apertura del ciclo escolar y que ha utilizado para sus reventones de gala de fin de semana.

La gastada frase de “ya pareces retrato” se ajustaba su caso. Expuesto a la mordaz crítica de sus compañeros por ser repetitivo con su ropa o al bullying como se le conoce en los tiempos modernos.

El exceso de peso y un movimiento brusco hizo que su padre pasara un mal momento y tuviera que regresar a casa. Había roto su pantalón por la parte de atrás que dejaba  al descubierto su ropa interior. Quedaba inservible, por lo menos para el progenitor. A la basura o como trapo limpiador, parecía el destino del atuendo.

Sin embargo, José tuvo una mejor idea. Considerando su complexión delgada, sugirió enviar al sastre ese traje para que se lo ajustaran a la medida. Era la oportunidad para llevar algo distinto a la escuela. El arreglo tardaría una semana y él lo necesitaba en tres días.

Por su cuenta, al día siguiente visitó al sastre y lo apresuró a fin de que lo tuviera listo para el aniversario.

Llegó el día de usarlo.  Estaba feliz. Con una sonrisa, emocionado, se puso lo que le significaba nueva vestimenta. Se miró al espejo, de perfil y de frente, por todos los ángulos, varias veces. No quedó conforme. El arreglo apresurado tuvo su costo. El saco, sobre todo, le pareció todavía demasiado grande.

Se decidió por el traje de siempre y el otro lo regresó a la sastrería. Exigencias y gustos de José.

Aunque parezca increíble escuché ronquidos en la sala de cine cuando en la pantalla se jugaba la vida el agente 007. Hasta el espía británico perdió la concentración y se cayó del tren.

El héroe de la película iba por la cascada en caída libre arrullado por los ronquidos. De plano otro espectador se levantó de su lugar a solicitar la ayuda de un empleado de Cinemex WTC para despertar al Morfeo chilango. Ofreció perdón el bello durmiente. No se enteró porqué Bond ya estaba inconsciente en el fondo de una laguna.

Pero eso no fue todo, otro individuo se quitó los zapatos y colocó sus extremidades inferiores sobre el respaldo. Del olor no les puedo decir nada porque lo tenía a distancia. Sus calcetines eran de color gris, como su conducta.

Uno más se la pasó consultando su celular, sin importarle que la luz de su aparato deslumbrara a los de atrás.

Bueno, en otro punto de la sala alguien olvidó apagar o poner en vibrador su teléfono. Sonaba como si fuera emergencia.

El colmo fue la tos intermitente de una mujer, tan ruidosa que urgía la visita pronta al médico. La señora nunca se salió. Tampoco nadie se lo pidió. Todos la aguantaron como el 007 resistió la espeluznante caída.

Y cuando James Bond apareció sin camisa en los brazos de su rescatista, no faltó el comentario envidioso y celoso de un varón, con un volumen para que escuchara el de la siguiente fila: "pinche güero desabrido”.

En esas condiciones, con tantas distracciones, fue un milagro que el súper agente terminara con vida y acabara con los malos.

Lo que les platicó no es ciencia ficción sino una realidad con la que quizás te has encontrado si vas regularmente al cine.

Eso de que la gente guarda silencio y se queda quieta cuando apagan las luces, para disfrutar mejor la película, ya no es regla.

El compañero Manuel, por decir un nombre, estaba nervioso. Habíamos hecho escala en el aeropuerto de Dallas. El destino final era Londres. En la espera una y otra vez su ofrecimiento  “¿Te ayudo con el equipaje?”

La verdad, apenas podía cargar las dos maletas. La oferta era tentadora. Pesó más la advertencia de que en los viajes jamás debes permitir que otra persona te auxilie y mucho menos si no la conoces.

Manuel era periodista, pero era la primera vez que lo veía. El grupo de seis reporteros. El propósito del viaje una crónica turística. Nueva experiencia para alguien dedicado a la nota política.

Llegó la hora de encaminarse hacia el avión. Acalorado y con las manos enrojecidas pero contento a punto de abordar. En cambio Manuel que sólo traía un libro en su mano derecha, no podía superar  el nerviosismo.

En uno de los andenes y a unos cuantos metros de la puerta. Justo en ese tramo un tipo alto, vestido de civil. No alcance a ver si traía alguna placa  que lo identificara como policía. Apresuré el paso para llegar cuanto antes a guardar las maletas arriba de mi lugar.

De reojo alcance a ver que Manuel hablaba con el tipo del andén. Quien iba coordinando el grupo sugirió que todos ocuparan su asiento. Se cerró la puerta del avión y nuestro compañero ya no subió. La información que recibimos fue que le encontraron marihuana en su libro, para su consumo. Lo detuvieron y en esta condición estuvo tres días en Dallas. Su periódico lo rescató. Regresó a México. Perdió su trabajo.

Les cuento esta historia que ocurrió hace más de una década a propósito de que en los estados de Colorado y Washington acaba de aprobarse el uso “recreativo” de la marihuana. En esos lugares ya es lícito el consumo para los mayores de edad (22 años en adelante).

El tema invita a la reflexión y al debate. Pronto México tendrá que fijar su posición en esta materia.

Nunca más supe de Manuel.

Elías Téllez Ortega. Seguro que a muchos no les dice nada el nombre, pero no tengo la menor duda de que todos aquellos que han recibido su atención médica están más que agradecidos.

Su principal cualidad es su calidad humana. La paciencia para escuchar y preguntar al enfermo. Si está en sus manos la solución, la da de inmediato. En caso contrario, recomendará ir con otro especialista o realizar determinado análisis clínico. Sincero, ético y honesto. Sin enredar a nadie ni confundirlo. Tampoco un afán de lucro. Cuota moderada.

El consultorio en zona popular, parte de un inmueble habitacional. Más de un vecino nació y creció bajo su cuidado. Un diminuto letrero indicaba su timbre en el portón. En la ventana que da a la calle su nombre. Abría sin vacilar a todo el que requería de sus servicios. No se escapó de la delincuencia, por lo menos en dos ocasiones, para robarle lo de las consultas, que por supuesto era desencanto de quienes suponían encontrarían una fortuna.

Larga historia de un personaje de la ciudad de México. Miles y miles de pacientes pasaron por su modesto consultorio. Enrique es uno de ellos y platica que hace más de cincuenta años se convirtió en el Doctor de su familia. La bisabuela, los abuelos, los papás, sus hijos.

Absoluta confianza en sus diagnósticos y recetas.

Estatura regular, fuerte, sin sobrepeso, cara redonda. Serio como se requiere para tratar enfermedades, aunque sin faltar sus ocurrencias para animar el momento y alentar a la visita. Enrique recuerda que su abuela sufría diarrea y ella preguntó a su médico si en esas condiciones podía bañarse. “Si le alcanza puede hacerlo”, la respuesta que hacía reír a uno y a otro.

Téllez Ortega ya dejó su consultorio. Hace un año que cerró esa puerta. “Lo hice porque había gente que cuando me veía exclamaba: ¡todavía aquí!  Una forma de decir que tu ciclo ha terminado”, cuenta el Doctor a Enrique en tono de broma.

Ahora en su casa “me aburro, me la paso leyendo periódicos. En el consultorio descansaba”. Su agilidad mental impecable.

Lástima que se desaproveche su experiencia.

¿Se imaginan si a esta clase de personajes se les empleara para transmitir a los futuros médicos lo que es el servicio y el trato humano?

Por lo pronto el Doctor Elías Téllez Ortega puede y debe estar satisfecho por el deber cumplido.

 Hay una irritación de un sector de la sociedad, no sólo de México, sino de diversas partes del mundo, que se ha recrudecido, radicalizado, producto de una inconformidad propia pero también atizada por agentes interesados en abanderar causas en su beneficio personal.

Es un malestar que se explica cuando se reducen las oportunidades para tener calidad de vida y necesidades básicas garantizadas. Surgen expresiones de protesta, reclamos, plantones, cierres de calles, toma de planteles escolares y casetas en autopistas.

Descontento que se da en un sistema democrático, que permite esas libertades y en algunos casos excesos. Por eso nadie está pensando en cambiar ese sistema, por la apertura social que representa. Nada más hay que ver lo que está sucediendo en las redes sociales para darnos cuenta de la inexistencia de límites a las mentadas maternales y demás palabrería agresiva. Manifestaciones en escenarios democráticos.

Lo que hace falta, como dice el sociólogo Gilles Lipovetsky en el libro la Sociedad de la Decepción, es una “transformación cultural que revalorice las prioridades de la vida y la jerarquía de los objetivos”.

No es una tarea sencilla ni de resultados inmediatos. De largo plazo, con acciones concretas y de consenso, requiere mejorar la educación. Es fundamental la calidad educativa.

En el caso de México la misión se vuelve compleja por el comportamiento de personajes, en los diferentes sectores,  que sólo se esmeran en satisfacer sus intereses.

Únicamente la muerte no tiene solución. Nuestro país tiene salida. Le urge mantenimiento y ajuste a su operación. Adecuar reglas y abrir oportunidades, cambiar los odios por los consensos.

El siguiente paso es mejorar la calidad de vida, de todos.

Arturo Zárate Vite

 

 

Es licenciado en periodismo, egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, con mención honorífica. Se ha desempeñado en diversos medios, entre ellos, La Opinión (Poza Rica, Veracruz) Radio Mil, Canal 13, El Nacional, La Afición y el Universal. Más de dos décadas de experiencia, especializado en la información y análisis político. Ejerce el periodismo desde los 16 años de edad.

Premio Nacional de Transparencia otorgado por la Secretaría de la Función Pública, IFE, Consejo de la Comunicación, Consejo Ciudadano por la Transparencia e Instituto Mexicano de la Radio. Su recurso para la protección de los derechos políticos electorales del ciudadano logra tesis relevante en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, con el fin de conocer los sueldos de los dirigentes nacionales de los partidos.

Además, ha sido asesor de la Dirección General del Canal Judicial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y Coordinador General de Comunicación y Proyectos de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Es autor del libro ¿Por qué se enredó la elección de 2006, editado por Miguel Ángel Porrúa.